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Pero esta noche solo soy yo, y eso es jodido. No me han dejado llamar a Morgane. «Sale muy caro, os enrolláis mucho», me dice mamá. «No me paso el día trabajando para que luego tú estés de palique». Esa es su frase. No se da cuenta de que me hace daño. Ella no necesita hablar, pero yo sí, nosotras sí; hablar, desahogarnos, apaciguarnos, soñar, ese es nuestro bálsamo. Mi ira choca contra las paredes de mi habitación bajo el tejado. Me siento minúscula e impotente en esta casa adosada. Me avergüenza este barrio en el que han decidido embutir a los más pobres de la ciudad, un barrio muy bien delimitado para que no se desborde. Me muero aquí dentro. Por suerte, tengo mis libros. Decenas de libros de bolsillo que ya han vivido lo suyo, los recojo delante de los casoplones a orillas del mar. Siempre hay gente que deja algunos abandonados y, cuando necesito un título concreto, el sábado voy al mercado, donde hay un tipo que tiene un montón de cajas llenas a un franco el ejemplar. Eso me ilusiona más que comprar un jersey. En mis estanterías, los compis de piso se llevan la mar de bien; Zola se codea con Bret Easton Ellis, Maupassant comparte espacio con Raymond Carver sin poner reparos. Esa es mi paz, mi ansiolítico. Aplasto el puro en el alféizar ya mugriento de mi ventana, se acabó la pausa, doy la espalda a los compis de piso y termino de repasar el examen de historia previo a la selectividad. Tal vez el día de mañana sea más interesante que este. Por soñar que no quede.
«El juego de las potencias en las relaciones internacionales desde 1945». Llevamos tres horas sudando la gota gorda con el examen de historia. Las espaldas están encorvadas sobre las hojas, las manos sostienen las frentes, las miradas de unos y otros se cruzan furtivamente, se respiran hastío y desesperación. Me queda poco menos de una hora para terminar. El tema de la evaluación no es emocionante, pero me esmero con esta asignatura. Para ser periodista es indispensable, me ha dicho el profe. Se abre la puerta, el jefe de estudios le susurra algo al oído al docente, que se muestra estoico, busca con la mirada y viene hacia mí. Me susurra que coja mis cosas y siga al responsable del centro. No entiendo, no pienso en nada, hago lo que me dicen. Recorro un largo pasillo silencioso, rozo las docenas de abrigos colgados en los ganchos, pieles blandas y deformes, abandonadas. Oigo los pasos rígidos y regulares del jefe de estudios, que marcan la pauta, y luego los míos, que intentan mantener la cadencia. Al llegar a su despacho, me anuncia, incómodo, que tengo que salir del instituto, que alguien me espera delante de la verja para hablar conmigo. No puede decirme la razón, eso no le corresponde a él. Bajo por las escaleras, cuento los peldaños para no perder el equilibrio, para no perder la cabeza, cruzo el patio con sus tres árboles pelados que juegan a ser un bosque.
Percibo una silueta cerca de la verja, parece el padre de Morgane. Son las once y diez, ¿qué está haciendo aquí? Mi amiga no ha venido en autobús esta mañana, he pensado que estaría enferma, a veces le pasa. Abro la puerta de la derecha, es pesada y me deja la mano húmeda. «Hola, Gérard...». Parece exhausto después de sus días de descanso fuera del barco pesquero. Se acerca a mí, oigo que me dice: «... algo a Morgane». No tiene su voz de marinero, ni su voz de padre. Es un fantasma. Repite como si se disculpara: «Le ha pasado algo a Morgane. Se ha suicidado». No entiendo esa frase. Sin embargo, he oído esas palabras en la tele, las he leído en mis novelas, bajo todas sus formas, en todos los tiempos. De pronto, me caigo.
Odio esta canción, aunque antes me encantaba. Recuerdo el día en que Morgane me la descubrió, hacía un frío de muerte, estábamos en su cama, en su casa, envueltas en su colorida manta cien por cien poliéster. Metió la cinta en el walkman y me puso los auriculares en las orejas. A través de la espuma agujereada y suavísima, se reveló esta letra desgarradora: «Puisque tu pars», «Porque te vas». La historia de alguien a quien no es posible retener, cuyo corazón se va a latir a otro lugar. Alguien a quien no quieres ver partir, pero cuya mano debes soltar. Estas palabras de Jean-Jacques Goldman, cuando las escuchas con una amiga, se te meten en las entrañas, pero siguen siendo una canción, la partida de alguien que no conoces, una historia que te conmueve, pero no te afecta, y eso es lo bueno de la desgracia ajena. Pero cuando te toca a ti, la melodía es una basura, te aplasta los ojos, te lapida el corazón. Hay canciones que nunca deberían escribirse o, por lo menos, nunca deberían escucharse. Y esta, lo sé, me desangrará en vida, hasta el final.
El féretro está colocado en el centro del pasillo de la iglesia. Han dejado un marco sobre su madera lisa y nueva. En la foto, el rostro de mi mejor amiga. Sonriente. Pienso en por qué sonreía aquel día... Tal vez era feliz en aquel momento, tal vez imaginaba la vida estupenda que acabaría teniendo, tal vez quería a la persona que sacó la foto, tal vez sonreía porque es lo que se hace en las fotos. Tengo ganas de vomitar. Qué incongruente me parece su sonrisa, cuánto daño me hace en este lugar. Es como si le hubieran dicho: «Esta foto estará en tu féretro, será la última imagen que tendrán de ti», tu sonrisa frente a todas esas caras anegadas de tristeza, esos allegados que han venido para asistir a la misa de despedida, a tu «sepelio», como dicen los adultos. No consigo establecer un vínculo entre la caja y la cara, entre sus padres, sus amigos y ese sacerdote que suelta palabras en cascada sobre lo que vendrá después, sobre la otra vida, sobre los alégrense-esto-es-solo-el-principio. No entiendo por qué hace buen tiempo fuera cuando dentro caminamos sobre nuestras lágrimas. Morgane saltó por la ventana de su edificio hace una semana. Quinto piso, sin alas, cayó sobre el asfalto, delante de unos niños que jugaban. No dejó ninguna carta, solo un vacío que yo lleno de preguntas. ¿Por qué quería morir? ¿Por qué no me dijo nada? ¿Por qué no éramos suficiente para ella? ¿Por qué yo no era suficiente para ella?
Con estas palabras y esta música que me dan ganas de morir, sale el féretro, rumbo a la tierra, al lado de los otros, de todos esos muertos, de todo ese dolor. Después, los padres de Morgane nos citan en la sala de fiestas de Plouhernec. El ambiente está enrarecido. Algunos globos multicolores, platos de cartón blancos llenos de galletitas, jarras de zumo de naranja y vasos de plástico transparente. Se diría que estamos celebrando la primera comunión o el cumpleaños de un niño de diez años. La foto de Morgane está encima de una de las mesas, la miro y le pregunto: «¿Y yo? ¿Cómo voy a pirarme de aquí?».
Curiosa noche. Apoltronada en un sillón destartalado, rodeada de los cinco amigos más íntimos de Morgane, apiñados en un sofá desgastado por el uso, delante de una chimenea que nos calienta las mejillas. Estamos bien, en calma, no hay adultos, solo nosotros, nos tomamos una, charlamos sin levantar mucho la voz, sin querer tener la razón. Estamos en casa de una amiga de Morgane, Virginie. No es que le apeteciera acogernos, pero era la única que estaba tranquila en su casa. No conozco bien a esa chica. Antes no nos hablábamos, incluso tenía la impresión de que me ignoraba cuando me la cruzaba con Morgane. Esta noche es diferente, la desgracia nos une. Virginie nos propone a las dos chicas del grupo que nos quedemos a dormir porque sería demasiado duro añadir soledad a nuestra tristeza y porque nadie puede entender este sufrimiento, aparte de nosotras. Yo siempre voy un poco a mi bola, pero dadas las circunstancias, acepto. Mis padres están demasiado cansados después de su jornada de trabajo para consolarme. Le pregunto:
—Pero ¿tus padres no dirán nada?
—¿Mis padres? —se ríe—. Ni les va ni les viene. Mi padre se largó hace tres años, nunca volvió del trabajo. Y mi madre no está mucho en casa. Como de día no le alcanza con sus trabajillos de costurera para pagar el alquiler y la comida, de noche trabaja limpiando las oficinas de Fimapêche, en la zona industrial. Así que yo hago lo que quiero, siempre y cuando cuide de los gemelos. Ya están acostados, tienen ocho años, llegaron sin ser esperados, mis padres no pudieron quejarse, dos por el precio de uno. Por cierto, no hagáis mucho ruido cuando vayamos a mi cuarto, que duermen al lado.
Su habitación es aún más pequeña que la mía, abuhardillada, pero la madera es cálida y la cama doble es imponente. Nos apretujamos las tres. El edredón nos envuelve, nuestra pena se reconforta. Nos acordamos de los buenos momentos con Morgane, incluso nos dan ataques de risa. Me relajo y, con la mirada puesta en las estrellas que pueden verse al otro lado del tragaluz, les hago algunas confidencias. Morgane y yo queríamos dibujarnos otra vida, buscábamos una forma de irnos, de largarnos, pero no porque sí, eso nos unía, lo comentábamos todo el tiempo, dábamos vueltas a varias soluciones, a soluciones que no costaran dinero. Imaginábamos trabajillos aquí y allá para pagarnos los estudios, una habitación que compartiríamos. Teníamos un plan para más adelante y ahora tengo un abismo ante mí.
Virginie también nos cuenta su vida. Antes de empezar su formación profesional como esteticista, viajó y dejó el insti al terminar primero, no tenía ganas de hacer la selectividad. Su padre se había largado, su madre estaba siempre de los nervios, así que puso rumbo a Inglaterra, donde estuvo un año entero.
—¡Guau, Inglaterra!
—Sí, estaba en Londres.
—¿Londres?
Estamos impresionadas, estamos celosas.
—Pero ¿qué hacías en Londres?
—Era au pair, trabajaba para una familia que está forrada, tenían dos hijos y yo los cuidaba. Hacía un poco de limpieza, pero también tenía bastante tiempo libre. Molaba vivir con gente que tiene una casa muy grande, un jardín bonito y que solo se relaciona con gente de pasta.
—Fijo, nada que ver. Londres no es Plouhernec.
Estoy flipando con su historia, me da mucha envidia.