El secreto de la niñera 1
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El secreto de la niñera

El secreto de la niñera

Por Sidonie Bonnec

© inepub.com

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Mis ojos no se acostumbran a la oscuridad, es una negrura espesa y húmeda. Voy a ciegas, pero me llega un hedor a viejo, a madera, a orina, a cera, a velas apagadas. Paladeo el lugar; parece infinito, sin contornos y, sin embargo, sé que estoy encerrada. No me despego de las paredes, temo la caída, el vacío. Mis dedos son mis antenas, van tanteando, avanzan deprisa, son más audaces que yo. Porque en este preciso momento quiero desaparecer, no quiero seguir siendo yo, me siento tan aterrorizada que estoy dispuesta a renunciar a todo. Pienso aceptarlo todo, cerrar los ojos a lo que sé, a lo que he visto, a lo que he comprendido. Seré muy dócil, una mosquita muerta de la que se dispone a voluntad, una pobre chica sin apegos, sin futuro. La negrura es una pantalla perfecta sobre la que proyecto la película histérica de estos últimos meses; mi cerebro se resquebraja, agrupa los recuerdos, las emociones, las sensaciones, las dudas, procesa todo esto con rapidez y lo escupe en imágenes anárquicas. Intento hacer una síntesis, no entiendo dónde estoy. Me duele la cabeza. Quiero quedarme pegada a la pared, acurrucarme contra el gélido hormigón hasta que vengan a buscarme, a tranquilizarme; me portaré bien, lo prometo; devolvedme a la luz. Puedo fingir que no ha pasado nada.

Sin embargo, todo ha cambiado, lo sé.

Me despego de la pared, me aventuro en la habitación a pasitos, me da miedo caerme, hacerme daño, me da miedo sentir miedo. Tengo la sensación de que avanzo a pasos agigantados, pero apenas araño unos centímetros. De pronto, mis dedos rozan algo, se echan a temblar. Es otra piel. Entre ellas se reconocen, por supuesto. Una piel fría y suave. En mis entrañas se forma un grito que brota a borbotones. Un grito enloquecido, ronco. La piel no reacciona.

Antes. Plouhernec, lunes 12 de febrero de 1996

El cielo gris plomizo descarga con todas sus fuerzas sobre los alumnos que se precipitan entre las patas de cemento armado de la enorme araña que es el instituto Chateaubriand. Morgane y yo salimos a toda pastilla para coger el autobús de las seis y doce, después tendremos que esperar hasta las seis y cincuenta y cinco, cero ganas. ¿Qué crees que puedes hacer en Paimpol un mes de febrero cuando ha caído el manto de la noche, el insti ha cerrado sus puertas y la cafetería del barrio ha sido ocupada por los alcohólicos? Nada. Te lo aseguro, mejor vete a casa. Sí, aunque tu casa esté en Plouhernec, una ciudad que apenas merece este título, pero como llevas el odio dentro y no quieres hundirte más, dices que es una ciudad y no un pueblucho. Hay que arañar la esperanza de donde se pueda. Llegamos a tiempo, el autobús engulle a los pasajeros antes de volver a escupirlos uno a uno o en racimos por la carretera del acantilado. Morgane se pega a la ventana, es su sitio favorito, y tira de las mangas de su jersey negro de acrílico para taparse las estropeadas manos. Con la larga cabellera castaña y rizada y la nariz recta, es igual que una princesa triste, lo cual es el colmo cuando eres tan guapa. Yo estoy tranquila, nadie fantasea conmigo: rubia, sosa, cabello lacio, nariz aguileña. Observo a los otros alumnos pasar. Pero ¿en qué están pensando los que se meten en esta movida? Todo el mundo presenta la misma facha: un cuerpo enorme y flácido cubierto por una chaqueta demasiado grande, un cuerpo que se comba a la derecha o a la izquierda bajo el peso de una mochila enorme. Diez kilos de promesas: matemáticas para una brillante carrera de ingeniero, latín para entrar en la Escuela Normal Superior, historia y geografía para tu deslumbrante destino como periodista. Pero, en serio, ¿quién se lo cree? Porque al día siguiente, cuando te despiertas, nada ha cambiado, te toca recorrer el mismo camino en sentido inverso. En pie a las seis y veinte, porque a las siete sales de tu casa, que está pegada a la de tus vecinos, sola con tu puta cartera llena de promesas. No has podido terminarte las galletas, está oscuro, hace frío y nadie te acompaña. Tus padres se han ido más temprano que tú. ¿Qué creías, que tienen tiempo de tomarse un té de jazmín mientras hojean el periódico? A estas alturas, ellos ya se están partiendo el espinazo en su criadero de ostras, así que tus sueños de adolescente rebelde... Si lo observaras todo desde arriba, verías a decenas de zombis salir de sus míseras casas y avanzar al unísono, con los brazos colgando a los lados y la cabeza metida en el cuello de la chaqueta para exhalar un poco de calor, el paso todavía pegado al sueño, todos juntos en dirección a la parada de autobús Moulin de Craca, cuya «r» alguien ha tachado para hacer un buen chiste que arranca las risas de los turistas, pero no de los jóvenes de Plouhernec, porque el Moulin de Craca es nuestro monumento, el único molino de viento de la costa norte de Bretaña que fabrica su propia harina, ¿te suena de algo? Nuestro molino plantado en el arrecife desde hace dos siglos es prácticamente lo único que rula por aquí. Aunque, como nosotros, nunca ha despegado.

Cuando Morgane ve que me enfado, a veces susurra: «Emmylou...», y luego se rasca el dorso de las manos. Tiene cuatro hermanos, dos chicos y dos chicas. Como yo, ella no existe en la familia. Demasiados hijos, demasiadas deudas, demasiado trabajo, demasiado de todo, sus padres están ausentes. El padre pesca en el Atlántico Norte en un barco de arrastre, un infierno marino, y la madre es cajera en un pequeño supermercado: se está calentito, es verdad, te saludan y te dan las gracias cuarenta veces al día, pero desgasta. ¿El tiempo? No existe en su familia, como tampoco en la mía. En clase de filosofía estudiamos precisamente eso, la noción del tiempo y las siguientes preguntas, de lo más pertinentes: ¿En qué medida nos pertenece el tiempo? ¿En qué sentido podemos decir que el hombre no solo vive en el presente? ¿El tiempo es un límite para el hombre? ¿El tiempo es nuestro enemigo o nuestro aliado? Pero ¿quién dispone de tiempo libre para hacerse estas preguntas? ¿Y para responderlas? En casa solo tenemos una respuesta, y es esta: «No tengo tiempo». Por eso me ahogo, exploto, chillo, les grito a mis padres, a mi hermana pequeña, Maëlle. Morgane, por su parte, se borra, se hace diminuta, se diluye. Y se hace daño. Se clava las uñas en el dorso de la mano derecha. No es culpa suya, es cosa de su enfermedad. Pongo la palma de mi mano encima de la suya y se la aprieto con ternura para que sienta el calor y cicatrice. Morgane y yo no somos familia, nosotras nos hemos elegido, lo que es mejor. Ella saca su walkman y se pone los auriculares, escucha a Jean-Jacques Goldman, su pasión, el amor de su vida: «J’irai au bout de mes rêves, tout au bout de mes rêves»... «Iré hasta el fin de mis sueños»... Yo prefiero soñar en inglés: «But I still haven’t found what I’m looking for»... «Pero aún no he encontrado lo que busco»... U2 es mi escapatoria, mi futuro. Morgane y yo nos hemos jurado que saldremos del arroyo, con la mirada puesta en una sola dirección; directas a otra parte, muy lejos, lo más lejos posible, más allá de los acantilados marrones, más allá de los kilómetros de páramos tenebrosos, más allá de las casas de granito rosa ajadas por las inclemencias del tiempo.

Aquí, incluso el rosa es un asco.

El olor del purito me satura las fosas nasales. Finjo que me gusta, pero la verdad es que apesta. Habría comprado de buena gana cigarrillos, como los demás compañeros, pero son muy caros y me he conformado con los puritos que el jefe de mi padre le ha regalado. En mi casa no se fuma, la caja está a la vista de todos en la cómoda del salón, solo sirve para eso. A veces, por la noche, cuando todo el mundo se ha acostado, pillo uno, me lo planto entre los labios, abro la ventana de mi habitación y contemplo la noche. Me tomo mi tiempo, hago rodar la piedra del mechero que encontré en uno de los cajones llenos de chismes de mi madre. La hago rodar varias veces porque me da una sensación de autocontrol, prolonga el momento. Doy una calada, es un poco fuerte, me produce un leve mareo. Escupo el humo en la negrura exterior y me invento historias. Soy una abogada brillante, parisina, que repasa su último caso con un colega de profesión; es tarde, el bufete se vacía y fumamos mientras nos tomamos un whisky para relajarnos. A veces soy una escritora que dialoga con sus personajes en la soledad de la noche. También me encanta ser esa reportera que prepara sus entrevistas a mano en un cuaderno gastado por los viajes, mientras fuma en el bar de un hotel de mala muerte en Medellín.