Capítulo 30
La primera pregunta era la más fácil de responder.
Solo tres personas habían estado en la cocina en los últimos días.
Zander, su agente de la condicional y Jess.
Aunque fuera una tía molesta, Helen supuso que podía descartar a Moira.
Cualquiera de los otros dos podría haber encontrado la llave.
Solo había un cajón en la estancia. Era fácil.
¿Se trataba del siguiente paso en el plan de Zander y Alex para obligarla a marcharse?
¿O se la había llevado Jess el día anterior? Cuando Helen se fue a por sus llaves, la dejó sola en la cocina. No le habría resultado difícil.
Pero ¿por qué?
Helen se puso de cuclillas y golpeó suavemente el libro que tenía contra la barbilla.
Se había tragado la historia de Jess. El gran y complicado embrollo.
Si lo hubiera leído en un libro…, en uno de esos thrillers psicológicos que le gustaban…
, habría pensado que era demasiado rebuscado.
Qué ingenua. Qué estúpida había sido al ofrecerle a Jess una habitación en su casa.
Le había dado la llave a una mujer que apenas conocía para que entrara y saliera a su antojo.
Helen se tendría bien merecido llegar a casa y descubrir que se la había vaciado por completo.
Y, aun así, no creyó que pudiera ocurrir. Helen no era materialista, en su casa había pocas cosas de valor. Los muebles eran baratijas y estaban gastados.
Se levantó y se sacudió las piernas para que el hormigueo desapareciera.
¿Qué sabía con certeza? Que alguien había cogido la llave del cajón y había entrado en la tienda aquella mañana.
Y quería que se supiera porque la había dejado en la parte exterior de la cerradura.
Quien quiera que hubiera sido no parecía interesado en hacerle daño.
Supuso que debía estar agradecida por ello.
Si lo había hecho para asustarla… Bueno, ella ya suponía que alguien no estaba de acuerdo con su presencia.
Sin embargo, ¿no hubiera sido más evidente?
Quizá hubieran escrito ASESINA en el escaparate de la tienda, con letras mayúsculas estridentes, o hecho algo más provocativo.
Pensó en la madre de Toby. El equipo legal de Helen la había señalado en la sala del tribunal.
Era una mujer bajita, de pelo cano, con la mirada gacha.
Helen no podía imaginársela merodeando por la tienda.
No. Decidió que aquello era algo más astuto, más pérfido. Y, de nuevo, todo apuntaba a los dos sagaces londinenses, Zander y Alex.
Helen miró la pila de libros que había cogido de la caja que trajo de casa de Jen Clough.
¿Estaba completamente equivocada? Jared le había insistido mucho en que prestara especial atención a todos los libros que le había comprado a su tía abuela.
Incluso había llamado para preguntarle si aún seguía analizándolos.
Quizá hubiera algo de valor escondido entre las páginas de uno de ellos.
No un mapa del tesoro (no se imaginaba algo tan ridículo), sino algo que ansiara tener entre sus manos.
Había insistido sobremanera en examinarlos él mismo, ¿no?
Hasta ahora, lo único que había encontrado eran un par de billetes de cinco libras y bastantes tiques de supermercado.
¿Debía examinar con más detenimiento? Helen resopló.
Parecía que estaba muy cerca del reino de la locura.
Eso era lo que el cansancio y el estrés estaban causando en ella.
Su móvil vibró. Lo cogió y suspiró al ver el nombre de su hermana antes de presionar la pantalla para aceptar la llamada.
—Hola.
—Hola. Qué, ¿cómo va todo? Ya casi ha terminado tu primera semana.
—Va todo muy bien, gracias a Dios. —Era la verdad, ¿no?
El negocio iba bien. Era su vida la que estaba colapsando como los castillos de naipes que solía construir cuando era una niña.
Aquellos castillos acababan por tierra y volvía a crearlos para llenar sus horas de soledad—.
He tenido suerte y he conseguido un gran cargamento de libros a buen precio. Así que sí, ha sido un gran comienzo.
—Qué buenas noticias. ¿Lo estás gestionando tú todo? Espero que no te estés saltando las comidas o nunca recuperarás el peso que perdiste ya sabes dónde.
En ocasiones, le divertía la negativa de Sarah a pronunciar la palabra «prisión». Aquel día, se sumó a su enfado.
—La comida de la cárcel, como ya te he dicho algunas veces, dejaba mucho que desear. Pero no te preocupes, me las estoy apañando bien.
—He pensado en pasarme por allí mañana para echarte una mano con lo que quede por hacer.
—Sería genial, Sarah, gracias. Aún quedan cosas que ordenar. —Genial. Vale. Llegaré a media mañana y llevaré comida para las dos.
—Suena genial. Estoy deseando que vengas.
Helen colgó. Su hermana era buena con ella. Era importante que lo recordara, sobre todo cuando Sarah quería gestionarlo y controlarlo todo. Compensaba el haber descuidado a Helen cuando eran niñas.
Estaba cansada y, cuando lo estaba, los viejos recuerdos se agolpaban en su mente con mayor rapidez.
—Estúpida —susurró. Comprobó la hora y vio que eran casi las nueve. Se hizo el café que no preparó antes y a continuación abrió la tienda.
Dejó la bebida sobre el mostrador y cruzó el local para subir las persianas y abrir la puerta.
El escaparate seguía teniendo buena pinta.
Estaría bien cambiarlo ese día. Mostrar algunos de los libros más nuevos para atraer ventas el fin de semana.
Cuando la puerta se abrió, esbozó una sonrisa.
Flaqueó y desapareció cuando vio de quién se trataba.
—Jess, no esperaba verte esta mañana.
—Quería pasarme para darte las gracias de nuevo por dejar que me quede en tu casa. —Jugaba nerviosa con las correas de su mochila.
Helen se percató de que parecía más liviana que el día anterior. Era evidente que planeaba quedarse allí otra noche más. Era hora de poner los puntos sobre las íes.
—Esta noche iré a casa. Eres consciente de que tenemos un acuerdo a corto plazo, ¿verdad?
Jess asintió con la cabeza.
—Hoy voy a hablar con algunas personas y espero conseguir algo adecuado.
—Movió el pulgar por encima del hombro—.
Espero que no te importe, pero he dejado algunas cosas en tu casa.
—Volvió a juguetear con las correas—. No podía llevarlo todo conmigo.
Cuando consiga otro alojamiento, regresaré a por el resto y te entregaré la llave.
—Bien. —Helen se colocó tras el mostrador, cogió su taza, le dio un sorbo y volvió a dejarla donde estaba—. No viniste por aquí anoche, ¿no? —Se sintió estúpida al formular esa pregunta.
Si Jess había regresado, si se había llevado la llave y había estado merodeando durante la noche por alguna perversa razón, no iba a admitirlo. Helen estaba emparanoiándose de nuevo. Sospechando de todo el mundo. ¿Qué razones podría tener esa joven chica para hacerlo? Debían de ser Zander o Alex.
—¿Anoche? —Jess frunció el ceño—. No.
Pues claro que no había sido ella. Helen negó con la cabeza.
—Olvídalo.
Jess arrugó aún más la frente.
—¿Por qué? ¿Ocurrió algo ayer por la noche? —Echó un vistazo alrededor con los ojos abiertos como platos—. No te entrarían a robar de nuevo, ¿no?
—Ja, ja. —Aquella risa falsa se instauró entre ambas durante unos instantes—. No, no seas tonta. No podría tener tan mala suerte.
—¿Que no podrías? —Jess dejó su mochila en el suelo, como si se preparara para una estancia larga—. Entonces, ¿te consideras una persona desafortunada?
Ahora fue Helen la que frunció el ceño; de pronto empezaba a sospechar.
—¿Qué estudias en la universidad?
Estimó que Jess tenía veinte, quizá veintiún años, pero, cuando levantó la cabeza y su mirada coincidió con la de Helen, se percató de que era mayor. Quizá estuviera a las puertas de la treintena.
—Hago un doctorado en Psicología.
Helen, que había asumido que se dedicaba a algo relacionado con las artes o la moda, se quedó desconcertada.
—¿Te estás preparando para ser psicóloga?
Jess sonrió.
—Aún me queda mucho camino por recorrer, pero ese es el plan. Me fascina cómo funciona la gente.
El día estaba empeorando. Helen intentó parecer sorprendida, intentó aparentar que no le importaba que aquella mujer estuviera analizándola. La mujer a la que estúpidamente había invitado a su propia casa, aquella en la que Helen había asesinado a alguien, un hecho sobre el que había mentido.
—Entonces, ¿qué ocurrió anoche?
—¿Qué? Ja, ja. —Esa risa ridícula apareció de nuevo—. No, no es nada, olvídalo. —Helen volvió a coger su café, pero no bebió—. ¿Quieres algo?
Jess cogió su mochila y se la colocó a la espalda.
—No, solo quería pasarme para darte las gracias de nuevo por ser tan amable conmigo. —Se ajustó las correas en el hombro—. Es obvio que ocurrió algo anoche. Tienes pinta de estar agotada y triste. Si no quieres compartirlo conmigo, háblalo con alguien de confianza.
Helen sonrió como si quisiera decirle a Jess que estaba diciendo tonterías. La mantuvo en su rostro hasta que la chica se fue de la tienda y desapareció de su vista.
Para entonces, seguía allí. Un rictus sin sentido. Probablemente no debería haber mencionado lo ocurrido. No debería haberle dado a nadie (y menos a una psicóloga, joder) una razón para mirarla mal.
Como si estuviera volviéndose loca.