Plouhernec, lunes 2 de septiembre de 1996 #2
Son las ocho y media de la mañana, todo el mundo se ha ido, es viernes. Sobre la mesa alta de la cocina, los restos del desayuno de la familia. Lewis apenas ha tocado sus cereales. Los copos de trigo empapados en leche están ahora deformados, terminarán en la basura. Este crío come poco. ¿Está enfermo? ¿Cuál es su dolencia? El té de Monica se enfría, solo ha bebido un par de sorbos, como de costumbre, pero veo en el borde de la taza la marca perfecta de su pintalabios color cereza. No desayuna, pero tiene tiempo para pintarse los labios. Me siento en su silla y hago como que sorbo su bebida, coloco la boca en el lugar de la suya e imagino que hablo con mi marido: «¿Has podido firmar el cuaderno de correspondencia de Lewis?». «¿Has visto, cariño? Me he puesto la pulsera que me regalaste por Navidad. Conjunta bien con mi jersey de cachemira blanco, ¿a que es elegante?». Cruzo y descruzo las piernas, hago como que miro mi reloj y me sirvo más té. Al igual que la madre que observo todas las mañanas, le presto una atención particular a Simon, sentado en su trona: «¿Está bueno, cariño?». Miro a Lewis con inquietud: «Haz un esfuerzo, come un poco, mi amor». Me enderezo y me dirijo a los niños imaginarios: «¡Deprisa, darlings, vamos a llegar tarde, a lavarse los dientes y nos vamos!».
Me meto en su pellejo y me encanta.
Mientras recojo la mesa, pienso en el padre, James. Es una lástima, porque no lo veo mucho y tiene pinta de que el curro se le sale por las orejas. Aunque, claro, para pagar un casoplón así... En cuanto él está en casa, tengo la impresión de existir, siempre tiene una pregunta para mí, una sonrisa, creo que me encuentra interesante. Por las mañanas, se toma un café fuerte, sin azúcar y de pie. Mordisquea las galletas a toda prisa. Después, solo deja migas puntiagudas. Al salir de la cocina, tropiezo con una montaña de ropa sucia, ¡qué extraña es esta nueva costumbre de tirarla al pie de la escalera! Franqueo la pila compuesta de camisetas arrugadas, calcetines enrollados, pantalones vueltos del revés deprisa y corriendo, calzoncillos sucios... Siento náuseas. Lo dejo para más tarde. Quiero salir de la casa. Estaré sola hasta las diez. Hurgo en el cuenco nacarado que hay encima de la consola del vestíbulo, donde se dejan las llaves. Busco un mando a distancia para abrir la verja. Me agobia la movida de la cámara y me gustaría saber cómo se sale de la urbanización. No he reunido el valor para preguntárselo a los padres. ¿Y si les parezco una desagradecida, una curiosona? No tengo ganas de perder mi trabajo. Me quedaría como un pasmarote: sin trabajo, sin dinero... ¿Y después cómo vuelvo yo a casa? Me acerco a esa verja gigantesca que se abre misteriosamente y que solo cruzan los coches. ¿Cómo se pasa a pie? Descubro la pequeña cámara colgada en la parte superior de la tapia que enmarca la verja y me pregunto si en el exterior habrá otra igual, porque, a fin de cuentas, ¿para qué sirve la de dentro? ¿Para vigilar a los residentes? ¿A quienes han sido aceptados en el recinto? No lo entiendo. Debajo del ojo, percibo una caja negra. ¿Es un detector? Paso la mano, me acerco, busco un botón, retrocedo, gesticulo e incluso doy saltos para asegurarme de que se me vea. Nada. Imposible salir. Me quedo unos instantes empequeñecida frente a este muro de acero y, de golpe, las rejas tiemblan, los dos paneles negros se separan con pesadez, silenciosamente. ¡Lo he conseguido!
La narizota de un todoterreno me para en seco. No sé quién conduce semejante cochazo negro, montado sobre cuatro enormes ruedas como para permanecer lo más lejos posible del suelo. La ventanilla delantera se abre y aparece Monica. Cruzamos la mirada. Parece preguntarse qué hago aquí a esta hora, pero la severidad que percibo en sus ojos se disipa enseguida. Cuando llega a mi altura, me dice: «Me han cancelado la clase, estoy muy decepcionada, ¡lo necesitaba tanto!». Acuso el golpe; yo también lo necesitaba. Doy media vuelta. Al entrar, vuelvo a toparme con la montaña de ropa. Monica sigue mis pasos, esbelta en sus leggings negros segunda piel, su esterilla de gimnasia perfectamente enrollada bajo el brazo y su botella de agua en la mano. Es perfecta, rica y libre, ¡cómo la envidio! Ni siquiera repara en la ropa sucia que afea su vestíbulo. Deja sus cosas en la mesa del comedor y, sin volverse, dice en voz alta: «By the way, el domingo va a hacer bueno, organizo una barbacoa por el nuevo curso, hay que aprovechar los pocos días de sol que quedan». ¡Todo un acontecimiento! Estoy deseando ver a los vecinos, a sus hijos, ¿y quizá también a otras au pairs? Me muero de ganas de saber cómo son las otras. Hundo los dedos en los tejidos pegajosos, pringosos, sospechosos. Me trago mi orgullo.
Un rayo de sol hiende el cielo inflado, nublado, y todo el mundo está feliz. Estamos a finales de septiembre, la temperatura es de dieciséis grados y los vecinos visten jerséis informales de domingo en el jardín de mis jefes. Desde mi sitio, cerca de la terraza, tengo una vista completa de la fauna de la urbanización, y lo que veo me fascina. Hay mucha gente y cantidad de cosas que observar. Los adultos están de pie en grupos de dos o tres y sostienen sus bebidas alcohólicas en la mano, mientras que un enjambre de niños corretea por el jardín sin descanso. No tengo ninguna tarea pendiente esta tarde, es fin de semana. Es mi día de descanso, pero como soy una empleada me cuesta relajarme. Me resulta muy difícil acercarme a picotear los canapés de la mesa o probar el gin-tonic que ha preparado Monica. Nunca he tenido acceso a estas cosas, tengo la impresión de que no son para mí. Me quedo un poco al margen y observo.
Monica está radiante, nunca la había visto tan sonriente. Es la mujer encantadora que sirve las bebidas, se pone al día y ofrece un rollito de salchicha para acompañarlo todo. Sí, porque, por muy chics que sean, los ingleses comen salchichas. En cierto modo, es reconfortante, tenemos un punto en común. Mi mirada se cruza con la de James, que es intensa. ¿Desde cuándo no me quita ojo? Cuando se da cuenta de que lo estoy viendo, sonríe, me hace un gesto y se acerca.
—¡Ven, que voy a presentarte!
Su interés en mí me conmueve en lo más hondo.
—Estos son Lisa y David, viven en la primera casa a la derecha cuando entras en la urbanización.
—Hello!
Son muy altos y, al parecer, no tienen conciencia de su ventaja sobre el resto de la humanidad, porque no se inclinan ni intentan ponerse a mi altura. Bajan los ojos y me saludan con tacaña amabilidad. James aclara:
—¡Son los padres de las gemelas, the twins, Alice y Abbie!
—Great —respondo mientras intento localizarlas en el grupo de renacuajos.
James añade que soy estudiante de periodismo y que me espera una gran carrera. Que me elogien en esta reunión de ricachones me saca los colores.
—¡Cariño! Darling! —llama Monica a James—. ¿Puedes ir a buscar un poco de Bass Pale Ale a la bodega? ¡Ya andamos cortos de cerveza!
Envidio muchísimo su desenvoltura, tiene el mundo a sus pies. James obedece a su mujer y me quedo sola con los dos espárragos ingleses. Es el momento más incómodo desde que llegué. Mi inglés se atranca y, en lugar de marcharme como lo exigiría el sentido común, les pregunto:
—¿Tienen una au pair? An au pair,yes?
Ellos la buscan con la mirada como si se hubieran olvidado de ella.
—Dory está allí —me dice David con la boca pequeña.
Fin de la conversación. Otro vecino, todo sonrisas, se acerca a nosotros. Él está más cerca del suelo, y eso me tranquiliza, la verdad.
—Hello, Emmylou.
Sabe cómo me llamo.
—I am Mitchel, ¡bienvenida al manicomio!
Se echa a reír. David y Lisa, con sus jerséis de Ralph Lauren a juego, miran a Mitchel como si fuera el primo un poco plasta que hay que soportar en las reuniones familiares. Holly se incorpora a nuestro grupo.
—Ma bien-aimée, mon grand amour! —añade Mitchel en francés, exagerando el acento.
Es risueño, me cae bien enseguida. Holly también parece maja. No es muy alta: pelo largo oscuro, vestido hippie, sombrero de fieltro bordado de perlas... Me encanta su estilo. Ambos me acribillan a preguntas, sin darme tiempo a hacerles las mías. James vuelve a aparecer después de haber ayudado a darling, que ahora mariposea de grupo en grupo. Mitchel y Holly le preguntan a James a propósito de «su asunto», y yo aprovecho para echar un vistazo hacia donde está Dory. Es una chica rolliza con el pelo rojo y rizado. Está cerca del columpio, hablando con otra chica morena y esbelta. ¡Tengo tantas ganas de charlar con ellas! Lewis está en la terraza, sentado en una silla, con la muleta apoyada encima de las baldosas. Bebe una Coca-Cola con una pajita como un niño, pero observa el mundo como un viejo sabio. ¿En qué estará pensando? Decido lanzarme y me acerco a mis compañeras. Parecen intimidadas y me sonríen incómodas. Se presentan:
—Dory.
—Nela.
—Yo me llamo Emmylou.
Intentan pronunciar mi nombre, es complicado, nos reímos. Empiezo yo la conversación:
—¿Cuánto tiempo lleváis en Hidden Grove?