El secreto de la niñera Plouhernec, lunes 2 de septiembre de 1996
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Plouhernec, lunes 2 de septiembre de 1996

Hola, Emmylou:

¡Espero que estés bien! Estoy segura de que la familia te cae bien. Aquí todo sigue igual, llueve, los gemelos no paran de chincharse y mi madre se queja como siempre. Estás bien donde estás, te envidio. Todas las semanas voy a visitar la tumba de Morgane, es la más florida del cementerio. La limpio un poco, quiero que esté siempre impecable, la echo mucho de menos. Pero qué te voy a decir a ti. Por cierto, ¿cómo están los niños? ¿Lewis sigue siendo el primero de la clase? ¿Y Simon ya dice sus primeras palabras? ¿Se acuerda de mí? ¡Fíjate que a ese pequeñín lo vi nacer! Bueno, te dejo, ¡muchos besos!

Virginie

PD: No les digas a Monica y a James, ni a los niños, que te escribo. ¡Recuerda que se supone que tú y yo no nos conocemos!

Le estoy muy agradecida por haberme encontrado este trabajo. Fue todo un tejemaneje. Ella me explicó que sus jefes no querían contratar a una au pair que conociera a la anterior, por miedo a que se intercambiaran secretos de la familia. En estos círculos de gente importante la discreción es absoluta, prefieren empezar de cero en cada ocasión. Lo entiendo, aunque no consiga ponerme en su lugar ni por un instante. Ella solo me dio la referencia del anuncio y toneladas de consejos sobre el tipo de niñera que buscaban, y yo envié una candidatura «espontánea». ¡Qué suerte que me eligieran! Tuve que preparar un pedazo de dosier, con muchísimos documentos: certificado médico que acredita mi capacidad para cuidar niños, análisis médicos, una recomendación del director de mi instituto... Hacerlo me llevó un montonazo de tiempo, pero hoy sé que mereció la pena. Cuando recibí la carta de los White para comunicarme que habían seleccionado mi candidatura, fue como si me hubieran dado un premio, ¡como si fuera la elegida!

Me guardo la carta en el bolsillo, le responderé esta noche para que pueda leerme la semana que viene. Me doy cuenta de que he olvidado las sábanas limpias de las camas de los niños y bajo otra vez al cuarto de la colada a buscar las fundas estampadas con dinosaurios y astronautas. Paso por delante del salón, pero ya no veo a la madre. En su lugar, unas hojas arrancadas de su agenda cubren la mesa. Siempre anda como desbordada. No acabo de entender por qué.

Hola, Virginie:

Gracias por tu carta, espero que tú también estés bien. Aquí todo va bien. Me ha sorprendido mucho que Lewis camine con una muleta...

Arranco la hoja de mi bloc de papel para cartas; cero inspiración. Estoy cansada de mi jornada de trabajo, de limpiar, de ordenar, de vigilar a los niños. Mi rabia, que la novedad había amansado, vuelve a rugir. ¿Ha sido buena idea este viaje? ¿Tendré tiempo para estudiar? Además, duermo mal. Siempre he dormido bien, pero desde hace unos días duermo sin dormir. Tengo ganas de hablar con una amiga, con mi única amiga. Abro el cuaderno.

Morgane, tu muerte ha dejado un vacío tan grande que no tengo suficientes recuerdos para llenarlo. Tu suicidio lo ha desgarrado todo, no sé cómo volver a coser las partes. Me da miedo enloquecer. No dejo que se me note, pero cuando pienso en ti, no puedo ver otra cosa que no sea tu último cuerpo. No entiendes de lo que hablo, tú no estabas ahí realmente, pero yo lo recuerdo. Ese cuerpo que tu abuelo me obligó a mirar, el de después de tu caída desde una altura de cinco pisos. Tu abuelo me dijo, enseñándome tus despojos en la funeraria: «¡Caray! Pues sí que se lo han trabajado, mira, está impecable. Al parecer, después de la caída, no era agradable de ver». Él se reía y estaba enfadado a la vez. Luego volvió a poner su cara de abuelo triste que no entiende por qué su querida nieta se ha ido antes que él y me dio el pésame como si tu familia fuera yo. Él sabía que éramos amigas, que estábamos juntas a las duras y a las maduras. Y yo, a su lado, no decía nada, no lloraba, observaba tu cuerpo. Era más pequeño que antes. Era casi tú. Estabas más delgada de cara, y de pecho, llevabas la camisa marrón y naranja con dibujos psicodélicos que siempre te ponías para bailar. Cuando encuentre el valor, te preguntaré por qué te suicidaste. Tus padres me dijeron que fue por culpa de tu depresión. ¿Esa fue la verdadera razón? No lo sé, ahora no tengo ganas de pensar en ello, déjame, me duele la cabeza y, además, ya sabes, aparte de las cuatro horas de limpieza de esta mañana y las revisiones, he estado toda la tarde cuidando al pequeño (el mayor estaba en el médico con su madre). Hay que vigilar a Simon, ya está muy espabilado, camina, hace muchas travesuras, lo toca todo y nunca lo que debe. Y a veces cambia de comportamiento. No se parece en nada a Maëlle, aunque ya no recuerdo muy bien cómo era mi hermana con dos añitos. Hace un rato, mientras guardaba la ropa de los niños en sus roperos gigantes, he sorprendido a Simon delante del inmenso espejo de su cuarto, mirándose sin decir nada, y no me he atrevido a molestarlo. No sabía que un niño de esa edad podía escudriñarse de esa forma. Rozaba lo alucinante. Pero, vamos, es monísimo con su carita morena. Tiene el pelo muy oscuro, le queda como un pequeño casco sobre la cabeza, me fascina, yo que vengo de una familia de rubios desgreñados. Nuestro cabello amarillo es vaporoso, fino, enmarañado, rebelde, nos da un aspecto desaliñado permanente. El pelo oscuro, en cambio, me parece llamativo, favorecedor, les cae bien recto hacia abajo, es atractivo. Simon se miró unos segundos y luego se fue al cuarto de Lewis como alma que lleva el diablo. Mañana me moveré, exploraré la urbanización, empieza a faltarme el aire en esta casa. Me duermo leyendo Misery, de Stephen King, siempre hay alguien más desgraciado y hundido en la miseria que tú:

«Oscuridad. Luego el dolor de la bruma. Después, la certeza de que, aunque el dolor era constante, algunas veces quedaba mitigado como por un transitorio acuerdo de alivio. El primer recuerdo real: detenerse, verse violado por el aliento apestoso de aquella mujer... y devuelto a la vida por aquella violación».

Termino la limpieza un poco más rápido de lo previsto. Monica me ha avisado con tono apremiante: cita importantísima en el médico; sintiéndolo en el alma, me deja sola, espera que no me moleste. La he tranquilizado y he reprimido mi alegría.

Abro la puerta de la casa y me doy cuenta de que no he salido desde hace varios días. ¿Por eso me siento un poco mareada, con el estómago revuelto? Un frío nuevo viene a posar sus manos alrededor de mi cuello. Estoy sorprendida. Hay un cielo plomizo. ¿Y si estoy a punto de caer enferma? Doy un paso atrás y cojo el pañuelo rojo de Monica, que está colgado de un perchero. Es un rojo precioso, maduro, deslumbrante, con un toque oscuro de mujer fatal. Cuando me lo pongo alrededor del cuello, siento su extrema suavidad y el perfume delicioso que desprende. En cuestión de segundos, me siento distinta, transportada, guapa. He recuperado el entusiasmo de explorar el complejo residencial. La dirección de la visita no se impone de inmediato, es como si las casas estuvieran colocadas sobre una plataforma giratoria con una plaza de pueblo en el centro. ¿Por dónde empiezo? Decido dirigirme a la verja para retomarlo todo desde el principio. Estoy de espaldas a la majestuosa entrada. A la derecha, unos árboles inmensos jalonan la tapia del recinto. Son hermosos, verdes, altivos, me atraen. Tengo ganas de adentrarme en esta naturaleza, pero, al acercarme, descubro que son un espejismo de verdor, no son tan numerosos y cumplen una sola función: ocultar la gigantesca tapia. Los rodeo y observo la altura de la pared. Es impresionante, tengo que estirar el cuello para ver la cima. Al menos estamos a salvo, nadie puede escalarlo desde fuera. Llego delante de una de las casas y caigo en la cuenta de que aún no conozco a mis vecinos de la izquierda. Tengo la sensación de estar delante de mi casa. Los mismos ladrillos, los mismos bow-windows como ojos saltones, los mismos setos podados... Esta perfección me produce cierta inquietud. Me quedo clavada en el suelo, incapaz de moverme. Me gustaría jugar a buscar las siete diferencias, pero no encuentro ni una sola. Incluso las cortinas son idénticas, de color beige; la tela gruesa se adivina a través de los cristales. De pronto, un movimiento en el primer piso atrae mi mirada. Juraría que la cortina se ha movido. ¿Me ha visto alguien? Mientras camino hacia las otras viviendas de la urbanización, no me cruzo con nadie, ni vecino ni empleado doméstico. Siento que me invade la angustia. No hay nadie y, sin embargo, me siento observada. Vuelvo a pasar por delante de mi casa y llego a la tercera vivienda. El cielo se ha resquebrajado, las primeras gotas de lluvia caen sobre el suelo perfectamente asfaltado, que se pone a brillar. Aquí tampoco hay sorpresas: la villa es preciosa, nueva, señorial. Intento pensar de un modo racional, no tengo nada que temer en un lugar tan seguro y protegido. Sin duda, estoy mejor aquí que fuera. Reanudo la exploración. Busco con la mirada buzones que puedan darme información sobre los apellidos de los residentes. Nada. Paso por delante de la cuarta casa y veo que hay una quinta; es la única sin ningún coche aparcado delante. Aparte de este detalle, los edificios son idénticos. Y, como los otros, sin señales de vida. Me siento decepcionada. Decido volver a casa para ponerme a estudiar. Cuando llego a la puerta de los White, me doy la vuelta. Mi ojo se cruza con otro: el de una cámara insertada entre el muro y la verja. Un globo pequeño, negro y reluciente que no parpadea. Me acerco a él, pero no se mueve. Cambio de dirección, tengo la sensación de que me sigue. Me siento vigilada. ¿Quién me está mirando?

Entro rápidamente en la casa y me quedo apoyada contra la puerta para recuperar el aliento, como si acabara de escapar de un asesino en serie. Me siento patética y sé que más tarde me reiré de este episodio.