El secreto de la librera Capítulo 31
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Capítulo 31

Helen seguía allí, de pie, con esa sonrisa rara y forzada en la cara cuando apareció una furgoneta con el logo de la empresa de seguridad.

Ya casi se había olvidado de la maldita alarma.

La taza de café ya se había enfriado, pero se lo bebió de todos modos esperando que la cafeína le diera el impulso que necesitaba.

A mediodía, la alarma estaba instalada y la aplicación del teléfono móvil era fácil de utilizar.

Un flujo constante de clientes cruzó la puerta y, si no hubiera estado tan cansada, se habría alegrado de lo bien que iba el negocio.

El almuerzo consistió en dos rebanadas de pan untadas a toda prisa con mantequilla y devoradas en el mostrador. Y un café, por supuesto. Era la única forma que tenía de soportar aquel largo día.

El reloj dio las seis cuando la ultima persona a la que le apetecía ver pasó por delante del escaparate.

Habría sido genial pensar que era una coincidencia, que Moira no había venido a verla, pero Helen sabía la verdad.

Y conocía la razón. Se suponía que tendría que haber contactado con su agente de la condicional para decirle que le habían instalado la alarma y que iba a regresar a su casa esa tarde. Se le había olvidado por completo.

—Estaba a punto de llamarte —dijo cuando la puerta se abrió y Moira entró. Como ataque preventivo, fue un intento poco entusiasta, pero lo mejor que pudo hacer. Añadió una sonrisa y esperó que pareciera lo bastante natural.

—¿En serio? —Moira no sonaba convencida.

—Ha sido un día muy ajetreado en la librería.

—Señaló los huecos que había en la hilera de libros de la estantería más cercana—.

Como puedes comprobar. Estaban llenas esta mañana.

—Los libros casi nuevos que había traído de casa de Dilly habían demostrado ser todo un éxito.

Tenía que deshacerse de Moira para ir a por el último lote—.

La buena noticias es que la alarma está instalada y en funcionamiento.

—Sacó su teléfono móvil y abrió la aplicación—.

Puedo activarla o desactivarla con esto, así que, si se me olvida por un descuido, puedo encenderla desde casa.

—¿Y está monitorizada?

—Bueno… No, no lo está. —Helen guardó el teléfono—. Resulta que las alarmas monitorizadas son bastante más caras de lo que me puedo permitir. Pero me enteraré de si se desactiva y me presentaré aquí en unos minutos…

—Y ahuyentarás al ladrón. —Moira resopló—. Habría sido mejor si hubieras pagado ese pequeño extra y hubieras obtenido una monitorización profesional.

—El negocio va bien, pero no es una mina de oro. Tengo que gastar con cabeza.

La expresión de Moira era claramente crítica.

—Es tu negocio, claro está, y tu decisión. —Apoyó el bolso sobre el mostrador—. Ha sido un día largo, ¿puedo pedirte un café?

Helen quería decirle que no, que tenía que hacer una recogida importante, pero, como siempre ocurría, Moira la hizo sentir pequeña, intimidada.

No era por lo que le había dicho o por mirar a Helen como si estuviera por debajo de ella social e intelectualmente en todos los putos sentidos.

Había algo en la forma en que la miraba, como si fuera insignificante.

¿O acaso se trataba de otro capítulo más en las paranoias de Helen?

—Claro, por supuesto.

—Les echaré un vistazo a los libros en lo que lo preparas.

Como si Helen fuera su chacha.

—Genial, te preparo una taza.

Comprobó la hora conforme se movía. Las seis y diez. Encendió el hervidor de agua y sacó el móvil.

—Dilly, hola —dijo cuando respondió a su llamada—. Oye, lo siento, ha vuelto a surgirme un imprevisto y voy a llegar un poquito más tarde. ¿Te sigue viniendo bien que pase a por los últimos libros?

—No hay ningún problema, no tengo planes.

—Gracias, eres un cielo. Te veo en un rato.

Preparó una taza de café y añadió un extra de leche para acelerar que se lo bebiera.

De vuelta en la tienda, se sorprendió al ver que Moira estaba tras el mostrador.

—Solo estoy buscando una bolsa para llevarme estos —dijo sin vergüenza alguna. Cogió una y metió los libros que había dejado sobre el mostrador—. Son tres, así que seis libras, ¿verdad? —Dejó tres monedas de dos libras sobre la superficie.

Algunos eran libros nuevos, de esos que Helen decidió vender a dos libras y media.

El precio estaba escrito a lápiz en la esquina superior derecha de la primera página.

Quería ser firme y seria, y decirle que eran siete con cincuenta.

En vez de eso, asintió y sonrió como si aquella zorra estuviera haciéndole un gran favor al comprarlos.

—Aquí tienes tu café. —«Bébetelo y pírate».

—Gracias. —Moira lo cogió y asintió—. Justo como me gusta. Lo necesitaba, ha sido un día horrible.

Helen ahogó un gruñido. Moría había vuelto a su estado de «somos amigas». Aquello significaba que no iba a darse ninguna prisa. Dilly había sido tan amable y paciente que no podía permitirse llegar tarde dos noches seguidas.

—Oye —dijo cortando una frase del monólogo de Moira sobre un caso con el que estaba teniendo problemas. Sin darle detalles, claro. Tampoco habría importado: Helen apenas la estaba escuchando.

Parecía que Moira no se había dado cuenta. Helen ni siquiera estaba segura de que le importara que fuera así. Era como si sencillamente necesitara hablar y le resultara irrelevante que su audiencia hiciera oídos sordos.

—Oye —repitió Helen, esta vez en un tono más dulce—. Lo siento, pero tengo que marcharme. Tengo que hacer una recogida y no quiero llegar tarde.

«De nuevo», aunque no añadió este último pensamiento a su frase.

Moira se llevó la taza a la boca y le dio un sorbo.

—Si quieres, espero y ayudo a traer las cajas cuando regreses. No tengo nada más que hacer esta tarde.

—Gracias por tu amabilidad —dijo Helen mientras buscaba una excusa desesperadamente—, pero no estoy segura de que vaya a regresar.

Es probable que me vaya directa a casa. —Se pasó una mano por el pelo—.

Necesito una ducha con urgencia para lavarme el pelo.

Y estar en mi casa de nuevo. —Después temió que Moira le discutiera que no podía dejar las cajas en su vehículo toda la noche sin tentar al destino, así que añadió—: En cualquier caso, no tengo que recoger muchos libros, así que se quedarán en el maletero hasta que vuelva mañana.

Estaba balbuciendo. Inventándose excusas que no tendría que poner y que no necesitaba. Podría haber dicho un simple «Gracias, pero no hace falta». El pensamiento de que aún tendría que aguantar a esa mujer durante casi dos años más le provocó ganas de llorar.

Moira levantó una ceja y la mantuvo en esa posición hasta que Helen se calló.

—Parece que no me queda otra que terminármelo y marcharme, ¿no?

Helen tenía un «Lo siento» en la punta de la lengua, pero se aguantó las insoportables ganas de decirlo.

De nuevo. Disculparse otra vez por atreverse a vivir su vida, gestionar su negocio, hacer lo que le venía en gana.

«Un castigo insuficiente por matar a alguien».

También hizo caso omiso a aquella irritante voz interior.

Pasaron otros tantos minutos hasta que Moira se terminó su café. Dejó la taza en el mostrador y le dirigió una sonrisa a Helen.

—Gracias. Ahora será mejor que te deje marchar. —Recogió su maletín y la bolsa de papel con los libros que había comprado y se fue.

Helen aflojó la tensión de los puños y estiró los dedos.

En ocasiones, creía que arrepentirse era una pérdida de tiempo, pero si había algo que lamentaba profundamente era no haber aprovechado la oportunidad que tuvo de tirar a esa tipa escaleras abajo.