El secreto de la Luna Capítulo 46
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Capítulo 46

El pensamiento posesivo acudió sin ser invitado, y lo aplastó de inmediato. No tenía derecho a pensar de ese modo. No tenía derecho a sentir la repentina oleada de protección que lo recorría al verla allí tumbada, vulnerable, ajena al enorme poder que tenía sobre él.

Exhaló con brusquedad, rotando los hombros para disipar la tensión acumulada en su interior. Se desvistió, quedándose únicamente en calzoncillos antes de deslizarse en la cama a su lado.

El calor de su cuerpo se filtró en el suyo y, durante un momento, se quedó allí tumbado, observándola.

Dioses, era hermosa.

Sus oscuras pestañas revolotearon ligeramente, su cabello se abanicaba sobre su almohada y sus labios carnosos eran suaves y tentadores incluso durmiendo. Quería tocarlos, trazarlos con el pulgar y comprobar si eran tan suaves como aparentaban.

Pero aquello era un pensamiento peligroso.

Porque lo único en lo que podía pensar ahora era en cómo se sentirían esos labios envueltos alrededor de su miembro, en cómo se verían estirados cubriendo su longitud, con sus ojos plateados mirándolo fijamente con esa expresión inocente pero cómplice que lo volvía loco.

Un gruñido bajo escapó de sus labios al girarse boca arriba, obligándose a calmarse. Pero no sirvió de nada. Su cuerpo ya lo estaba traicionando, el dolor entre sus piernas era insoportable y la tensión que palpitaba en su interior exigía alivio.

Apretó los puños, intentando ignorarlo.

Pero la imagen de ella no se apartaba de su mente.

Con un gruñido de frustración, se quitó las sábanas de encima y se encaminó a grandes zancadas hacia el baño, abriendo el grifo para ahogar el sonido de su propia respiración entrecortada.

Y entonces, con el rostro de ella grabado a fuego en su mente, con su aroma envolviéndolo como una droga, se aferró a sí mismo y encontró su liberación; el placer lo golpeó con fuerza y rapidez, dejándolo sin aliento y insatisfecho a la vez.

Incluso después, tras tragarse un vaso entero de whisky y volver a la cama junto a ella, su cuerpo seguía anhelando a la omega.

Sus dedos se crisparon con la necesidad de acercarla más.

Pero no lo hizo.

Porque si la tocaba, si cedía, no habría vuelta atrás.

Y cuando llegara la mañana, cuando ella lo mirara con esos brillantes ojos plateados, no estaba seguro de ser capaz de fingir que nada había cambiado.

Lauretta se despertó de golpe, con la respiración contenida al darse cuenta de que no estaba en su cama. Se quedó completamente inmóvil, con el corazón martillándole las costillas, congelada contra la sólida calidez del pecho de Marcus.

El ritmo constante de su respiración y la calidez de su cuerpo presionado de forma tan íntima contra el suyo bastaron para sumirla en un pánico silencioso.

Su mente se aceleró a medida que los acontecimientos de la noche anterior regresaban a ella en fragmentos.

El agotamiento. El calor de sus brazos rodeándola. La tranquila seguridad que había sentido cuando el sueño se apoderó de ella.

Y ahora, ahí estaba, recostada sobre él en la postura más comprometedora imaginable.

Sus mejillas ardían al percatarse de la situación: la forma en que la camisa de él, que ella llevaba puesta, se le había subido, dejando demasiado al descubierto sus muslos.

La manera en que sus pechos se apretaban contra el torso desnudo de él, haciendo que cada respiración la volviera consciente del duro músculo bajo ella.

Tenía que salir de allí.

Lenta y cuidadosamente, comenzó a desentrelazarse, alejándose a zancadas milimétricas de su calor, solo para quedarse petrificada cuando el brazo de ella —el de él— se tensó alrededor de su cintura, reteniéndola en su sitio.

Su pulso dio un vuelco.

Él seguía dormido, con un agarre posesivo incluso en la inconsciencia, con su cuerpo manteniéndola cerca por puro instinto.

Se mordió el labio, obligándose a permanecer quieta, esperando que volviera a relajarse.

Pasaron los minutos, largos y agonizantes, antes de que sintiera que su presa se aflojaba lo justo.

Esta vez, se movió con aún más precaución, escabulléndose de su abrazo con una lentitud meticulosa, hasta que sus pies descalzos tocaron el suelo frío al liberarse por fin.

Exhaló con un temblor, resistiendo el impulso de mirar atrás para contemplar al alfa.

El alfa lucía completamente relajado mientras dormía, con su expresión habitualmente afilada y dominante suavizada de un modo que ella jamás había visto.

Una punzada extraña y desconocida se instaló en su pecho ante aquella visión.

Sacudiendo la cabeza, se obligó a concentrarse.

Necesitaba vestirse, huir furtivamente antes de que él despertara.

Porque, si lo hacía, no tenía ni idea de cómo le explicaría por qué había pasado la noche envuelta en sus brazos, sin vestir más que su camisa y con unos sentimientos crecientes y confusos.

Las manos de Lauretta temblaban al cerrar la puerta de su habitación, apoyando la espalda contra ella mientras intentaba regular su respiración.

¿La habrá visto alguien?

Su corazón latía con fuerza mientras revivía la carrera frenética por los pasillos. Había sido cautelosa, moviéndose con la mayor rapidez y silencio posibles, pero la paranoia seguía ahí.

Lo último que necesitaba era que corriese el rumor de que había pasado la noche en la cama del Alfa Marcus.

Exhalando con temblores, se quitó la camisa extragrande y dudó un instante antes de doblarla con pulcritud y guardarla en su cajón.

La lavaría más tarde, cuando averiguara cómo devolvérsela sin levantar sospechas.

Una vez hecho aquello, se apresuró a entrar en el baño y abrió la ducha, dejando que el vapor ascendiera a su alrededor al meterse bajo el chorro tibio.

En cuanto el agua rozó su piel, dejó escapar un suspiro lento.

Pero incluso mientras se frotaba el cuerpo, aún podía sentirlo.

La calidez de su cuerpo contra el suyo.

El firme latido de su corazón bajo su mejilla.

La forma en que su brazo se había ceñido a su cintura cuando intentó marchar darse a la fuga.

Un escalofrío que nada tenía que ver con el agua le recorrió la columna vertebral, y sacudió los pensamientos con rapidez para ahuyentarlos.

Aquello había sido un error.

No debería haberse permitido coger tanta confianza con él, no debería haberse dejado caer rendida en sus brazos.

Porque ahora, incluso después de haberse lavado para quitarse su aroma, seguía sintiéndose marcada por él.

Seguía sintiendo su tacto fantasma.

Y eso era mucho más peligroso que cualquier otra cosa.