Capítulo 4 Hadas de ceniza y hueso
La lluvia en Madrid no lava los pecados; simplemente los hace resbalar por las alcantarillas, mezclándose con el lodo para formar una pasta grisácea que se adhiere a los zapatos y al alma.
Caminaba de regreso hacia el centro, con la nota arrugada en el puño cerrado, tan apretado que las uñas me clavaban en la palma, compitiendo con el dolor de la herida anterior.
«Pregúntale sobre su hija.» Las palabras bailaban en mi mente como brasas ardientes, quemando cualquier intento de racionalización.
Don Álvaro de Montalvo no era solo mi superior.
Era un hombre roto, un edificio en ruinas cuya fachada de severidad policial apenas sostenía el derrumbe interior.
Había perdido a su única hija, Clara, hacía diez años.
Un caso sin resolver. Una desaparición que la prensa llamó «el misterio del parque del Retiro», pero que la Brigada archivó bajo la etiqueta de «huida voluntaria», una mentira piadosa para no admitir la impotencia de la ley frente a lo inexplicable.
Si el asesino conocía ese dolor, si lo utilizaba como moneda de cambio, entonces no estaba jugando contra mí. Estaba jugando contra nosotros dos. Nos estaba tejiendo en la misma tela macabra.
Llegué a la comisaría empapada. El agua goteaba de mi capa, formando un charco oscuro en el suelo de baldosas desgastadas.
Los agentes nocturnos me miraron con curiosidad, pero nadie se atrevió a detenerme.
Mi reputación, forjada a base de silencios incómodos y resultados sangrientos, actuaba como un escudo invisible.
El despacho de Don Álvaro estaba a oscuras, salvo por la luz tenue de una lámpara de escritorio. Él estaba allí, sentado, con la cabeza entre las manos. No fumaba. No escribía. Solo existía en su dolor.
Golpeé suavemente la puerta abierta.
—Evelyn —dijo sin levantar la vista. Su voz era un susurro ronco—. Sabía que vendrías. Hueles a tumba antigua y a miedo.
Entré y cerré la puerta. El sonido del cerrojo fue definitivo, como el cierre de un ataúd.
—Tenemos que hablar, Álvaro.
Levantó la cabeza. Sus ojos estaban inyectados en sangre, rodeados de ojeras profundas que parecían moretones. Me miró, y por primera vez, vi algo más que escepticismo o respeto profesional. Vi terror.
—¿Qué has encontrado? —preguntó.
Saqué la nota del bolsillo y la desplegué sobre su mesa, junto a las dos monedas de plata y el amuleto de hueso.
—Esto apareció en el Monasterio de Santa Clara. Después de... un encuentro.
Álvaro leyó la nota. Sus manos temblaron ligeramente. Al llegar a la última frase, se quedó inmóvil. El aire en la habitación se volvió denso, cargado de electricidad estática.
—Mi hija —murmuró. La palabra salió de sus labios como si le quemara la lengua—. Clara tenía siete años cuando desapareció. Llevaba un vestido blanco. Como la víctima de hoy.
—No es una coincidencia, Álvaro. El asesino está recreando patrones. Patrones antiguos. Y tu hija... ella podría haber sido el primer sello. O la clave que faltaba.
Se puso de pie bruscamente, derribando la silla.
—¡No hables de ella! —gritó, golpeando la mesa con el puño—. ¡Clara murió! ¡O eso creí durante diez años! ¿Insinúas que está viva? ¿Que ha estado sufriendo todo este tiempo mientras yo...?
Su voz se quebró. Se dejó caer de nuevo en la silla, cubriéndose el rostro con las manos.
—No insinúo nada —dije suavemente, acercándome—. Solo digo que el asesino conoce tu dolor. Lo usa como combustible. Y creo que sabe dónde está, o dónde estuvo. Necesito ver el expediente original, Álvaro. El que no está en los archivos públicos. El que guardas en tu caja fuerte.
Me miró a través de los dedos. Había una lucha interna visible en su rostro: la obligación del secreto versus la desesperación de la verdad.
Finalmente, asintió lentamente. Se levantó, fue a una estantería falsa detrás de su escritorio y giró una llave oculta.
Un panel se abrió, revelando una pequeña caja de metal.
La sacó y la colocó sobre la mesa. Dentro había una sola carpeta, amarillenta por el tiempo, y un objeto pequeño envuelto en terciopelo rojo.
—Nunca he mostrado esto a nadie —señaló, con la voz vacía—. Ni siquiera a mis superiores.
Abrió la carpeta. Fotos de una niña sonriente, de ojos brillantes y cabello rubio. Reportes de búsqueda infructuosos. Testimonios contradictorios. Y luego, un dibujo. Un dibujo hecho por Clara, encontrado en su habitación la mañana de su desaparición.
Era un dibujo de un armario. Un armario grande, de roble oscuro, con figuras talladas en la puerta. Rostros retorcidos. Fauces abiertas.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Era idéntico al armario de mi infancia en Escocia. Idéntico.
—¿Dónde encontró este dibujo? —pregunté, con la voz estrangulada.
—En su almohada. Esa mañana. Ella dijo que había soñado con «los hombres de madera» que querían jugar con ella.
La Madrina gritó en mi mente, un alarido de advertencia tan fuerte que casi me hizo caer de rodillas. «¡Es él! ¡El mismo origen! ¡Los nomos no tienen fronteras, Evelyn! ¡Te siguieron desde Escocia hasta aquí! ¡Y se llevaron a la niña para atraerte!»
Miré a Álvaro. Él no sabía. No podía saber que mi presencia en Madrid no era casualidad. Que yo era el imán que había atraído a esos monstruos hacia su familia. La culpa, fría y pesada, comenzó a asentarse en mi estómago.
—Álvaro —dije, con dificultad—. Hay algo que debes saber. Algo sobre mí.
Antes de que pudiera continuar, la luz de la lámpara parpadeó y se apagó. La oscuridad total nos envolvió.
Y entonces, escuchamos la risa.
Una risa infantil, clara y cristalina, que provenía de la esquina más oscura del despacho.
—Papá... —farfulló una voz.
Álvaro se congeló. Sus ojos se abrieron desmesuradamente en la oscuridad.
—¿Clara?
La voz no era humana. Tenía la textura del vidrio molido, bella pero cortante. Provenía de todas partes y de ninguna. La oscuridad en la esquina del despacho comenzó a condensarse, tomando forma. Una figura pequeña, vestida de blanco, emergió de las sombras.
No era Clara. No completamente. Sus movimientos eran espasmódicos, antinaturales. Sus brazos colgaban demasiado largos, y su cabeza estaba inclinada en un ángulo imposible. Pero el rostro... el rostro era el de la niña del dibujo. Pálido, con ojos negros como pozos sin fondo.
—Papá —repitió la cosa, sonriendo. Una sonrisa demasiado amplia, llena de dientes pequeños y afilados como agujas—. He venido a jugar.
Álvaro intentó avanzar, hipnotizado por el dolor y la esperanza.
—¡No te acerques! —grité, lanzándome hacia él y sujetándolo por el brazo. Su músculo estaba tenso como una cuerda de violín a punto de romperse—. ¡No es ella! ¡Es un nomo! ¡Un impostor!
La criatura ladeó la cabeza, observándonos con curiosidad maligna.
—La señora Evelyn sabe —dijo, señalándome con un dedo largo y huesudo—. Ella juega con ellos. Ella abre las puertas. ¿Por qué nos odias, Evelyn? Solo queremos estar contigo. Siempre hemos querido estar contigo.
La Madrina explotó en mi interior. Una luz verde, fría y brillante, emanó de mi pecho, iluminando la habitación con un resplandor espectral. La criatura chilló, retrocediendo hacia la sombra. La luz la quemaba, disolviendo su forma ilusoria.
—¡Vete! —ordené, proyectando mi voluntad como un escudo.
La figura se deshizo en humo negro, dejando tras de sí un olor a azufre y flores podridas. La luz de la lámpara volvió a encenderse, parpadeando débilmente.
Álvaro jadeaba, apoyándose en la mesa para no caer. Me miró con una mezcla de horror y gratitud.
—¿Qué... qué era eso? —preguntó, con la voz temblorosa.
—Un eco —respondí, sintiéndome repentinamente exhausta. El uso de la luz de la Madrina me había drenado las fuerzas—. Un recuerdo manipulado por entidades que se alimentan de tu dolor. Querían distraernos. Querían que bajarais la guardia.
Recogí el objeto envuelto en terciopelo de la caja. Lo desenvolví. Era un medallón. Idéntico al mío, pero con la efigie de un ángel caído.
—Clara llevaba esto cuando desapareció —dijo Álvaro, tocándolo con reverencia—. Lo encontraron semanas después, cerca del estanque.
Lo tomé. Al tocarlo, sentí una conexión inmediata. No era solo un objeto. Era un ancla. Y vibraba con la misma frecuencia que las monedas de plata.
—El asesino no solo conoce tu dolor, Álvaro. Lo está utilizando para alimentar el ritual. Cada víctima, cada sello, está vinculado a un trauma personal. Tu hija fue el inicio. Yo soy el final.
Guardé el medallón junto a las otras piezas. Ahora tenía tres objetos de poder. Tres claves.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó él, recuperando parcialmente su compostura de inspector.
—Buscamos el cuarto sello —dije, mirando hacia la ventana, donde la lluvia seguía cayendo implacable—. Y esta vez, no esperamos a que nos encuentren. Vamos a cazar.
Salimos de la comisaría bajo la lluvia. La ciudad parecía diferente ahora. Cada sombra escondía una amenaza. Cada reflejo en los charcos podía ser un ojo observador.
Sabía dónde ir. El patrón geométrico de los crímenes formaba una espiral que convergía en el centro histórico. El siguiente punto lógico era la Catedral de la Almudena, aún en construcción, un lugar de fe incompleta, perfecto para rituales de profanación.
Mientras caminábamos, sentí la presencia de la Madrina debilitándose.
La luz verde en mi interior parpadeaba. Usar su poder tenía un coste.
Y el coste era mi propia humanidad. Cada vez que la invocaba, me alejaba más de ser Evelyn, la mujer, y me acercaba más a ser un recipiente, un canal para fuerzas antiguas.
—Evelyn —comentó Álvaro, rompiendo el silencio—. Si esto tiene que ver con mi hija... si hay alguna posibilidad de que ella...
—No hay posibilidades, Álvaro —interrumpí, con dureza necesaria—. Solo hay verdades. Y algunas verdades son peores que la muerte. Prepárate para lo que puedas encontrar. Porque el asesino no solo mata cuerpos. Mata esperanzas.
Llegamos a la plaza de la Armería. La catedral se alzaba como un gigante de piedra inconcluso, con andamios que parecían costillas expuestas. La entrada principal estaba bloqueada por puertas de madera maciza, cerradas con cadenas.
Pero una puerta lateral, pequeña y discreta, estaba entreabierta. Una invitación.
Entramos. El interior era un caos de polvo, vigas de madera y silencio sagrado. La nave central estaba vacía, pero en el altar mayor, donde debería estar el tabernáculo, había algo más.
Una figura arrodillada. Vestida de negro. Rezando.
Nos acercamos sigilosamente. Cuando estuvimos lo suficientemente cerca, la figura se giró.
Era Julián de Valdemar.
Sonrió, sosteniendo en sus manos un libro abierto. El mismo libro negro que yo había tomado de la biblioteca.
—Sabía que vendríais —dijo, con calma exasperante—. El cuarto sello requiere traición. Y qué mejor traición que la de un amigo... o de un amante potencial.
Miró a Álvaro, luego a mí.
—El juego acaba de empezar, querida Evelyn. Y tú acabas de mover la pieza equivocada.
Detrás de Julián, las sombras del altar comenzaron a moverse. No eran sombras ordinarias. Eran nomos. Decenas de ellos. Esperando. Y en el centro de ellos, una jaula de hierro. Dentro, una figura pequeña, dormida.
Clara.