Capítulo 43
Helen aparcó el coche a cierta distancia de la tienda y apagó el motor.
Las luces de la pizzería de al lado aún resplandecían, pero, desde su posición, no parecía que hubiera ninguna luz en el interior de la librería.
Hasta que no se acercaron, ambas en silencio, no vio un resplandor débil y brillante por el hueco de las persianas.
No era una linterna, la luz era firme. Probablemente fuera de una de las lámparas de mesa. ¿Qué cojones estaba buscando Moira?
—¿Estás bien? —susurró Jess y después soltó una risa nerviosa—. No sé por qué murmuro, no estamos en una puta película de James Bond.
—Acabemos con esto de urna vez.
Helen fue la primera en alcanzar la puerta.
Sacó las llaves y esperó que Moira no hubiera cerrado por dentro y hubiera dejado la suya metida en la cerradura.
Tuvieron suerte: aunque sí que estaba allí, se había olvidado de girarla.
Helen bajó el manillar y empujó la puerta para abrirla, no sin antes deslizar la mano para mover la campanita de encima y apartarla del medio.
—¿Dónde…? —empezó a decir Jess, pero se cubrió la boca con la mano en cuanto Helen le dio un fuerte codazo y se llevó un dedo a los labios para advertirle que se callara.
La luz procedía de una lámpara que había en el mostrador.
No había ni rastro de Moira, pero, si Helen afinaba el oído, podía escuchar un sonido vago procedente del piso de arriba.
Cerró la puerta con cuidado tras de ellas, cerró con llave y las guardó en el bolsillo, asintiendo cuando vio la sonrisa de Jess.
Después caminaron de puntillas, llegaron hasta la escalera y empezaron a subir lentamente.
Cuando Helen miró por encima de la barandilla hacia la planta superior, vio a Moira en el almacén.
Asumió que encender la luz del techo podría levantar sospechas, así que estaba usando una linterna para buscar en las cajas.
De rodillas, estaba completamente ensimismada en lo que estaba haciendo, ajena a los ojos que la observaban.
Helen no había pensado en qué haría cuando se encontrara cara a cara con ella, pero era sencillo.
Levantó una mano para mantener a Jess donde estaba en la escalera, avanzó sigilosamente, manteniéndose en la sombra que proyectaba la pared hasta llegar a la puerta. A continuación, con un movimiento rápido, la alcanzó, la cerró e hizo girar la llave en la cerradura.
—Vamos —dijo Jess mientras se unía a ella.
Las dos retrocedieron cuando alguien golpeó la puerta desde el interior.
—¿Quién hay ahí? Abre la puerta inmediatamente o llamaré a la policía.
Helen levantó una ceja.
—Adelante, hazlo —dijo proyectando una voz alta y firme—. Cuando lleguen, podrás explicarles por qué estás allanando mi propiedad. Podré estar disfrutando de una libertad condicional, pero tengo derechos.
—¿Qué vas a hacer? —susurró Jess—. No puedes mantenerla aquí encerrada para siempre.
—¿Por qué no? Me apuesto a que nadie sabe que está aquí.
Por un momento, Jess parecía horrorizada, pero después rio con incertidumbre.
—Debes de estar de broma, ¿no?
—Por el amor de Dios, ¡pues claro que estoy bromeando! —La frustración y la sensación de que su vida estaba fuera de control estaban enfadando a Helen de nuevo. Se quedó cerca de la puerta y dijo—: Quiero saber por qué estás aquí. Y por qué has pagado a alguien para que me espiara.
—Déjame salir. —Moira volvió a golpear la puerta—. Puedo explicarlo.
Helen rio. Muy alto. Dejó que el sonido llenara el espacio. Si había sonado un poco maníaca, pues mejor.
—No estás en condiciones de exigir nada. Explícate y después me pensaré si dejarte marchar o si llamar a la policía. Como no obtuvo respuesta, cruzó para coger un taburete y lo llevó donde ella estaba.
—Me estoy poniendo cómoda, así que tómate tu tiempo. Tenemos toda la noche.
—No es lo que parece. Estoy actuando por tu bien. —¿Pagar a alguien para que me espíe es actuar por mi bien? Perdóname, pero creo que eso es una sandez.
—Te han informado mal. —La voz de Moira era tranquila—. Sí, pagué a alguien, pero era para que te vigilara y que no te metieras en problemas. Sé lo mucho que significa esta tienda para ti y quería asegurarme de que tuvieras todas las oportunidades del mundo.
—¿En serio? Así que por eso te colaste aquí la semana pasada, al igual que en mi casa.
Y antes de que sueltes que estoy diciendo tonterías, tengo pruebas.
Fotos en las que se te ve entrando y allanando mi propiedad.
—Oyó que Jess tragaba saliva y levantó una mano—.
Y también tengo una confesión firmada por Jess Milgate en la que dice que tú le pediste que te mantuviera informada sobre con quién quedaba y a dónde iba.
Lo que quiero saber es por qué y qué cojones esperabas encontrar viniendo aquí esta noche.
Estaba recostada contra la puerta y dio un respingo cuando Moira empezó a golpearla tan fuerte que las bisagras traqueteaban.
—¡Déjame salir! —Ya sonaba menos relajada—. Haré que te arresten por retenerme como a una prisionera.
—En cuanto me digas qué es lo que estabas buscando, te dejaré salir. Así de fácil.
—Estaba comprobando que no vendías nada chungo.
Helen rio y volvió a relajarse contra la puerta. Reconocía la desesperación cuando la escuchaba, y Moira estaba angustiada. Intercambió una sonrisa con Jess, que estaba sentada en el primer escalón y parecía disfrutar del espectáculo.
—¿Nada chungo? Es una librería de segunda mano, no una imprenta de propaganda radical o terrorista. Te lo preguntaré de nuevo: ¿qué estabas buscando? —Como no obtuvo respuesta, se puso de pie—. Bueno, voy a prepararme una taza de té. Volveré en un rato.
—¡No, espera!
Helen percibió cierto miedo en su voz y aquello le causó placer.
—¿Vas a decirme lo que está pasando?
—Vale, sí, te lo contaré.
Helen escuchó que se desplazaba por la estancia.
—Pues que sea rapidito.
—Estaba buscando un libro, ¿vale? Un libro.
Helen frunció el ceño.
—En una librería hay muchísimos, así que será mejor que acotes un poco el terreno.
—¿Te acuerdas del viernes por la noche, cuando te ayudé a traer todas esas cajas de libros?
Helen analizó la pregunta. No parecía que hubiera gato encerrado en ella.
—Sí, me acuerdo.
—Abrí la segunda caja, pero regresaste antes de que me diera tiempo a coger el libro que vi en su interior.
Era como pedirle peras al olmo.
—¿De qué libro estamos hablando?
—Un libro de relatos de Hemingway, En nuestro tiempo .
—Vale, pero sigo sin entenderlo. ¿Por qué querías conseguirlo con tanta desesperación como para estar dispuesta a violar la ley?
—¿Lo tienes?
—No, se ha vendido.
—¿Cuándo? Regresé el día de la inauguración. Fui tu maldita primera clienta. No estaba en las estanterías, lo busqué. Después me colé en la tienda para encontrarlo, pero no pude. Esperaba que te lo hubieras llevado a casa para protegerlo, así que fui allí…
Helen golpeó la puerta con la mano.
—¡Así que tú asaltaste mi hogar!
—Qué más da —dijo Moira despectivamente—. Pensé que lo tendrías a buen recaudo y que estabas esperando a que alguien viniera a tasarlo. Por eso contraté a esa estúpida de Jess. Era muy buena. ¿Cuándo lo vendiste?
—No estoy segura. Había libros en las estanterías de arriba. No estaba abierto al público, pero dejé que algunos clientes subieran. Seguro que uno de ellos lo compró. No me fijo en los títulos cuando los traen al mostrador.
—Lo vendiste por dos libras. —Se percibía la angustia en la voz de Moira.
—Sí.
—Eres una inútil de manual. ¿Tú sabes cuánto vale?
¿Sabes algo sobre libros raros? No, claro que no.
Solo eres una estúpida librera que trabaja con libros de segunda mano.
Ya te lo digo yo, ¿vale? Era una edición de 1924.
¿Sabes lo única que es? Solo se publicaron trescientos ejemplares.
La última vez que se vendió uno, lo compraron por trescientas mil libras.
¿Sabes lo que podría hacer con ese dinero?
Pues mira, dejaría este trabajo de mierda, me mudaría a España, me jubilaría.
—Golpeó la puerta con la mano e hizo que Helen se sobresaltara de nuevo—.
Y tú, imbécil, ¡lo vendes por dos libras! Y ahora déjame salir.
—Lo haré con una condición.
No obtuvo respuesta.
—Dilly ha retirado su denuncia. Lo que dijo no era cierto; metió la joya en la caja para tenderme una trampa.
Quiero que me asegures que la queja no llegará a nada.
Además, tienes que garantizarme que no me darás más problemas durante el resto de mi permiso.
Finalmente, te daré una copia de las fotos y de la declaración firmada.
¿Trato hecho? —Cuando no hubo más que silencio, golpeó la puerta con la mano—.
¿Trato hecho? —Esperaba que Moira no pidiera ver las fotografías o la declaración inexistentes.
Si lo hacía, tendría que aguantar el tipo.
—Vale, sí, trato hecho. Ahora déjame salir.
Helen le hizo un gesto a Jess, señaló el baño y esperó a que estuviera fuera de la vista antes de abrir la puerta.
—Bien —dijo Helen empujándola hasta encontrarse con una desaliñada Moira—. Ahora vete de mi tienda. Tendré que seguir viéndote, pero será bajo mis condiciones. En mi casa, no aquí. Un minuto y a la puerta, no más.
Moira no se molestó en contestar. Con el mentón en alto, como si no acabara de admitir haber entrado con intención de robar, se alejó con paso firme, haciendo sonar sus tacones de aguja en cada escalón mientras descendía. Un minuto más tarde Helen la oyó gritar:
—¡Abre la puta puerta, maldita zorra!
—Soy una zorra —susurró Helen mientras bajaba para dejar que Moira, que estaba evidentemente enfadada, saliera de la tienda—. Adiós, no vuelvas —dijo a la vez que la mujer pasaba rozándola y casi corría hacia su coche.
Cuando se giró, Jess estaba allí con una gran sonrisa.
—Joder, vaya jugada.
—Hasta yo misma me he sorprendido. —Helen se enjugó los ojos que, de pronto, se habían llenado de lágrimas—. Pero creo que ha funcionado.