Capítulo 29
Cuando Helen terminó de descargar el coche, estaba tan cansada que no pudo hacer nada más.
Al tumbarse en la cama con el sueño ya acechándole, se dio cuenta de que se sentía bien.
Casi feliz. El pensamiento le sobrevino por sorpresa.
Había pasado mucho tiempo hasta que pudo decir eso. Le debía mucho a Dilly.
Se despertó unas horas más tarde con una brusquedad que la sorprendió.
Durante un instante, estuvo en ese lugar crepuscular entre el mundo onírico y el real.
En el sueño, escapaba de personas cuya cara solo tenía un rasgo: una enorme boca con dientes irregulares que emitía un grito continuo y estridente.
Cuando abrió los ojos, el sonido desapareció y el silencio sepulcral de la noche lo sustituyó.
Ahora había silencio, pero ¿no había escuchado algo?
¿Acaso ese grito estridente de su sueño no había sido interrumpido por un golpe seco?
Uno lo suficientemente elevado para disipar la imagen de los monstruos boquiabiertos.
Se sentó, apretó los labios, escuchó. Alcanzó el móvil para comprobar qué hora era.
Las tres en punto. No dormía lo suficiente como para hacer algo más que aliviar su cansancio.
Se dio la vuelta hacia la almohada preguntándose si conseguiría volver a conciliar el sueño y sabiendo que no lo lograría hasta que no bajara las escaleras para comprobar que ese golpe seco no era nada amenazante.
Finalmente, la ansiedad la obligó a salir de la cama. El miedo latente le hizo encender todas las luces de la planta superior y pisotear el suelo de madera para ahuyentar al hombre del saco.
Negó con la cabeza, forzó una sonrisa vacilona por su infantilidad y se dirigió por fin al piso de abajo.
Muy despacio. Parándose cada par de escalones para volver a escuchar.
Solo cuando todas las luces de la tienda estuvieron encendidas y comprobó que todo tenía el mismo aspecto de siempre, con la puerta principal aún cerrada con llave, pudo relajarse.
Ese golpe seco, si realmente existía y no era producto de su sueño, procedía del exterior.
Por desgracia, ya estaba muy espabilada. Si se tumbaba, daría vueltas en la cama y pensaría en todo lo que tenía que hacer. En vez de eso, sería mejor preparar algo para comer, trabajar y acostarse temprano.
Dejó las luces encendidas y se dirigió a la cocina.
Tenía muchas ganas de comerse unas tostadas calentitas con mantequilla; se le hizo la boca agua al pensarlo.
Se las comió con prisa, desesperada por comenzar con sus tareas.
Esperaba no cansarse nunca de la satisfacción que le causaba coger un libro, estamparle su logo de Appleby y encontrarle un hogar en la estantería.
A las seis, ya había completado todas las estanterías vacías de la planta baja.
Aún le quedaban tres cajas de la señora Clough por ordenar. Sería una labor lenta porque los libros eran más antiguos y difíciles de clasificar. Pero estaba en racha: prepararía un café y se pondría manos a la obra.
Estaba canturreando mientras llenaba el hervidor de agua, bailando al ritmo de la música a la vez que alcanzaba la jarra de café y la taza.
Iba a ser un gran día. Le instalarían la alarma.
Podría volver a su hogar, a dormir en su cama.
Con determinación, se sacó a Jess de la cabeza. Aquel día no habría preocupaciones.
Sacudió la cabeza al ver las tazas y las cucharillas sucias en el fregadero, abrió el cajón y sacó una limpia.
El cajón estaba cerrado y sus dedos seguían en el tirador cuando algo se le pasó por la cabeza y volvió a abrirlo de nuevo.
A diferencia de los cajones de la cocina de su casa, que parecían acumular trastos a un ritmo ridículo, este estaba pulcro y limpio.
Una bandeja de plástico para los cubiertos con un par de cuchillos, tenedores y cucharas de postre perfectamente organizados.
Aún quedaban algunas cucharillas que le evitaban tener que fregar.
No había nada más en el cajón.
Pero debería haberlo.
Elevó la bandeja para mirar bajo ella; a continuación, la soltó causando un estrépito.
Desde el asalto a su casa, había cambiado sus hábitos.
Las llaves de la puerta trasera ya no se quedaban puestas para que cualquier bastardo oportunista se aprovechara de ello.
La llave de su puerta trasera debería estar allí, en el cajón.
Se giró para mirar a la puerta, como si de alguna manera fuera culpa suya. Sin embargo, si esperaba ver la llave sobresaliendo de su escondite a media altura de la puerta, estaba muy equivocada.
—¡Joder! —Abrió el cajón tirando fuerte de él y, esta vez, hurgó entre la cubertería a medida que su frustración aumentaba.
Finalmente, sacó la bandeja y vació su contenido sobre la encimera.
Ni rastro de la llave. Ignoró el desastre y abrió los armarios.
Quizá la había dejado en otro sitio. La cocina era pequeña, funcional, con poco espacio de almacenamiento porque, en teoría, solo iba a usarse para pausas de café y almuerzos, así que no tardó mucho en descubrir que la llave no estaba por ninguna parte. ¿Dónde demonios la había dejado?
Se dirigió a la puerta trasera y miró detenidamente la cerradura, como si fuera a aparecer mágicamente, y golpeó la puerta con la palma de la mano.
No se iba a acabar el mundo si no conseguía abrirla.
La llave aparecería. Era muy probable que se la hubiera llevado consigo y la hubiera dejado en algún lugar de la planta de arriba.
Con un gruñido de frustración, tiró de la manilla para moverla y tropezó hacia atrás cuando la puerta se abrió hacia el interior.
Para detener la caída y estabilizarse, puso una mano en la encimera. Y entonces la vio. La llave que buscaba. En la cerradura, pero por fuera. Donde no debería de estar. No había ningún motivo para cerrar la puerta desde el exterior. ¿Cómo había acabado la llave ahí?
La sacó y empujó la puerta para cerrarla.
Lo hizo con un ruido que reconoció. En la quietud de la noche pareció más fuerte, pero sabía que era el mismo sonido que había escuchado horas antes.
Alguien había estado en su tienda. Pero ¿por qué?
Además de las cinco libras en monedas que había dejado en la caja registradora, el poco dinero que tenía estaba en su monedero, dentro del bolso, en el piso de arriba.
La puerta del almacén estaba cerrada, nadie habría podido entrar sin despertarla.
Regresó a la tienda y echó un vistazo. Al igual que anteriormente, no notó nada fuera de lugar.
El dinero seguía en la gaveta. Todo estaba tal como lo dejó la noche anterior.
Sin embargo, alguien había estado allí. Entró con la llave.
Quizá se dio un paseo para ver lo que ella había hecho.
Después, se marchó. No sin hacer ruido, eso sí.
Y había dejado la llave en la cerradura en lugar de llevársela consigo.
Quien quiera que fuera, quería que supiera que había estado allí.
Para asustarla. Para ponerla nerviosa.
Lo había conseguido.
De vuelta en la cocina, cerró la puerta con llave y se la metió en el bolsillo moviéndose como una autómata conforme intentaba evitar que todos los pensamientos que se arremolinaban en su mente la abrumaran.
Devolvió la bandeja de plástico al cajón y, lentamente, con más cuidado del que merecía la cubertería barata, puso cada pieza en su lugar.
Después lavó las cucharas sucias y las tazas que había en el fregadero y las secó con el mismo esmero.
Esa lenta rutina la calmó un poco y, cuando terminó, subió las escaleras para hacer aquello que sabía que la tranquilizaría aún más: trabajar.
No tenía ningún sentido no hacer nada y permitir que los pensamientos preocupantes y multiplicaran en su cabeza.
Quedaban tres cajas con los ejemplares que la señora Clough le había dado.
Abrió la primera sin entusiasmo, pero en unos minutos sintió y olió los libros, lo que tranquilizó su juicio.
La mayoría eran antiguos, de ficción más que de otros géneros, algunos de Hemingway y Faulkner.
Miró las estanterías de esa planta. Encajarían bien en ellas.
Ambos eran autores muy queridos entre los estudiantes universitarios de Filología Inglesa.
Hojeó cada ejemplar y añadió otro tique de supermercado a la colección de Jared.
Cuando ya llevaba unos minutos sosteniendo un libro sin moverse, suspiró. Era hora de enfrentarse a lo que le preocupaba. ¿Cuánta gente había estado en su cocina desde la última vez que abrió la puerta trasera?
¿Quién de ellos había cogido la llave?
Y lo que era más importante, ¿por qué lo había hecho?