Capítulo 6 Geografía del dolor
La lluvia había cesado, dejando tras de sí un Madrid lavado, brillante y traicionero.
Las luces de gas se reflejaban en los charcos como ojos amarillos abiertos en la oscuridad.
Corrimos hasta que el aliento nos faltó y las piernas nos temblaron, alejándonos de la catedral inconclusa, de la jaula, de la cosa que usaba el rostro de Clara.
No nos detuvimos hasta llegar a una taberna clandestina en el barrio de La Latina, un sótano húmedo donde el olor a vino agrio y tabaco rancio servía de máscara olfativa contra el hedor de lo sobrenatural.
Don Álvaro se dejó caer en un banco de madera, con la cabeza entre las manos.
Sus hombros, usualmente erguidos bajo el peso de la autoridad, estaban encorvados por una derrota silenciosa.
Yo me senté frente a él, observando mis manos.
Las ampollas causadas por el contacto con la jaula palpitaban con un calor febril, pero no era infección.
Era energía residual. La entidad dentro de Clara me había marcado, igual que los nomos me habían marcado de niña.
—¿Qué sabes, Álvaro? —pregunté, rompiendo el silencio opresivo. Mi voz sonó extraña en mi propia garganta, áspera por el humo y el grito contenido.
Él levantó la vista. Sus ojos grises estaban vacíos, dos pozos secos.
—Sé que Julián no actúa solo —dijo finalmente—.
Sé que lleva años investigando casos archivados.
Casos que yo mismo cerré por falta de pruebas.
Desapariciones de niñas en parques, muertes inexplicables en conventos, locuras repentinas en familias nobles.
Todos tenían un hilo conductor: un símbolo tallado en algún lugar cercano. Un armario. Una puerta. Un umbral.
—¿Y por qué no me lo dijiste? —repliqué, sintiendo cómo la rabia volvía a subir, caliente y ácida.
—Porque tenía miedo —confesó, con una honestidad brutal que me desarmó—. Miedo de que si te lo decía, te convertirías en el siguiente objetivo. Y veo que mi miedo era fundado. Pero también... también tenía esperanza. Esperanza de que tú, con tus... dones, pudieras ver lo que yo no podía.
Suspiró profundamente, sacando una petaca de plata del bolsillo interior de su chaqueta. Bebió un trago largo, sin ofrecerme. Necesitaba el fuego del alcohol para mantenerse cuerdo.
—Clara no está muerta, Evelyn. Lo sé. Lo he sentido cada noche durante diez años.
Una presencia fría en mi casa. Susurros en los pasillos.
Juguetes que aparecían movidos de lugar.
Pensé que era mi culpa. Que mi mente se estaba quebrando por el duelo.
Pero ahora sé que era ella. O lo que queda de ella.
Julián la ha estado conservando. Alimentando. Usándola como batería para su ritual.
—El cuarto sello es la inocencia corrupta —murmuré, recordando las palabras de Julián—. Pero dijo que necesitaba cinco sellos. Ya tenemos el amuleto (el pasado), las monedas (la memoria y la traición), y a Clara (la inocencia). ¿Qué falta?
Álvaro guardó la petaca. Su expresión se endureció.
—Falta el sacrificio voluntario. Y la sangre de la línea directa.
Me quedé helada.
—¿Sangre de la línea directa? —pregunté, aunque ya temía la respuesta.
—Tú, Evelyn. Eres descendiente de Sor Isabel.
Eres la última de su linaje. Y yo... soy el padre de la víctima retenida.
Nuestros dolores, nuestras sangres, son el combustible.
Julián no solo quiere abrir la puerta. Quiere convertirse en el nuevo guardián.
Quiere el poder que tú posees innatamente y que él ha estudiado obsesivamente.
El aire en la taberna pareció volverse súbitamente irrespirable. Los pocos clientes restantes nos miraban con recelo, murmurando sobre extraños que hablaban de locuras en voz alta.
—Entonces no estamos cazando —dije, con una claridad terrible—. Somos la presa. Todo este tiempo, hemos estado bailando al compás que él marcaba. Cada pista, cada visión, cada encuentro... todo estaba orquestado para traernos aquí, a este momento exacto.
—No todo —corrigió Álvaro, inclinándose hacia mí—. Hay algo que él no controla. Tu Madrina. Ella es variable. Es caos. Y el caos es el enemigo del orden ritualístico. Por eso te teme. Por eso intenta corromperte antes de que puedas usarla plenamente.
En ese momento, sentí un pinchazo agudo en la nuca. La Madrina. No era una advertencia de peligro inmediato, sino una sensación de urgencia geográfica. Como una brújula interna girando violentamente.
«Al norte», susurró la voz en mi mente. «Hacia el río. Donde el agua se estanca. Donde la tierra llora.»
Me puse de pie abruptamente.
—Tenemos que irnos. Ahora.
—¿A dónde? —preguntó Álvaro, levantándose también, con la mano instintivamente cerca de su revólver.
—Al Manzanares. Cerca del puente de Toledo. Hay algo allí. Algo que Julián aún no ha reclamado. O quizás, algo que ha dejado atrás deliberadamente.
Salimos a la calle nocturna. La ciudad dormía, pero nosotros estábamos despertando a sus monstruos.
Caminamos rápido, pegados a las sombras de los edificios.
Cada sonido, cada crujido de una ventana, nos hacía tensar los músculos.
Sabíamos que los nomos nos seguían. No los veíamos, pero sentíamos su presencia, como estática en la piel, como el zumbido de moscas invisibles.
Llegamos a la ribera del río. El agua negra fluía lenta, pesada, cargada de los secretos de la ciudad.
El olor a lodo y decadencia era intenso.
Busqué con la mirada el punto que la Madrina señalaba.
Allí, entre los juncos altos y la maleza, había una estructura pequeña.
Una ermita abandonada, medio derruida, dedicada a alguna santa olvidada.
—Allí —señalé.
Nos acercamos con cautela. La puerta de madera podrida colgaba de una sola bisagra. Entramos. El interior estaba vacío, salvo por un altar roto y, en el suelo, un círculo dibujado con ceniza blanca.
En el centro del círculo, había un objeto. Un espejo de mano, antiguo, con el marco de plata empañada.
Me acerqué. Al tocarlo, no sentí frío ni calor. Sentí tristeza. Una tristeza tan profunda, tan antigua, que me hizo llorar sin saber por qué.
—¿Qué es esto? —preguntó Álvaro, manteniéndose a distancia.
—Es el quinto sello —dije, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano—. La verdad reflejada. Julián quiere que miremos. Quiere que veamos lo que realmente somos.
Levanté el espejo. Mi reflejo me devolvió la mirada. Pero no era mi rostro actual. Era el rostro de la niña de siete años, en Escocia, frente al armario. Y detrás de mí, en el reflejo, no estaba la habitación de la ermita. Estaba el interior del armario. Lleno de ojos. Lleno de bocas.
Pero una voz salió del espejo. No era la de Clara. Era la mía. Pero distorsionada.
—Mírame —indicó el reflejo—. Mírame bien. Porque pronto, seré todo lo que quede de ti.
El espejo se quebró en mis manos. Los fragmentos cayeron al suelo, pero no hicieron ruido. Se disolvieron en polvo de plata.
A la sazón, escuchamos aplausos.
Lentos. Rítmicos. Celebratorios.
Julián emergió de las sombras de la entrada de la ermita. No estaba solo. Detrás de él, arrastrando los pies, venía Clara. Pero ya no caminaba como una niña. Caminaba como una reina. Y sus ojos negros brillaban con una luz propia.
—Excelente trabajo, Evelyn —dijo Julián, sonriendo—. Has reunido los componentes. La memoria, la traición, la inocencia corrupta... y ahora, la verdad rota. Solo falta uno. El sacrificio.
Señaló a Álvaro.
—Tu sangre, inspector. Para sellar el pacto. O la de ella. Para abrir la puerta. Elige.
La elección pendía en el aire como una guillotina invisible.
Miré a Álvaro. Vi el amor paternal luchando contra el deber, el horror contra la resignación.
Vi cómo su mano temblaba sobre la funda de su arma.
Sabía que no dispararía. No contra Clara.
Nunca podría disparar contra lo que quedaba de su hija, incluso si esa "cosa" ya no era humana.
Después me miré a mí misma. Sentía el peso de mi linaje, la carga de la Madrina, la corrupción que avanzaba por mis venas como hielo líquido.
Si me sacrificaba, ¿detendría el ritual?
¿O simplemente completaría el circuito, permitiendo que la entidad entrara en mi cuerpo y usara mi poder para destruir todo lo que conocía?
Julián disfrutaba de nuestra agonía. Sus ojos brillaban con un fanatismo religioso que resultaba obsceno.
—No hay tiempo para dudas morales —dijo, dando un paso adelante. Los nomos emergieron de las sombras de la ermita, rodeándonos. Esta vez eran más numerosos. Más grandes. Sus fauces babeaban una sustancia negra y viscosa.
—Evelyn —expresó Álvaro, sin apartar la vista de Clara—. Haz lo que debas hacer. Yo... yo me ocuparé de ella.
Sabía lo que significaba. Iba a intentar salvar a Clara, incluso si eso significaba morir en el intento. Era un acto de amor suicida. Y era hermoso. Y terrible.
—No —dije, con firmeza. Levanté las manos, canalizando la energía de la Madrina. Esta vez, no la contuve. Dejé que fluyera libremente, salvajemente. Mis ojos debieron brillar con esa luz verde espectral, porque los nomos retrocedieron, chillando de dolor.
—Si quieres sangre, Julián, toma la mía —grité—. Pero no será un sacrificio pasivo. Será una guerra.
Lancé una onda de energía pura hacia Julián. Él levantó el libro negro, que actuó como escudo, absorbiendo el impacto. Pero la fuerza del golpe lo hizo retroceder varios pasos. Clara, sin embargo, no se inmutó. Sonrió, y de su boca salió un enjambre de insectos negros que volaron hacia mí.
Instintivamente, creé una barrera de luz verde. Los insectos chocaron contra ella y se desintegraron en ceniza. Pero el esfuerzo me costó caro. Sentí cómo una parte de mi vitalidad se drenaba, cómo mi piel se volvía más pálida, más fría.
—¡Corre, Álvaro! —chillé—. ¡Llévatela lejos!
Pero Álvaro no se movió. Estaba paralizado, mirando a Clara con una expresión de dolor infinito.
—Papá... —balbuceó la niña, extendiendo una mano hacia él. La voz era dulce, engañosa. Ven a mí. Libérame.
Julián aprovechó la distracción. Lanzó un hechizo desde el libro. Una cadena de sombras sólidas salió de las páginas, envolviendo los tobillos de Álvaro y tirando de él hacia el suelo.
—¡No! —berreé, intentando liberarlo, pero los nomos me atacaron. Tuve que defenderme, lanzando destellos de luz que quemaban su carne de arcilla, pero eran demasiados. Me mordían, me arañaban. Sentía sus dientes clavándose en mis brazos, en mis piernas. El dolor era real, agudo, humano.
Caí de rodillas. La sangre brotaba de mis heridas, mezclándose con el polvo de la ermita.
Julián se acercó a mí, pisoteando los fragmentos del espejo roto. Se agachó frente a mí, tomando mi barbilla con fuerza.
—Mira qué hermosa eres cuando sangras —murmuró—. La belleza y el dolor son gemelos, Evelyn. Siempre lo han sido.
Le escupí en la cara.
Él se limpió la saliva con calma, sin enfadarse.
—Tienes espíritu. Me gusta. Harás un excelente recipiente.
Se puso de pie y miró a Clara, que ahora estaba junto a él, acariciando el libro negro con dedos huesudos.
—El sexto sello requiere desesperación —dijo Julián—. Y creo que hemos alcanzado la cuota.
Miró hacia la salida de la ermita.
—Traed al otro.
De las sombras, dos nomos arrastraron a una figura encapuchada. La tiraron al suelo frente a nosotros. La capucha cayó.
Era Don Fermín, el bibliotecario. Estaba inconsciente, sangrando por la cabeza.
—Un testigo inocente —explicó Julián—. Alguien que no tiene nada que ver con vuestro drama personal. Su muerte será el catalizador final. Su sangre lavará las dudas.
Sentí un horror absoluto. Don Fermín era un viejo bueno, inofensivo. No merecía esto.
—¡Déjalo! —grité, intentando levantarme, pero los nomos me sujetaron con fuerza.
Julián sacó un cuchillo de obsidiana del interior de su chaqueta. Lo sostuvo sobre el cuello de Don Fermín.
—Adiós, viejo amigo de los libros —dijo, con falsa tristeza.
En ese momento, sentí algo cambiar en el aire. La Madrina no gritó. No advirtió. Simplemente... desapareció.
Su presencia, que había sido mi constante compañera, mi escudo, mi guía, se evaporó. Me quedé sola. Completamente sola.
Pero en ese vacío aterrador, entendí. La Madrina no me había abandonado. Se había fusionado. Había entrado en mí por completo. Ya no era una entidad externa. Era yo.
Mis ojos se abrieron de par en par. La luz verde ya no emanaba de mí. Mis ojos eran la luz.
El cuchillo de Julián bajó. Pero nunca llegó a tocar la piel de Don Fermín.
Porque yo me moví. Más rápido de lo que cualquier humano debería poder moverse. Aparecí frente a Julián, arrebatándole el cuchillo de la mano con un movimiento fluido. Lo sostuve contra su garganta.
Sus ojos se abrieron con shock genuino.
—¿Cómo...? —balbuceó.
Sonreí. Pero no era mi sonrisa. Era la sonrisa de la Madrina. Antigua. Fría. Implacable.
—El juego ha cambiado, Julián —dije, con una voz que resonaba con ecos de mil generaciones—. Ahora juego yo.
Y clavé el cuchillo. No en su garganta. En el libro negro.
El grito que salió del libro no fue humano. Fue el grito de un mundo muriendo. Las páginas se incendiaron con llamas verdes. Los nomos chillaron y se desintegraron en polvo. Clara cayó al suelo, convulsionando.
Julián retrocedió, aterrorizado, mirando el libro arder.
—¡Lo has destruido! ¡Has destruido el vínculo!
—He liberado la verdad —respondí, dejando caer el cuchillo.
Pero mientras el libro ardía, vi algo en las llamas. Una forma. Una puerta. Abriéndose.
De ella, no salía luz. Salía oscuridad. Pura, absoluta, hambrienta.
Había ganado la batalla. Pero acababa de perder la guerra.