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—Pero ¿es caro hacer de au pair? —le pregunto.
—Uy, no, que no pagas tú, te pagan ellos a ti, ¡la que trabajas eres tú!
A Odile, la otra amiga, no le llama mucho el extranjero, está demasiado lejos. Pero yo tengo mil preguntas.
—¿Y solo te hablan en inglés?
—Claro.
Me digo que esa es la solución para poder aprender inglés de forma gratuita y probar suerte con los exámenes de admisión a las escuelas públicas de periodismo. Son superexigentes con el nivel de inglés y, por ahora, yo soy nula. Además, así no veré a mis padres durante varios meses, ¡la leche!
En el desayuno, tenemos pinta de zombis, de quienes recuerdan por qué están ahí. El efecto tranquilizante de la noche azul ha terminado. Ha cedido el paso a la lividez, a la realidad. Me lanzo, no tengo nada que perder. Le pido a Virginie que me ponga en contacto con su familia inglesa. No parece que le haga mucha gracia, seguramente le gustaría ser la única protagonista de esa historia, pero insisto, se lo suplico. Necesito trabajar, necesito huir. Me responde:
—Si de verdad te interesa, puedo ponerte en contacto con ellos, pero no te prometo nada, son muy selectivos.
Me la pela, en mi cabeza yo ya me he marchado.
Eurostar, lunes 26 de agosto de 1996
Este tren que circula bajo el mar ya es toda una aventura para mí. Dejo atrás mi ciudad, a mi familia, un poco de esta tristeza que me ahoga por dentro, este vacío que me agujerea el estómago desde hace algunos meses, este duelo que no se termina.
Nunca me he sentido tan sola. He traído un cuaderno para escribir, para desahogarme, para avanzar, para dar sentido a mi vida. Miro a los otros pasajeros y me pregunto adónde van. ¿De qué huyen, con quién van a reunirse?
Me gusta este trayecto entre mi ciudad natal y el destino que he elegido, porque es una oportunidad para cambiar de piel y dejar atrás a esa pobre chica furiosa, en guerra con el mundo entero. Es una oportunidad para presentarme de otra manera, para ser otra yo.
En el reflejo de la ventana, los paisajes pasan a toda velocidad por mi rostro y, de pronto, entramos en un túnel. Odio mirarme, odio que me vean mirándome, odio que piensen que me miro, pero aquí, en este tren, nadie me conoce, tengo tiempo para este cara a cara. Veo mi melena rubia caer lánguidamente sobre mis hombros, mi nariz con su protuberancia, como la de mi madre; mi boca carnosa, como la de mi padre; mis ojos azules, como los de nadie. Es bastante común. Es fantástico, me digo.
Puedo ser cualquiera.
Londres, el mismo día
El Jaguar se desliza hacia el elegante barrio de High Barnet, al norte de Londres. Incluso filtrada por los altos árboles que jalonan la carretera, la suave luz me deslumbra, es una de esas luces que solo el final del verano sabe fabricar. Disfruto de la comodidad del asiento del pasajero, he apoyado las palmas en el cuero blanco, fresco, reconfortante. Esto es nuevo para mí. Mis manos absorben este lujo. Estoy emocionada. Voy a aprender inglés entre ricos, luego volveré a Francia, aprobaré el examen de admisión a periodismo y dejaré a mi familia para siempre. El plan perfecto.
Es extraña, esta carretera que lleva a casa de mi familia de acogida. Asfalto y bosque. Ni una acera. Una larga vía sinuosa para el coche. Los peatones no existen o se han muerto todos de golpe. Nos adentramos por ella. Cuanto más avanzamos, más escasos y lujosos son los vehículos. Todo es un espectáculo para mí. Es el padre quien ha venido a buscarme a la salida del metro. Me daba mucho respeto este encuentro. Nunca había visto a ricos de cerca y tenía miedo. ¿Cómo saludarlos? ¿Qué decirles? Temía que me miraran de arriba abajo, que se burlaran de mí. Unas semanas antes de partir, me habían enviado una foto para que pudiera familiarizarme con ellos y reconocerlos a mi llegada. Guapos, bien vestidos, bien peinados, sonrientes, perfectos, alineados en una playa delante del agua azul turquesa. Ellos también habían tenido la ocasión de verme a mí. Les había enviado una foto antes de que me aceptaran para el trabajo. Virginie me había dicho que, conociéndolos, seguro que habían hecho un casting importante para seleccionar a la mejor au pair. Pasé mucho tiempo eligiendo la foto que mejor me vendería a esas personas, aunque era consciente de que lo que necesitaban no era un físico, sino a una chica espabilada que supiera ocuparse de sus dos hijos por la tarde, hacer de niñera y limpiar. Y, respecto a eso, mi foto no decía nada. Opté por una foto en la que estoy junto al mar, sentada en uno de los bancos de la playa de Plouhernec. Ese día me había arreglado mucho, me había maquillado y todo, era el cumpleaños de Morgane. Ella era la única que despertaba mis ganas de ser femenina.
Busqué al padre de familia entre la multitud que entraba y salía por la boca del metro. Buscaba a un hombre con el pelo oscuro, de ojos azules, tez pálida, muy alto y con una bonita sonrisa si estaba de buen humor. Apareció, se me acercó y me gustó enseguida. Antes de presentarse, levantó mi enorme mochila de viaje y me dijo riendo: «¿También te has traído a tu abuela?». Yo sonreí como una tonta. Me tendió la mano: «I’m James, nice to meet you, encantado de conocerte». «Yo también, encantada de meet you». Mi miedo desapareció, pero, en lo relativo al inglés, me quedaba todo por aprender.
James White habla mucho, me cuenta que es abogado. Esta mañana ha estado en los tribunales por un caso increíble del que no puede decirme nada, pero cuyos detalles pronto podré leer en el Times. «¿Lo conoces? Es el diario londinense de referencia». «Pero eso», me dice, «ya debes de saberlo, ¡puesto que eres una futura gran periodista!». La soltura de la peña con pasta. El dinero elimina las barreras sociales y acerca a las personas. Sobre todo a las más modestas. Yo, como no tengo ni idea de qué puedo contar, escucho.
Debajo de mis manos, el cuero blanco. Solo he conocido el coche de segunda mano de mis padres. En el asiento trasero, atrapada por el cinturón de seguridad, siempre palpé ese tejido acanalado, gris, grueso, basto. Ese tejido que te hace desear cualquier cosa menos esa vida, pero que te recuerda sin cesar que este es tu sitio, que este es tu día a día y que buena suerte si pretendes cambiar de entorno. Por la carretera, veo villas escondidas detrás de cortinas de árboles, intento ver a través de ellas, distinguir siluetas, movimiento, pero la tupida vegetación me lo impide. Imagino que la casa de mi familia de acogida disfruta del mismo lujo: no poder ser observada, solo adivinada. Lo justo para tener paz y dar envidia.
El padre aminora la marcha y tuerce a la derecha. «¡Bienvenida a Hidden Grove!». Un recinto de ladrillos rojos de varios metros de altura se yergue ante nosotros. Nunca había visto nada igual, parece una fortaleza. La inmensa verja negra se abre con lentitud, como para señalar su importancia. Sin un solo ruido. Ni siquiera sé cómo se ha abierto. En el interior, descubro cinco casas, también de ladrillo, pequeñas mansiones dispuestas alrededor de una plaza central poblada de árboles altos y delgados. Lo que me choca son los coches. Delante de cada villa, un cupé y un todoterreno. Todo es perfecto. Es muy bonito. Entro en el paraíso, y está bien protegido.
En la puerta, una mujer en la treintena, muy elegante, con una cabellera morena voluminosa y algo ondulada. Así es exactamente como yo me imagino a una mujer rica, con el pelo sedoso y vaporoso, un pelo seguro de sí mismo. Detrás de ella aparece un niño que camina apoyado en una muleta. Reconozco a Lewis, el mayor, tiene diez años. En la foto no salía la muleta. Lleva de la mano a su hermano pequeño, Simon, de dos años, que se bambolea, no debe de hacer mucho que camina. Como los padres, los niños son morenos y guapos: ropa impecable, vaqueros y camisas bien planchadas... Dicen hello con sus manos minúsculas, y sus labios dibujan palabras que no entiendo. Aún no he salido del coche y esta nueva vida todavía es una película muda para mí. De repente, mis manos se crispan sobre el cuero blanco del asiento delantero, veo desfilar los últimos meses y, sobreponiéndose a la emoción y a la alegría, aparecen la inquietud y el vértigo. Y también el miedo a no estar a la altura, a que la rabia me domine. Me enderezo, sonrío, me muestro orgullosa, disimulo mi ira y mi pobreza. Soy una persona nueva.
Parto de cero.
El padre sale del vehículo, lo rodea y se inclina para abrirme la puerta: un servicio de lujo. Mis temores se disipan. Entro en mi nueva existencia, y la banda sonora es alegre: «Good evening! Welcome! Hello!». La voz grave y sosegada de la madre de familia se mezcla con las voces almibaradas y aflautadas de los niños. Nos miramos, nos sonreímos, inclinamos la cabeza, un poco incómodos, soltamos risitas de circunstancias. Me presento: «I am Emmylou, nice to meet you». He repetido esta frase cientos de veces en el tren para no parecer boba. En el fondo, estoy orgullosa, voy a aprender y ayudar. Mi primer trabajo.
Antes de entrar, me proponen dar un paseo alrededor de la casa, hace bueno, hay que aprovecharlo. Lewis avanza lentamente, arrastrando la pierna. No veo que lleve escayola, ¿se habrá torcido el tobillo? Tiene la cara seria de un chico que debe prestar mucha atención para no caerse. ¡Vaya tela! ¡Cuando pienso que esta casa va a ser el decorado de mi vida durante un año entero! Es un edificio imponente con dos ojos enormes, uno encima del otro, que miran hacia el exterior. Aprendo mis primeras palabras: son bow-windows. Detrás hay un jardín plantado con árboles de todos los tamaños. Dentro, una cabaña, un columpio y un tobogán.