Capítulo 36
En cuanto los dos agentes de policía se marcharon, Sarah volvió corriendo a la cocina.
—¿Qué demonios ha ocurrido?
Jess no esperó órdenes.
—Voy a encargarme de la tienda. —Cerró la puerta al salir.
Habría estado bien ir al jardín o quizá sentarse en la hierba bajo el manzano con un buen libro.
Huir a un mundo diferente. Uno en el que no todo fuera un jodido gran enigma.
Sin embargo, Helen no podía permitirse ese lujo.
En vez de eso, se pasó una mano por la frente y le contó a su hermana lo que la policía le había dicho.
—Bueno, pues eso es todo, ¿no? —dijo Sarah cuando terminó—. Le devolverán el medallón y fin del asunto.
La vida debería ser así de sencilla, pero, por experiencia, Helen sabía que rara vez lo era.
—Aunque se lo hayan devuelto, Dilly aún podría causarme problemas. —Alzó una mano para detener las palabras que sabía que Sarah tenía en la punta de la lengua—. Sí, lo sé, es ridículo y los agentes dijeron que no iría a más, pero podría afectar a mi permiso.
Sarah extendió la mano y agarró a Helen del brazo.
—¡No! —dijo horrorizada—. No lo robaste y, en cualquier caso, ya lo ha recuperado. Quizá deberías explicarle la repercusión negativa que puede tener en tu situación.
—Lo sabe. —Helen suspiró profundo—. Yo le conté. —Deshaciéndose del agarre que Sarah ejercía en su brazo, Helen sacó la llave del bolsillo y se fue hacia la puerta trasera—. Necesito un poco de aire fresco.
Una vez fuera, cogió la silla que había a la sombra para llevarla hacia la luz del sol que se filtraba entre las ramas del manzano.
—Debería comprobar que Jess está bien —dijo a la vez que se dejó caer con pesadez. Las patas de la silla se hundieron en la tierra humedecida por la lluvia.
—Jess está bien, es una mujer sensata. Vendrá a buscarte si tiene algún problema. —Sarah elevó la otra silla y la colocó al lado de la de Helen—. Hay algo raro en todo este tema del medallón, ¿no crees?
—Las primeras veces que la llamé para ir a recoger libros a su casa, Dilly fue muy amable.
Siempre me preparaba té, insistía en que nos sentáramos a hablar.
Me hacía muchas preguntas y me agradaba responder la mayoría de ellas, pero fue un tanto insistente con cosas que yo prefería mantener en privado.
Pensé que estaba un poco sola, así que no me importó compartir mi tiempo con ella.
Además, me vendió los libros a precio de ganga, así que sentí que era lo menos que podía hacer.
Helen apoyó la cabeza hacia atrás y miró el cielo a través de las hojas del árbol.
Algunas ya estaban poniéndose marrones. Las ramas se quedarían desnudas pronto y podría ver el cielo con más claridad.
No como esa situación, que cada vez se volvía más confusa.
Qué inocente había sido, qué comportamiento tan estúpido había tenido al pensar que la muerte de Toby había supuesto un punto y aparte.
Que podría empezar de cero y hacerlo mejor esta segunda vez. No estaba saliendo como esperaba.
—Anoche —continuó—, fue como si Dilly fuera una persona distinta. Fue maleducada, despectiva, casi hostil.
—Quizá fuera alguien diferente. Su gemela.
Helen dejó de mirar el cielo en busca de alguna aclaración y se volvió hacia su hermana.
—Las dos tenemos que dejar de leer tantos thrillers psicológicos. Corremos el riesgo de volvernos paranoicas y ver misterios donde no los hay.
—Vale, quizá la idea de que tenga una gemela sea un poco rebuscada, pero admite que es inverosímil pensar que el medallón se levantó y saltó a la caja él solito.
—Estaba un poco distraída, pero me habría dado cuenta si lo hubiera cogido por error o si se hubiera caído. —Le habló a Sarah de la insistencia de Dilly para que se llevara las cajas al coche mientras ella precintaba las restantes—. Lo guardó ella, seguro.
—¡Eso es! —Sarah casi chilla de la emoción por haber encontrado una solución lógica—. Ella se agachó, el medallón se cayó a la caja y ella la cerró sin darse cuenta de que había acabado allí dentro.
Aquella habría sido la explicación perfecta si Helen no hubiera visto la cadena.
No estaba rota, así que no podía haberse caído sin más.
No. Dilly la había dejado allí deliberadamente.
Helen se devanó los sesos intentando dar con una explicación a por qué habría hecho tal cosa.
Repasó todas las conversaciones que pudo recordar.
No había dicho nada terrible, ¿verdad que no?
Nada fuera de lugar. Solo se abrió y compartió sus miedos y preocupaciones.
¿Fue eso el desencadenante? ¿Se había comportado como diciendo «pobre de mí» y Dilly decidió mostrarle lo que era la miseria en realidad?
¿Planeaba hacer que volviera a prisión, que perdiera un negocio que adoraba?
Quizá fuera rebuscado, pero ¿qué otro motivo podría haber?
Era más sencillo dejar que Sarah pensara que había resuelto el enigma que escucharla mientras buscaba alternativas.
—Sí, tienes razón, quizá eso fue lo que pasó —dijo Helen—. Cuando la policía le cuente dónde lo encontraron, es probable que recuerde que lo llevaba puesto cuando estuvo precintando las cajas.
—Me apuesto lo que sea a que la muy desagradable te llamará más tarde y se disculpará. —Sarah se puso de pie—. Ahora que ya está todo resuelto, me vuelvo con los libros. Hasta ahora he añadido otros tres tiques a tu colección. Solo queda una caja, así que no tardaré mucho.
—Genial. —Helen intentó sonar feliz, pero su mente aún sufría pensando en lo que había hecho Dilly. No estaría contenta hasta que no hablara con ella y descubriera por qué había actuado de una forma tan horrible—. Vale, supongo que lo mejor será trabajar de nuevo.
Jess estaba hablando con tres mujeres de mediana edad cuando Helen regresó a la tienda y otra pareja de clientes estaba ojeando detenidamente las estanterías.
Según el libro de contabilidad, que Jess había cumplimentado con una caligrafía pulcra y diminuta, se habían vendido diez libros en la última media hora.
El sábado demostraba tener más éxito de lo esperado.
Debería estar entusiasmada, pero cada vez que la puerta se abría, su corazón se encogía ante la expectativa de ver a Moira y sus duras facciones preparándose para abalanzarse sobre ella y arrastrarla de vuelta a la celda.
Helen sabía que estaba siendo excesivamente melodramática.
Moira ni siquiera trabajaría un sábado, pero ese pensamiento no redujo su preocupación.
Reconoció a la siguiente mujer que entró por la puerta, pero fue una identificación agradable. Su primerísima clienta.
—Hola, qué alegría verla de nuevo.
La anciana alcanzó una gran bolsa de tela y sacó cuatro libros con torpeza.
—Me ofreciste un buen trato —dijo mientras los dejaba sobre el mostrador—.
He disfrutado meticulosamente de estos, sobre todo del de Hemingway.
—Le dio unos golpecitos a la cubierta del libro, casi con cariño—.
Por lo general, no suelen gustarme mucho los relatos cortos, pero estos han sido la excepción.
—Buscó en el bolsillo la tarjeta que Helen le dio el sábado anterior—.
Y aquí está la tarjeta para demostrar que traigo los mismos libros que me llevé.
No había necesidad de comprobarlo, pero Helen lo hizo de todos modos.
—Perfecto —dijo—. Coja cuatro más, los que quiera. —Señaló la escalera—. Si no encuentra lo que busca en estas estanterías, hay más en el piso de arriba.
—Gracias. —La mujer echó un vistazo alrededor y sonrió en señal de anticipación—.
Cogeré uno de esos pequeños taburetes y me las apañaré como pueda.
El peligro está en dar con muchos que quiera leer —dijo finalmente y casi para sí misma a medida que se tambaleaba en dirección a un taburete y lo acercaba a la primera estantería.
Otra clienta se acercó al mostrador para requerir la atención de Helen.
—Me llevo estos —dijo a la vez que entregaba una pila de libros—. No pude elegir, así que he decidido darme un capricho y llevarme los cinco.
—Me encanta vender antojos que no sean calóricos ni malos para ti —dijo Helen sonriendo mientras metía los libros en una bolsa—. Once con cincuenta, por favor.
Cuando se marchó, Helen cogió los cuatro libros que la anciana había devuelto porque tenía en mente devolverlos a la estantería.
Al recordar que aún no les había puesto el sello de Appleby, miró hacia la escalera.
Podía subir y entregárselos a Jess para que lo hiciera.
Sin embargo, otro cliente se acercó al mostrador, así que los deslizó al estante que tenía debajo. Podían esperar.
Con ayuda de Jess, Sarah terminó de desempaquetar los últimos libros de la señora Clough poco tiempo después y fue a la planta baja.
—Aquí los tienes —dijo entregándole el sobre A4—. Casi todo eran tiques, un trozo de papel en blanco y un billete de cinco libras. Es de los antiguos y está fuera de curso, pero seguro que consigue cambiarlo en un banco.
—Gracias. —Helen le echó un vistazo al interior del sobre, lo cerró y lo guardó bajo el mostrador—. Es genial que hayáis podido terminar con esos libros. He estado muy ocupada y no habría podido hacerlo.
—Encantada de ayudar. Jess está arriba buscando un hueco para los últimos libros. Es buena chavala, ¿no?
¿Buena? Helen no estaba del todo segura.
Pero últimamente no estaba segura de nada.
Le gustaría haberle contado a Sarah la historia del robo, saber qué opinaba al respecto.
Sin embargo, tenía miedo de que su hermana la mirara horrorizada por haberle ofrecido una habitación a Jess, por muy temporal que fuera el acuerdo.
Por eso se obligó a sonreír y pronunció un mecánico «Sí, muy buena».
—Bueno, si no necesitas que te ayude en nada más, me voy.
—Tranquila, vete, gracias de nuevo. Ha sido bueno tenerte aquí hoy, especialmente cuando vino la policía.
—Con suerte, espero que le hayan echado una buena bronca a esa tiparraca por hacerle perder el tiempo a la policía. —Sarah metió la mano bajo el mostrador y cogió su bolso—. Avísame si contacta contigo para disculparse. —Abrazó a Helen—. Espero que el resto del día vaya muy bien.
Después se marchó despidiéndose como una loca al otro lado del escaparate cuando pasó frente a él.
Helen le devolvió el gesto, sonrió maníaca y la mueca se desvaneció en cuanto Sarah desapareció de su vista. Dejar de fingir era un alivio, la preocupación por Dilly tomó el protagonismo en su mente y frunció el ceño.
—Pareces bastante enfadada —dijo Jess cuando apareció de pronto frente a ella—. ¿Estás bien?
Era más fácil contárselo a un desconocido. No había intenciones ocultas, antecedentes con los que lidiar ni nadie a quien decepcionar. Miró a su alrededor para asegurarse de que sus clientes estaban ocupados, después se giró y habló en voz baja:
—Me preocupa la acusación de Dilly. Podría causarme problemas. Hacer que vuelva a prisión.
—No puede ser. —Jess negó con la cabeza—. Tú no lo robaste. Debe de haberse enredado en los libros.
—Sarah cree que quizá se cayó cuando Dilly estaba precintando las cajas.
—Eso es, podría haber ocurrido así, sin duda.
Helen quería creerlo a toda costa. La cadena no estaba rota, pero quizá el cierre se hubiera abierto.
—Cuando lo encontraste, ¿el cierre estaba abierto?
El atisbo de esperanza que le hacía aferrarse a esa idea se desvaneció cuando vio la verdad en los ojos de Jess.
—Me encantaría decirte que sí —contestó.
Helen sonrió con tristeza.
—Créeme, a mí también me encantaría oírlo.
—¿Qué vas a hacer?
No creía que tuviera otra alternativa.
—Iré a hablar con ella. Espero que, cuando le devuelvan el medallón, se disculpe y diga que ha cometido un error. Si no me pide perdón, le suplicaré que lo haga. En cualquier caso, quiero saber por qué tiró el medallón a la caja, porque está claro que eso es lo que ha ocurrido.
—¡Fue ella quien lo guardó! —Jess parecía realmente horrorizada—. Pero ¿por qué haría eso? ¿Y denunciarte después por robarlo? No tiene sentido.
—Eso es de lo que quiero hablar con ella. —Helen consultó su reloj. Quedaba una hora para cerrar. Tendría que esperar sesenta minutos para irse y enfrentarse a Dilly.
—Iré contigo.
—¿Qué? —Helen miró el gesto serio de Jess—. No hace falta. Deberías marcharte ya y hacer algo más interesante durante tu tarde del sábado.
—No creo que debas ir sola. Si esa tal Dilly puso deliberadamente la joya en la caja, es porque la tiene tomada contigo por alguna razón. Me necesitas como respaldo. Como testigo, si lo prefieres, para dar fe de lo que ella pueda decir. O de lo que pueda acusarte.
Jess tenía razón. Si Dilly le había tendido una trampa a propósito a Helen, a saber de qué más sería capaz.
—Sí, supongo que tienes razón, pero ¿estás segura de que quieres implicarte en mis problemas?
—Seguro que son más interesantes que los míos. Además —añadió Jess con una sonrisa—, si quisiera hacerte daño sin razón, significaría que tiene algún tipo de trastorno antisocial de la personalidad y es un tema que me interesa.
—¿Crees que es psicópata o algo así? —Helen recordó haber pensado que la personalidad de Dilly era similar a la del señor Jekyll y míster Hyde. Quizá no estuviera equivocada.
Jess movió la cabeza de lado a lado.
—En las películas y los libros aparecen muy a menudo los términos «psicópata» y «sociópata», pero no se consideran diagnósticos oficiales.
En vez de eso, la psicopatía y la sociopatía describen rasgos que se engloban bajo el paraguas de los trastornos antisociales de la personalidad.
—Sonrió—. Resulta que la psicología es mi tema favorito.
También puede ser que, sencillamente, Dilly sea una zorra problemática.