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Son las siete y diecinueve minutos y dieciocho segundos cuando entro en la cocina. El reloj de pared es formal y autoritario. Su sola presencia pone al mundo en guardia. James ya se ha marchado al trabajo. Monica me pide que observe cómo prepara el primer desayuno para poder ayudarla cada mañana. El breakfast es un asunto complicado en esta familia. Mamá enumera y los niños eligen: «¿Tostadas, tortitas o biscotes? ¿Copos de maíz azucarados, copos de avena o trigo inflado? En las tostadas: ¿mermelada o miel? La fruta fresca: ¿entera o cortada? La compota: ¿de manzana, mango o pera? La bebida: ¿leche fría, caliente o con cacao?». Es un menú de hotel, y más vale decidir pronto lo que se va a pedir. Se me hace la boca agua ante este lujo concedido a unos niños tan pequeños. En mi casa, era pan del día anterior y Nesquik, ¡punto! Y nada de tu mami ofreciéndote un abanico de posibilidades: te sirves tú sola, comes rapidito y recoges la mesa. Los niños me lanzan miradas curiosas. Soy la intrusa de la mañana. Intento mantener la compostura mientras corto una manzana en rodajas. Lewis me sonríe con la comisura de los labios, parece muy tímido. «Mamá, ¿tengo dibujo esta tarde?», pregunta con su voz pausada mientras mete la cuchara en un bol de cereales inflados. Ella lo mira con amor, pero también con inquietud. Cómo envidio a este niño, cómo envidio a esta mujer. «Sí, cariño, voy a acompañarte, pero antes harás tus deberes en el centro». ¿En el centro? Debe de ser su colegio, uno adaptado a su discapacidad. Lo preguntaré más tarde. La madre es tranquila, atenta, cariñosa. Un sueño de madre. Simon mordisquea su tostada, escucha las conversaciones, tiene los ojos y el pelo de quien sigue adormilado, todo está un poco alborotado, un poco arrugado, todo es adorable. Me gusta el ambiente de esta primera comida del día en la casa. Lo saboreo. «Cereales para el mayor, tostadas y compota de manzana y mango para el pequeño», intento retenerlo. También procuro localizar dónde guardan los productos, porque la cocina es una inmensa pared blanca en la que se adivinan armarios sin tiradores. No es que sea muy práctico, la verdad. Me digo que, en las casas de los ricos, nadie quiere ver los alimentos ni los envases, debe de ser vulgar. La comida se esconde y solo se saca cuando lo pide el cuerpo, para satisfacer la vileza de nuestra humanidad. ¿Quién quiere manzanas cortadas? Todos se han ido, Lewis se ha dejado la mitad del bol de cereales, pero al salir de la cocina me ha dicho: «Thank you, Emmylou. Gracias...». No es gran cosa, pero me ha llegado. Son las siete y cuarenta y seis minutos y cincuenta y seis segundos.
Me encantan estas primeras veces, son inolvidables. El primer desayuno es acogedor. La primera sesión para vestir a Simon es cañera. En su habitación, el crío me mira con el pañal puesto. Abro el ropero, que está a rebosar de ropita colorida de tejidos ultrasuaves. Son conjuntos ya combinados. Escojo uno al azar. Tiro el pañal, que ha cumplido bien su función, y busco algo para limpiar al pequeñajo. Pero él no se deja, se retuerce, se contorsiona, intenta escapar con el jersey a medio poner. Con las mallas pasa otro tanto, le meto una pierna y la otra se escurre. Corro tras él y veo a Monica en la habitación de enfrente. Está ocupada con Lewis. El niño está sentado en el borde de la cama y ella parece masajearle los pies, ¿o son las piernas? ¿De qué sufre? ¿Tiene una pierna dolorida, paralizada, un pie lesionado? Me da pena. Cojo a Simon en brazos, juega con mi pelo, es tan alegre. Me siento bien en esta familia.
—Ten, lo tienes todo aquí.
Monica me pasa un cubo con productos de limpieza, trapos, esponjas, una para las superficies, otra para los cuartos de baño y unos guantes. Me siento rara. Voy a hacer la limpieza por primera vez en casa de gente que no conozco, quitar el polvo, la suciedad, la mugre de muebles y lavabos que yo no he usado. No me había preparado para sentir esto: cierta incomodidad. ¿Soy yo la que se siente a disgusto por tener que limpiar o porque, si estuviera en su lugar, me incomodaría pedírselo a una estudiante, a una desconocida que ha cruzado el Canal de la Mancha para aprender inglés? La mugre de los demás no es moco de pavo. Es algo asqueroso y, sin embargo, esta familia hace todo lo posible por ser limpia. Monica no me da instrucciones por pudor. O por costumbre. No quiero ser la idiota que pregunta lo que hay que hacer. Porque imagino la respuesta: «Todo».
Oigo la puerta de la entrada. Monica acaba de marcharse. Me siento aliviada, no quería que me viera metida en faena. No en mi primer día. Mi esponja rosa y yo recorremos los muebles de la cocina, recogemos las migas de la mesa, eliminamos las salpicaduras de compota, absorbemos los numerosos líquidos que han corrido por el fregadero. La escoba se encarga del suelo, es casi lo más fácil, estoy a cierta distancia. Mi trapo engulle las cuatro motas de polvo del salón. Abro la puerta del cuarto de baño de la planta baja. Es un nido verde oscuro con una pila de revistas de decoración de estilo rústico, muy chic. Mi esponja azul roza la taza, por arriba está blanca, limpia, pero cuando la levanto, descubro orina, un pis amarillo fluorescente que ha goteado durante toda la semana por los repliegues del plástico. Me sobreviene una arcada. Froto muy rápido para que desaparezca, echo una buena cantidad de lejía, intento ahogar esa inmundicia. Me doy cuenta de que nunca he limpiado el cuarto de baño de mi casa... Es mi madre quien se encarga de hacerlo todas las semanas, supongo. Me avergüenzo de ello.
Entro en el salón, es inmenso. La tarea de la limpieza me permite explorarlo y me tomo mi tiempo. Cuando llegué ayer, estaba tan deslumbrada por la amplitud y el lujo que no presté atención a los detalles de la estancia. Tiene forma de codo. Desde la cocina, a la izquierda, se extiende un amplio comedor y, a la derecha están el sofá, los sillones, el televisor y la biblioteca. El plumero me lleva más lejos, a un rincón donde la pared parece huir. Descubro otro espacio, sin decoración, con paredes color crema y una silla baja de madera oscura bastante curiosa plantada en el centro. La observo, no entiendo cómo se sienta uno en ella. La pruebo. Cuando poso el trasero en el asiento trenzado a pocos centímetros del suelo, las piernas me suben hasta el cuello; no resulta nada cómodo. ¿Habrá que arrodillarse y apoyar los codos en el respaldo? Me arrodillo y, cuando levanto la vista, veo una cruz de madera muy clara, muy sobria, que parece fundirse con la pared. Me siento como una monja en un convento. No me atrevo a moverme. Miro a mi alrededor; a la izquierda, un banco de madera sobre el que hay un libro gordo; a la derecha, el final de la pared, totalmente desnuda. La mirada no encuentra nada con qué entretenerse, regresa con naturalidad a la cruz.
Llegué anteayer. Pronto perderé el hilo que me une a Plouhernec, a mi primer día en Londres, a mi primera mañana, a mi primera noche.
Monica quiere verme. Ha llevado a los niños con el coche, como todas las mañanas. Me ha preparado un té.
—Tengo que hablarte un poco de Simon y de Lewis.
Estoy contenta, voy a enterarme de algo más. Estamos sentadas en los taburetes altos de la cocina, en torno a la isla. Frente a frente.
—¿Todo bien, de momento? —me pregunta.
No he oído el signo de interrogación, pero finjo que sí.
—Sí, todo perfecto. Perfect!
—Voy a darte algunas instrucciones —me dice—. Hay que vigilar a Simon muy de cerca, solo tiene dos años, es adorable pero muy revoltoso, no le quites ojo. En cuanto lo pierdes de vista, hace alguna travesura. ¿De acuerdo?
Lo ha vocalizado todo muy bien para que la entienda.
—Sí, por supuesto, señora. ¿Y Lewis?
—Llámame Monica, es más agradable.
¿Más agradable para mí o para ella? Todavía no sé por dónde van los tiros. Tiene la seguridad de una mujer pudiente. Da órdenes sin que lo parezca.
—Lewis es un niño muy reservado, tímido y sereno para su edad. Ya verás, es un niño muy dulce. Se acuesta temprano, le encanta leer en su habitación.
Percibo tristeza en su mirada. ¿El amor hacia un hijo va necesariamente acompañado de melancolía, del temor a perderlo? Monica se sobrepone a sus emociones.
—Te adaptarás muy rápido, y ellos te adoptarán, no me cabe duda.
Sonrío, asiento con un gesto y dejo que se instale el silencio. Aguardo. Aguardo a que me diga algo más acerca de Lewis. ¿Cómo debo ocuparme de él? ¿Tengo que cambiarlo? ¿Bañarlo? ¿Qué precauciones he de tomar? ¿Qué le pasa? ¿Sufre? ¿Adónde va durante el día? ¿Cómo es ese centro? ¿Qué hace allí? Pero ella no suelta prenda. Como si su hijo no caminara con una muleta. Como si no tuviera una discapacidad. Me quedo muda ante este descuido. Es mi jefa, me impresiona. Su silencio es una barrera. Monica se levanta. Fin de la sesión informativa. Ha dejado su taza de té en el fregadero. La meteré en el lavavajillas. Mensaje captado.