Capítulo 38
Lauretta ya estaba profundamente dormida, con la respiración compasiva y firme, rindiéndose por fin a ese agotamiento que la había estado aplastando durante tanto tiempo.
La doctora de la manada se giró hacia el Alfa Marcus, con el gesto sombrío mientras estudiaba los resultados de las pruebas en sus manos. La luz parpadeante de la lámpara de la mesilla proyectaba sombras sobre su rostro, enfatizando la gravedad de lo que estaba a punto de revelar.
—Ahora es humana —dijo, con voz baja pero firme.
Los ojos dorados de Marcus se estrecharon. —¿Qué?
La doctora exhaló, negando con la cabeza como si ella misma tampoco terminara de creérselo.
—Por las pruebas que hice, ya no queda rastro de su lobo. Su ADN es casi en su totalidad humano, salvo por una pequeña fracción apenas perceptible que aún la señala como algo... distinto. —Miró de soslayo la figura adormecida de Lauretta—. Es como si su lobo hubiera sido borrado por completo.
La mandíbula de Marcus se tensó, y su mirada osciló hacia la mujer inconsciente en su cama.
Había sospechado que algo iba mal cuando se desmayó, ¿pero esto? Esto superaba cualquier cosa que hubiera imaginado.
—Hay más —continuó la doctora—. Tiene veneno en el organismo.
Su cabeza se volvió hacia ella de golpe. —¿Veneno?
Asintió con gravedad. —Es fuerte, lo suficientemente potente como para matar el espíritu de un lobo. Probablemente eso fue lo que le pasó al suyo.
Un músculo se le contrajo en la mandíbula. —Pero sigue viva.
—Esa es la parte milagrosa —admitió la doctora—. Por toda la lógica del mundo, debería estar muerta. Lo que sea que se supone que debía hacer este veneno, tendría que haberla matado por completo. Y, sin embargo, sobrevivió.
Marcus cruzó los brazos, con la mente a mil por hora. Había visto muchas cosas en sus años como Alfa, ¿pero esto? Esto era antinatural.
—¿Se puede revertir? —preguntó, con voz más pausada ahora, casi dubitativa.
La doctora dudó. —No lo sé. Si el espíritu del lobo está completamente cortado de raíz... puede que sea permanente.
El silencio inundó la estancia, denso y sofocante.
Marcus devolvió la vista a Lauretta. Su rostro lucía apacible al dormir, pero ahora desprendía una fragilidad que antes no estaba ahí. Una licántropa sin el espíritu de su lobo era algo inaudito. Era como arrancarle el alma a un cuerpo, dejando atrás algo incompleto.
¿Quién le había hecho algo así?
Y, lo que era más importante, ¿por qué?
Tenía la intención de averiguarlo.
Sus dedos se cerraron en puños a los costados.
Fuera lo que fuese lo que le habían hecho a Lauretta, quienquiera que hubiera intentado borrarla de la existencia y envenenarla, obtendría respuestas.
¿Y los responsables?
Lo pagarían.
La doctora se acomodó las gafas y se encontró con la mirada indescifrable de Marcus. —Alfa, necesitará un suministro constante de líquidos para desintoxicar su sistema. El veneno en su torrente sanguíneo es potente y, mientras lucha contra él, su cuerpo está muy débil.
Exigirle demasiado ahora mismo podría matarla.
Marcus asimiló las palabras en silencio, con el semblante serio. No le gustaba sentirse impotente y, sin embargo, ahí estaba, obligado a esperar mientras el destino decidía la supervivencia de Lauretta.
—Entiendo —dijo por fin—. Haz lo que sea necesario.
La doctora le dio un firme asentimiento antes de recoger sus cosas. —Regresaré por la mañana para ver cómo sigue.
Marcus la acompañó hasta la puerta, dándole las gracias brevemente antes de que ella desapareciera pasillo abajo. Se quedó allí un instante, con la mano aún en el pomo, antes de volverse de nuevo hacia la frágil muchacha recostada en su cama.
Lauretta apenas se movió, perdida en un sueño profundo y afiebrado.
Sus ojos dorados parpadearon hacia el vestido arruinado que se adhería a su cuerpo. Las manchas de vino tinto se habían extendido por el delicado tejido, y su piel estaba húmeda de sudor. No podía dormir así.
Con un suspiro, dio un paso hacia la cama, con los dedos moviéndose con destreza para desabrochar los corchetes del vestido.
Había curado incontables heridas y visto a un sinfín de guerreros en diversos estados de desnudez; aquello no era diferente, o eso se decía a sí mismo.
Al deslizar el vestido de sus hombros, su oscura melena se desprendió de su deshecho moño, cayendo en ondas sedosas que se arrastraban hasta su cintura.
Marcus se quedó inmóvil.
Con un trapo húmedo en la mano, la limpió una y otra vez, musitando plegarias entre pasada y pasada, hasta que por fin la fiebre cedió.
Sus dedos rozaron los delicados mechones de su cabello, admirándola, antes de sacudirse el embeleso y alcanzar una de sus camisas.
Era amplia; el tejido negro se tragó su pequeña complexión al colocársela con sumo cuidado por la cabeza.
Se cercioró de que estuviera bien abrigada antes de acomodar las mantas con firmeza a su alrededor.
Por un momento, se quedó ahí de pie, contemplando el lento subir y bajar de su pecho. El rastro del agotamiento aún persistía en sus facciones, pero bajo este se vislumbraba otra cosa, algo frágil, casi quebradizo.
Sus dedos se cerraron en puños.
Aquella chica era mucho más que una simple omega. Alguien había intentado borrar su existencia, despojarla de su lobo y envenenarla, pero seguía allí.
Una superviviente.
Y aun así, la trataban como a poco más que una sirvienta en su propia casa.
Un sabor amargo le invadió la boca al apartarse, apartando esos pensamientos de un golpe. Tenía una fiesta a la que volver; como anfitrión, no podía simplemente esfumarse por mucho que lo deseara.
Al reingresar al gran salón, el aroma a vino y carne asada chocó contra sus sentidos, mezclándose con el bullicio de las risas y la música. La manada seguía celebrando, totalmente ajena a lo que acababa de suceder allá arriba, ajena a que Lauretta dormía en su cama.
Pero antes de que pudiera ordenar sus pensamientos por completo, una voz familiar irrumpió a través del ruido.
—¿Dónde diablos te habías metido?
Le reclamó Cressida con retintín.
Estaba allí de pie, con los brazos cruzados, haciendo pucheros como un capricho a quien le niegan un dulce. Su melena dorada lucía perfectamente rizada y su vestido se ceñía a cada curva, pero por primera vez se hallaba completamente impasible ante semejante estampa.
—Resolviendo un asunto importante, y no sabía que ahora tenía que rendirte cuentas, Cressida —respondió Marcus de forma cortante.
Los ojos de Cressida se entornaron. —¿Con esa omega?
Él no contestó, lo que pareció irritarla todavía más.
—Solo es una piltrafa inútil, Marcus —bufó, acercándose a él mientras le arañaba el pecho con una uña esculpida—. No entiendo por qué te importa tanto. Seguro que la doctora de la manada puede apañárselas sin que te metas.
Pero el problema era que a él sí le importaba; formaba parte de su manada y era su deber velar por que estuviera protegida, aunque no creía necesario andarle con explicaciones a Cressida, así que optó por ignorar sus berrinches.
Porque incluso ahora, plantado en el centro de la fiesta, rodeado de gente, lo único que era capaz de ver era a Lauretta: su cabello largo y oscuro; la forma en que sus labios se habían entreabierto al dormir; y la suave y rosada punta de sus senos apenas oculta bajo su camisa mientras respiraba hondo.
Era un pensamiento peligroso.
Uno que sembró una lenta y perturbadora revelación recorriendo sus venas: se sentía atráido por ella; la deseaba, por mucho que quisiera negarlo o luchar en su contra.
La voz de Cressida lo devolvió a la realidad, con su tono quejumbroso rechinando en sus nervios.
—¿Me estás escuchando siquiera? —le reprochó molesta.
Marcus exhaló con fuerza, pellizcándose el puente de la nariz. Había tolerado las payasadas de Cressida durante años, pero aquella noche le resultaban sofocantes.
—No —soltó sin rodeos.
Ella abrió los ojos de par en par. —¿Qué?
—Que no te estoy escuchando —repitió, con un tono bajo y dotado de absoluta finalidad.
Y por primera vez, comprendió que Cressida le daba igual; le irritaba, mientras que la inocencia que irradiaba Lauretta le incitaba a pasar tiempo con ella.
Su inocencia le recordaba a su difunta esposa; el hecho de que fuera hermosa y no fuera consciente de ello hacía que la encontrara aún más atractiva, y esa perpetua tristeza en su mirada le despertaba el impulso de estrecharla entre sus brazos, protegerla de cualquier dolor y no soltarla jamás.
Estaba preocupado por ella y deseaba poder abandonar la fiesta sin llamar la atención de nadie, aunque sabía que era una pésima idea y dudaba mucho que fuera capaz de mantener las manos quietas si volvía a ver a Lauretta vistiendo tan solo su camisa y sin nada de ropa interior debajo.