El secreto de la niñera Plouhernec, lunes 2 de septiembre de 1996 #3
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Plouhernec, lunes 2 de septiembre de 1996 #3

Dory mira detrás de mí y se cierra en banda. Me vuelvo y veo las negras pupilas de David. Dory me da a entender que no domina el inglés. Se disculpa. Monica me llama y me salva sin saberlo. Aunque se muestre más distante conmigo que James, me atrae. Monica podría ser yo; yo dentro de unos años, triunfando en la vida, vistiendo ropa que me queda perfecta y combina bien, con joyas gruesas que han encontrado su lugar natural alrededor de mis muñecas y de mi cuello. Con su sonrisa de «hazme un favor» que conozco de sobra, me pregunta si puedo vigilar a Simon, que acaba de pegarle a su vecinita, una de las gemelas. Reúno tres coches y me siento en el suelo de la terraza para jugar con él. Oigo las conversaciones, hablan de andarse con cuidado, de robos, de documentos desaparecidos, de seguridad. Me vuelvo, es una pareja a la que no conozco todavía, se les ve nerviosos, están con James, que asiente: «Indeed, sí, tenemos que estar alerta». No debería haber escuchado esta conversación, pero es demasiado tarde y estoy preocupada.

De pronto, un grito. Simon se queda quieto. Han empezado a caer chuzos de punta. Son las dos y doce, y la barbacoa ha tocado a su fin.

Esta noche, los padres cenan en casa de unos vecinos. Antes de que se fueran, he acostado a Simon y Monica se ha ocupado de Lewis, cosa que yo aún no he tenido ocasión de hacer. «¡Milou, Milou!». Simon me ha llamado varias veces, no le gusta que sus padres salgan, necesita que lo tranquilicen y aprovecho la ocasión, es mi único contacto humano. Mientras le ponía el pijama, hemos jugado al escondite con la parte de arriba y luego lo he apretado fuerte contra mí para leerle su cuento. Le he acariciado los rollizos piececitos, se ha reído... Estaba alegre, relajado. Al cabo de unos minutos, se ha dormido. Lewis se ha quedado obedientemente en su habitación. ¿Cómo hace pipí por la noche? ¿Puede levantarse solo y llegar a su cuarto de baño? Nunca me pide ayuda. Los padres no me han explicado nada. Su discapacidad es un tabú. He mirado por el vano de su puerta: con la muleta encajada detrás del cabezal de la cama, estaba sumido en la lectura de un grueso libro de cuero negro, el rostro impasible pero los labios en movimiento, como si estuviera aprendiendo o recitando palabras. Es un niño raro, nunca le oigo quejarse ni protestar. Hace pocas preguntas y tampoco se ríe. Es como si no quisiera ser una carga.

No tengo fuerzas para estudiar ni leer. Tumbada en la cama, cierro los ojos y me dejo llevar. Mi mente viaja a Bretaña, al instituto, a la sonrisa sombría de Morgane, al mar encrespado, a mi habitación; no sé si estoy nostálgica, serena o triste. De pronto, me incorporo. He oído un ruido. Como un roce seguido de un chirrido. Preferiría que viniera del jardín, pero mi cerebro es tajante: el sonido proviene del pasillo. No me atrevo a moverme, la puerta está entreabierta. «¿Hay alguien ahí?», oigo que dice mi voz de cobardica. Debería levantarme, salir de mi habitación, pero estoy paralizada. ¡Mierda! ¿Tengo dieciocho años y me asusto por un ruido nocturno? Nuevo roce, nuevo chirrido. Luego, silencio. Tengo las piernas de trapo. Dejo pasar aún muchos segundos más antes de reunir el valor para levantarme. Cojo un Stephen King de los gruesos, empujo poco a poco la puerta y me planto en lo alto de las escaleras. Distingo una lucecita verde que parpadea en los últimos escalones, en el rellano de la planta de los niños. Nunca la había visto. No despego los ojos de ella. Deja de parpadear y se pone roja. Es el indicador del salvaescaleras. No lo entiendo. ¿Se ha encendido solo? ¿Ha hecho un trayecto de ida y vuelta sin nadie? Intento que baje mi nivel de estrés. Seguro que es un fallo, pero a pesar de mis esfuerzos por tranquilizarme, no puedo dejar de imaginar a Lewis arrastrándose con la muleta y luego en el salvaescaleras para... ¿Para qué? ¿Para plantarse detrás de mi puerta, mirarme en silencio, espiarme? Lo veo de nuevo absorto en su novela, murmurando, tumbado en la cama, con su cuerpo enfermo bajo el edredón. ¿Quién es ese chico? Me adormezco con esta pregunta que eclipsa mi serenidad.

Me sobresalto. Alguien acaba de llamar a la puerta de mi habitación. Estoy absorta en la lectura de mi libro de ciencias políticas. Me levanto y abro. Es James. Tardo unos segundos en comprender la situación. Son las dos y media de la tarde, el padre nunca está en casa a esta hora. Y nunca ha llamado a mi puerta.

—Sorry, Emmylou! ¿Te molesto? He venido a recoger un dosier. ¿Cómo lo llevas? ¿El repaso para los exámenes está siendo muy duro?

«Qué guapo eres».

Es la respuesta que me viene con naturalidad, nada adaptada a la situación, como comprendo a tiempo. De paso, me pregunto si voy bien vestida. ¿Llevo mi mejor sudadera, la azul real con el ribete amarillo? Él, tan elegante con su traje negro, con el primer botón de la camisa desabrochado. La corbata ligeramente aflojada deja imaginar el gesto lascivo que la ha precedido.

—Sí, lo llevo bien, es intenso, pero ¡lo soportaré!

Buena respuesta. Me felicito, mi superyó está haciendo su trabajo. James añade:

—Estoy seguro de que aprobarás. Me recuerdas a mí cuando era estudiante, cuando hice el examen del colegio de abogados, the bar. Trabajaba diez horas al día. Solo salía a hacer un poco de jogging de cuando en cuando.

Se apoya en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos. Está sumido en sus recuerdos y tiene ganas de hablar. Aprovecho la ocasión: