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James es el más simpático de los dos. Monica es muy sonriente, pero no muestra mucho interés hacia mí y zanja rápidamente las conversaciones. Es ella quien decide la frecuencia y el ritmo de nuestros intercambios. James, por su parte, es más curioso, se toma su tiempo. Hace preguntas abiertas. Sin embargo, de los dos, quien trabaja es él. La cena es el único momento que tengo para charlar y practicar mi inglés. Lo aprovecho a fondo. Esta noche ha sido genial. James me ha hecho un montón de preguntas sobre Bretaña, sobre mi vida de estudiante en Francia. Me ha preguntado si todavía existe la selectividad, se lo he contado todo sobre el bachillerato, el examen de francés de primero, las pruebas de último curso, los cocientes, e incluso le he dicho que saqué un notable en literatura. Se ha quedado pasmado: «Oh, God! Brilliant!». Luego se ha vuelto hacia sus hijos y les ha dicho que yo era todo un ejemplo para ellos, que era muy importante trabajar mucho para labrarse un buen porvenir. Simon no se enteraba mucho. Lewis ha seguido comiendo muy despacio la ternera con guisantes, como si la conversación no le incumbiera o como si fuera obvio que hay que esforzarse mucho en el colegio. A sus diez años, hace gala de una madurez fuera de serie. James ha añadido: «Tus padres deben de estar orgullosos de ti». ¿Mis padres? A mis padres se la sopla. Ni siquiera se molestaron en preguntarme si los exámenes me habían ido bien, y cuando les di el boletín con la calificación de notable, mi madre le dio el documento a mi padre, que lo dejó al lado de su transistor y dijo: «Pues una cosa menos». Luego cogió otra vez el periódico, lo abrió sobre el hule a rayas naranjas y verdes y, con la punta del dedo índice, reanudó la lectura de las noticias regionales. El peso de Ouest-France en la vida familiar. Me sentí asqueada. ¿He tenido que cruzar el Canal de la Mancha y aterrizar en una puta familia de desconocidos para que reconozcan mi trabajo? Tenía ganas de decirles a mis padres: «¿Creéis que un notable lo sacas así como así? ¿Solo yendo al colegio, papeándome vuestra comida de mierda y metiéndome en el sobre a las nueve? He currado noches enteras y también entre las doce y las dos de la tarde. A esas horas en que el resto de los alumnos aprovecha para ligar y darse un voltio por el supermercado más próximo. Le he pedido a Morgane que me tomara las lecciones docenas de veces, me he tirado horas enteras en la biblioteca, lo he dado todo. ¿Creéis que sois los únicos que trabajáis?». Ninguna de esas palabras salió de mi boca, se estrellaron contra los huesos internos de mi cráneo, la mandíbula apretada como nunca para contener la pena aferrada a mi ira. Pero he sonreído y le he respondido a James: «Sí, claro que mis padres se sintieron orgullosos de mí».
Me he metido en mi papel de au pair. Desde hace ocho días, la jornada se organiza de la misma manera: el padre de familia se marcha al trabajo, la madre se encarga de llevar a los niños; Simon, a la guardería; Lewis, al centro. Luego vuelve a las diez, después de su clase de gimnasia. Yo me dedico a limpiar toda la mañana, repaso todas las habitaciones. Al mediodía como sola en la cocina. No he recibido instrucciones a ese respecto. Cuando Monica está en casa, come por su cuenta sin proponerme nada, de modo que me termino las sobras de la víspera, por educación. En cuanto puedo, subo a mi habitación a estudiar inglés y repasar para mi prueba de acceso a periodismo. Mi obsesión. Hacia las tres y media llegan los dos chicos, les doy la merienda, juego con ellos. A Lewis le encanta ganarme al Scrabble, y a Simon, tirarme sus peluches. Baño al pequeño, Monica se encarga del mayor, luego prepara la cena y cenamos todos juntos. Los padres acuestan a los niños, yo los ayudo un poco y les leo un cuento. Algunas tardes, hago de niñera en el piso de arriba, porque los padres cenan en la ciudad o reciben invitados en casa. En el segundo caso, especifican con firmeza que no se puede bajar, que es su momento entre adultos. Me intrigan sus veladas. A veces, cuando paso de la habitación de Simon a la de Lewis, echo un vistazo abajo para ver quiénes son sus invitados. No distingo los rostros, ocultos casi siempre por sombreros, pero he observado que siempre van vestidos con colores oscuros. En cualquier caso, para ser gente que está de celebración, no arman mucho ruido.
Limpiar es una cosa que odio, es aburrido, tedioso y agotador, pero he encontrado una contrapartida: cotilleo los armarios, los cajones, los vestidores. La emoción de mirar dentro de lo íntimo, de conocer los entresijos de mis jefes, de observarlos sin que se percaten. Tengo la impresión de descubrir quiénes son de verdad, sus gustos, sus hábitos, sus manías, sus defectos. Es una inmensa promesa de historias por venir, y cada mañana me motiva para subir del cuarto de la colada el pesado cubo gris y los productos de limpieza con olor abrasivo. Siempre empiezo por el dormitorio de los padres. Es el lugar que más me fascina. Quizá porque apenas una pared separa nuestras habitaciones. Es un teatrillo inaccesible para mí. Me los imagino: se despojan de su preciosa ropa, se dejan llevar, se hacen confidencias. Puede que hagan ruidos que no se atreverían a hacer delante de mí, pienso que deben de acariciarse la nuca, los hombros, las nalgas. A menos que se ignoren por completo, se cepillen los dientes, se pongan el pijama, se metan bajo el edredón y cada uno se gire de su lado, con el objetivo de dormir a pierna suelta. Es todo este conjunto de posibilidades lo que me perturba. Por eso, cuando limpio su dormitorio, busco indicios: miro si el edredón está muy arrugado o solo un poco abierto, tanto de un lado como del otro, para poder levantarse con más facilidad, si hay ropa interior tirada debajo de la cama... Mi madre diría que soy una metomentodo. ¿Y qué? Si eso me ayuda a aguantar el tipo...
Esta mañana constato que todo está impecable en la habitación, hasta demasiado ordenado incluso. Yo, cuando salgo pitando a clase por la mañana, lo revuelvo todo; ellos lo dejan todo en su sitio: el cepillo de dientes, la toalla del baño, la ropa de la víspera en el cesto de la ropa sucia... Envidio tanta perfección, tanto dominio. El cuarto de baño es inmenso, está inundado de luz, con todo a juego, la bañera con patas, el inodoro, «the washbasins», «los lavamanos» (me he enterado, hojeando las revistas de decoración en el baño, que los ricos no dicen «sinks», «lavabos»). La cerámica blanca contrasta con el color «linen», «lino», del suelo y las toallas (los ricos tampoco dicen «beige»). Estoy encantada de aprender dos lenguas: el inglés y el rico. Me afano limpiando lo que ya está limpio, puesto que lo lavé todo ayer y anteayer y anteanteayer.
Son las diez, oigo el coche de Monica. A través del ventanal de su habitación, veo que aparca el todoterreno; viene de dejar a los niños y de hacer su sesión de deporte. La llave que gira en la cerradura, la puerta que se cierra otra vez, otra vuelta de llave. Conozco los ruidos de la madre. Se prepara un té, luego se sienta a la mesa del salón, abre su gruesa agenda de cuero negro y se organiza. Hace algunas llamadas. Resopla. Resopla mucho... Espero que no sea por mi culpa, espero haberlo dejado todo ordenado y no haber cometido alguna metedura de pata. Echo un último vistazo al dormitorio principal: está impecable. Bajo a la planta de los niños. «¡Emmylou!», me llama Monica. Bajo por las escaleras a toda pastilla. Debo de haber olvidado algo. La madre me tiende una carta y un abrecartas. Estoy sorprendida. Le doy la vuelta al sobre para ver el remitente, pero no hay nada escrito. Estoy loca de alegría, me hace mucha ilusión que alguien se acuerde de mí. Le doy las gracias, abro el correo y le devuelvo el abrecartas, que deja en la consola del recibidor. Subo a mi cuarto, liviana.
Es una simple hoja blanca. La letra corre de través por toda la página, como si fuera a partirse la crisma.