El secreto de la madrina: Madrid, siglo XIX Capítulo 2 Liturgia de la sangre seca
7%

Capítulo 2 Liturgia de la sangre seca

El amuleto pesaba en mi mano como una condena.

«Para la que viene del armario». Las palabras latinas, grabadas con una precisión quirúrgica en el hueso poroso, parecían vibrar con una energía maligna propia.

No era un mensaje dirigido a la policía, ni a la sociedad, ni siquiera a Dios.

Era una carta de amor retorcida, escrita exclusivamente para mí.

Miré hacia la ventana del edificio contrario.

El reflejo del nomo había desaparecido, disuelto en la luz cegadora de la mañana madrileña, pero la sensación de estar siendo observada persistía, pegajosa y fría, como una telaraña invisible adherida a mi nuca.

La Madrina guardaba silencio, una ausencia pesada que me indicaba que el peligro era demasiado inmediato para susurros consoladores. Debía actuar. Debía pensar.

Guardé el amuleto en el bolsillo interior de mi abrigo, cerca del corazón, donde su calor antinatural irradiaba contra mi piel.

Volví sobre mis pasos, no hacia la escena del crimen, sino hacia la morgue municipal.

Si el cuerpo era el texto, la autopsia sería la gramática.

Necesitaba leerlo antes de que los forenses ordinarios, con sus bisturís toscos y su escepticismo ciego, borraran las huellas sutiles de lo sobrenatural.

La morgue olía a formol, a vinagre y a carne fría.

Un olor estéril que intentaba, sin éxito, enmascarando la podredumbre esencial de la muerte.

El doctor Arispe, un hombre corpulento con gafas de montura dorada y manos sorprendentemente delicadas, me recibió con un gesto de resignación.

Sabía que mi presencia implicaba complicaciones.

Sabía que yo veía cosas que él prefería ignorar.

—Señorita Evelyn —saludó, secándose las manos en un trapo gris—. El inspector Montalvo ha ordenado que tenga acceso prioritario. Dice que usted tiene... intuiciones particulares.

—Tengo ojos, doctor —respondí, quitándome los guantes de cabritilla negra—. Y hoy necesito ver más allá de la piel.

La sala de autopsias estaba iluminada por luces de gas que proyectaban sombras largas y danzantes sobre las paredes de azulejos blancos.

En el centro, sobre una mesa de mármol manchado, yacía la joven del camisón blanco.

Ahora, bajo la luz cruda, parecía aún más frágil, una muñeca de porcelana rota.

—La causa de la muerte es evidente para cualquier lego —comenzó Arispe, señalando el torso deformado—. Dislocación múltiple, fractura de columna cervical, rotura de órganos internos por compresión. Murió asfixiada por su propia anatomía reorganizada. Pero hay algo... algo que no encaja.

—¿Qué es? —pregunté, acercándome. El frío que emanaba del cuerpo no era solo térmico; era espiritual. Sentía un vacío alrededor de ella, como si su alma hubiera sido arrancada de raíz antes de que el corazón dejara de latir.

—Mire esto —dijo el doctor, señalando la espalda de la víctima.

Los cortes que formaban el pentagrama invertido estaban limpios, precisos.

No había inflamación, no había coágulos irregulares.

La sangre había brotado uniformemente, como si el cuerpo hubiera cooperado en su propia profanación—.

Los cortes se realizaron después de la muerte.

O al menos, después de que el corazón dejara de bombear.

Pero la piel... la piel reaccionó. Mire los bordes.

Me incliné. Tenía razón. Los bordes de las incisiones no estaban retraídos como suele ocurrir en la carne muerta. Estaban ligeramente elevados, como si los tejidos hubieran intentado cerrar la herida, respondiendo a un estímulo vital que ya no existía.

—Es como si la carne recordara estar viva —murmuré, sintiendo un escalofrío recorrer mi espina dorsal.

—Exacto —asintió Arispe, inquieto—. Y hay más. Abra la boca, por favor.

Con ayuda de un especulo, el doctor abrió la mandíbula rígida de la joven. Dentro, en la base de la lengua, había un objeto pequeño. Lo extrajo con unas pinzas de plata. Era una moneda. Antigua. De plata oxidada.

—No es de curso legal —dijo Arispe—. Ni siquiera reconozco el acuñamiento. Parece medieval. Ibérico, quizás, pero de una época anterior a la unificación de los reinos.

Tomé la moneda. Al tocarla, la visión regresó, más fuerte esta vez.

No fue una imagen, sino un sonido. Un cántico.

Voces femeninas, cientos de ellas, cantando en un latín corrupto, gutural.

«Sanguis pro sanguine. Corpus pro corpus.

Porta aperitur.» Sangre por sangre. Cuerpo por cuerpo. La puerta se abre.

Dejé caer la moneda sobre la mesa de metal con un tintineo agudo. Mis manos temblaban.

—Doctor, necesito que revise el estómago. Con cuidado. Busque residuos. Polvo. Ceniza. Cualquier cosa que no sea alimento.

Arispe me miró con recelo, pero obedeció. Mientras él trabajaba, yo cerré los ojos y dejé que la Madrina hablara. Su voz llegó como un viento helado en el interior de mi cráneo.

«No es un asesinato, Evelyn. Es una ofrenda. El asesino no está matando por placer sádico. Está construyendo un puente. Cada cuerpo es un ladrillo. Cada ritual, un mortero. Y tú... tú eres la llave.»

—¿Qué clase de puente? —pensé, proyectando la pregunta hacia la presencia interna.

«El que separa el mundo de los hombres del mundo de los Nomos. El manuscrito lo describe. El Códice de las Vírgenes Negras. Si completa los siete sellos, la barrera caerá. Y ellos entrarán. Todos ellos.»

Abrí los ojos justo cuando Arispe levantaba la cabeza, pálido.

—Hay ceniza —dijo, con la voz estrangulada—. Mezclada con bilis. Ceniza de... ¿hueso humano?

Asentí lentamente. La pieza encajaba. El asesino estaba utilizando restos de víctimas anteriores, o quizás de rituales antiguos, para consagrar a las nuevas. Estaba creando una cadena de contaminación espiritual.

—Doctor, guarde esa muestra. Y la moneda. No las registre en el informe oficial. Dígale al inspector que no encontró nada relevante. Yo me encargaré de explicar los detalles.

—Esto es irregular, Evelyn. Peligroso.

—Más peligroso es dejar que la policía toque estos objetos con sus manos sucias de ignorancia —respondí con dureza—. Confíe en mí. Por una vez, confíe en lo que no puede ver.

Arispe dudó, pero finalmente guardó la moneda y la muestra de ceniza en un sobre de papel marrón, entregándomelo. Sus ojos reflejaban miedo, pero también una curiosidad morbosa. Había visto demasiado para volver a la normalidad, igual que yo.

Salí de la morgue sintiéndome más pesada. El aire exterior me golpeó como un bofetón. Madrid seguía su ritmo indiferente, pero yo sabía que bajo el pavimento, bajo las iglesias, bajo los cimientos de la civilización, algo estaba despertando. Y tenía hambre.

Necesitaba información. Necesitaba encontrar ese maldito códice. Y sabía exactamente dónde buscar. No en la Biblioteca Nacional, donde los registros eran públicos y vigilados, sino en los archivos privados de la Iglesia, en esos rincones polvorientos donde se esconden los pecados de los santos.

Pero antes, debía volver a la escena del crimen. Había algo que se me había escapado. Algo que el nomo de la ventana quería que viera.

Regresé a Lavapiés. La cinta amarilla seguía allí, pero la multitud se había dispersado, atraída por otros espectáculos urbanos. Entré de nuevo en el portal. Subí las escaleras. El apartamento estaba sellado, pero la puerta entreabierta permitía el paso.

Entré. El olor a flores podridas era más intenso ahora, casi nauseabundo. Caminé hasta la chimenea. El lugar donde había encontrado el amuleto estaba vacío, pero al mirar hacia arriba, hacia la repisa superior, vi algo que antes había pasado por alto debido a la sombra.

Había un dibujo. Hecho con carbón, directamente sobre la piedra ennegrecida. Era rudimentario, infantil. Representaba una figura femenina, alta, con el cabello largo, sosteniendo una espada. Y a sus pies, pequeñas figuras retorcidas.

Era la Madrina.

Debajo del dibujo, una fecha. 1890. 15 de septiembre. Hoy.

El asesino no solo me conocía. Conocía a mi protectora. Y me estaba dando un ultimátum. El ritual final tendría lugar hoy. O quizás, el ciclo comenzaba hoy.

Sentí una risa nerviosa burbujear en mi garganta. La locura me rozaba los bordes de la mente. ¿Cómo podía luchar contra un enemigo que escribía mi historia antes de que yo la viviera?

Entonces, escuché un ruido detrás de mí. Un roce suave, como de tela arrastrándose sobre piedra.

Me giré rápidamente.

No había nadie. Pero en el suelo, donde antes no había nada, apareció una segunda moneda de plata. Idéntica a la primera.

Pero esta vez, no necesitaba tocarla para saber qué decía. La inscripción brillaba con una luz propia, fantasmagórica.

«El segundo sello requiere inocencia. Y tú, querida Evelyn, ya no la tienes.»

La amenaza flotaba en el aire, densa y eléctrica. «Ya no la tienes». Las palabras resonaban en mi cabeza como un veredicto. ¿Significaba eso que yo era parte del ritual? ¿Que mi corrupción, mi contacto con los nomos, me convertía en un componente activo de la maquinaria del asesino?

Recogí la segunda moneda. Estaba helada, mucho más fría que la primera. Me la guardé junto a la otra. Dos sellos. Faltaban cinco. Si el patrón se mantenía, tendría cinco días, o cinco víctimas, antes de que la «puerta» se abriera completamente.

Salí del apartamento con paso rápido, casi corriendo.

Necesitaba aire. Necesitaba distancia. Pero la ciudad misma parecía haber cambiado.

Las sombras de los edificios se alargaban de manera antinatural, apuntando hacia mí como dedos acusadores.

Los transeúntes me miraban con desconfianza, como si pudieran oler la marca de los nomos en mi piel.

Decidí ir a la Biblioteca de San Isidro, un lugar menos concurrido que la Nacional, conocido por albergar colecciones privadas de clérigos excéntricos y nobles decadentes. Allí, entre legajos olvidados y textos prohibidos, esperaba encontrar una referencia al Códice de las Vírgenes Negras.