Capítulo 1 La madera que respira #2
Sus brazos han sido dislocados de las articulaciones y extendidos hacia atrás, formando alas antinaturales.
Sus piernas están dobladas bajo el torso en un ángulo imposible, como si hubiera intentado plegarse sobre sí misma hasta romper la columna.
La cabeza está girada ciento ochenta grados, mirando hacia atrás, con los ojos abiertos, fijos en la puerta, fijos en mí.
No hay sangre. No hay signos de lucha violenta.
La piel está intacta, excepto por unas marcas finas, casi imperceptibles, que recorren su espalda formando un patrón geométrico complejo.
Un pentagrama invertido, tejido con cortes superficiales que han sangrado mínimamente, creando líneas rojas sobre la palidez cadavérica.
Siento náuseas. No por el horror visual, sino por el reconocimiento. Conozco esa geometría. La he visto en los sueños febriles de mi niñez. La he visto trazada en el aire por las manos largas de los nomos.
—Dios mío —murmura Don Álvaro detrás de mí. Su voz tiembla—. ¿Qué clase de animal hace esto?
—No es un animal —respondo, con la voz extrañamente calmada, distante. Me acerco al cuerpo, ignorando la advertencia silenciosa de mi instinto de supervivencia—. Es un artista. O un sacerdote.
Me arrodillo junto al cadáver. Ignoro la repulsión física. Necesito tocar. Necesito confirmar. Extiendo la mano y rozo suavemente la mejilla fría de la víctima. Cierro los ojos.
Inmediatamente, la visión me invade. No es una imagen clara, sino una sensación.
Frío. Muchísimo frío. Y una risa. Una risa infantil, cruel, que resuena en una caverna de piedra.
Veo sombras danzando en las paredes. Veo un libro abierto, con páginas de pergamino amarillento.
Veo una pluma escribiendo, no con tinta, sino con algo espeso y oscuro.
Y veo el armario.
Abro los ojos de golpe, retirando la mano como si me hubiera quemado. Mi corazón late con fuerza desbocada contra las costillas.
—¿Qué has visto? —pregunta Don Álvaro, acercándose. Su preocupación es genuina.
—Ha sido sacrificada —digo, poniéndome de pie. Mis piernas tiemblan ligeramente—. No asesinada. Sacrificada. Según un ritual descrito en textos medievales. Textos que no deberían existir.
—¿Textos? —El inspector frunce el ceño—. ¿De qué hablas, Evelyn? Esto es Madrid, no una abadía gótica.
—El mal no tiene geografía, Inspector. Solo tiene memoria.
Me giro para examinar la habitación con nueva atención. Busco detalles que la policía ordinaria habría pasado por alto. Y entonces lo veo. Sobre la chimenea apagada, hay un pequeño objeto que brilla tenuemente a la luz grisácea que entra por la ventana.
Me acerco. Es un amuleto. Pequeño, hecho de hueso tallado. Representa una figura encorvada, con orejas puntiagudas. Un nomo.
Lo cojo con un pañuelo. El hueso está caliente. Aún conserva el calor corporal de quien lo colocó allí. O quizás el calor de la entidad que lo bendijo.
—Esto no estaba aquí antes —dice uno de los agentes desde la puerta, habiendo recuperado algo de compostura—. Lo juro. Hemos registrado la habitación tres veces.
—Porque no querían que lo vieran —miento. Sé que es mentira. Lo colocaron para mí. Sabían que vendría. Sabían que lo reconocería.
Guardo el amuleto en el bolsillo de mi abrigo. El contacto con el hueso envía una descarga eléctrica por mi brazo. La Madrina grita en mi mente, una advertencia silenciosa pero ensordecedora: ¡Aléjate! ¡Es una trampa!
Pero ya es tarde. He mordido el anzuelo.
Salimos del apartamento. La luz del exterior me resulta cegadora. Don Álvaro me mira con sospecha renovada.
—Evelyn, ¿por qué sabes tanto sobre rituales medievales? —pregunta, deteniéndose en medio de la calle empedrada. Los carruajes pasan a nuestro lado, indiferentes a nuestro drama.
—Porque los he leído —respondo evasivamente—. En la biblioteca nacional. Archivos restringidos.
—Nadie tiene acceso a esos archivos sin permiso especial del Ministerio —insiste él, clavando sus ojos grises en los míos—. Y tú llegaste a Madrid hace solo dos años, con referencias falsas y un pasado que nadie puede verificar.
Siento el cerco cerrándose. No solo alrededor del caso, sino alrededor de mi propia identidad. El asesino no solo conoce los rituales; conoce mi historia. Y ahora, el inspector comienza a conectar los puntos.
—Haz tu trabajo, Álvaro —apunto con frialdad, usando su nombre de pila por primera vez, una violación deliberada de la jerarquía para distraerlo—. Encuentra al monstruo. Yo me encargaré de decirte cómo matarlo.
Me doy la vuelta y comienzo a caminar rápidamente, necesitada de soledad.
Necesito examinar el amuleto. Necesito consultar a la Madrina.
Necesito entender por qué este crimen replica exactamente el primer sacrificio que presencié en mis visiones infantiles, aquel que marcó el inicio de mi maldición.
Al doblar la esquina, lejos de la mirada del inspector, saco el amuleto de hueso. Lo observo a la luz del sol. En la base de la figura tallada, hay una inscripción minúscula, casi ilegible. Me acerco el objeto a los ojos.
Son letras latinas. Arcaicas.
«Para la que viene del armario.»
El aire se vuelve súbitamente helado. El ruido de la calle desaparece, sustituido por un zumbido familiar, grave y amenazante. Miro hacia arriba, hacia la ventana de un edificio cercano. En el cristal, reflejada, veo una figura. No es humana. Es baja, de extremidades largas, con ojos lechosos.
Un nomo. Aquí. En pleno día. En medio de Madrid. Y está sonriendo.
La persecución ha comenzado. Pero esta vez, no estoy escondida en una alcoba infantil. Estoy expuesta, vulnerable, y el cazador sabe exactamente quién soy.