El secreto de la madrina: Madrid, siglo XIX Capítulo 3 El archivo de los condenados
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Capítulo 3 El archivo de los condenados

La sangre en mi palma palpitaba con un ritmo sincopado, ajeno a mi corazón.

Era un recordatorio físico de la realidad: yo era carne, era vulnerable, y podía sangrar.

Pero también era algo más. La moneda de plata, ahora manchada con mi propia esencia vital, parecía haber absorbido el dolor, convirtiéndolo en una carga eléctrica que recorría mis nervios hasta la base del cráneo.

No volví a la comisaría. No podía. Don Álvaro me habría interrogado sobre las heridas, sobre el libro bajo mi brazo, sobre la palidez mortal que sin duda adornaba mi rostro. Necesitaba soledad. Necesitaba descifrar el Códice antes de que el siguiente sello se cerrara sobre otra garganta inocente.

Me dirigí a mi apartamento, una habitación alquilada en una pensión discreta cerca de la Plaza Mayor.

Las escaleras crujían bajo mis pies, cada escalón un testigo mudo de mi fatiga.

Al cerrar la puerta con doble vuelta, me dejé caer contra la madera, respirando con dificultad.

El silencio de la habitación era opresivo, cargado de polvo y recuerdos ajenos.

Encendí la lámpara de aceite. La llama titiló, proyectando sombras danzantes que parecían tener vida propia. Coloqué el libro negro sobre la mesa de noche, junto a las dos monedas y el amuleto de hueso. Formaban un triángulo imperfecto, una geometría sagrada y profana.

Abrí el códice por la página de la ilustración. Sor Isabel de la Cruz. 1492. Mis dedos temblaron al trazar el contorno de la mujer del medallón. ¿Era realmente mi antepasada? ¿O era solo una coincidencia cruel tejida por la paranoia del asesino?

Comencé a leer. El latín era arcaico, lleno de giros teológicos retorcidos.

Hablaba de las «Vírgenes Negras», no como iconos marianos, sino como sacerdotisas de un culto pre-cristiano dedicado a la Diosa Tierra en su aspecto destructor.

Ellas no adoraban la vida; adoraban el ciclo de la putrefacción que alimenta la vida.

Creían que para renovar el mundo, había que sacrificar lo más puro: la inocencia femenina.

«Siete sellos, siete llaves, siete puertas. La sangre de la hija abre el camino a la Madre.»

La frase resonó en mi mente con claridad aterradora. Yo era la hija. La Madrina... ¿era la Madre? O quizás, la Madrina era la guardiana que impedía que la Madre despertara completamente.

Una punzada aguda en la sien me hizo gemir. Cerré los ojos. La visión llegó sin invitación.

Estaba en una celda de piedra húmeda. Olía a moho y a miedo.

Una mujer joven, idéntica a mí, estaba encadenada a la pared.

Frente a ella, una figura encapuchada sostenía un cuchillo de obsidiana.

No había odio en sus movimientos, solo una devoción fanática.

La mujer gritaba, pero el sonido era ahogado por cantos graves.

De repente, la figura se quitó la capucha.

Era un hombre. Joven. Guapo. Con ojos grises.

Don Álvaro.

Desperté jadeando, empapada en sudor frío.

La lámpara parpadeaba violentamente. ¿Era una premonición?

¿El inspector estaba involucrado? No. Era imposible.

Él era la ley, la razón, el ancla que me mantenía en este mundo.

Pero la visión había sido vívida, demasiado real.

El miedo sembró una semilla de duda en mi corazón.

¿Y si el asesino no era un extraño? ¿Y si era alguien que conocía los secretos de la Brigada?

Sacudí la cabeza, intentando despejar la niebla mental.

Debía centrarme. El códice mencionaba un lugar donde se conservaban los originales de los rituales: el Monasterio de Santa Clara de la Penitencia, abandonado desde hacía siglos, situado en las afueras de Madrid, cerca del río Manzanares.

Allí, según el texto, se guardaba la «Llave Maestra».

Si quería detener esto, tenía que ir allí. Pero no podía ir sola. Y no podía llevar a la policía. Necesitaba a alguien que entendiera lo oculto, alguien que no hiciera preguntas incómodas.

Pensé en Julián de Valdemar. Su advertencia en la biblioteca había sonado a amenaza, pero también a invitación. Él sabía. Él coleccionaba estos horrores. Quizás pudiera ofrecerme información a cambio de... ¿qué? ¿De mi alma? No tenía nada más que dar.

Decidí arriesgarme. Escribí una nota breve, cifrada con un código simple que habíamos usado en una ocasión anterior durante una investigación extraoficial: «Necesito ver el ojo cerrado. Esta noche. En el puente de Segovia.»

Envié a la criada de la pensión con la nota, prometiéndole una propina generosa. Mientras esperaba, revisé mis armas. Llevaba un pequeño revólver en el bolso, pero sabía que las balas eran inútiles contra los nomos. Mi verdadera arma era mi voluntad, y la presencia de la Madrina.

—¿Estás ahí? —pregunté en voz baja, mirando al espejo oscuro de la ventana.

No hubo respuesta verbal, pero sentí un roce suave en mi mejilla, como una brisa fría. Era un sí. Ella vendría conmigo.

La noche cayó sobre Madrid como un manto pesado. Salí de la pensión, envuelta en una capa oscura que ocultaba mi figura. Las calles estaban desiertas, iluminadas apenas por faroles moribundos. El viento silbaba entre los edificios, llevando ecos de risas lejanas y llantos ahogados.

Llegué al puente de Segovia. El río Manzanares fluía abajo, negro y espeso como alquitrán. Julián ya estaba allí, apoyado en la barandilla de piedra, fumando un cigarrillo cuya brasa brillaba como un ojo rojo en la oscuridad.

—Llega puntual, señorita Evelyn —dijo sin girarse—. Me gusta la puntualidad. Es una virtud rara en tiempos de caos.

—Tengo poco tiempo, Julián —respondí, acercándome con cautela—. Necesito saber todo lo que sepas sobre el Monasterio de Santa Clara.

Él se volvió, sonriendo con esa expresión ambigua que tanto me inquietaba.

—Ah, el nido de las brujas muertas. Un lugar fascinante. Dicen que las piedras aún gritan los nombres de las sacrificadas. ¿Por qué quiere ir allí?

—Porque creo que allí está la clave para detener los asesinatos.

Julián apagó el cigarrillo aplastándolo contra la piedra.

—No se pueden detener, Evelyn. Solo se pueden posponer.

El ritual es una fuerza de la naturaleza.

Como un terremoto. Pero... —hizo una pausa, estudiándome con intensidad—, puedo decirle cómo entrar sin que las piedras la traguen entera viva.

Hay una entrada secreta. Una cripta que no aparece en los planos.

—Dígamela.

—A cambio de algo.

—Ya le di mi atención. ¿Qué más quiere?

Julián se acercó un paso. Olía a tabaco caro y a algo metálico, como sangre seca.

—Quiero que me deje tocar el medallón que lleva bajo la ropa. Solo un instante. Quiero sentir su energía.

Era una petición absurda, invasiva. Pero la desesperación es una mala consejera. Asentí lentamente.

Julián extendió la mano. Sus dedos rozaron mi pecho, justo encima del corazón, donde descansaba el medallón. Sentí una descarga estática, fuerte y desagradable. Él retiró la mano rápidamente, con una expresión de sorpresa genuina.

—Es poderosa —murmuró—. Más de lo que imaginaba. La entrada está en la base del campanario derruido. Busque la piedra con la marca de la luna menguante. Empuje hacia la izquierda.

—Gracias —dije, apartándome bruscamente.

—Tenga cuidado, Evelyn —advirtió él, su voz perdiendo la ironía habitual—. En ese lugar, los sueños se hacen carne. Y las pesadillas tienen dientes.

Me alejé del puente, sintiendo la mirada de Julián clavada en mi espalda. Sabía que había cometido un error. Le había dado poder sobre mí. Pero no había otra opción. El monasterio me esperaba. Y con él, la verdad.

El Monasterio de Santa Clara se alzaba contra el cielo nocturno como un esqueleto petrificado. Las ruinas góticas, cubiertas de hiedra negra, parecían acechar en la oscuridad. El viento aullaba entre los arcos rotos, creando melodías fúnebres que erizaban la piel.

Llegué a pie, tras dejar un carruaje a cierta distancia. No quería que el cochero supiera dónde iba. La soledad del lugar era absoluta. Ni siquiera los grillos cantaban aquí. El silencio era denso, pesado, como si el aire mismo tuviera miedo de vibrar.

Busqué el campanario derruido. Era una torre truncada, con la mitad superior caída en un montón de escombros. En la base, entre las piedras musgosas, encontré la marca: una luna menguante tallada toscamente en la roca.

Recordé las instrucciones de Julián. Empuje hacia la izquierda.

Coloqué las manos sobre la piedra fría. Estaba helada, casi quemante por el frío.

Empujé. Al principio, nada ocurrió. Luego, con un gemido profundo de piedra contra piedra, un mecanismo oculto cedió.

Una sección de la pared se deslizó lateralmente, revelando una escalera de caracol que descendía hacia la oscuridad absoluta.

Un olor a humedad antigua y a incienso rancio subió desde las profundidades. Encendí una pequeña linterna de bolsillo que llevaba conmigo. La luz amarillenta apenas lograba penetrar la negrura.

Bajé. Los escalones eran irregulares, resbaladizos. Cada paso resonaba como un trueno en el vacío. La Madrina estaba tensa, su presencia en mi mente era una alerta constante. «Peligro. Algo antiguo duerme aquí. No lo despierte.»

Pero yo no tenía elección. Tenía que encontrar la Llave Maestra.

Tras bajar unos veinte metros, llegué a una sala circular. Era una cripta, iluminada por una luz tenue que parecía emanar de las propias paredes. En el centro, sobre un pedestal de piedra negra, había un libro. No era el códice que yo tenía. Era más grande, más antiguo. Encuadernado en piel humana.

Me acerqué, hipnotizada. El libro estaba abierto. Las páginas pasaban solas, impulsadas por una brisa inexistente. Se detuvieron en una página específica.

Había un nombre escrito en letras de sangre fresca. Evelyn. Y debajo, una fecha. Hoy. El corazón me dio un vuelco. No era una predicción. Era una cita.

De repente, escuché pasos detrás de mí. Pasos lentos, deliberados. No eran los pasos arrastrados de un nomo. Eran pasos humanos. Pesados.

Me giré, apuntando la linterna hacia la escalera.

Una figura emergió de la sombra. Alta, vestida con una túnica negra. El rostro estaba cubierto por una máscara de porcelana blanca, sin rasgos, excepto por dos agujeros negros donde deberían estar los ojos.

—Bienvenida, hija —dijo una voz distorsionada, mecánica, como si saliera de un gramófono roto—. Te hemos estado esperando.

—¿Quién eres? —pregunté, con la voz firme a pesar del terror que me congelaba la sangre.

—Soy el guardián del umbral —respondió la figura, avanzando hacia mí—. Y tú eres la ofrenda final.

Intenté retroceder, pero mis pies parecían clavados al suelo. La cripta comenzó a vibrar. Las paredes sangraban. Literalmente. Un líquido rojo y espeso comenzó a brotar de las grietas de la piedra, llenando el suelo rápidamente.

La figura alargó una mano hacia mí. En la palma, sostenía una tercera moneda de plata.

—El tercer sello requiere memoria —dijo la voz—. Recuerda quién eres, Evelyn. Recuerda por qué fuiste robada.

La visión me golpeó con la fuerza de un martillo.

Escocia. Nieve. Mi madre, llorando. Un hombre alto, con el rostro oculto, llevándome en brazos. No era un secuestro común. Era un rescate. Me robaban para salvarme. De qué... no lo sabía. Pero el miedo en los ojos de mi madre era real.

Desperté de la visión jadeando. El líquido rojo llegaba ya a mis tobillos. Era caliente. Olía a hierro.

La figura estaba ahora frente a mí. Levantó la máscara. Debajo no había rostro. Solo oscuridad. Una negrura absoluta que parecía absorber la luz de mi linterna.

Grité. Un grito primal, desgarrador.

La Madrina respondió. Una onda de choque invisible salió de mi cuerpo, lanzando a la figura contra la pared. La máscara se rompió, revelando... nada. Vacío.

El libro en el pedestal se cerró de golpe. El flujo de sangre se detuvo.

Caí de rodillas, exhausta. Había sobrevivido. Por ahora.

Pero cuando miré hacia el pedestal, el libro había desaparecido. En su lugar, había una nota.

«Falta poco. El inspector sabe la verdad. Pregúntale sobre su hija.»

El mundo se detuvo. La hija del inspector. La niña que había muerto hace diez años. ¿Qué tenía que ver ella con esto?

Subí la escalera tambaleándome, con la mente hecha añicos. Tenía que hablar con Don Álvaro. Tenía que saber la verdad.

Al salir al exterior, la lluvia comenzaba a caer. Gotas frías que lavaban la sangre imaginaria de mis botas.

Miré hacia Madrid, hacia la luz distante de la ciudad. Allí, en algún lugar, el asesino preparaba el cuarto sello. Y yo, atrapada entre dos mundos, debía decidir si era cazadora o presa.

Saqué el revólver. Lo cargué. No sería presa. Sería el fuego que quemara este infierno hasta los cimientos.