El secreto de la librera Capítulo 32
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Capítulo 32

Eran casi las siete cuando Helen se detuvo frente a la casa de Dilly, casi esperando que la puerta se abriera como había ocurrido la noche anterior. No fue así y sin un rostro alegre que la recibiera en el camino, la casa tenía un aspecto más lúgubre que nunca.

Helen salió del coche, cogió las cajas de cartón sin armar y el rollo de cinta americana, y se dirigió a la puerta principal.

Llamó al timbre, oyó el sonido que emitió y esperó.

Transcurrieron un par de minutos sin respuesta, así que volvió a tocarlo.

Era un poco más tarde de lo que había dicho que llegaría; quizá Dilly hubiera tenido que marcharse.

O quizá estuviera harta de esperar. Si Helen perdiera ese último cargamento de libros por culpa de Moira, sería el final perfecto para un día de mierda.

Tras otro minuto, Helen estaba convencida de que había perdido su oportunidad. Recogió las cajas, lista para marcharse, cuando de repente la puerta se abrió.

—Helen. Pasa.

No era el saludo amable al que Helen estaba acostumbrada. Dilly no tenía su expresión habitual. Quizá este segundo día de retraso fuera la gota que colmaba el vaso.

—Lo siento. Quería llegar a tiempo, pero mi agente de la condicional apareció de la nada.

No sé si te acuerdas, pero te comenté que me visitaba inesperadamente.

—Si esperaba que lo recordara o ver un atisbo de simpatía, se equivocaba.

De hecho, la expresión de Dilly se tomó más despectiva, incluso enfadada.

Helen, que esperaba un recibimiento más amable por su parte, quería llorar de la frustración, quería decirle que no era su culpa, pero era evidente que sí que lo era.

Su culpa por haber matado a Toby—. Vale, quizá debería marcharme.

Podríamos pasar la cita a otro día. O quizá prefieras que no regrese.

—Ya que estás aquí, será mejor que pases.

No era la invitación más gentil del mundo. A Helen le habría encantado subirse a un pedestal, negar con la cabeza y decir: «No, gracias, no te molestaré más», pero en ese momento se dio cuenta de que dirigía un negocio y ya no podía permitirse el lujo de ofenderse por los desprecios.

—Lo siento mucho por llegar tarde —dijo de nuevo mientras se abría paso con las cajas que llevaba bajo el brazo.

—Asegúrate de que esta sea tu última visita. —Dilly hizo un gesto hacia las últimas estanterías—. No queda mucho. Ahora, si me disculpas, tengo cosas que hacer. Cuando termines, vete.

Helen la miró fijamente. ¿Qué le ocurría a la gente últimamente?

Moira y su irritante costumbre de alternar entre doña Superoficial y la señorita Mejor Amiga; ahora Dilly jugando al señor Jekyll y míster Hyde.

Con un suspiro, Helen cortó un pedazo de cinta americana y preparó la primera caja.

Había llevado tres: más que suficientes para guardar lo que quedaba.

Intentó sacarse a Moira y a Dilly de la cabeza, empezó a coger los libros de las estanterías y a colocarlos cuidadosamente en la caja. No tardó mucho. Ninguna taza de café ni charlas intrusivas interrumpieron su labor.

Estaba encintando la última caja para cerrarla cuando Dilly regresó.

—Supongo que ahora vas a volver para colocarlo todo en tus estanterías, ¿no?

Helen sintió la primera punzada de irritación.

Había sido idea de Dilly proporcionarle los libros a un precio tan reducido y ahora criticaba que Helen les estuviera sacando provecho.

Estaba arrodillada, como casi todo el tiempo durante las últimas semanas.

Una posición de penitencia perfecta. Le dio unos golpecitos a la parte superior de la caja y se puso de pie.

—Si lo prefieres, puedo dejarlos. Por si has cambiado de idea.

Dilly hizo un gesto bastante inesperado con la cabeza y después le cogió la mano.

—Si me das la cinta americana, terminaré de cerrar las cajas mientras tú las llevas al coche.

Helen le pasó el rollo.

—De acuerdo, gracias. —Dudó, pero decidió disculparse de nuevo—: Sé que estás molesta conmigo por llegar tarde por segundo día consecutivo, pero, de verdad, no he tenido otra opción. Lo siento muchísimo.

Dilly giró el rollo sin mirar a Helen a la cara.

—Creo que es mejor si terminamos esto y lo dejamos estar.

No ofenderse era una cosa, pero dejarse pisotear era otra muy distinta.

—Vale.

Se agachó para coger la primera caja. Unos minutos más tarde, cuando se enderezó, las otras dos cajas ya estaban cerradas con cinta y Dilly había desaparecido de su vista. Helen llevó las dos últimas cajas al coche, se quedó de pie en el salón y gritó:

—Gracias, Dilly. Has sido muy amable, siento haberte decepcionado.

No obtuvo ninguna respuesta. Con un suspiro, se marchó y cerró la puerta cuidadosamente al salir.

Mientras conducía de vuelta a la tienda, reflexionó sobre el comportamiento de Dilly.

Había pasado de ser afable y comprensiva a enfadada y despectiva.

Le dijo a Helen que no se preocupara por llegar tarde, así que ¿qué era lo que había causado ese cambio de actitud?

Una vez en la librería, se sintió decepcionada y frustrada a partes iguales.

Apagó la alarma, descargó las cajas del coche y las llevó a la planta de arriba.

Había planeado desempaquetarlas, pero el comentario casi burlón que Dilly había hecho sobre que irían directamente a las estanterías hizo que Helen cambiara de opinión.

En vez de eso, terminaría con las de la señora Clough, así tendría la oportunidad de ser sincera con Jared cuando regresara.

Sin embargo, dio por concluido el día. No haría nada más que llevar sus pertenencias a casa. Tardó casi una hora. Varios viajes escaleras arriba y abajo. Abriendo y cerrando la puerta principal con llave. Su última visita al piso superior fue para arrastrar las cajas restantes al almacén.

Encendió la alarma, cerró la puerta y ya en el coche recordó la comida que había en el frigorífico, y que en el de su casa no había nada.

«¡Mierda!». Se había olvidado de Jess. La joven no le había devuelto la llave mientras Helen había estado allí ni se la había metido en el buzón mientras estaba en casa de Dilly.

¿Eso significaba que Jess no había encontrado otro lugar en el que vivir, por lo que Helen tendría que hacerle frente cuando llegara a casa?

Estaba tan cansada que no quería tener que lidiar con ella.

Le tentaba quedarse en la tienda esa noche. Lo habría hecho de no ser por el miedo a que su némesis descubriera que no había vuelto a su hogar. Moira era una serpiente astuta y Helen no descartaba que se pasara por Hungerford Road para comprobar que estaba allí.

Salió del coche, abrió la puerta, apagó la alarma y se dirigió a la cocina.

Sacó las comidas preparadas que quedaban y otros productos que Sarah le había comprado y, mientras estaba allí de pie, con la puerta del frigorífico abierta, por encima del zumbido que emitía, oyó un golpe seguido rápidamente de otros tantos.

Entre Moira y Dilly, Helen había tenido una tarde de mierda.

Quería dirigirse a la puerta de al lado y discutir con Alex y Zander.

Decirles que iban por mal camino si pensaban que podían asustarla.

Podría haberlo hecho de no haber sido porque las lágrimas que llevaba conteniendo todo el día empezaron a fluir por su rostro.

Cogió un rollo de papel de cocina, cortó un par de hojas, se secó los ojos y se sonó la nariz.

El golpeteo se detuvo. Esperó pero como no recomenzaba, recogió la bolsa con la comida y se fue de la cocina.

Cuando llegó a la puerta principal, se dio cuenta de que había cerrado los ojos al pasar frente a la escalera.

La hizo reír. ¿De verdad pensaba que el fantasma del pobre Reginald Taylor estaba allí tirado, con los nudillos ensangrentados?

Allí dentro no había fantasmas y, con suerte, Moira tampoco estaría merodeando fuera.

Una parte de sí deseó que Jess no estuviera allí cuando llegara a casa, y cuando unos minutos más tarde vio la luz encendida en la sala de estar, gruñó y golpeó el respaldo con la cabeza varias veces.

¿Qué mosca le había picado para darle a la joven chica una llave de su casa?

¿Estaba jugando a ser una buena samaritana?

¿O había pensado que al acercarse a Jess podría ayudarla a evitar los errores que ella misma había cometido?

Reposó la cabeza y cerró los ojos. Seguía tan nerviosa, tan ansiosa por agradar y, a pesar de sus esfuerzos por mirar al futuro, seguía obsesionándose demasiado rápido con su pasado.

Podía pasar la noche intentando decidir por qué había hecho según qué cosas en su vida o podía salir del coche y enfrentarse a las consecuencias de otro de sus actos.

Al menos esperaba que ese no la mandara a prisión.

Giró la llave en la cerradura y empujó la puerta principal hasta que se abrió.

En una situación normal, un agradable silencio le habría dado la bienvenida.

Aquella tarde fue la música quien la recibió.

Algo suave y melódico. También se apreciaba el olor característico de algo cocinándose.

Dudó entre la necesidad de descargar sus pertenencias del coche y descubrir qué estaba pasando.

Ganó la curiosidad.

La habitación posterior de la casa había sufrido una ampliación y una reforma por parte de un dueño anterior.

Era una de las razones por las que Helen se había enamorado de la vivienda la primera vez que la vio.

Solo tuvo que pintar las paredes blancas de un amarillo pastel para que fuera perfecta.

No era una estancia muy grande, pero tenía un buen diseño, por lo que cabía todo lo que necesitaba en la pequeña cocina, dejando espacio para una mesa y sillas.

Al lado del gran ventanal había puesto una silla pequeña, bastante maltrecha pero cómoda, que había conseguido en una venta de objetos de segunda mano en un garaje.

Era su lugar favorito para acurrucarse y perderse en un libro.

Cuando abrió la puerta lento como si le preocupara lo que iba a descubrir, no le sorprendió encontrar a Jess hecha un ovillo con un libro en la mano.

Era evidente que era bueno y estaba inmersa en él, ajena a todo lo demás.

Le dio a Helen la oportunidad de analizar la situación: escuchó el leve zumbido del ventilador del horno, vio una mesa puesta para dos y velas esperando a ser encendidas.

¿Una disculpa por haber robado, un agradecimiento por ofrecerle una cama a Jess para que pasara la noche o un soborno para permitir que se quedara?

Helen se aclaró la garganta y le hizo gracia que Jess continuara sin levantar la vista del libro. Se acercó por detrás y cerró la puerta. El golpe hizo eco en la habitación y finalmente atrajo la mirada sorprendida de Jess.

Lanzó el libro hacia la silla mientras se ponía de pie.

—Lo siento, estaba concentrada.

—Aún sigues aquí.

Estaba ciñéndose a lo obvio, pero a Helen no se le ocurrió nada más que decir en ese momento en el que recordó lo agradable que era llegar a casa y que alguien estuviera esperando.

Fue la primera vez que pudo pensar en los buenos momentos con Toby.

Esos primeros días en los que bailaron juntos, buscando su camino, descubriendo qué les hacía felices, qué necesitaba cada uno.

¿Cuándo empezaron a torcerse las cosas? La policía, la agente, su hermana.

Todos hicieron preguntas. Helen insistió en que no tenía respuestas, pero sí que las tenía: todo empezó cuando ella y Toby descubrieron qué era exactamente lo que cada uno de ellos necesitaba… , exactamente lo que ella necesitaba.

—Helen, ¿estás bien?

Por la expresión preocupada de Jess, Helen supuso que se había quedado absorta en sus pensamientos.

—Sí, gracias, solo estoy sorprendida por… —Hizo un gesto con la mano para señalar la habitación—. Por todo esto.

—Me perdonaste, me ofreciste un sitio en el que quedarme. Quería agradecértelo.

—Parece que se te ha olvidado que mi oferta era temporal —dijo Helen negándose a dejarse persuadir por lo que Jess había hecho—. Creí que ibas a buscar otro lugar en el que quedarte. ¿No es eso lo que me dijiste cuando fuiste a la tienda esta mañana?

—Sí —suspiró Jess—. He encontrado otro sitio, pero no puedo mudarme hasta el lunes. Esperaba que me dejaras quedarme hasta entonces.

Helen hizo otro gesto en torno a la habitación.

—Entonces, ¿todo esto es un soborno?

—No, porque todavía puedes negarte y, entonces, me iré. —Jess pasó junto a ella, se dirigió hacia los fogones y apagó el horno—. He preparado lasaña. —Cogió un paño, abrió la puerta y sacó la fuente—. Quería darte las gracias por darme una segunda oportunidad.

La lasaña desprendía un olor delicioso. Helen le culpó por debilitar su decisión.

—Supongo que puedes quedarte hasta el lunes. —Señaló con el pulgar la puerta que tenía detrás—. Voy a descargar el coche antes que nada.

—Te echo una mano, así acabaremos más rápido. —Jess apoyó la fuente y metió dos platos al horno.

Helen metió dos de los almohadones del sofá en casa y Jess iba detrás con el tercero bajo el brazo a la vez que llevaba una bolsa de viaje en la otra mano.

—He limpiado un poco mientras esperaba.

Había pasado la aspiradora y guardado algunas cosas. Ya casi tenía el mismo aspecto que antes del asalto. Helen colocó los almohadones en su sitio.

—Es muy amable por tu parte.

De repente dejó de importar si Jess actuaba por gratitud o por egoísmo.

—Gracias. Me daba pánico tener que enfrentarme a todo esto.

Al trabajar juntas, solo tardaron unos minutos en descargar el resto de pertenencias de Helen.

—Si no te importa tomarte un vino blanco con la lasaña, puedo abrir esta.

Agitó en su mano la botella de alcohol que había sacado de una de las bolsas.

—Me parece bien. —Jess señaló la mesa—. ¿Por qué no te sientas y la abres mientras sirvo la comida?

Parecía no tener sentido decirle que aquella era su casa, así que Helen se sentó e hizo lo que le había pedido.

El vino seguía frío y el primer sorbo le entró suavemente.

Dicen que el alcohol no es la mejor forma de lidiar con el estrés, pero no cabía la menor duda de que ayudaba a ahogar el recuerdo del extraño comportamiento de Moira y Dilly.

Había una caja de cerillas al lado de la vela, en el centro de la mesa. Daba pena no encenderla.

—Aquí tienes. —Jess puso un plato en frente de Helen y después se sentó con el suyo—. Quizá necesite más sal.

—Huele genial. —Helen le clavó el tenedor—. Y también está buena.

Comieron sin hablar; la vela tintineaba entre ellas, la música seguía sonando. Sonidos country y western . La melodía que se estaba reproduciendo era una balada triste sobre perder a un marido.

—¿Te gusta este tipo de música?

—Sí. —Jess ladeó la cabeza. Tenía el tenedor lleno de comida y a medio camino entre el plato y la boca—. ¿A ti no? Puedo poner otra cosa.

Helen negó con la cabeza.

—No te preocupes.

—Las canciones cuentan historias muy a menudo. Eso es lo que me gusta del country . —Jess acercó el tenedor aún más, pero, antes de llevárselo a la boca, dijo—: Háblame de tu historia. De ese hombre al que asesinaste.