Capítulo 39
Creí que Toby me quería. Creí que entendía mis necesidades. No cabía duda de que se entregó a ello con entusiasmo, golpeándome con demasiada fuerza y disfrutando en exceso de mi dolor.
A lo largo de los años, ha habido amantes que me han mirado con recelo cuando les he sugerido que probáramos un poco de sadomasoquismo.
Cuando reaccionaban así, me reía para quitarle hierro al asunto y me refería a Cincuenta sombras de Grey y decía bromeando que quizá esas cosas solo ocurrían en las páginas de un libro.
Sin embargo, solo disfrutaba del sexo con aquellos hombres y conseguía llegar al orgasmo ocasionalmente cuando había dolor como entrante, acompañamiento y postre.
Solo entonces disfrutaba de orgasmos extraordinarios que me sacudían hasta lo más profundo.
Si hubiera conocido a un hombre decente, quizá las cosas hubieran sido diferentes. Me habría conformado con recibir amor.
Pero conocí a Toby. Un hombre alto, apuesto, elocuente; era divertido estar con él, aunque a veces se divirtiera a costa de la dignidad de otra persona.
¿Ese toque de crueldad fue lo que me atrajo?
Quizá lo interpreté como una predisposición a satisfacer mis necesidades, como si la oscuridad que vi en él fuera igual a la que habitaba en mi interior.
Más tarde me di cuenta de que Toby era, ante todo, un miserable.
En nuestra segunda cita me insinuó de manera poco sutil que le preparara una cena en mi casa. Ni siquiera mencionó el sexo, pero los dos sabíamos a qué se refería. Había pasado casi un año desde mi última relación satisfactoria y él me atraía, así que pensé: «¿por qué no?».
A la mañana siguiente entendí algo muy bien: la oscuridad de Toby era aún más profunda, estaba más concentrada y más dirigida al exterior que la mía.
Trataba el sexo como un campo de batalla y yo era su arma.
No creo que quisiera causarme daño aposta, solo era un efecto colateral para conseguir lo que él quería.
—¿Te he hecho daño? —preguntó mientras me aplastaba con todo el peso de su cuerpo, por lo que, aunque hubiera querido hacerlo, me habría costado darle una respuesta.
—Me ha gustado —dije cuando por fin se apartó.
Aquel fue el comienzo de nuestra relación tóxica.
La tarde siguiente, cuando fui a abrir la puerta porque alguien había llamado, Toby estaba allí con todas sus pertenencias metidas en dos maletas que tenía a los pies y varias bolsas de basura que esperaban en el asiento trasero de su coche.
Sonreía de forma autocomplaciente. Como si hubiera conseguido cerrar un buen trato.
—He tardado más de lo previsto en hacer las maletas —dijo sonriendo antes de inclinarse para besarme—. Espero que no hayas comido. He pensado que podríamos salir a cenar para celebrarlo.
La confusión debía de ser patente en mi rostro porque él dio un paso atrás y negó con la cabeza lentamente.
—Has cambiado de opinión, ¿verdad? —Parecía avergonzado.
Se pasó una mano por la cara y por el pelo.
Respiró hondo y soltó una risilla burlona—.
Debería haberme percatado de que era demasiado bueno para ser verdad.
—Cogió una de las maletas—. No te preocupes, puedo volver a la casa que compartía. Aún no habrán alquilado la habitación.
Juro que estaba llorando. Era tan buen manipulador…
Sin embargo, aunque supiera que estaba siendo idiota y estuviera completamente segura de que nunca habíamos hablado de que Toby se mudara conmigo, alcancé la maleta que sostenía y se la quité diciendo:
—No, por favor, quédate.
Ignoré el centelleo de satisfacción en su mirada, ignoré las señales de alerta que activó en mi mente.
¿Por qué había sido tan estúpida? Quizá porque estaba sola y porque en aquella época pensaba que su crueldad daría respuesta a mis particulares necesidades en el sexo.
Y así fue durante un tiempo.
Pasaron unos meses hasta que descubrí la verdad. Toby gozaba infligiéndome el dolor que a mí me daba tanto placer, pero no le gustaba que yo lo disfrutara.
—Estás enferma, lo sabes, ¿no? —dijo una noche mientras soltaba el cinturón que había usado contra mi espalda con más fuerza que de costumbre y que me había dejado respirando con dificultad por el dolor de las marcas que me había provocado.
Aquella fue la primera vez que la repulsión apareció en su rostro, pero no la última.
—Yo estoy enferma, pero tú no. ¿Es eso lo que quieres decir?
Me pegó. La palma de su mano chocó contra mi mejilla con la suficiente fuerza para tirarme de la cama y hacer que cayera al suelo.
—Así es como te gusta, ¿verdad? —dijo colocándose sobre mí con una erección intensa, caliente e insistente.
No me gustaba tanto como a él. Para mí el dolor era más bien un complemento, pero para Toby era el plato principal.
No era estúpida. Sabía que mis deseos estaban relacionados con mi infancia y con esa triste conflagración de dolor y placer aprendida de rodillas ante mi adorado padre.
Sabía que tenía que buscar ayuda profesional.
Que mi predilección por el sadomasoquismo podría curarse.
Sin embargo, mis deseos no le hacían daño a nadie más allá de a mí misma y no podía hablar de algo que había formado parte de mí durante tantos años.
Debería haber echado a Toby después de esa primera bofetada.
Debería haber buscado ayuda cuando empecé a pensar que quizá tuviera lo que me merecía.
No cuestionaba nada, simplemente aceptaba las cosas como venían: su creciente violencia, su costumbre de robarme dinero de la cartera, de tomar prestada mi tarjeta bancaria y retirar dinero de mi cuenta con el PIN que me obligó a darle.
Es extraño porque, al final, no fue eso lo que hizo que me rompiera. Ni siquiera fue la mirada de asco y burla que tenía cuando entró en la cocina aquel día.
—Ya no soporto tus deseos pervertidos —dijo haciendo una mueca mientras me barría de arriba abajo con la mirada, despreciándome—. Eres una zorra patética que necesita ayuda, así que me marcho.
Recuerdo que sentí que mis piernas se debilitaban, me apoyé en la encimera de detrás y noté el granito frío con las manos.
Fue pura coincidencia que el cuchillo que compré el día anterior, uno tan afilado que aún debía decidir dónde guardarlo, estuviera allí.
Mis dedos se curvaron en torno al mango, casi con vida propia, y después lo tenía en la mano, con su acero brillante.
Pura coincidencia. Nunca planeé matarlo.
No había comprado el cuchillo con esa intención.
Le conté la verdad a la policía y al tribunal.
La única mentira que conté, la más grande, fue por qué lo maté.
El móvil que todos aceptaron.
No lo maté porque me pegara. O porque me robara dinero. Ni siquiera porque me insultara de una manera tan vil y asquerosa.
No, maté a Toby porque quería dejarme.