Capítulo 38
Helen se detuvo frente a la casa de Dilly y se giró hacia Jess.
—Deberías quedarte aquí.
—No te serviré como testigo si no veo ni oigo nada. —Jess hizo un gesto en dirección a la casa—. Entraré, pero me quedaré calladita.
Helen no estaba segura de que la joven fuera capaz de mantener el pico cerrado, pero estaba cansada y no se le ocurría ninguna razón para insistir en que se quedara en el coche. Llevarla consigo había sido una idea estúpida, pero ahora tenía que seguir adelante. Era la historia de su vida.
—Vale, vamos entonces.
Llamó a la puerta con timidez al inicio y con más fuerza después mientras se recordaba a sí misma que no había hecho nada malo.
—Quizá haya salido —dijo Jess. Rodeó a Helen para mirar a través del vidrio opaco. A continuación lo golpeó con el anillo ancho y de plata que llevaba en el dedo corazón. Aquel gesto provocó un chasquido.
—No rompas el maldito cristal —dijo Helen a la vez que tiraba a Jess del brazo—. Venga, vámonos.
—No, espera, veo algo.
Las dos se quedaron en silencio mientras la figura borrosa se iba acercando. Las dos retrocedieron con un grito ahogado cuando la puerta se abrió de golpe y apareció Dilly, con el rostro marcado por la ira.
—Debería llamar a la policía.
—Por favor, no lo hagas —dijo Helen dando un paso al frente—. Solo quiero hablar contigo.
—¡Ja! ¿No será que quieres robarme de nuevo?
—Yo no lo cogí, te lo juro. No sé cómo llegó a la caja…
Dilly levantó una mano.
—Eres una mentirosa. No reconocerías la verdad ni aunque la tuvieras delante de los ojos. Pero pagarás por ello. Le dije a la policía que quería que siguieran adelante con…
Era hora de que Helen interviniera y así lo hizo, prácticamente envuelta en lágrimas.
—Pero te lo han devuelto, ¿por qué harías tal cosa? Ya sabes lo que eso significaría para mí.
—Lo sé. Para asegurarme, contacté con tu agente de la condicional. Me agradeció muchísimo que la avisara.
Helen se lo había puesto en bandeja. Le había mencionado a Moira.
—No lo entiendo. Nos llevábamos bien. Me preparaste té. —Sin saber por qué, eso último hizo que se le llenaran los ojos de lágrimas.
—Sí, ¿y cómo me lo pagaste? Me robaste y usaste cada libro que decías adorar para esconderlo.
—Estás mintiendo. —La voz de Jess era calmada, pero había algo en su tono que cortó el aire e hizo que tanto Helen como Dilly se giraran para mirarla—.
Puedo verlo en tus ojos, en cómo se te tuerce la boca cuando intentas no sonreír.
Supongo que sabes que Helen no lo robó porque fuiste tú quien lo colocó allí.
—Se acercó para situarse bajo la luz del techo—.
Si Helen lo hubiera robado, ¿crees que me habría pedido que desempaquetara las cajas?
¿De verdad crees que habría robado esa joya tan horrible?
No, tú la dejaste ahí. La pregunta es: ¿por qué? ¿Por qué quieres destruirla?
—¿Quién cojones eres?
—Una amiga. —Jess miró a un lado y otro de la calle—. Y ahora, si no quieres que tus vecinos salgan a ver de dónde viene tanto alboroto, si no quieres que sepan la vieja bruja conspiradora que eres, te sugiero que nos dejes pasar.
Para sorpresa de Helen, en vez de cerrarles la puerta en la cara, Dilly se hizo a un lado para permitir que entraran. Jess no esperó a que le dieran indicaciones: siguió la luz que se colaba por la puerta abierta al final del pasillo.
—Bien —dijo mirando alrededor antes de coger una silla y sentarse como quien espera a que empiece un gran espectáculo.
Dilly se deshizo en sarcasmo.
—Estás en tu casa, cómo no.
No sirvió de nada con Jess. La joven se recostó y se cruzó de piernas.
—Muchísimas gracias.
Helen se quedó de pie, balanceándose ligeramente, como si se preparara para salir corriendo.
Debería hacerlo. Correr y correr para alejarse del odio que se percibía claramente en la mirada de Dilly.
¿Siempre había estado ahí? ¿Bien escondido tras su comportamiento amable y amistoso?
Por eso le había tendido una trampa a Helen, por eso había llamado a la policía y contactado con Moira.
Dilly la odiaba. Darse cuenta de que alguien sentía eso por ella y no entender los motivos era una sensación extraña.
—No importa lo que digas —dijo Dilly dirigiéndose a Jess—. Me robó el medallón y lo encontraron en manos de Helen. Puede que decidan que no merece la pena iniciar un proceso judicial, pero es suficiente para que cualquier buen agente de la condicional se plantee hacer que vuelva a la cárcel.
Helen sabía que tenía razón. Moira disfrutaría mucho diciéndole que ya le había dado una oportunidad y que no podía ofrecerle otra.
—Sabes que no te lo robé, así que será mejor que me digas qué es lo que está pasando.
Dilly rio.
—Supongo que no importa que te lo explique. He puesto el tren en marcha y ya no hay quien lo pare. —Sacó una silla de debajo de la mesa y se sentó.
Helen continuó de pie, Jess se levantó, se acercó a ella, la cogió de la mano y la acercó a una silla.
—Siéntate antes de que te desmayes. —Esperó hasta que Helen se sentara para ocupar el asiento que estaba a su lado y fulminar a Dilly con la mirada—. Ahora continuemos con ese veneno que tienes por soltar, por favor. Hay una pizza esperándonos.
—Es muy sencillo. Puedo explicarlo con una palabra de cuatro letras. —Dilly miró a Helen mientras la pronunciaba—. Toby.
La idea de volver a prisión ya le había hecho palidecer, pero en ese momento el poco color restante se desvaneció de su rostro.
Dejó que fuera Jess quien hiciera la pregunta.
—¿Conocías al hombre al que mató?
—El hombre al que asesinó, querrás decir. Solo lo vi una vez, pero sé mucho de él gracias a su madre, Anna, la mujer a la que yo amaba. Su muerte la destrozó, terminó con nuestra relación y me llevó por delante en el proceso.
—No. —Helen negó con la cabeza—. Nunca conocí a la madre de Toby, pero sé que no se llamaba Anna.
Dilly la miró con desdén.
—Nunca te molestaste en conocerla. Si lo hubieras hecho, sabrías que se llamaba Diana, pero que prefería que la llamaran Anna.
Helen recordó que vio el espectro de una mujer en el juzgado.
Descartó la posibilidad de que tuviera algo que ver con lo que estaba ocurriendo.
Parecía que tenía razón en la misma medida en que se equivocaba.
Toby casi nunca hablaba de su madre. Y, desde luego, jamás mencionó a la mujer de su madre.
—No tuve oportunidad de conocerla. Toby y ella se pelearon años antes de que yo lo conociera. Habían vuelto a hablar, pero, hasta donde sé, eso era todo.
—Estaban en ello —insistió Dilly—, y lo habrían conseguido de no ser porque lo asesinaste.
Jess golpeó la mesa con la palma de la mano y tanto Dilly como Helen se sobresaltaron.
—Se le dio lo que merecía —dijo en el silencio que siguió al golpe—.
He leído sobre el juicio. Toby era un matón, un sádico.
Vi las fotos de las lesiones de Helen. Ella era la víctima y simplemente actuó en defensa propia.
Es una locura que fuera a prisión solo porque comprara el cuchillo el día anterior. Las coincidencias existen.
Dilly la miró y su boca se torció en una mueca de desprecio.
—Eres tan joven como estúpida.
—Déjala en paz, solo está intentando ayudar. —A Helen se le quebró la voz por culpa de las lágrimas, tan cansada como se encontraba—. Anna no estaba allí aquel día, y tú tampoco, así que tendréis que creeros que conté la verdad sobre lo ocurrido.
—¿La verdad? ¿Que tú eras la víctima? —Dilly rio.
Fue un sonido estridente, fuerte y feo que pareció perdurar en el ambiente—.
De lo que más me arrepiento es de no haberme enterado de tu existencia a tiempo para ir a ese juzgado y contarle al mundo el pedazo de personaje que eres.
Anna me lo dijo después de que te condenaran a cuatro años.
Me acuerdo de que gritó cuando lo escuchó.
Cuatro años por la vida de Toby. Qué locura.
Entonces me contó lo que Toby le había dicho sobre su relación contigo.
Helen tenía la boca tan seca como un papel de lija; su lengua se había quedado atrapada entre los granos abrasivos de ese material.
Intentó liberarla, hablar para que Dilly dejara de hacerlo.
La silla chirrió contra las baldosas del suelo cuando la alejó, se puso de pie y se dirigió a la cocina.
No había ni tazas ni vasos a la vista, así que abrió el grifo, se inclinó y bebió directamente del hilillo de agua.
Después lo cerró y se pasó una mano por la boca.
Tiró de la parte inferior de su camiseta para secarse tanto la cara como las manos, regresó a la silla y se sentó.
—Además de ser un maltratador, Toby era un mentiroso y un cuentista, así que coge con pinzas lo que te dijera su madre.
Dilly se levantó y se acercó a una cómoda. Cuando regresó, tenía un teléfono móvil en la mano.
—Es de Anna. No quería que la localizaran, así que lo dejó aquí.
Como soy estúpida, cuando me siento sola escucho su voz diciendo que deje un mensaje.
Grabó ese mensaje en tiempos mejores. Siempre fue una mujer alegre, feliz, y su esencia se mantiene en esas pocas palabras.
—Cogió el teléfono y pulsó unas cuantas teclas—.
También conservo cada mensaje que recibió.
Nunca borraba nada. —Dilly levantó la vista y miró a Helen a los ojos—.
Cada mensaje de WhatsApp entre ella y Toby está aquí. Es una lectura muy esclarecedora.
—Si es tan reveladora —dijo Jess—, ¿por qué no se la llevaste a la policía?
—Lo hice —gruñó Dilly—, pero no es mi teléfono, así que le dieron muchas vueltas a la dificultad de probar la autenticidad de los mensajes, al tema de la privacidad y blablablá.
No pude convencer a Anna de que siguiera adelante.
En ese punto, se había distanciado tanto que ya apenas nos comunicábamos.
Sin embargo, después de leer los mensajes, supe que mentiste.
¡Y saliste de prisión a los dos años! ¿Dónde queda la justicia?
Helen tenía los ojos pegados al teléfono. ¿De verdad Toby había compartido con su madre ciertos detalles íntimos de su relación? Le costó mantener la calma.
—Disfrutar de la condicional no es lo mismo que estar libre al cien por cien.
—Eres lo suficientemente libre para empezar tu propio negocio, ¿no? —Dilly se rio de forma desagradable—. No tienes ni idea de lo mucho que disfruté ayudándote a que fuera un éxito mientras sabía que al final, cuando te mandara de vuelta a prisión, te lo quitaría todo de nuevo.
Era una jugada maestra. Y lo que era peor aún, Helen la había ayudado.
Pudo ver a Jess, desconcertada, intentando encajar todo aquello.
¿Cómo podía estar si no sabía todo lo ocurrido?
Helen pensó en su librería. Se suponía que sería su segunda oportunidad.
Un nuevo comienzo para un futuro esperanzador.
¿Pero realmente podría empezar de nuevo si su pasado se manifestaba de una forma tan dolorosa?
Si no había contado toda la verdad. «Quizá es momento de… ».
—Tu amiga parece un poquito confusa —dijo Dilly. Se giró para mirar a Jess—. Deja que te lea algunos de esos mensajes de WhatsApp, quizá te ayuden a entenderlo.
«… hablar de lo que realmente ocurrió aquella noche…».
—Leeré algunos de los más explicativos, son de un par de días antes del asesinato.
—Dilly negó con la cabeza—. No le dio vergüenza compartirlos con su madre.
—Le dio unos golpecitos al teléfono, entornó un poco los ojos, con lentitud y claridad, pronunciando cada insoportable palabra—.
«Helen es encantadora, mami, pero no me imagino un futuro con ella.
No conectamos en la cama. No lo disfruta si no hay dolor de por medio.
Un dolor extremo. Le gusta que la fustiguen.
No me refiero a golpes livianos, le gusta que le dejen marca.
Y no es algo nuevo: tiene cicatrices en la espalda de relaciones pasadas.
A veces se dobla del dolor cuando se sienta en una silla porque su piel está extremadamente magullada y dolorida.
Está empezando a ser un poco extraño para mi gusto».
Dilly dejó el teléfono y levantó la mirada para toparse con la de Helen.
—«Le gusta que le dejen marca». ¿Serán las mismas marcas de las fotos que se enseñaron en el juzgado? ¿Las que se usaron para alegar que eras víctima de violencia doméstica?
«… Era hora de confesar».