El secreto de la madrina: Madrid, siglo XIX Capítulo 5 La piel del silencio
17%

Capítulo 5 La piel del silencio

El tiempo se detuvo. No fue una metáfora poética, sino una suspensión física de la realidad, como si el aire se hubiera convertido en ámbar viscoso.

Mis ojos viajaron desde la sonrisa burlona de Julián de Valdemar hasta la jaula de hierro oxidado situada detrás de él, en las sombras del altar mayor.

Dentro, acurrucada como un animal herido, había una figura pequeña.

Vestía harapos blancos, sucios y desgarrados por años de abandono.

Su cabello, antes rubio y brillante en las fotografías de Álvaro, era ahora una maraña grisácea y enmarañada.

—Clara —masculló Don Álvaro. El nombre salió de su garganta como un gemido ahogado, desprovisto de aire, desprovisto de esperanza. Dio un paso adelante, pero sus piernas cedieron bajo el peso de una década de duelo repentino y brutalmente reavivado.

Julián chasqueó la lengua, un sonido seco que resonó en la nave vacía de la catedral inconclusa.

—No tan rápido, inspector. La curiosidad mató al gato, pero la impaciencia mata al padre.

Levantó una mano enguantada en cuero negro.

Inmediatamente, las sombras alrededor de la jaula se agitaron.

Los nomos, esas criaturas bajas y deformes que yo conocía demasiado bien, emergieron de la oscuridad.

No eran docenas, como había temido inicialmente, pero eran suficientes.

Seis de ellos, con sus pieles de arcilla cruda y sus ojos lechosos, rodearon la jaula formando un círculo protector.

Sus garras rasparon contra la piedra del suelo, produciendo un sonido similar al de uñas rompiendo pizarra.

—¿Qué has hecho? —pregunté, mi voz temblando no por miedo, sino por una rabia fría y concentrada. Mantuve a Álvaro detrás de mí, aunque sabía que mi cuerpo era un escudo insuficiente contra lo sobrenatural.

—He completado la colección, Evelyn —respondió Julián, cerrando el libro negro con un golpe sordo—.

Tu antepasada, Sor Isabel, entendía que la inocencia no es un estado permanente, sino un recurso que debe ser cosechado en el momento exacto de su maduración.

Clara ha estado aquí, en este limbo, durante diez años.

No envejeciendo, no muriendo, simplemente...

esperando. Conservada en salmuera espiritual para que su pureza no se corrompiera con la vida adulta.

Es el cuarto sello perfecto. La inocencia suspendida en el tiempo.

Miré a la niña en la jaula. Sus ojos estaban cerrados.

¿Estaba viva? ¿O era solo un cascarón vacío, un títere animado por la voluntad de los nomos?

La Madrina gritaba en mi mente, una cacofonía de advertencias y dolor.

«¡Es una trampa! ¡La energía residual te cegará! ¡No mires directamente a la jaula!»

Pero no podía apartar la vista. Sentía una conexión visceral con Clara. No porque fuéramos amigas, ni porque compartiéramos sangre, sino porque éramos dos caras de la misma moneda robada. Ella había sido secuestrada para ser un sello; yo, para ser la llave.

—Déjala ir, Julián —dije, dando un paso hacia él. Mis manos buscaron instintivamente el revólver en mi bolso, aunque sabía que era inútil contra él. Él no era el verdadero peligro; era solo el conductor. El peligro eran las cosas que se arrastraban a sus pies.

Julián rio, una risa suave y educada que contrastaba horriblemente con la monstruosidad de la escena.

—¿Irse? Pero apenas hemos comenzado la ceremonia. El cuarto sello requiere un testigo. Requiere que el guardián vea lo que ha perdido para entender lo que debe sacrificar. Y tú, Evelyn, eres la mejor testigo. Porque tú sabes lo que es vivir en el armario.

Señaló hacia mí con el libro cerrado.

—Los nomos no la lastimarán. Aún no. Están hambrientos, sí, pero están disciplinados. Esperan la orden. Esperan que el ritual alcance su clímax. Y para eso, necesito que tú abras la puerta final.

—Nunca abriré esa puerta —escupí.

—Oh, pero ya la has abierto —musitó Julián, acercándose lentamente.

Los nomos se apartaron para dejarlo pasar, inclinándose ante él con una sumisión repugnante—.

Cada vez que usas el poder de tu "Madrina", cada vez que tocas esos artefactos malditos, estás girando la llave.

Eres parte del mecanismo, Evelyn. No eres la heroína de esta historia. Eres la bisagra.

Sentí náuseas. La verdad de sus palabras resonaba en mis huesos. Había sentido ese calor, esa conexión eléctrica cada vez que interactuaba con los objetos del ritual. Me estaba utilizando. Me estaba convirtiendo en el conducto por el cual la entidad antigua entraría en nuestro mundo.

Álvaro se puso de pie, tambaleante. Sus ojos ya no mostraban duda, solo una determinación suicida. Sacó su revólver reglamentario y apuntó a Julián.

—Aléjate de ella —ordenó, con la voz firme a pesar de las lágrimas que corrían por sus mejillas—. Aléjate de mi hija.

Julián ni siquiera parpadeó.

—Dispara, inspector. Verás qué poco importan las balas de plomo contra la fe de siglos.

Álvaro apretó el gatillo. El estruendo fue ensordecedor en la catedral vacía.

La bala voló hacia el pecho de Julián. Pero antes de impactar, uno de los nomos saltó con una velocidad sobrenatural, interponiéndose en la trayectoria.

La bala se incrustó en su hombro de arcilla, sin provocar sangre, solo una nube de polvo seco.

La criatura chilló, un sonido agudo que hizo vibrar los vidrios de las ventanas altas, y se lanzó contra Álvaro.

—¡No! —grité.

Me lancé hacia adelante, no hacia Julián, sino hacia el nomo.

Extendí las manos y canalicé toda mi furia, todo mi miedo, toda la energía de la Madrina.

Una onda de choque verde explosiva emanó de mis palmas, golpeando a la criatura en pleno aire.

El nomo fue lanzado hacia atrás, estrellándose contra una columna de piedra con un crujido húmedo.

El silencio volvió a caer, más pesado que antes. Julián me miraba con interés académico, como un entomólogo observando a un insecto particularmente fascinante.

—Impresionante —murmuró—. Tu poder está creciendo. Pero cada uso te debilita, ¿no es cierto? Sientes el frío en los huesos. Sientes cómo tu humanidad se erosiona. Pronto, no quedará nada de Evelyn. Solo quedará el recipiente.

Tenía razón. Me sentía vacía, drenada. Mis manos temblaban incontrolablemente. Pero no podía mostrar debilidad. Miré a la jaula. Clara se había movido. Había abierto los ojos.

Eran negros. Completamente negros. Sin blanco, sin iris. Solo abismos. Y me sonrió.

La sonrisa de Clara no era humana. Era una imitación grotesca, aprendida mediante la observación de muñecas rotas. Sus labios se curvaron en una mueca que no llegaba a sus ojos muertos.

—Papá —dijo, pero la voz no salió de su boca. Resonó directamente en nuestras cabezas, una telepatía invasiva y pegajosa—. Juega conmigo.

Álvaro bajó el arma, hipnotizado. Dio otro paso hacia la jaula, ignorando los nomos que gruñían a su alrededor.

—Clara... soy yo. Soy papá.

—Ya no tienes papá —respondió la voz en nuestra mente, ahora más fuerte, más agresiva—. Tienes amo. Tienes dueño. Y el dueño tiene hambre.

Julián abrió los brazos, adoptando una postura teatral.

—El vínculo se ha establecido. La inocencia corrupta reconoce a su creador. Ahora, Evelyn, el quinto paso. Debes tocar la jaula. Debes liberar la energía contenida. Si no lo haces, los nomos devorarán al inspector aquí mismo. Lentamente. Disfrutarán de cada mordisco.

Miré a Álvaro. Estaba a punto de llegar a la jaula. Los nomos se tensaban, preparados para atacar. No tenía opción. Si no actuaba, moriría. Y si moría, el ritual continuaría de todos modos, quizás incluso más rápido.

—¿Qué debo hacer? —pregunté, odiando cada palabra que salía de mi boca.

—Toca el hierro —instruyó Julián—. Y deja que la Madrina entre. Deja que ella luche contra la corrupción de la niña. Es la única manera de purificar el sello. O eso dicen los textos.

Era una mentira. Lo sabía. Pero no tenía otra carta que jugar. Avancé hacia la jaula, pasando junto a Álvaro, que me miró con confusión y dolor.

—Perdóname —le susurré al pasar.

Llegué frente a la jaula. El hierro estaba helado, cubierto de escarcha a pesar de la temperatura templada de la catedral. Podía sentir la presencia de Clara dentro, una masa densa de tristeza y maldad acumulada. Cerré los ojos y llamé a la Madrina.

«Ayúdame», pensé. «No por mí. Por él.»

La presencia verde llenó mi mente, pero esta vez era diferente. Era más débil, más fragmentada. Como si la Madrina estuviera siendo consumida por algo externo.

«Ten cuidado, pequeña», susurró la voz, apenas audible. «Hay algo más allí dentro. Algo antiguo. Más antiguo que yo.»

Ignoré la advertencia. Puse mis manos sobre los barrotes de hierro.

El impacto fue inmediato y violento. No fue una visión, fue una invasión.

Mi conciencia fue arrastrada fuera de mi cuerpo, lanzada a través de un túnel de viento y gritos.

Aterricé en un paisaje onírico: un bosque de árboles de hueso, bajo un cielo de sangre coagulada.

En el centro, Clara estaba de pie, pero ya no era una niña.

Era una mujer alta, vestida con ropas de sacerdotisa, con cuernos de ciervo brotando de su frente.

—Bienvenida, hermana —dijo la entidad que usaba el rostro de Clara. Su voz era múltiple, un coro de miles de voces femeninas—. Hemos estado esperándote. La Madre está despertando. Y tú traes la llave.

—No soy tu hermana —respondí, intentando mantener mi forma mental intacta—. Soy tu fin.

La entidad rio.

—No puedes destruir lo que eres. Mírate. Mírate realmente.

Una superficie de agua negra apareció frente a mí. Me miré en el reflejo. No vi a Evelyn. Vi a una criatura hecha de sombras y luz verde, con ojos lechosos como los de los nomos. Vi colmillos asomando bajo mis labios. Vi que mi piel estaba cubierta de runas brillantes.

—Eres una de nosotros —dijo la entidad—. La Madrina no te protege. Te está preparando. Te está cultivando para que seas el recipiente perfecto. Cuando el ritual termine, no habrá Evelyn. Solo habrá la Puerta.

Intenté retroceder, pero el suelo de hueso me atrapó. Raíces blancas surgieron de la tierra, envolviendo mis tobillos, subiendo por mis piernas.

—¡Suéltame! —grité.

—Nunca —musitó la entidad, acercándose. Su rostro estaba ahora a centímetros del mío. Olía a flores podridas y a miel rancia—. Únete a nosotras. Sé libre. Sé poderosa. Sé eterna.

En el mundo real, sentí mi cuerpo convulsionar. Mis manos seguían pegadas a la jaula, pero mis dedos se estaban fusionando con el metal. El hierro se volvía blando, como cera, absorbiendo mi carne.

Álvaro gritaba mi nombre, pero sonaba lejano, como si estuviera bajo el agua. Julián observaba con deleite, tomando notas mentales.

Tenía que romper el contacto. Tenía que salir. Pero la entidad era fuerte, y la Madrina estaba callada.

Entonces, recordé las palabras de Julián: «La bisagra». Si yo era la bisagra, podía decidir hacia qué lado giraba la puerta.

En lugar de luchar contra la entidad, me dejé llevar. Abrí mi mente completamente, invitando a la oscuridad a entrar. Pero no para rendirme. Para infectarla.

Canalicé todo el dolor de Álvaro, toda la rabia de las víctimas, toda la furia de la Madrina, y la lancé como un virus mental hacia la entidad de Clara.

La criatura chilló, soltándome. El bosque de huesos comenzó a desmoronarse.

—¡¿Qué has hecho?! —gritó la voz múltiple, ahora distorsionada por el dolor.

—He cerrado la puerta —pensé, con una frialdad que me asustó—. Por ahora.

Desperté de golpe, cayendo de rodillas en el suelo de la catedral. Mis manos estaban quemadas, la piel roja y ampollada donde había tocado el hierro. La jaula estaba intacta, pero Clara había vuelto a dormirse, o a fingirlo.

Julián aplaudió lentamente.

—Bravo, Evelyn. Has sobrevivido al contacto directo. Impresionante. Pero has gastado mucha energía. Y la noche es joven.

Los nomos avanzaron hacia nosotros. Esta vez, no había escapatoria.

Álvaro me ayudó a levantarme. Estaba pálido, pero vivo.

—Vámonos —dijo, con urgencia—. Ahora.

—No podemos dejarla ahí —protesté, señalando a Clara.

—Si nos quedamos, moriremos. Y si morimos, nadie podrá salvarla después. Confía en mí.

Me miró a los ojos. Por primera vez, vi una chispa de estrategia en su mirada. Sabía algo que yo no sabía.

Asentí. Retrocedimos lentamente hacia la salida, mientras los nomos nos observaban, lamiéndose los labios de arcilla. Julián no nos detuvo. Simplemente sonrió y cerró el libro.

—Hasta pronto, querida bisagra —dijo.

Salimos a la lluvia. La ciudad nos tragó. Pero mientras corríamos por las calles empedradas, supe que no habíamos ganado. Habíamos comprado tiempo. Y el tiempo, en este juego, era el lujo más caro de todos.

Pero en mi bolsillo, el amuleto de hueso comenzó a vibrar de nuevo. El quinto sello estaba cerca. Y esta vez, no sería una niña. Sería alguien que conocía bien.