Capítulo 43 #2
—Pues claro que sí, no volverás a verla hasta que no te toque. Me ha encantado esa frase sobre que no pase más de un minuto a tu puerta. Ha sido genial.
En realidad, Helen no estaba escuchándola.
Estaba echando un vistazo a su tienda. Sin más paranoias sobre Zander y Alex, sin más preocupaciones por los asaltos, ya se sentía mejor.
Miró en dirección a Jess, que estaba abotonándose la chaqueta.
Quizá Helen recibiera ayuda por su condición…
¿Qué nombre le había dado la psicóloga en ciernes?
Para nosequé. No se acordaba. Daba igual, encontraría a alguien con quien hablar que seguro que lo sabría.
—Debes de estar destrozada por haber perdido ese libro —dijo Jess, que se aproximó hasta quedar a su lado. Rodeó a Helen con el brazo—. Deberíamos irnos a casa. Creo que podría comerme esa pizza ahora mismo junto a un par de cervezas. Creo que nos las merecemos, ¿no?
—Sí. —Helen rodeó a Jess con el brazo por la cintura y la acercó a su cuerpo—. Gracias por estar conmigo. No solo por la noche, sino también esta tarde. Ha significado mucho para mí.
Jess se separó.
—Llevaba un tiempo sintiéndome culpable por mi trato con Moira, pero antes, cuando contaste tu historia, supe que ese acuerdo no podía seguir en pie. Tu determinación por superar toda la mierda que la vida te había echado encima ya me había sorprendido. No sabes bien lo muchísimo que me fascina.
—Yo también me sorprendo a mí misma en ocasiones —dijo Helen. Hizo un gesto hacia la puerta—. Ve a casa, calienta las pizzas en el horno, abre un par de cervezas. Quiero quedarme aquí un rato. Dejaré el coche donde está e iré detrás de ti en unos minutos.
—¿Estás segura de que estás bien?
—Claro. Ve, solo tardaré unos minutos. —Helen le dio un empujoncito y, cuando cruzó la puerta, la cerró con llave. En el futuro no se tomaría la seguridad a la ligera.
Se colocó tras el mostrador y se sentó en el taburete, bajo el círculo de luz que creaba la lámpara, y sacó el móvil.
—Hola, Sarah —dijo cuando le respondieron—. Quería volver a darte las gracias por venir esta mañana. Me has apoyado mucho. No estoy segura de si conseguiré agradecértelo algún día.
—No tienes que darme las gracias. He estado esperando el momento para decirte que…
—Helen escuchó un suspiro profundo y se preparó mentalmente para lo que le esperaba—: estoy muy orgullosa de ti por haber dejado atrás todo lo que te ocurrió y por lograr que tu vida sea un éxito.
Eso, lo primero. En segundo lugar… —Otro suspiro profundo—.
Es complicado para mí. No se me da bien hablar de sentimientos.
Te ignoré cuando hablaste de nuestra infancia.
No debería haberlo hecho, debería haber admitido los celos que sentía de ti en aquel entonces…
—¿Celos? ¿De mí? —Helen se preguntó si el mundo se había desviado de su eje porque no estaba entendiendo nada.
—Eras una niña adorable, con esas mejillas y esos labios tan rosas, como un maldito querubín.
Todo el mundo te admiraba. Si salíamos juntas a la calle, la gente se paraba para comentar lo preciosa que eras.
Mientras tanto, yo era un desastre, desgarbada, con los dientes tan predominantes y tan flacucha. Y nuestro padre…
Helen apretó el teléfono contra la oreja, pero se hizo el silencio y ella dijo:
—¿Qué ocurre con él?
—Te adoraba. Solo a ti. A mí y a Doug nos ignoraba. Reclamábamos su atención desesperadamente, su cariño, pero él solo tenía ojos para su pequeña y querida Helen.
—No lo sabía.
—Creo que por eso Doug y yo nos aferramos el uno al otro.
En los recuerdos de la infancia de Helen, sus hermanos eran monstruos; su padre, un santo.
Qué equivocada había estado. Su consejera penitenciaria había intentado hacer que entrara en razón, había intentado contarle que sus hermanos no tenían la culpa de los problemas de su infancia, que eran niños, más mayores que ella, sí, pero niños al fin y al cabo. Su papel no era criarla y protegerla.
—Ojalá hubiera sabido cómo te sentías. Deberías habérmelo dicho.
—Eres diez años más pequeña, no lo habrías entendido.
Podrías tener pinta de querubín, pero, por el amor de Dios, eras una mocosa.
Si te llevábamos con nosotros, llorabas porque íbamos muy rápido o porque te aburrías, y te quejabas a mamá.
Ella se lo contaba a papá y él nos pegaba por haberte entristecido.
Si no te llevábamos, llorabas y terminábamos en las mismas. Doug y yo no podíamos ganar.
Entonces Helen se dio cuenta: ella había sido el monstruo. Lo que había visto todo este tiempo de atrás era su reflejo.
—Seguro que me odiabais.
Sarah rio.
—No estoy segura de que los niños tengan la capacidad de odiar, pero, sin duda, te guardábamos rencor. Sin embargo, eso es agua pasada, ya no somos unos críos.
«Eso es agua pasada». Sarah había dejado atrás su infancia problemática. Quizá Doug también. Helen la había arrastrado consigo.
—Deberíamos haber hablado hace años —dijo Sarah—. Si lo hubiéramos hecho, habríamos crecido siendo más cercanas, pero nunca se nos ha dado bien hablar, ¿verdad?
Helen no había estado preparada para hablar.
Ahora sí. Conocer a Dilly y descubrir las ramificaciones del único acto inconsciente de violencia de Helen lo había cambiado todo.
Al confesar la verdad sobre aquella horrible noche, algo se había liberado en su mente y le había permitido ver otras verdades: su parafilia (había comprobado el nombre con Jess) y la crianza retorcida de su padre.
—Lo haremos mejor a partir de ahora —dijo. Ella lo haría. Continuaría construyendo la relación con su hermana y volvería a conectar con su hermano—. ¿Qué te parece si el próximo sábado os llevo a Devon y a ti a comer?
—No, tienes que ahorrar, ven a casa, cocinaré algo especial. Después mandaré a Devon al bar y nos sentaremos a tener una charla de las de antes.
Comida casera con su familia.
—Suena genial.
—Espero que ahora puedas descansar como te mereces.
— Pizza y cerveza con Jess. —Era una verdad a medias que pronto sería cierta del todo—. Ah, y quizá creas que estoy loca, pero voy a pedirle que se quede. —Contuvo el aliento y esperó algún comentario por parte de su hermana.
—Creo que es una idea estupenda. Me gustó, te hará bien.
Helen rio.
—Sí, pero no te conté cómo nos conocimos en realidad. El domingo te contaré lo que ocurrió y te pondré al corriente de todo lo demás. Ha sido el Robin de mi Batman. Creo que, al final, te caerá aún mejor.
Cuando colgó la llamada, alcanzó los libros que había bajo el mostrador y que había dejado allí aquella tarde.
Esos que la amable mujer había devuelto para cambiarlos por otros cuatro, una idea que había jugado a favor de Helen.
Allí estaba En nuestro tiempo , de Ernest Hemingway.
El año 1924 estaba impreso en la cubierta.
En perfectas condiciones. Y, como Helen los sacó de las cajas que Moira había abierto, el logo de Appleby no estaba estampado en ninguna página, lo que le habría restado valor.
Si la agente de la condicional supiera el favor que le había hecho…
Ninguna página tenía las esquinas dobladas. La cubierta estaba intacta. El ejemplar se conservaba casi impecable. Moira dijo que el último se había vendido por trescientas mil libras.
Helen esperaba que estuviera en lo cierto.