El secreto de la niñera 1 #4
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«You like it? ¿Te gusta?», me pregunta Monica. Divertida, pienso: «¡No, prefiero mi casa adosada cubierta de moho! Sí, claro, es magnífica». Podríamos haber entrado por la cristalera abierta del salón, pero insisten en que pase por la puerta principal. Entiendo el porqué: el vestíbulo es gigantesco, impresiona. Mi maleta y yo nos sentimos minúsculas. En el centro, la escalera se alza hacia el cielo como la habichuela mágica de Jack; está bañada por la luz, y conduce a dos plantas. Nunca había visto tantas puertas. Las abrimos una a una; el salón y el comedor, la cocina, en la planta baja. Todo es amplio y muy blanco. Monica me muestra la puerta de una habitación que no intenta abrir. «Es el despacho de mi marido, nadie entra, ¡ni siquiera yo!». Subraya la frase con un guiño. Parece adorable. Llegamos al pie de la inmensa escalera. James ayuda a Lewis a sentarse en una silla enganchada a la barandilla, aprieta un botón y observa a su hijo subir al primer piso.

Entiendo que no se trata de una lesión, sino de una discapacidad. Estoy sorprendida, nadie me ha comentado nada al respecto. ¿Está enfermo? Descubro las habitaciones de los niños, cada una del tamaño del salón-comedor de mis padres, no sé dónde posar la mirada: juegos, peluches, roperos... Son niños que tienen de todo y crecen en un entorno extraordinario. En la segunda y última planta, la guarida de los padres, un ensueño de elegancia; distingo una cama grande, un bonito cuarto de baño y un vestidor, es tan chulo como en Ikea. «And this is your bedroom!». «¡Y este es tu nido!». La puerta se abre a una habitación pequeñita con una ventana que da al jardín. Comienza mi nueva vida.

Vacío la maleta y lo apilo todo en los estantes de mi habitación. Lo que más pesaba eran los libros. Para diez meses, he tenido que contenerme, la elección ha sido difícil, me he traído tres novelas de Bret Easton Ellis (es un buen apoyo para mi rabia, este tipo está loco, es un desahogo perfecto), dos de Jay McInerney (un poco retorcido, pero con glamur y purpurina), otras cuatro de Stephen King (el maestro, el especialista de lo cotidiano que degenera en el terror) y una antología de relatos de Richard Matheson (por su fantasía hipnotizante). Me gusta el infierno en la ficción, la vida que se te va de las manos y te engulle. Me gusta cuando, en la literatura, todo empieza a tambalearse. Nada que ver con la vida idílica que estoy descubriendo. También tengo tres libros de inglés, historia y ciencias políticas, y un diccionario de bolsillo bilingüe Robert el verde es insolente, un joyero en la ciudad. Estoy en Londres, una ciudad moderna, eufórica, ruidosa y, sin embargo, me siento dentro de un caparazón, resguardada del ajetreo. Agradezco la suerte que tengo y voy a hacer todo lo posible por merecerla. Oigo la puerta del dormitorio de los padres y el paso alarmado del padre, que baja a toda prisa por las escaleras. No tiene tiempo que perder. Las siete y trece. Me visto y voy a la primera planta para despertar a los niños. Sus puertas están entreabiertas, Monica está con Lewis. Arrodillada junto a su hijo, le habla muy despacito, le dice que no se preocupe, que va a conseguirlo, le acaricia la frente, la mejilla, el cuello. El niño no debe de tener un despertar fácil. Luego, la madre pronuncia unas frases mientras mece la cabeza hacia delante y hacia atrás.

—O Lord, our heavenly Father, Almighty and everlasting God, who hast safely brought us to the beginning of this day; Defend us in the same with thy mighty power; and grant that this day we fall into no sin, neither run into any kind of danger; but that all our doings may be ordered by thy governance, to do always that is righteous in thy sight; through Jesus Christ our Lord. Amen.

Estoy en el vano de la puerta, no me atrevo a moverme. Entiendo «sin», «pecado», «God», «Dios», «danger», «peligro», y «Amen», «Amén». ¡Qué historia tan extraña le está contando! Muy alegre no parece. Monica se vuelve y se queda parada al verme. Luego le dice a Lewis con un tono más firme:

—Vamos, my dear, wake up, despierta, ¡vas a llegar tarde!

Me da mucha vergüenza haberlos sorprendido en un momento de intimidad. Pero ella me dirige una sonrisa y me siento aliviada.