Capítulo 35
—He encontrado esto —dijo Jess abriendo la mano para mostrar un medallón ornamentado que pendía de una fina cadena dorada.
—¿Lo has encontrado? —Helen lo cogió y lo llevó a la luz. No estaba muy puesta en joyería y pensó que la pieza era fea, pero estaba casi segura de que las piedras incrustadas en el oro eran diamantes—. ¿Dónde?
—Cogí algunos libros de la caja y se cayó de uno de ellos.
Helen se quedó mirando el medallón fijamente.
Por muy feo que fuera, pesaba y era evidente que tenía cierto valor.
¿Cómo había acabado en la caja? Quizá estuviera en la estantería y se hubiera quedado enredado en los libros.
Era poco probable que no se hubiera dado cuenta, pero se había distraído con el extraño comportamiento de Dilly, así que…
—Contactaré con la mujer que me vendió los libros y le diré que lo tengo a buen recaudo. —Sonrió a Jess—. Gracias. —No tenía por qué dárselas. Jess podría haberse quedado el medallón. Solo por el peso del oro podría haber conseguido cientos de libras.
—Volveré a ponerme con los libros. Con suerte no habrá más sorpresas.
Helen tenía el número de teléfono de Dilly.
Podría llamarla e informarle de que había encontrado el medallón.
O quizá fuera mejor pasarse por allí con él, aprovechar la ocasión para preguntarle a Dilly por qué había estado un poco distante con ella la tarde anterior.
Porque ahora que lo veía desde una perspectiva más tranquila, estaba segura de que había algo extraño en su comportamiento.
Y ya había bastantes enigmas en su vida como para añadir otro más.
Guardó el medallón en el bolsillo de sus pantalones vaqueros, después lo apartó de su mente y sonrió a los clientes que entraban por la puerta. Había un flujo constante y la mayoría compraron al menos un libro. También se prestaron a hablar y prometieron volver.
—Es agradable tener una librería que visitar —comentó una mujer mayor mientras dejaba dos libros sobre el mostrador—, aunque sea de segunda mano. —Resopló—. Hoy en día todo se basa en la sostenibilidad, ¿verdad?
Dijo «sostenibilidad» como si fuera algo malo. Helen ocultó su sonrisa y metió los dos libros en la bolsa de papel.
—Cuando soñaba con abrir una librería —explicó—, siempre me imaginaba una de segunda mano. Me gusta la idea de que los libros se lean una y otra vez, de que se les dé amor y se le entreguen a alguien más para que los disfrute.
—Entonces, queridos con anterioridad y no de segunda mano. —Sonrió la mujer—. Sí, lo entiendo. —Se despidió levemente y se marchó.
Sarah llegó a las diez.
—Tiene buena pinta. —Le susurró a Helen al oído antes de darle un abrazo—. ¡Y hay jaleo! Estoy extremadamente contenta por ti.
—Gracias, y gracias también por venir a echarme una mano.
Mi primer sábado de apertura. Era imposible predecir cómo irían las cosas.
—Señaló la escalera con la cabeza—. Hay una estudiante universitaria ayudándonos.
Se llama Jess. —Nunca le habló a Sarah del robo del dinero y se alegraba de no haberlo hecho—.
Vino el primer día y ha vuelto un par de veces desde entonces, así que hemos estrechado lazos.
De hecho, se está quedando en mi casa unos días.
Sarah se alejó y elevó una ceja.
—¿Quedándose en tu casa? La cosa avanza muy rápido, ¿no?
A Helen le divirtió la reacción de su hermana y la evidente sospecha en su mirada.
—No llegues a conclusiones equivocadas. Me refería a estrechar lazos en un contexto no sexual.
—Bueno, después de dos años en una cárcel de mujeres —dijo Sarah, eligiendo, evidentemente, las palabras con cautela—, quizá hubieras decidido que era preferible cambiar de acera que volver a conocer a alguien como Toby.
—Podría, pero no lo he hecho y, en cualquier caso, no creo que mi elección se reduzca a ser lesbiana o conocer a Toby Mark 2.
—No era mi intención ofenderte —dijo Sarah con vergüenza.
—No me he ofendido. —Helen le dio a su hermana un ligero golpe en el brazo—.
Ve arriba, preséntate a Jess. Te gustará.
Te he dejado tres cajas en la esquina para que trabajes con ellas, si te parece.
—Le explicó la petición de Jared y cogió el sobre tamaño A4 del estante que había bajo el mostrador para dárselo.
—Cualquier cosa que encuentres, métela aquí. La mayoría son tiques de supermercado, pero también he dado con un par de billetes de cinco libras.
—Qué raro.
—Mejor que doblar la esquina de una página. Algunos de los libros son bastante antiguos, así que ya veremos dónde crees que pueden encajar. Pregúntale a Jess si te estancas, es tan bibliófila como yo.
Varios minutos después, en el silencio de la tienda, una carcajada resonó por la escalera.
Hizo sonreír a Helen. Parecía que sus dos ayudantes se entendían bien.
Debería haberle pedido a Jess que no mencionara cómo había empezado su relación porque no se lo había contado a Sarah.
Sin embargo, parecía que tenía el sentido común suficiente como para guardar silencio sobre sus dudosos comienzos.
Cuando las cajas se vaciaran, Helen pondría una señal diciendo que había más libros en el piso de arriba.
Después empezaría a contactar con clubs de lectura y vería si conseguía convencerlos de que quedaran allí.
No estaba segura de si los autores querrían dar charlas, porque ella no podía comprarles sus libros.
Tendría que pensar en ello. Sabía que los autores T.
G. Reid y Lizzie Lane vivían en Bath; podía contactarlos, ver si estaban interesados.
Podrían traer sus libros y venderlos. Podría funcionar.
Los recientes acontecimientos habían mermado tanto su entusiasmo como su emoción, pero ella era una mujer resiliente, debía serlo, y ambos estaban reapareciendo lentamente.
Sarah y Jess se presentaban de vez en cuando con los brazos llenos de libros que colocaban cuidadosamente en las estanterías antes de desaparecer de nuevo.
A ultima hora de la mañana, Jess bajó solo con un par de libros en la mano.
—Eso es todo —dijo introduciendo los libros en un hueco disponible—.
Le echaré una mano a Sarah con el resto, pero creo que primero voy a parar a comer algo.
—Hizo un gesto hacia la puerta—. En el local de al lado hay porciones de pizza , así que creo que iré a por una para comer.
Sarah dice que no quiere, que ha traído bocadillos, pero ¿a ti te apetece?
Como intuyó que su hermana también había llevado bocadillos para ella, Helen negó con la cabeza.
—No, gracias, estoy bien. Si ya has terminado, puedes marcharte, no tienes por qué quedarte.
—Me gusta estar aquí —dijo Jess con sencillez antes de cruzar la puerta en busca de pizza .
A los veinte minutos volvió con las manos vacías.
—¿Y la pizza ?
—Me la he comido allí. He conocido a los propietarios. Qué gritones son, ¿eh?
Helen habría preferido que Jess regresara y dijera que había conocido a Alex y Zander y que le habían parecido un poco extraños.
Un poco sospechosos. Si lo hubiera hecho, Helen podría haber compartido sus sospechas sobre ellos.
Haber hablado de los extraños sonidos que había escuchado: aquellos que estaba segura de que ellos estaban haciendo para volverla loca.
Le habría encantado hablarle a Jess del propietario anterior y de su triste y espantosa muerte en la escalera.
En vez de eso, esbozó una sonrisa forzada y dijo:
—Son así.
Sarah bajó cuando Jess estaba narrando una anécdota divertida que Alex o Zander le había contado. Reía mientras la contaba y arrastró a Sarah a la conversación. Las dos seguían riendo cuando la puerta se abrió y dos oficiales de policía entraron.
Eran los mismos dos que habían informado a Helen del asalto en su casa. Pensando que venían a ponerle al día, los saludó con una sonrisa.
—Hola, ¿hay novedades? ¿Han atrapado a alguien? —Miró al oficial más alto, PC Reid, que parecía ser el más hablador de los dos.
—Me temo que no estamos aquí por el asalto de su casa —dijo calmadamente. Le echó un vistazo a la tienda y vio que un par de clientes se giraban para mirar, así que le hizo un gesto hacia la parte trasera del local—. ¿Podemos hablar en privado?
Sarah se acercó, rodeó a Helen con el brazo y se quedó mirando al oficial.
—¿Todo en orden?
Hizo contacto visual con el agente y le asintió de manera casi imperceptible.
—Si fuéramos a un sitio más privado, sería mejor, sí.
—Le echaré un ojo a la tienda si queréis ir a la cocina —dijo Jess.
—De acuerdo, eso sería genial —dijo Sarah pasándole la responsabilidad—. Péganos un grito si tienes cualquier problema. No tardaremos mucho.
Aquella última frase iba dirigida a los agentes. La pronunció mientras guiaba a la indefensa Helen frente a la escalera hasta llegar a la cocina.
El segundo agente cerró la puerta cuando todos entraron a la estancia. Era un espacio pequeño, lo que los obligaba a estar muy juntos y a disgusto, especialmente a Helen, cuya mirada saltaba de un agente a otro mientras intentaba adivinar la gravedad del asunto por sus caras.
—¿Qué ha ocurrido?
—Me temo que tenemos una denuncia —dijo PC Reid—. Ayer por la tarde, mientras recogías los libros que le compraste a una clienta, te llevaste una valiosa joya.
—¿Qué? —Sarah casi gritó la palabra—. Helen no es una ladrona.
Helen estiró la mano para apoyarla contra la pared.
¿Qué ocurría? Era la gota que colmaba el vaso.
Dilly la había denunciado ante la policía.
Dilly, quien gracias a Helen sabía lo que significaría que la culparan de un robo.
¿De verdad pensaba que Helen le había agradecido su amabilidad robándole?
Sin embargo, aquello no explicaba el extraño comportamiento de la mujer durante la tarde anterior.
A menos que creyera que Helen se lo había llevado en una de sus visitas anteriores.
—Se trata de Dilly Henderson, ¿verdad? ¿Cuándo ha dicho que se lo he robado?
—Dijo que lo tenía ayer y que esta mañana, cuando se lo fue a poner, no estaba donde lo dejó. Y que no había habido nadie más en su casa…
Dejó la frase sin terminar. La única persona a la que Dilly había dejado entrar en su casa era la exconvicta Helen Appleby.
Estaba confusa. Si Dilly pensaba que Helen se lo había llevado el día anterior por la tarde, entonces no lograba explicarse el raro comportamiento.
No sabía lo que estaba ocurriendo, pero sabía que tenía que limpiar su nombre de la acusación de robo.
—Creo que puedo explicarlo. Esperen. —Señaló la puerta que había tras los agentes—.
Necesito pedirle a Jess que venga y entonces lo entenderán todo.
—Se giró hacia su hermana—: ¿Podrías ir fuera, darle el relevo y pedirle que venga?
Te lo explicaré todo luego, te lo prometo. Y no te preocupes, todo saldrá bien.
Con una reticencia evidente, y lanzándoles una mirada desafiante a cada uno de los agentes, Sarah se marchó cerrando la puerta de un portazo.
Helen no dijo nada hasta que la puerta volvió a abrirse y la cara descompuesta de Jess apareció por un hueco.
—Pasa. No te preocupes, no te has metido en ningún lío.
—Es bueno saberlo. —Pasó entre los dos agentes para ir al lado de Helen—. ¿Y bien?
—¿Podrías decirnos lo que encontraste esta mañana mientras desempaquetabas los libros que traje anoche?
—¿Te refieres al medallón?
—Sí.
Jess se encogió de hombros.
—Cogí unos cuantos libros de la caja y, cuando volví a por más, encontré una joya entre los dos volúmenes siguientes.
Un medallón con una cadena. Inmediatamente lo traje al piso de abajo para dárselo a Helen, que dijo que contactaría con la mujer…
Creo que dijo que se llamaba Dilly…, y que se lo devolvería.
—Es lo que planeaba hacer esta tarde cuando cerrara.
—Helen se llevó la mano al bolsillo y sacó el medallón—.
Lo llevo conmigo, es lo más seguro. Parece de valor.
—Adelantándose a la siguiente pregunta, continuó hablando—: No tengo ni idea de cómo llegó a la caja.
Empaqueté los libros sola, pero estaba cansada, quizá incluso distraída.
Estaría en la estantería, caería a una caja y no me di cuenta.
No lo robé. Si lo hubiera hecho, no creo que lo hubiera dejado en la caja para que Jess lo encontrara, ¿no creen?
Parecía que PC Reid no tenía ningún comentario que hacer. En vez de eso, cogió el medallón de la mano de Helen y le echó un vistazo.
—Parece una antigualla.
—Una joya increíblemente fea, en mi opinión. —Estiró el brazo y tocó los diamantes—. Pero supongo que son reales, así que es probable que valga una buena fortuna.
—Sí, es probable. —Observó a Jess con una mirada evaluadora—. ¿Y tú eres…?
—Jess Milgate.
Helen percibió los nervios de la joven y tomó el mando.
—Jess fue una de mis primeras clientas y nos unió nuestro amor por los libros. Estudia en la Universidad Bath Spa y se ofreció voluntaria para ayudarme hoy.
—¿Y encontraste esto en las cajas que estabas desempaquetando?
Jess asintió.
—Había tres. Cada una de ellas estaba precintada y cerrada. Creo que lo hiciste para transportarlas mejor, ¿verdad? —Miró a Helen buscando confirmación.
—Sí. Además, si llueve, no quiero que los libros se mojen mientras los llevo de acá para allá.
PC Reid entornó la mirada.
—Así que cerraste las cajas con cinta americana antes de irte de casa de la señora Henderson y fue esta mañana cuando la señorita Milgate las abrió.
—Correcto.
—Y en ese momento, encontró esto escondido entre los libros. —Manoseó el medallón. Hizo un ruido metálico que atrajo todas las miradas.
—No exactamente. —Ahora la voz de Jess sonaba más firme porque se había dado cuenta de que no estaba en apuros—. Saqué varios libros antes de encontrarlo, así que estaba dos o tres libros por debajo del primero.
—Cuesta creer que se cayera accidentalmente, ¿no?
Pues sí. De hecho, cuanto más pensaba Helen en ello, más descartaba la posibilidad de que así fuera.
La presencia del horrible medallón habría sido evidente.
Se habría caído, lo habría escuchado, visto.
Sin embargo, si no ocurrió así, solo había otra explicación posible.
Dilly lo había dejado allí. Ella insistió en que precintaría las cajas restantes mientras Helen comenzaba a llevarlas al coche. Había tenido oportunidad de hacerlo.
Oportunidad, sí, pero ¿por qué razón?