El secreto de la madrina: Madrid, siglo XIX Capítulo 1 La madera que respira
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El secreto de la madrina: Madrid, siglo XIX

El secreto de la madrina: Madrid, siglo XIX

Por Juan Vicente Moreno

© inepub.com

Capítulo 1 La madera que respira

El olor a madera vieja no es inofensivo.

Tiene un peso específico, una densidad que se adhiere a la mucosa nasal y desciende hasta los pulmones como un sedimento de tiempo muerto.

Para la mayoría de las mujeres, el aroma de un armario antiguo evoca lavanda, naftalina o el recuerdo dulce de los vestidos de domingo.

Para mí, siempre ha olido a tierra húmeda, a raíces podridas y a algo más indefinible, algo que recuerda al hierro oxidado bajo la lluvia.

Recuerdo la noche en que dejé de ser una niña para convertirme en un testigo.

Tenía siete años. La tormenta azotaba los cristales con la furia de un animal herido, y mis padres, seres distantes y fríos como estatuas de mármol, habían cerrado la puerta con doble vuelta.

Estaba sola, envuelta en sábanas de lino fino que picaban contra mi piel sensible.

Fue entonces cuando lo escuché. No era un ruido, sino una vibración.

Un zumbido grave que parecía emanar de las paredes, o quizás de los huesos mismos de la casa.

Miré hacia el armario. Era una pieza enorme, de roble oscuro, tallado con figuras que entonces no supe identificar: rostros retorcidos, fauces abiertas, manos que se entrelazaban formando nudos imposibles.

La puerta, que había estado cerrada con llave durante el día, comenzó a entreabrirse.

No hubo viento. No hubo corriente de aire.

La madera se movió con una lentitud agonizante, como si respirara.

—No mires —musitó una voz dentro de mi cabeza. No era mi voz. Era suave, femenina, pero tenía la textura del cristal roto—. Cierra los ojos, pequeña. Si miras, te verán.

Pero la curiosidad es una enfermedad congénita en mi linaje.

No cerré los ojos. Observé, paralizada, cómo la oscuridad del interior del armario se condensaba.

De aquella negrura absoluta emergieron formas.

No eran fantasmas etéreos, esas apariciones blancas y lamentosas de las historias de nodrizas.

Eran seres densos, corpóreos. Criaturas bajas, de extremidades alargadas y articulaciones invertidas, que se arrastraban fuera del mueble con la fluidez del mercurio.

Sus pieles tenían el color de la arcilla cruda, y sus ojos...

sus ojos no tenían pupilas, solo un brillo lechoso y hambriento.

Los llamaban nomos, aunque yo no conocía ese nombre entonces.

Solo sabía que eran reales. Sentía el desplazamiento del aire cuando pasaban junto a mi cama.

Olían a musgo y a sangre seca. Uno de ellos se detuvo frente a mí.

Alzó una mano con dedos demasiado largos, terminados en uñas negras como el azabache, y rozó mi mejilla.

El tacto fue gélido, quemante. Quise gritar, pero el sonido murió en mi garganta, estrangulado por un terror primordial.

—Es nuestra —dijo otra voz, esta vez áspera, gutural, proveniente de la sombra más profunda del armario—. La marca está puesta.

Fue entonces cuando apareció Ella. Mi Madrina.

No llegó volando ni con destellos de luz.

Simplemente, la temperatura de la habitación descendió diez grados y una presencia sólida se interpuso entre aquellos monstruos y yo.

Era alta, vestida con ropas que parecían tejidas con la noche misma, y su rostro era una máscara de belleza severa y triste.

No pronunció palabra. Solo extendió un brazo, y una onda de fuerza invisible lanzó a los nomos de vuelta al interior del armario.

La puerta se cerró de golpe, con un estruendo que hizo temblar los cimientos de la casa.

La Madrina se volvió hacia mí. Por primera vez, vi sus ojos. Eran verdes, del verde profundo de los bosques antiguos, y estaban llenos de una compasión tan intensa que dolía.

—Vivirás —indicó. Su voz resonó en mi pecho, no en mis oídos—. Pero nunca estarás a salvo. Ellos saben tu sabor ahora. Y yo seré tu escudo, hasta que el escudo se rompa.

Desperté al amanecer, sola. Mis padres juraron que había tenido una pesadilla febril.

Pero en mi mejilla, allí donde la criatura me había tocado, permanecía una marca roja, en forma de garra, que tardaría meses en desvanecerse.

Desde esa noche, supe que el mundo visible era solo una fina capa de pintura sobre un lienzo de horror absoluto.

Años después, esa conciencia me llevó a Madrid. Hui de Escocia, de la nieve y de los recuerdos, buscando el anonimato de una gran ciudad. Pensé que la distancia geográfica podría diluir la magia negra que me perseguía. Me equivoqué. La oscuridad no conoce fronteras; viaja en la sangre.

Hoy, mientras me preparo para acudir a la comisaría del distrito Centro, me miro al espejo.

El reflejo me devuelve la imagen de una mujer joven, de cabello negro azabache recogido en un moño estricto, ojos grandes y oscuros que han visto demasiado para su edad, y labios pálidos que rara vez sonríen.

Visto de negro, como corresponde a quien trabaja con la muerte.

Ajusto el cuello de mi blusa de seda, sintiendo el frío habitual en la nuca, esa caricia fantasma de la Madrina que me advierte: Hoy será un día difícil.

Salgo a la calle. El Madrid de 1890 huele a carbón, a estiércol y a esperanza frustrada. Las carrozas repican sobre los adoquines, y los transeúntes bajan la mirada al pasar junto a mí. Intuyen, tal vez, que no soy como ellas. Que llevo un cementerio dentro del pecho.

Llego a la entrada de la Brigada. Es un edificio de piedra gris, austero, sin adornos.

Nadie quiere trabajar aquí. Los fenómenos no catalogados son el vertedero de la policía, el lugar donde envían los casos que no tienen sentido lógico, los cadáveres que no obedecen a la anatomía humana, las desapariciones que dejan un rastro de silencio antinatural.

Para mis colegas masculinos, soy una anomalía.

Una mujer bonita en un nido de víboras. Me toleran porque tengo resultados.

Me temen porque sé cosas que ellos niegan.

Subo las escaleras de mármol desgastado.

El inspector Jefe, Don Álvaro de Montalvo, me espera en el umbral de su despacho.

Es un hombre de mediana edad, con el cabello prematuramente cano y una cicatriz que le cruza la ceja izquierda, recuerdo de un caso que casi le costó la cordura.

Sus ojos, grises y cansados, me evalúan con esa mezcla de respeto y recelo que define nuestra relación.

—Evelyn —dice, sin preámbulos. Su voz es ronca, gastada por el tabaco y los gritos contenidos—. Tenemos un cuerpo. En Lavapiés.

—¿Otro? —pregunto, aunque ya conozco la respuesta. Siento un hormigueo en las yemas de los dedos, esa señal eléctrica que precede a la visión.

—No es como los otros —admite él, apartándose para dejarme pasar—. Ven y juzga tú misma. Los chicos... los chicos están mal. Uno ha vomitado hasta desmayarse. Dicen que el cadáver está «mal colocado».

Entro en el despacho. El aire está viciado, cargado de tensión.

Sobre la mesa de roble hay un expediente abierto.

Fotos. Muchas fotos. No las miro todavía.

Sé que si las miro antes de tiempo, la imagen se grabará en mi retina con una claridad dolorosa.

Prefiero ver la realidad con mis propios ojos, sentir la resonancia del lugar.

—Prepara el coche —ordeno, manteniendo la voz firme, aunque por dentro tiemblo—. Iré contigo.

Don Álvaro asiente. Hay alivio en su gesto, y también culpa. Sabe que me está exponiendo. Sabe que cada caso me acerca un paso más al borde del abismo donde residen los nomos. Pero no tiene opción. Ninguno la tenemos.

Mientras salimos del edificio, siento una punzada aguda en el hombro izquierdo.

Es la Madrina. Está inquieta. Algo ha despertado.

Algo viejo y hambriento ha abierto los ojos en las sombras de Madrid.

Y, por primera vez en años, tengo la terrible sensación de que no viene por mí. Viene por todos nosotros.

El barrio de Lavapiés, en las primeras horas de la mañana, es un laberinto de callejones estrechos donde la luz del sol apenas logra filtrarse entre los balcones abarrotados de ropa tendida.

El olor a fritura rancia se mezcla con el hedor de las alcantarillas abiertas.

Es un lugar vivo, caótico, ruidoso. Pero hoy, el silencio reina en una esquina específica, cerca de una taberna clausurada.

La multitud se agolpa detrás de la cinta amarilla de la policía, murmurando con superstición. Cruzan el signo de la cruz, se persignan, hacen comentarios en voz baja sobre brujería y castigos divinos. La ignorancia es el único consuelo que les queda ante lo inexplicable.

Don Álvaro me hace señas para que pase bajo la cinta. Dos agentes jóvenes, pálidos como la cera, se apartan respetuosamente, evitando mirar mis ojos. Uno de ellos sostiene un pañuelo empapado en vinagre sobre la nariz.

—Está ahí dentro, Evelyn —dice el inspector, señalando hacia un portal oscuro. La boca del edificio parece una fauce abierta, esperando ser alimentada.

Respiro hondo, llenando mis pulmones con el aire contaminado de la calle, preparándome para el impacto. Entro. La escalera de piedra está fría y húmeda. Subimos al segundo piso. La puerta del apartamento está entreabierta.

El olor me golpea antes que la vista. No es el olor habitual de la descomposición. Es dulce, empalagoso, como flores podridas mezcladas con incienso quemado. Es el olor de los rituales antiguos. Es el olor de mi infancia.

Entro en la sala principal. Los muebles son modestos, baratos, cubiertos de polvo. Pero en el centro de la habitación, despejado de cualquier obstáculo, está el cuerpo.

Es una mujer joven. Quizás veinte años. Vestida con un camisón blanco, inmaculado, que contrasta violentamente con la suciedad del suelo. Pero no es la ropa lo que hiela la sangre. Es la postura.