El secreto de la librera Capítulo 34
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Capítulo 34

Cuando Helen se despertó, su primer pensamiento fue que debía de estar de vuelta en prisión, porque oía voces.

Muchas. Todo había sido un sueño. La tienda, los asaltos, los ruidos extraños y la gente rara.

Era un alivio. De nuevo, estaba encerrada y a salvo.

Le dirían qué hacer y estaría protegida de los cambios impredecibles de la vida.

Mantuvo los ojos cerrados, incluso cuando la realidad se abrió paso en su mente. No estaba en prisión: las voces, el murmullo de fondo, procedían de la radio de la cocina. Jess apoderándose de la casa.

Hacía una semana, Helen se moría de ganas de abrir la tienda.

Su nuevo negocio, un flamante comienzo y un sueño hecho realidad.

Llevaba muchísimo tiempo planeándolo, creyó saber lo duro que era gestionar una empresa, pero lo que no se había imaginado eran las otras variables que tendrían un impacto en su vida.

Los asaltos habían sido muy malos, pero los ruidos y la gente con la que había tenido que lidiar estaban mermando su entusiasmo.

Pasaron varios minutos hasta que se obligó a retirar el edredón, y tardó otro par de segundos en salir de la cama y meterse en la ducha.

Una vez leyó que darse una ducha podía aumentar o devolver la energía positiva.

Era una razón igual de buena que cualquier otra para quedarse un largo rato bajo el agua.

No estaba segura de si se sentía más positiva, pero sí percibió más calma mientras se vestía.

En el piso de abajo, cuando abrió la puerta de la cocina, Jess estaba acurrucada en la silla, junto a la ventana, y sostenía un libro abierto con una mano.

Levantó la vista cuando la puerta se abrió; parecía ligeramente sobresaltada, como si le sorprendiera el aspecto de Helen.

Aquello la hizo sentirse como una intrusa en su propio hogar.

La sensación se intensificó cuando vio que le había dejado un sitio para que se sentara a la mesa. La taza, el bol, el plato y los cubiertos. Todo estaba alineado. Parecía que se estaba quedando en un bed and breakfast .

—Voy a prepararte un café —dijo Jess a la vez que cerraba el libro y se ponía de pie.

—No. —Casi gritó esa única palabra y Jess se detuvo con los ojos abiertos de par en par.

Helen elevó una mano, en parte como señal de disculpa, en parte para evitar que Jess se moviera—.

Anoche estaba muy cansada y fue muy amable por tu parte que cuidaras de mí, pero prefiero hacerlo yo misma, de verdad.

—Yo tampoco soy muy de madrugar y no soy persona hasta que no me tomo un café.

¡Ahora se ponía a sí misma de excusa! Helen apretó los dientes y se giró para rellenar el hervidor de agua.

Sintió cierto placer perverso en preparar té en lugar de café, consciente de que Jess la estaba mirando mientras abría la caja del té, sacaba una bolsita y la hundía en la taza que había cogido del armario.

No en la que Jess había dejado sobre la mesa.

Helen casi sonrió al darse cuenta de lo infantil que estaba siendo.

Jess tenía una capacidad increíble para sacarla de quicio.

Ignorándola, metió pan en la tostadora y sorbió el té mientras esperaba a que estuviera listo.

—¿Vamos a ir andando a la tienda?

«Vamos». La última vez que Helen escuchó un verbo en plural la cosa no acabó bien.

Quizá debería advertir a Jess. El pensamiento la hizo reír.

Se convirtió en una gran carcajada cuando vio la expresión de Jess: aprensiva y curiosa a partes iguales, pero, sobre todo, cautelosa.

Parecía que la advertencia era innecesaria.

—Tranquila, no estoy loca. Solo me he acordado de algo gracioso. —Se llevó la tostada y el té a la mesa, y se sentó—. Iremos andando.

Se marcharon veinte minutos después. Estaban a mediados de octubre, hacía un airecillo frío que hizo que Helen se abrochara la fina chaqueta que se había puesto sobre la camiseta.

Se percató de que Jess iba vestida más adecuadamente: llevaba una parka que tenía pinta de ser calentita.

También había un claro enfriamiento entre ellas desde el rechazo de Helen al plan del desayuno.

Se dijo a sí misma que no le importaba. Que había hecho bien en plantarle cara. Sin embargo, la culpa se le clavó cuando se percató de que Jess parecía un cachorro fustigado. Solo estaba intentando ser amable. ¿Por qué Helen había armado tal escándalo al respecto?

—Aprecio mucho que te hayas ofrecido voluntaria para ayudar hoy —dijo mientras caminaban hacia la tienda.

A Jess se le iluminó la cara.

—Estoy encantada de tener la oportunidad de agradecerte tu amabilidad. Además —añadió con una sonrisa—, disfrutaré trabajando en la tienda.

Hablar sobre libros mientras caminaban restituyó el vínculo amistoso entre ellas y Helen se sintió lo suficientemente cómoda para decir mientras abría la puerta:

—Es un alivio llegar y encontrar todo tal como lo dejé.

—¿No ha sido siempre así? —Jess sonaba desconcertada.

«El asalto, los libros caídos desde las estanterías».

—Me refiero a que regentar una librería aún me parece un sueño.

—Ah, claro, tiene sentido.

—Entra y te enseñaré por dónde quiero que empieces.

—En el piso de arriba, Helen señaló los libros que había traído de casa de Dilly—.

Casi todo es ficción contemporánea, así que no deberías tener problema en encontrarles un hueco en las estanterías de la planta baja.

—Le entregó el sello—. Por favor pon el logo en la esquina superior derecha de la primera página.

Helen estaba tras el mostrador, mirando las páginas del libro de contabilidad, cuando de pronto escuchó pasos de nuevo en la escalera.

Esta vez, descendían más lentamente. Helen echó un vistazo rápido: esperaba ver a Jess con los brazos cargados de libros.

Pero no fue así. Tenía el ceño fruncido y llevaba algo en la mano.