Capítulo 33
La primera reacción de Helen fue sentirse engañada.
Se había dejado estafar por esa mujer. Sintió ira.
Hacia sí misma por ser tan jodidamente ingenua: solo habían hecho falta una lasaña mediocre y algo de limpieza para que cediera.
Hacia Jess por engañarla, por leer sus documentos personales.
Porque era evidente que ahí era donde había leído sobre Toby. No era una puta mentalista.
Que estuviera maldiciendo hasta ese punto, aunque fuera internamente, le dio una pista a Helen de lo mal que se lo estaba tomando.
De lo traicionada que se sentía. Primero por Dilly; ahora, por Jess.
Qué mal se le daba juzgar el carácter de los demás.
¿Acaso su experiencia con Toby no le había enseñado nada?
Dejó caer el tenedor sobre el plato y lo apartó.
—¿De verdad piensas que prepararme la cena y limpiar un poco te da derecho a hacerme preguntas sobre mi vida privada? Es información que solo podrías llegar a saber si hubieras leído mi correspondencia personal. Un hecho más que despreciable.
Jess tragó el bocado de lasaña y alcanzó su copa de vino. Le dio un trago y volvió a apoyarla.
—No he leído tus cartas. No he tenido necesidad de hacerlo. Solo he tenido que buscar tu nombre en internet. Me dijo todo lo que necesitaba saber sobre ti.
Por supuesto que la vida de Helen estaba en internet: todos los detalles sobre quién era, sobre qué había hecho. Jess no había tenido que leer las cartas de Helen. Aquello no reducía su ira hacia la mujer o su sentimiento de traición.
—¿Por qué necesitarías saber cosas sobre mí? Solo vas a quedarte aquí unos días, no vamos a casarnos.
Jess cortó otro pedazo de lasaña.
—Te dije que iba a ser más cuidadosa en lo relativo a con quién compartía vivienda en un futuro.
Mostraste una inclinación inusual hacia la violencia.
Habré sido una estúpida por compartir piso con esas chicas tan inútiles, pero no sería tan imbécil de vivir con alguien que pudiera resultar violento.
Hice una búsqueda y leí sobre tu juicio. Y sobre el hombre al que mataste.
—Y creíste que era perfectamente aceptable preguntarme sobre él, ¿verdad? —Porque no lo era, ¿no? Helen había estado dos años en prisión. Sin duda, las cosas no habían cambiado tanto. ¿Ahora era aceptable ser tan intrusivo?
Jess se encogió de hombros.
—Pensé que te gustaría hablar de ello. A veces, pareces muy reservada. No te viene bien serlo.
¡«Reservada»! Helen no sabía si reír o llorar.
—He tenido mucho con lo que lidiar últimamente. El asalto aquí y en la tienda, el… —Se detuvo antes de mencionar los ruidos. No quería sonar muy extravagante. No le debía ninguna explicación a Jess.
—Me sorprendió que te sentenciaran. Me da la sensación de que eras víctima de control coercitivo y de violencia doméstica, y que solo te estabas defendiendo. Fue mala suerte que él muriera.
Helen se preguntó qué diría Moira de ese resumen. De que la muerte de Toby solo había sido «mala suerte». Debería haber zanjado la conversación. Sin embargo, se descubrió a sí misma haciendo aclaraciones.
—Compré el cuchillo el día anterior. Era de buena calidad, caro, además de muy afilado. No quería dejarlo suelto en el cajón de los cubiertos y no había decidido dónde guardarlo, por eso estaba sobre la encimera. La acusación determinó que aquello mostraba premeditación.
—Yo diría que fue una grata coincidencia.
No había astucia ni en la expresión de Jess ni en su tono de voz.
Se creía la historia de Helen, ¿por qué no hacerlo?
Llegados a ese punto, hasta ella se la creía.
Sencillamente, el cuchillo estaba a su alcance cuando Toby, con esa mirada de asco, se acercó a ella con el cinturón tensado entre las manos.
Echó la mano atrás, a ciegas, y esta se deslizó por la encimera fría de granito en busca de algo con lo que protegerse.
Recordaba cómo sus dedos se habían curvado en torno al mango del cuchillo y el sonido metálico de la punta de la hoja al rozar el granito.
Después había una laguna en su memoria, un vacío entre ese chirriante y metálico sonido y el fuerte golpe sordo cuando Toby cayó al suelo.
Ni siquiera recordaba haber clavado ese cuchillo.
Porque seguramente no era capaz de alcanzar ese nivel de violencia.
Sabía lo que había hecho, por supuesto. La evidencia estaba desangrándose en el suelo, a sus pies, el cuchillo seguía en su mano, la sangre goteaba de la punta de la hoja de acero inoxidable, llegaba hasta el mango y le manchaba la mano.
Se aferró allí, cálida y viscosa, mientras la sangre bombeaba, luego rezumaba y goteaba por el agujero que ella había hecho en el estómago de Toby.
—No quiero hablar más de esto, de verdad.
—Vale. —Jess parecía completamente impasible por el tono cortante de Helen—. Pues háblame de los planes que tienes para la tienda.
Helen parpadeó para disipar las imágenes de Toby y se quedó mirando fijamente a Jess durante unos segundos.
No sabía nada sobre esa extraña mujer que ahora parecía tener tantísima información sobre ella.
Alcanzó su copa de vino, le dio un sorbo cuidadoso y volvió a dejarla.
No había ningún inconveniente en hablarle sobre los planes de la tienda.
—Es un sueño hecho realidad —dijo por fin—. Tengo que hacer que funcione.
Quizá debería haber omitido esa última frase. La hizo sonar débil y patética, y ella ya no era ninguna de las dos cosas. Se negaba a serlo.
—Voy a hacer que funcione —dijo.
—Sé que lo harás. —Jess elevó su copa—. Un brindis por Appleby Books y su éxito.
¿Por qué no? Helen alzó la suya.
—Por Appleby Books y su éxito.
Mientras sus copas se tocaban, Jess habló:
—Iba en serio con lo de querer ayudar.
—No necesito ayuda, gracias. —Era una respuesta contundente, maleducada incluso, pero Helen ya había lidiado con suficiente gente aquel día.
Jess estiró su mano hasta alcanzar la de Helen, levantó el índice y le tocó el dorso. Hicieron contacto.
—Venga, di que sí. Mañana estoy libre. Será como un pago por el alojamiento. ¿Qué opinas?
Helen quería repetir su negativa, insistir en que no necesitaba ayuda.
Que era más que capaz de gestionarlo. Además, Sarah iba a echarle una mano al día siguiente.
Sin embargo, era el primer sábado de apertura del negocio y podía haber jaleo.
Si Jess iba, podía desempaquetar los libros que Helen había recogido de casa de Dilly y colocarlos en las estanterías para que Sarah solo tuviera que hacer lo mismo con los que quedaban de la señora Clough.
Podía confiar en que su hermana hojeara los libros y recogiera lo que encontrara.
—Vale, bien, trato hecho.
Jess sonrió.
—No te arrepentirás. Soy buena trabajadora. Y conozco los libros, no tienes que preocuparte de que los coloque en la estantería incorrecta.
Eso estaba tan al final de la lista de preocupaciones de Helen que la hizo reír.
—Estoy segura de que no lo harás. —Se terminó el vino de su copa y negó con la cabeza cuando Jess elevó la botella a modo de invitación—. No, no aguanto bien el alcohol. Además, estoy destrozada. Voy a limpiar y a irme a la cama.
—No, yo me encargo de todo. Ve a dormir, tienes pinta de estar hecha polvo.
No parecía haber razón para discutir, sobre todo porque la copa de vino había hecho que Helen pasara de estar destrozada a tremendamente agotada.
No se molestó en darse la ducha que tanto había ansiado.
En vez de eso, se quitó la ropa, se puso una camiseta de algodón y se deslizó entre las sábanas.
Era agradable haber vuelto a su casa, dormir en su cómoda cama.
Y, curiosamente, a pesar de sus dudas sobre Jess, había algo reconfortante en que hubiera alguien más en la casa.