Capítulo 40
Era hora de confesar. Helen empezó por el principio.
Se remontó a cuando era una niña pequeña desesperada por recibir el cariño que aceptó que iba acompañado de dolor.
Palabra tras palabra, sin dejarse nada, ni siquiera omitió el nombre de todos los chicos que habían aceptado felizmente sus peticiones ni el de quienes la miraron con recelo.
Tampoco los meses en los que Toby la había denigrado, pegado y manipulado y en los que la había hecho sentir inútil y pequeña.
Por primera vez en su vida, le habló a alguien de su perversión sexual.
Curiosamente, era la primera vez que le ponía ese nombre.
Quizá fuera una noche de confesiones. Su boca se iba secando a medida que hablaba, pero no se detuvo porque se sentía aliviada.
Como si hubiera reventado un grano horrible.
La podredumbre salió a la luz y ella se sintió más libre.
Miró las caras de Jess y Dilly mientras relataba su historia.
A Jess se le abrían cada vez más los ojos por la incredulidad, abrió la boca ligeramente, como si estuviera aspirando cada palabra.
Dilly aún la taladraba con la mirada, su boca continuaba siendo una herida abierta en su rostro.
Sin embargo, Helen pensó que la ira se estaba disipando, aunque fuera un poco.
Se detuvo para recopilar sus pensamientos antes de hacer su confesión final.
Jess saltó en mitad del silencio para alcanzar la mano de Helen y agarrarla con fuerza.
—Parece que era un auténtico monstruo.
Helen recordó su cara del último día, las palabras que utilizó, cómo la miró.
—Sí, probablemente lo fuera. —Retiró la mano y la utilizó para enjugarse los ojos antes de mirar a Dilly. Puede que la ira se estuviera desvaneciendo, pero el odio que apreciaba no se había reducido, y eso que aún no había escuchado la confesión final de Helen.
Por fin iba a admitir lo que había hecho. Respiró profundo, le sostuvo la mirada a Dilly y dijo:
—Tenías razón. No lo maté porque fuera un monstruo, lo asesiné porque iba a dejarme.
—¡Lo sabía! —Dilly gruñó esas palabras y se inclinó hacia delante con el puño cerrado levantado, casi en señal de triunfo—.
Lo asesinaste y le destrozaste la vida a Anna.
Me arruinaste la mía. Deberías haber estado más tiempo en prisión, no te deberían haber liberado para que abrieras un puto negocio y siguieras adelante con tu vida.
—Se desplomó hacia atrás negando con la cabeza.
Su voz se quebró y se llenó de lágrimas cuando por fin dijo—: No es justo.
Jess la fulminó con la mirada.
—¿Que no es justo? ¿Has escuchado lo que ha dicho?
La abandonaron e hicieron daño cuando era niña y abusaron de ella de adulta.
El maltrato de Toby es un claro ejemplo de control coercitivo.
Utilizó sus inusuales necesidades sexuales como un arma contra ella.
La torturó con ellas tanto física como mentalmente.
—Se giró hacia Helen—. Tu padre te perjudicó al mezclar la realidad del placer y el dolor, pero tú lo adorabas y su muerte te dejó desolada.
Por cómo lo cuentas, Toby encajaba en el perfil.
Cuando dijo que te iba a dejar, no pudiste permitir que pasara de nuevo, ¿verdad?
Helen cerró los ojos. Jess decía estupideces pseudopsicológicas, ¿no? No había conexión entre el padre al que adoraba y el monstruo que había invadido su vida.
—No creo que… —Su voz se apagó. ¿Jess tenía razón? ¿Su padre también era un monstruo?
Helen sintió que Jess le cogía la mano de nuevo y, al abrir los ojos, se reconfortó al ver que así era. Su mirada se cruzó con la de Dilly.
—Ahora ya sé por qué me odias.
Jess resopló.
—Te odia porque esto le obligó a enfrentarse a la realidad. A que la mujer a la que quería tan desesperadamente no la amaba. Es así, ¿no, Dilly?
Las tres mujeres se quedaron en silencio durante un instante. Cuando Dilly habló, sus palabras estaban llenas de arrepentimiento.
—Nunca había querido tan intensamente. Anna lo era todo para mí.
Creo que cuando el amor te llega tarde en la vida lo hace con fuerza y lo abarca todo.
Creí que juntas podríamos superar la muerte de Toby.
No había previsto que ella me guardara rencor, que incluso llegara a odiarme, por todos esos años que estuvo separada de él.
Decía que no tenía espacio suficiente en su corazón para estar de luto por Toby y quererme al mismo tiempo.
Se aisló, pasaba los días en la biblioteca, con sus libros.
Me dejó mucho antes de marcharse a Gales.
Lo único que me queda son recuerdos y esos mensajes de WhatsApp.
Los leí y aprendí a odiarte con la misma fuerza con la que un día amé a Anna.
—Lo siento. —Eran palabras inútiles y vacías, pero era lo único que Helen tenía.
Toby había sido una adicción. Una dañina.
Aún no podía recordar que lo apuñalara, quizá nunca lo hiciera.
La mente tiene sus propios métodos para salir adelante—.
Si le hubiera contado todo al tribunal —dijo—, no sé si la sentencia habría sido distinta.
—Podría haber acortado tu condena —dijo Jess negando con la cabeza—. Eres una mujer con un desorden serio.
La ira que había iluminado el rostro de Dilly desde el momento en que habían llegado parecía desvanecerse.
—Por una vez estoy de acuerdo con tu molesta amiga. Creo que habrían sugerido que necesitabas ayuda.
Helen rio con vehemencia.
—La tuve en prisión, pero creo que solo funciona si dices la verdad y yo no lo hice. Esta es la primera vez que hablo sobre mis problemas.
—No creo que solo tú tengas ese problema, como tú lo llamas —dijo Dilly—.
El bondage , el sadomasoquismo, el masoquismo siempre han estado ahí.
—Se desplomó en la silla—. Has hecho un retrato horrible de Toby.
Anna lo adoraba, pero supongo que no era objetiva.
Solo lo vi una vez hace muchos años y no me cayó bien.
O quizá sería más sincero decir que yo no le caí bien.
No lo dijo, pero pude ver la palabra «bollera» en sus ojos y el gesto que hacía con la boca cuando me hablaba.
Se negó a verme de nuevo. Se negó a quedar con su madre mientras ella siguiera conmigo.
Le rompió el corazón, pero estaba segura de que cambiaría de opinión con el paso de los años.
—¿Y lo hizo? —preguntó Jess.
Dilly soltó una risa entrecortada.
—No mientras Anna estuvo conmigo. Quien es homófobo seguirá siéndolo hasta el día que muera.
Ella era muy reservada con este tema, pero creo que al final él contactó con ella porque necesitaba dinero.
Era su único hijo, lo quería a pesar de todo.
Aun así, se negó a quedar con ella: solo hablaban por WhatsApp.
Creo que ella se aferró a la posibilidad de que algún día fuera más que eso.
Helen había causado mucho dolor.
—Hasta que lo maté.
Dilly asintió.
—Sí, eso la destruyó. Cuando te sentenciaron a cuatro años, me enseñó los mensajes que él le había mandado sobre ti, después se encerró en sí misma, prácticamente desapareció ante mis ojos.
No habló sobre ello, apenas se comunicó conmigo en las últimas semanas.
Lo único que hizo fue acurrucarse en esa maldita biblioteca y leer.
—Ladeó la cabeza hacia Jess—. Tu molesta amiga tiene razón.
No me quería lo suficiente, pero, si no hubieras matado a su hijo, nunca lo habría descubierto.
Siempre te odié por eso. Por abrirme los ojos.
—Se puso de pie—. Contactaré con la policía, les diré que cometí un error con el medallón.
Lo siento. Creí que causarte dolor aliviaría el mío. No ha sido así.
—Normalmente no rechazo el dolor —dijo Helen en un intento por sonar graciosa—, pero el físico. El psicológico hace que la cabeza me vaya a mil por hora.
Era hora de irse. Se puso de pie y se sintió más pesada que antes. Confesar la había liberado, pero no borraba ni aliviaba su carga. ¿Cómo podría ser así si las vidas de Anna y Dilly se habían destruido por su culpa?
—Quizá sea una mala idea, pero creo que deberíamos seguir en contacto, si te parece bien. Después de todo, sabes más de mí que la mayoría de la gente. —De hecho, esas dos mujeres sabían más de ella que cualquier otra persona. Era extraño, vaya que si lo era.
Dilly dudó por un instante.
—No sé si es una buena idea.
Por supuesto que no lo era. Helen asintió, apretó los labios y rezó por que las lágrimas no brotaran. Aún no. Más tarde abriría las compuertas.
—De hecho, estoy segura de que no lo es, pero algún día me pasaré por la tienda para ver cómo te va.
Nunca serían amigas. Helen pensaba que nunca la perdonaría, pero podía haber cierto nivel de aceptación entre ellas. Quizá aquello fuera suficiente.
—Me parece bien.
—Llamaré a la policía por la mañana —dijo Dilly poniéndose de pie—. Espero que ponga un punto final a todo esto.
Helen también lo deseaba. Pero no estaba segura de que Moira fuera a rendirse tan fácilmente.