Capítulo 44
El lunes por la mañana, Helen estaba esperando tras el mostrador con el ordenador portátil frente a ella.
Había enviado un correo electrónico a la casa de subastas Sotheby’s, además de varias fotos del libro de Hemingway.
Aunque era poco probable que tuviera noticias suyas pronto, continuaba actualizando su bandeja de entrada por si acaso.
Entre comprobar eso y esperar a que llegara Jared, no era de extrañar que se sintiera tan nerviosa.
Había llamado casi a diario para preguntar si había revisado todos los libros de su tía abuela y si había encontrado algo interesante. Las dos primeras veces le dijo que estaba muy ocupada. La tercera y la cuarta fue seca y directa: «Aún no, lo siento, tengo que colgar».
J: ¿Te va bien si me paso mañana para recogerlo?
La respuesta de Helen fue contundente:
H: Lo siento, no trabajo los domingos.
Te lo tendré preparado para el lunes.
Y allí estaba, esperando a que apareciera. Habría estado bien que Jess hubiera vuelto a ser el Robin de su Batman porque predecía que Jared iba a estar descontento. Y sabía que la gente infeliz podía ser irracional.
Estaba mirando fijamente su portátil cuando el tintineo de la campana la avisó, ella levantó la vista y lo vio entrar por la puerta.
La primera vez que lo vio, consideró que era atractivo, mientras charlaban pensó que era un alma gemela encantadora.
Pero ahora lo tenía más que claro: tenía una buena cubierta y un mal contenido.
Debió haberlo supuesto cuando su tía abuela le dijo que pretendía tirar sus preciados libros a un contenedor.
—Buenos días —le dijo mientras él caminaba tranquilo hacia ella. Como si no tuviera prisa. Como si no estuviera desesperado por poner sus manazas en el sobre que descansaba en la estantería, a la altura de su rodilla.
—Buenas. —Hizo un gesto con el pulgar, por encima del hombro—. Creía que no abrías hasta las nueve y media.
—No, a las nueve. Todos los días.
Él sonrió sarcásticamente.
—Menos los domingos.
—Menos los domingos —concordó ella. Alcanzó el sobre A4 que tenía bajo el mostrador y se lo entregó—. Lo he mantenido a salvo para ti.
No se lo arrancó de las manos, pero a Helen no se le escapó la incómoda mezcla de expectación y anticipación que cruzó por su rostro mientras lo cogía. Supo que estaba en lo cierto: él esperaba encontrar una copia del testamento de su tía abuela en ese sobre.
—¿Cómo va el negocio? —dijo mientras jugueteaba con él. Sus dedos tiraban de la solapa pegada. Intentaba mantener la calma, pero estaba desesperado por abrirla.
Estaba preocupada por cómo reaccionaría cuando viera el contenido, pero no tenía por qué estarlo. No iba a abrirlo en frente de ella. Quizá tuviera miedo de delatarse.
—El negocio va muy bien, gracias. ¿Cómo está tu tía abuela?
Negó con la cabeza.
—Me trae de cabeza. La semana que viene se mudará al apartamento protegido. Ahora está resignada, pero no ha sido un camino fácil. —Sus dedos seguían jugueteando con la solapa del sobre.
Al percatarse de ello, Helen lo miró fijamente a la cara.
—Tiene suerte de que estés ahí para ayudarla.
Por favor, salúdala de mi parte y dile que los libros han encontrado un nuevo hogar.
—Se preguntó qué diría si supiera que esperaba vender uno de ellos por varios cientos de miles de libras.
Podría reclamar su parte, decir que lo había metido en una de las cajas por error.
Sería inteligente por su parte pedir en Sotheby’s que fuera un proceso anónimo.
Consiguió abrir la solapa del sobre y ella pudo ver que estaba deseando echar un vistazo dentro.
Continuó con la mirada fija en él incluso mientras seguía hablando, divirtiéndose al mantenerlo cautivo.
Qué ansioso estaba por marcharse, qué desesperado por abrir ese sobre.
Tenía la esperanza de encontrar dentro una copia del testamento de su tía abuela.
Pero no la hallaría.
Sin embargo, tenía razón: estaba plegado en el interior de uno de los libros que la encantadora señora Evans había comprado y que había devuelto en las mismas condiciones, incluyendo el documento que se había colado entre la sobrecubierta y la cubierta de uno de ellos.
Helen lo había sacado, leído y sonreído al ver lo que la increíble señora Clough había hecho. Le dejaba el grueso de su patrimonio, casi cuatro millones de libras, a la National Literacy Trust, una entidad benéfica independiente que promueve la alfabetización.
No se había olvidado de su sobrino nieto, pero Helen estaba segura de que no se contentaría con las cincuenta mil libras que le correspondían.
Helen casi sonrió a la misma velocidad a la que Jared se fue cuando un cliente cruzó la puerta y reclamó su atención.
Ni siquiera esperó a quedar fuera de su vista: abrió el sobre mientras pasaba frente al escaparate, lo suficientemente cerca para que Helen viera cómo su expresión cambiaba de la expectación a la ira.
Los tiques que había recogido volaron por los aires y revolotearon tras él mientras se marchaba furioso.
Era mejor que no supiera la verdad.
Quizá estuviera siendo injusta con él. Quizá hubiera continuado siendo amable con su tía abuela sin importar lo mucho o poco que le hubiera dejado, pero Helen no estaba dispuesta a arriesgarse.
De esa manera, continuaría viviendo con la esperanza y tendría que seguir siendo agradable con ella.
Eso era lo que la maravillosa anciana amante de los libros se merecía.