El secreto de la madrina: Madrid, siglo XIX Capítulo 2 Liturgia de la sangre seca #2
10%

Capítulo 2 Liturgia de la sangre seca #2

El bibliotecario, un anciano llamado Don Fermín, con ojos lechosos por las cataratas y una memoria prodigiosa, me recibió con una inclinación de cabeza. Me conocía. Sabía que mis consultas no eran académicas, sino vitales.

—Busco textos sobre rituales de invocación femeninos, Don Fermín —dije, manteniendo la voz baja—. Específicamente de la Edad Media española. Sectas monásticas. Herejías.

Don Fermín ajustó sus gafas gruesas.

—Esa es un área delicada, señorita Evelyn. La Iglesia ha trabajado duro para borrar esas páginas. Pero... —hizo una pausa, estudiándome—, hay un fondo reciente. Donativo de un conde fallecido la semana pasada. Libros que nadie ha tocado todavía. Están en la sala de reserva.

—Permítame verlos.

Me condujo a través de pasillos interminables de estanterías de caoba, donde el polvo bailaba en los rayos de luz que se filtraban por las claraboyas.

El silencio era absoluto, sagrado. Llegamos a una pequeña sala circular, con una mesa central.

Sobre ella, una pila de volúmenes encuadernados en cuero negro.

Comencé a revisar. Títulos latinos, tratados de teología negativa, confesionarios de brujas. Nada. Hasta que llegué al último libro. No tenía título en el lomo. Solo un símbolo grabado en oro: un ojo cerrado.

Lo abrí. Las páginas eran de pergamino, gruesas y ásperas. La caligrafía era hermosa, elegante, pero el contenido era horrendo. Descripciones detalladas de sacrificios, diagramas anatómicos de cuerpos dispuestos en formas geométricas, y nombres. Nombres de mujeres.

Y entonces, lo vi. Una ilustración a toda página. Mostraba a siete mujeres, vestidas de blanco, rodeando un altar. En el centro, una figura oscura, sin rostro. Y en la esquina inferior derecha, una firma.

«Sor Isabel de la Cruz. 1492.»

Pero no era la firma lo que me detuvo el corazón. Era la mujer que estaba de pie a la derecha del altar. Llevaba un medallón idéntico al que yo llevaba oculto bajo la ropa. Un medallón con la efigie de un hada protectora.

Mi antepasada.

La conexión era sanguínea. El asesino no elegía víctimas al azar. Elegía descendientes. O quizás, elegía a quienes tenían la «marca» para abrir la puerta. Y yo era la última.

—Interesante elección —dijo una voz a mi espalda.

Me giré bruscamente. Un hombre joven, de aspecto aristocrático, con un traje impecable y una sonrisa que no llegaba a sus ojos, estaba de pie junto a la entrada. Lo reconocí. Era Julián de Valdemar, un coleccionista de antigüedades ocultas, frecuentador de círculos esotéricos marginales.

—Señor de Valdemar —dije, cerrando el libro de golpe—. No esperaba verle aquí.

—La curiosidad es un vicio compartido, señorita Evelyn —manifestó, acercándose despacio—. He oído rumores sobre el caso de Lavapiés. Dicen que la policía está desconcertada. Que buscan explicaciones en lo imposible.

—La policía busca hechos. Yo busco contextos.

—Ah, sí. El contexto. —Valdemar señaló el libro cerrado—. Ese volumen es peligroso. Contiene verdades que pueden quebrar la mente de una mujer sensible. ¿Por qué arriesgarse?

—Porque alguien ya ha roto la mía —respondí con frialdad—. Y necesito saber cómo repararla.

Valdemar sonrió, una expresión depredadora.

—Quizás no haya reparación. Quizás la ruptura sea necesaria para la evolución. Los nomos, después de todo, no son demonios. Son fuerzas de la naturaleza. Como el viento. Como la marea. ¿Intenta usted detener la marea, Evelyn?

—Intento ahogar a quien la provoca —repliqué.

Él rio suavemente.

—Admirable. Pero tenga cuidado. El agua siempre encuentra grietas. Y usted... usted está llena de grietas.

Se dio la vuelta y salió de la sala, dejándome sola con el eco de sus palabras y el peso aplastante del libro.

Sabía que tenía razón. Estaba llena de grietas. Por ellas entraba el frío. Por ellas entraban las visiones. Por ellas, eventualmente, entrarían ellos.

Pero mientras tuviera aliento, mientras tuviera a la Madrina, mientras tuviera rabia, lucharía.

Salí de la biblioteca con el libro bajo el brazo. Don Fermín no me detuvo. Sabía que era necesario.

Al salir a la calle, el cielo se había oscurecido. Nubes negras, pesadas, cubrían el sol. Iba a llover. Una tormenta se avecinaba.

Con la tormenta, llegaría el tercer sello.

Sentí el amuleto de hueso calentarse en mi bolsillo. La Madrina gritó en mi mente, una advertencia urgente.

«¡Corre! ¡Vienen por ti!»

Miré hacia el final de la calle. Entre la multitud, vi tres figuras bajas, encapuchadas, moviéndose con fluidez antinatural. No eran humanos. Eran nomos. Y venían hacia mí.

No podía correr. Demasiada gente. Demasiadas miradas. Tuve que hacer lo único que podía hacer. Enfrentarlos.

Saqué la moneda de plata. La apreté con fuerza hasta que los bordes me cortaron la palma de la mano. La sangre brotó, roja y brillante.

—Venid —susurré, dejando que la rabia tomara el control—. Venid y ved lo que habéis creado.

Las figuras se detuvieron. Sus cabezas se giraron hacia mí al unísono. Y luego, desaparecieron en la multitud, disueltas como humo.

Pero sabía que no se habían ido. Solo esperaban. Esperaban la noche. Esperaban el siguiente movimiento. Y yo, temblando de adrenalina y terror, supe que la verdadera batalla acababa de comenzar.