El secreto de la librera Capítulo 37
85%

Capítulo 37

A las seis, Helen giró el cartel de la puerta para indicar que estaba cerrado y bajó las persianas del escaparate. Los últimos veinte minutos habían sido tranquilos, así que ya había hecho caja.

—Ha sido un buen día —le dijo a Jess mientras apagaba las luces—. Cuando hayamos hablado con Dilly, compraré algo para que comamos.

—¿Una pizza del local de al lado?

Helen encendió la alarma y cerró la puerta con llave antes de responder.

—Quizá podríamos pedir comida india para cambiar un poco.

Caminó enérgicamente. Jess iba a su lado casi dando saltos, lanzándole miradas curiosas. Mientras aceleraba con la esperanza de evitar preguntas indeseadas, Helen pensó que la joven era demasiado observadora para lo que le interesaba.

—Alex y Zander no son de tu agrado, ¿verdad?

Lo único que consiguió al caminar tan rápido fue quedarse sin aliento. Redujo el paso y se giró para mirar a Jess con cierta molestia.

—¿Por qué piensas eso? Nunca he dicho nada contra ellos. Son buenos vecinos.

—No es lo que dices, sino cómo lo dices, parece que aprietas los dientes mientras hablas.

Quizá Helen lo estuviera haciendo, pero no era momento de entrar en detalles sobre sus sospechas sobre los gemelos pizzeros. Esperaba que su silencio zanjara la conversación, pero, evidentemente, no fue así.

—Están teniendo problemas con su sistema de calefacción y quieren saber si a ti te está pasando lo mismo. Dije que te preguntaría y se lo contaría.

—¿Problemas? —dijo Helen girándose para mirarla—. ¿Qué tipo de problemas?

—Zander dice que, algunos días, cuando la encienden, suena como un baterista enloquecido. No dura mucho, pero, cada cierto tiempo y sin razón aparente, se apaga la calefacción. Dice que suena como «bam, bidi-bam». No estoy segura de si es así como imitan los sonidos por aquí, pero…

—¿Que ha dicho qué? —Helen la interrumpió, se detuvo y se giró para mirarla fijamente.

—Bam, bidi-bam —repitió Jess, que parecía sorprendida—. O algo así, vaya.

—No, ¿qué has dicho antes de eso? —Helen respiró hondo—. Lo siento, parece que estoy loca. Vuelve a repetirme qué es lo que dijo Zander.

—Solo que estaban teniendo problemas con su sistema de calefacción, que cada tanto sonaba como un baterista enloquecido. Dijo que el ruido no duraba mucho, pero que le preocupaba que te molestara.

—¡Señor, ese bendito repiqueteo! —Helen empezó a reír mientras negaba con la cabeza y carcajeó aún más fuerte cuando vio la mirada de preocupación de Jess—.

Tranquila, todo en orden, es muy divertido.

—Se secó una lágrima, volvió a negar con la cabeza y siguió andando.

Jess se merecía una explicación—: He escuchado ruidos desde que abrí la tienda, de vez en cuando.

Como unos golpes. Sonaba y paraba. No te he contado la historia, pero, al parecer, el dueño anterior se desplomó por la escalera y murió allí.

Durante días golpeó en los peldaños de madera para intentar que lo ayudaran.

Los atizó con tanta fuerza y durante tanto tiempo que acabó con los nudillos ensangrentados.

—Así que cuando escuchaste el ruido, creíste que la tienda estaba encantada. —Jess tenía los ojos abiertos de par en par.

—No… Sí… No lo sé, pero la cosa no se queda ahí. Fue Zander quien me habló de ese hombre, detalles escabrosos incluidos, así que cuando escuché los golpes, empecé a sospechar un poco.

Esperó ver un atisbo de comprensión en el rostro de Jess, pero aún seguía perpleja. Ya habían llegado al coche. Helen miró hacia su casa. Le habría gustado entrar, abrir una cerveza y ver algo sin sentido en la tele. Sin embargo, no podría descansar hasta que no hablara con Dilly.

Pulsó el mando a distancia para abrir el coche y se subió. Cuando estaban de camino, terminó de explicarle a Jess lo que tanto ansiaba saber.

—Pensé que estaban intentando deshacerse de mí. —Echó un vistazo rápido para ver si el semáforo se había puesto en verde—. Ya sabes, echarme, comprar mi bonita, nueva y recién renovada tienda a precio reducido y, a continuación, ampliar su pizzería aprovechando el local.

—Pero dijeron que llevaba años en venta. Han tenido todas las oportunidades del mundo para comprarlo y no se han molestado en hacerlo.

—Lo sé. —¿Acaso ella no había pensado lo mismo antes de tener mil y una sospechas?—. Los golpes y los asaltos hicieron que me volviera un poco paranoica.

—Supongo que es entendible —dijo Jess.

Sin embargo, lo dijo con un tono de voz que le dio a entender a Helen que la estaba tratando con condescendencia, que Jess no entendía nada en absoluto. De pronto, quería que la comprendiera.

—Sencillamente he aprendido a sospechar de las intenciones de todo el mundo.

—Fuiste víctima de violencia doméstica, seguro que aquello te marcó. El hecho de que hicieras que ese tal Toby pagara por lo que te hizo no significa que todo se olvide.

Jess seguía sin entenderlo. ¿Cómo se supone que iba a hacerlo si ni siquiera conocía toda la historia?

Helen sospechaba de las intenciones de todo el mundo porque había visto lo fácil que era engañar a todos.

Todo el mundo era experto en ello. Los abogados, Sarah, su agente de la condicional y ahora esa joven mujer que no tenía idea de nada más allá de las teorías que había aprendido en los libros.

No sabían cuál era el motivo por el que Toby había pagado. Cuál fue el móvil de Helen.

No tenían ni puta idea.