Capítulo 41
De vuelta a casa, Helen estaba absorta en sus pensamientos, así que, hasta que no aparcó a la puerta de la tienda, no se dio cuenta de que Jess estaba inusualmente callada.
¿Estaba en shock por la confesión de Helen y decepcionada porque estaba metida hasta el cuello en el lado oscuro de la vida?
Quizá Jess opinara que los amantes de los libros tenían corazones espirituales que flotaban más allá del lodo y que, por ende, los libreros debían estar por encima de esa parte cruda y sórdida de la vida.
Helen negó la idea. Los libros eran el antídoto contra el lado lúgubre de la existencia y la mantuvieron a flote cuando estalló el caos. Esa era la realidad.
—Vamos a por esas pizzas para llevar y nos las comemos en casa con una cerveza. —Salió del coche sorprendida de que Jess no se moviera—. Bueno, te quedas y yo voy a por ellas. ¿Qué te apetece?
— Peperoni .
Ni rastro de un «por favor» ni de un «gracias». Helen debería estar agradecida. Al menos no le había ofrecido una evaluación psicológica.
Se tomó unos minutos para admirar el escaparate de la tienda. Al día siguiente lo reorganizaría. Cambiaría la palabra de la semana por otra nueva. «A fin de cuentas, quizá no era tan serendípico», pensó al recordar a Dilly.
Cuando el rostro desalentador de Moira apareció en su cabeza, Helen apoyó la frente contra el cristal, que estaba frío, y se sintió aliviada.
Pasó un minuto hasta que se movió. Cuando se giró hacia su coche, vio que Jess seguía con la mirada fija en el horizonte.
Fuera lo que fuera lo que le ocurría, Helen no iba a lidiar con ello esa noche.
Ya no tenía espacio en la cabeza para más preocupaciones.
Caminó hasta la pizzería, empujó la puerta y el ambiente cálido y aromático del interior le dio hambre.
Las pocas mesas que había estaban ocupadas, pero no parecía que hubiera nadie esperando para coger comida para llevar.
—Hola, Zander —dijo. Sintió una punzada de culpa por haber sospechado que él y su hermano estaban intentando expulsarla—. He oído que estáis teniendo problemas con el sistema de calefacción.
Gruñó.
—Suena como Patrick Swayze o Lionel Blair en su máximo esplendor.
Helen esperaba estar entendiendo bien la jerga que empleaba su vecino.
—Un ruido demente y como una pesadilla, ¿verdad que sí?
—Vas aprendiendo. —Señaló la habitación de atrás con un pulgar—. Hacía un ruido horrible, ha asustado a los clientes. Quería avisarte, pero la muchachita esa que tienes dijo que a ti no te molestaba.
Algún día le hablaría del golpeteo y de cómo, por un instante, pensó que había sido Reginald en la escalera con sus nudillos sangrientos. Sería mejor para su futura amistad que omitiera sus sospechas sobre él y su hermano.
—No, no me molesta. No te preocupes. Tómame nota para que puedas volver a centrarte en tus clientes.
Diez minutos más tarde estaba regresando a su coche con las cajas de pizza quemándole en las manos.
—Aquí están —dijo dejándolas en la parte de atrás, antes de montarse en el asiento del conductor. Jess le echó un vistazo rápido y después volvió a mirar fijamente la carretera que tenían enfrente mientras conducían hasta casa.
Hasta que no se sentaron en el sofá con las cajas de pizza apoyadas en las rodillas y un botellín de cerveza en la mano, nadie dijo nada. Fue Helen quien comenzó a hablar.
—La pizza está increíble. —Dejó la cerveza y alcanzó el mando—. Deja que busque si hay algo que merezca la pena ver.
—No —dijo Jess. Le dio unos tragos a la cerveza antes de dejarla—. Me gustaría hablar contigo.
Helen quería beberse su cerveza, comer pizza , ver algo en la tele que la distrajera.
No quería hablar más. Desde luego, no tenía intención de hablar de lo que estuviera perturbando a Jess, lo que fuera que le estuviera dibujando esas arrugas en la frente.
No quería más pena, más angustia, más nada.
—¿No hemos tenido suficiente charleta para una sola tarde?
No se sorprendió cuando Jess negó y dijo:
—¿Crees que tu agente de la condicional va a causar problemas?
Sí, Helen lo pensaba. A pesar de la explicación que Dilly le diera a la policía, dijo y admitió que había puesto el tren en marcha.
El medallón perdido estaba en manos de Helen cuando la policía llamó.
Ella no llamó a la policía ni a Dilly para avisar de que lo había encontrado.
Decir que «tenía intención de hacerlo» no bastaba.
Moira bien podría pensar que toda la escenita sospechosa era suficiente para volver a meterla en la cárcel. Y eso supondría el fin de su sueño.
—Ya he roto una de las condiciones de mi permiso al quedarme a dormir en la tienda sin notificárselo.
No estaba muy contenta al respecto. Y después, de una forma muy estúpida, me olvidé de llamarla cuando tenía que hacerlo y le dejé un mensaje en el contestador que no le hizo mucha gracia.
Es posible que esto haya sido la gota que colma el vaso.
—Parecía que era el día de afrontar la realidad—.
Sin querer sonar paranoica, siento que me tiene manía, así que sí, creo que me va a causar problemas.
—Pero, si volvieras a prisión, ¿podrías mantener la tienda abierta, no? Tu hermana te ayudaría.
Helen no estaba segura de si sentía envidia de Jess porque creía en un posible final feliz u horrorizada por su falta de habilidad para ver las cosas tal como eran.
—Mi hermana tiene su trabajo. No puede dejarlo para gestionar la tienda. Y yo no podría permitirme mantenerla cerrada, no con esas malditas tasas del ayuntamiento que hay que pagar, por no mencionar los servicios básicos. No, tengo que enfrentarme a la realidad.
Quizá, a fin de cuentas, pudiera convencer a Zander y a Alex para que la compraran. La idea era hasta divertida.
—Entonces solo tienes que asegurarte de que Moira no haga que te vuelvan a encerrar, ¿no?
Helen le dio un sorbo a su cerveza y mantuvo el botellín apoyado en su labio inferior mientras miraba a la mujer que estaba sentada a su lado, en el sofá.
Aunque había dicho anteriormente que tenía hambre, solo se había comido un triángulo de su pizza .
Estaba apurando la cerveza y limpiándose la boca tras cada trago.
Parecía que lo que la perturbaba también le generaba ansiedad.
—No creo que Moira vaya a escuchar las excusas que voy a darle.
Jess inclinó su botellín y se bebió la cerveza que quedaba antes de girarse para mirar a Helen.
—¿Te resultó difícil confesar la verdad antes?
En ese momento fue Helen quien frunció el ceño.
—Sí, claro. Nunca antes le había hablado a nadie sobre mi infancia o sobre cómo me trató Toby. Sin embargo, no estaba intentando disculparme por lo que hice, simplemente pensé que Dilly se merecía saber la verdad. A fin de cuentas, ella perdió a la mujer que quería por mi culpa.
—La verdad. —Jess negó con la cabeza—. Para mucha gente, eso es un extra. —Cogió un triángulo de pizza , mordisqueó la punta y volvió a dejarlo en la caja—. Eres una mujer extraña, ¿lo sabías? Y no me refiero ahora a tu parafilia.
Helen sabía que no debía preguntar, pero no pudo evitarlo.
—¿Mi qué?
Jess dejó la caja de pizza en el suelo y se recostó.
—Tener deseos y pensamientos sexuales no convencionales es normal, pero cuando interfieren en tu vida, cuando te ponen en riesgo o incluso en peligro causan un problema de salud mental.
«Una parafilia». Ponerle nombre no hacía que fuera más fácil de soportar, pero quizá fuera más fácil pedir ayuda. De repente, hizo que Helen se sintiera menos sola. Cerró la caja y la colocó encima de la otra.
—Entonces, ¿por qué soy extraña? —Prefería saberlo todo.
—A pesar de todo lo que has vivido, eres estúpidamente crédula.
Helen se llevó una mano a la frente. ¿Crédula?
¿Lo había sido? No, había sido desconfiada, paranoica incluso, con respecto a Zander y Alex, tuvo sus dudas con Dilly y era completamente desconfiada con Moira, así que ¿por qué la llamaba crédula?
Abrió la boca para rebatir, pero la cerró en cuanto su mirada se topó con la de Jess.
—¿Me has mentido tú?
—Tantas veces que he perdido la cuenta. —Cogió el botellín de cerveza, recordó que estaba vacío y señaló hacia la cocina—. Necesito más. ¿Quieres otro?
Aturdida, Helen apenas asintió. ¿Se sentía tan desesperadamente decepcionada porque había conocido a una mentirosa mejor que ella?
—Aquí tienes. —Jess le entregó a Helen el botellín abierto y volvió a sentarse a su lado, no sin antes acercarse para darle unos golpecitos en el hombro—.
No seas tan dura contigo, soy muy buena en ello.
—Le dio un buen trago—. A mí me cuesta muchísimo decir la verdad, pero después de que compartieras tu historia, siento que te lo debo.
—Adelante —dijo Helen tras unos segundos en silencio—. Supongo que mentiste cuando dijiste que no tuviste nada que ver en el robo de mi dinero.
Jess negó con la cabeza.
—No, eso es cierto, pero te mentí sobre de dónde saqué el dinero para devolvértelo.
—Rio—. No estaba segura de que fueras a creerme, pero te lo tragaste.
En serio, ¿tú viste a las otras tres chicas?
Miden unos diez centímetros más que yo, ¿de verdad pensaste que iba a enfrentarme a ellas para conseguir recuperar unas cuantas libras?
—Dijiste que lo cogiste cuando tuviste la oportunidad. Que por eso te marchaste de tu casa.
—Vamos a la misma universidad. Saben cómo me llamo. —Jess la miró como si aún no pudiera creerse su inocencia—. ¿No crees que me la habrían devuelto si hubiera hecho algo estúpido?
Helen no había pensado en ello lo más mínimo. Estaba tan agradecida por tener su dinero de vuelta que no cuestionó su procedencia. Pero ahora sí.
—¿Y entonces de dónde sacaste el dinero? ¿Y por qué mentiste sobre ello? Yo no sabía vuestros nombres, no podría haber dado con vosotras.
Jess alzó su botellín y sonrió.
—De tu agente de la condicional, la encantadora Moira Manson.