Capítulo 42
Helen no podía asimilarlo. Seguro que lo había oído mal. Sí, sin duda. Era eso o que estaba soñando. Sí, era eso. Su vida se componía de una pesadilla tras otra.
—Es la verdad —dijo Jess—. Cuando salimos de la librería ese miércoles, las otras tres se marcharon riéndose aún por haberte robado el dinero y yo fui a coger el autobús.
Los libros que me vendiste y guardaste en una de esas bolsas de papel con el logo tan vergonzoso estampado en ella estaban en el asiento de al lado, en la parada del autobús.
Moira se me acercó, miró la bolsa, me miró evaluando y me preguntó si quería ganarme un dinerillo.
Helen estaba tan conmocionada por escuchar a Jess describir su logo como «vergonzoso» que tardó un par de segundos en captar el resto de la frase.
—¿Te ofreció un trabajo?
Jess rio con disimulo.
—Crees que es tan caritativa que le ofreció un trabajo a alguien que evidentemente estaba pasando por un apuro, ¿verdad? —Le dio un trago a la cerveza—. No, no asumo que lo hagas, pero tienes razón, más o menos. Me ofreció un trabajo, pero no uno de esos que puedan añadirse a un currículum.
—Si esperas que adivine de qué se trata, vas a cansarte de esperar.
A menos que… —Helen abrió los ojos aún más—.
No se te insinuó, ¿verdad? —No podía imaginarse a su agente de la condicional, que era tan excesivamente estricta con las normas, haciendo algo así, pero tampoco podía imaginársela parando a una extraña para ofrecerle un trabajo.
—¡Uf, no! —Jess se estremeció de forma exagerada—. Lo que ella quería de mí era mucho más interesante.
Helen supuso que la pausa no se debía a ningún efecto dramático o a una posposición de la gran revelación. Lo notaba en sus ojos: de pronto, le daba miedo que contarle la verdad a Helen fuera peor que no hacerlo.
—Ya has empezado, así que no te queda otra que contarme el resto.
Jess miró el botellín que sostenía, sopló en el interior y dio otro trago.
—Te lo contaré porque mereces saber lo que está ocurriendo, aunque desconozco todos los detalles. Eres una buena mujer, a pesar de que ni tú misma te lo creas. Bueno —dijo—, allá vamos. Moira quería que me acercara a ti, que me ganara tu confianza. Dijo que haría que mereciera la pena.
Habría sido más fácil creer que Moira se le había insinuado sexualmente porque esto… no tenía ningún sentido. ¿Por qué querría que Jess se acercara a Helen?
—No lo entiendo. —Sintió escalofríos por lo patética que sonaba—. ¿Te dijo por qué?
Jess negó con la cabeza.
—Quería que le dijera dónde ibas, con quién te veías, si hablabas con alguien en la tienda. Cosas así.
No tenía ningún tipo de sentido.
—¿Y no te dijo por qué quería saberlo?
Esa pregunta fue recibida con una risa ronca.
—Ya la conoces, ya sabes cómo es. Intimidante y un poco siniestra, y eso que yo no me asusto fácilmente.
Así que no, no tengo ni idea de por qué, pero me dio un buen dinero.
Concretamente, trescientas libras por adelantado, y me prometió otras setecientas.
Serían mil en total, así que perdóname por no rechazarlas.
—Ella balanceó una mano—. Eso sí, tuve que darte esas trescientas, así que no me sobró mucho.
—¿Me pagaste con el dinero que te dio mi agente de la condicional por espiarme? —A Helen le daba vueltas la cabeza, así que no estaba segura de por qué le parecía que la situación era tan desagradable.
Era obvio que a Jess le divertía su situación.
—El dinero sucio también sirve para pagar las facturas.
Ignorándola, Helen rebuscó entre sus pensamientos conflictivos para dar con algo que tuviera sentido.
—No entiendo por qué quiere saber esas cosas sobre mí.
—Frunció el ceño, dio con una reflexión y la dio por buena.
¿No se había convencido de que Zander y Alex estaban intentando echarla?
Quizá la situación fuera así, pero estuviera en manos de otra persona—.
A no ser que también quiera regentar una librería y quiera la mía.
—No lo creo.
Hubo algo en el tono de voz de Jess que hizo que Helen se incorporara y se girara para mirarla.
—Tú sabes algo más, ¿verdad?
Jess se golpeó los dientes con el botellín y el sonido cortante ahogó el silencio. Cuando lo separó, su expresión había cambiado: era más firme, más fuerte.
—No tengo pruebas, pero creo que fue Moira la que asaltó tu tienda y también tu casa.
Helen rio.
—¡Eso es ridículo! ¿Por qué haría tal cosa?
—Creo que está buscando algo.
—Buscando algo —repitió Helen—. ¿Algo como qué?
—Ni idea.
—Vale, ¿entonces por qué dices eso? —Helen gritó exasperada por una conversación que parecía no llegar a ninguna parte.
Jess suspiró.
—Hay algo más que debo contarte. Quiso saber cuándo sería seguro entrar en la tienda sin que la descubrieras. Está allí ahora.
—¿Qué? —Helen se puso de pie de un salto—. ¿Cómo? —A continuación se golpeó la frente con fuerza, como intentando entrar en razón. ¿Crédula? No, simplemente era estúpida—. ¿Le has dado la llave?
Jess no se molestó en mentir o en parecer avergonzada.
—De nuevo, dinero sucio tentador. Sí, lo hice. No fue difícil dar con ella, le pusiste una etiqueta muy evidente.
—Pero la alarma no se ha apagado.
—¿Te refieres a esa cuyo código de seguridad es nueve, ocho, siete, seis? —Jess la miró con pena—. En serio, no tiene sentido tener alarma si dejas que todo el mundo vea cómo introduces el código, ¿no te parece?
No tenía sentido aclarar que Helen no había dejado que «todo el mundo» viera su código, solo Jess, la mujer en la que confió estúpidamente a pesar de todo.
—Vale, así que está en la tienda ahora mismo. Buscando algo.
Jess comprobó la hora.
—Supongo que sí. —Por primera vez, parecía un poco cohibida—. Dijo que no causaría ningún daño, así que de verdad creo que no habrá desperfectos. Y prometió que me daría el resto del dinero esta semana.
—¡Que no crees que haya desperfectos! —Helen la fulminó con la mirada.
—Quizá no te sirva de consuelo, pero, si hubiera sabido entonces lo que sé ahora, no habría aceptado el trato.
—¡Métete la lástima por dónde te quepa!
Jess se encogió de hombros.
—No es lástima, es empatía. Hay una gran diferencia.
La había y Helen pudo ver que en la mirada de Jess había verdad.
—Serás una buena psicóloga —dijo cuando la rabia se disipó—.
Vale, centrémonos en Moira. ¿Qué hago con ella?
Podría llamar a la policía, que la arresten por violación de la propiedad.
—Helen alcanzó el teléfono, se quedó mirándolo por un instante y lo lanzó al sofá que tenía al lado—.
Si la arrestan, me asignarán a otra persona, ¿no?
—Sería lo lógico.
—Podría dar con alguien peor. —Helen resopló—. Aunque no sé si eso sería posible. No. —Se puso de pie—. Será mejor que vaya y la pille in fraganti y así lo usaré en mi beneficio.
—Bien —dijo Jess—. Será mejor que vaya también para hacer de fiel compañera otra vez. El Robín de tu Batman. Necesitarás una testigo.
Helen la miró.
—Si vienes, sabrá que me lo has contado y no te dará el resto del dinero.
Jess dejó su cerveza y se puso de pie.
—Puede que te sorprenda porque a mí también me asombra, pero resulta que, en el fondo, también tengo valores. —Se estiró y bostezó—. Me parece que al final hasta tendrás un poquito de buena suerte y un final feliz, así que vamos a descubrir qué está haciendo esa cerda.