El secreto de la librera Capítulo 28
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Capítulo 28

Helen levantó una mano.

—Lo siento, eso ha sonado un poco violento.

La mirada de Jess saltaba de la puerta a la cara de Helen, como si no estuviera segura de si quedarse o marcharse. Finalmente, se posó sobre la librera.

—Un poco —dijo.

—Por muy ridículo que sea —dijo Helen más calmada—, me siento ligeramente responsable de que hayas tenido que abandonar la casa que compartías, así que no puedo imaginarte merodeando por las calles e intentando buscar un lugar en el que dormir.

—No iba a merodear por las calles —dijo Jess suavemente.

—No importa. Tengo un lugar en el que puedes quedarte.

Espera un segundo. —Se fue a la tienda. Se inclinó para coger su bolso de debajo del mostrador, sacó las llaves de su casa y regresó a la cocina—.

Cógela —dijo mientras sacaba una llave de la anilla—.

Es de repuesto, así que no te preocupes.

¿Sabes dónde queda Hungerford Road? —Cuando vio que negaba con la cabeza, señaló en frente de la tienda—.

Cuando salgas, gira a la derecha, cruza la carretera y después, la primera a la izquierda.

Número 44A. Llegarás tras dejar unas seis casas a la izquierda.

Hay cierto desorden. Me entraron a robar el lunes y no he podido ordenarlo todo aún.

Sin embargo, hay una habitación libre en la planta de arriba, al fondo.

Encontrarás sábanas en el armario de la colada.

Jess la miró fijamente con un desconcierto evidente.

—¿Estás dejando que me quede en tu casa? ¿Después de lo que hice?

—Lo sé, soy digna de estudio. —Helen no le dijo que la firmeza de ese «Estoy en último curso, tengo que hacerlo bien» le había hecho querer ayudar.

Podría identificarse con esa lucha por fraguarse un futuro.

Sostuvo la llave—. Cógela. Quédate hasta que encuentres algo adecuado.

Esta noche estarás sola, yo me quedaré a dormir aquí hasta que me instalen la alarma mañana. Después, volveré a casa.

Jess cogió la llave y la miró sin poder creerse su suerte.

—No sé qué decir. —La guardó en el bolsillo—. Quizá pueda pagarte de algún modo por tu amabilidad. Ayudar en la tienda los fines de semana cuando tenga tiempo.

Quizá no fuera tan mala idea. Todos esos libros que iba a traer de casa de Dilly…

—¡Mierda! —Miró la hora. Las siete y cuarto—. Se suponía que esta tarde iba a recoger unos libros. Joder.

—¿Puedo ayudar?

Helen negó con la cabeza. Tenía que pensar bien en dónde se estaba metiendo antes de hacer más promesas o aceptar ayuda.

—Vete. Tengo que recoger e irme. —Le dio un empujón a Jess para que se moviera. Mantuvo abierta la puerta principal—. Es un acuerdo a corto plazo. En cuanto puedas, encuentra otro lugar en el que vivir, ¿de acuerdo?

No esperó una respuesta y cerró la puerta en cuanto Jess la cruzó. Se giró y subió corriendo las escaleras para coger suficientes cajas desmontadas. Ya las armaría cuando llegara a casa de Dilly.

Una vez dentro del coche, sacó el teléfono. Le respondieron a la llamada casi de inmediato.

—Hola, Dilly, lo siento muchísimo por retrasarme. Ya estoy en el coche de camino a tu casa. Llegaré en unos diez minutos. ¿Te va bien?

—No hay problema. Nos vemos cuando llegues.

Helen colgó con un suspiro de alivio. Perder una colección tan increíble de libros por culpa de la visita de Jess habría sido la gota que colmara el vaso.

En cuanto entró en el camino de acceso a la vivienda, Dilly abrió la puerta principal y la saludó.

—Lo siento muchísimo por llegar tan tarde —dijo Helen mientras salía y sacaba las cajas del asiento trasero.

—De verdad, no hay problema. Deja que te ayude.

—Tengo un rollo de cinta americana en algún lado.

—Helen lo encontró bajo el asiento del copiloto, puesto que había rodado hasta allí.

Dilly ya se había marchado al interior de la casa.

Cerró el coche con llave y se apresuró a seguirla hasta la biblioteca—.

Las prepararé en un santiamén —dijo a la vez que señalaba las cajas con la cinta—.

He traído cinco, pero no tengo por qué llenarlas todas esta noche si prefieres que así sea.

Dilly le dio unos golpecitos en el hombro.

—Deja de preocuparte, en serio, no pasa nada. No tengo planes para esta tarde. Y ahora, mientras montas esas cajas, ¿quieres que prepare un té para las dos?

Helen prefería ponerse manos a la obra, pero parecía de mala educación rechazarlo.

—Eso sería estupendo, gracias.

Empezó a trabajar en las cajas, las desplegó y pegó la parte de abajo.

Para ganar tiempo, no se molestó en ojear los libros. Sencillamente empezó por un lateral de la estantería y los fue metiendo todos en la caja. Ya casi tenía una llena cuando escuchó pasos tras ella.

—Estoy en ello —dijo mientras soltaba un montón de libros, justo antes de girarse y sonreírle a su anfitriona.

—Siéntate, tómate el té y ahora continuaremos juntas. Quizá Dilly estaba sola. Pasar tiempo charlando con ella no significaba nada en comparación con todos los libros que Helen se iba a llevar. Se sentó y le dio un sorbo al té.

—Puse todos los libros que me llevé ayer en las estanterías cuando regresé y muchos se han vendido hoy.

—Es agradable saber que los libros de Anna están sirviendo para algo útil.

Helen estaba echándoles un vistazo a las estanterías que quedaban por vaciar, pero el tono punzante de las palabras de Dilly hizo que se girara. Sin embargo, tenía el mismo aspecto afable de siempre. Quizá se arrepintiera de deshacerse de los libros por tan poco dinero.

—Ahora puedo permitirme pagarte más por ellos. ¿Te hablé ayer de esas chicas que me habían robado?

—¿Las estudiantes universitarias?

—Sí. Bueno, una de ellas ha vuelto hoy y me ha devuelto la mayor parte del dinero. No me lo esperaba.

No le contó a Dilly el resto de la historia: que le había dado a esa joven la llave de su casa. Habría pensado que estaba loca. Y Helen tendría que darle la razón. ¿Qué mosca le había picado?

—Es maravilloso. Supongo que te ha hecho recuperar cierta fe en la humanidad.

—Dilly negó con la cabeza—. Seguiré ciñéndome a nuestro trato.

Cuando estés lista, puedes donar el dinero a la organización benéfica que elijas.

—Se acercó más y sonrió—. Sé que has pasado por momentos duros, así que es un placer ayudarte a dejarlos atrás.

La amabilidad hizo que a Helen se le humedecieran los ojos.

—No los he dejado atrás. Ya te conté que había estado en la cárcel.

Tengo la condicional, así que debo seguir ciertas normas o podrían volver a encerrarme.

Cuento con una jueza de vigilancia penitenciaria.

—Helen soltó una risa burlona—. Normalmente se le llama «agente de la condicional», pero a la adorable Moira Manson le gusta el título completo.

Se supone que, en esta fase, debería visitarme una vez al mes.

—Helen suspiró en alto—. Esta semana la he visto casi todos los putos días.

Me mudé a la tienda cuando ocurrió el asalto.

Debería haber pedido permiso y no lo hice, así que ella no estaba conforme.

—Podrían volver a enviarte a prisión para que cumplas el resto de tu condena, ¿no?

—Sí. —Helen negó con la cabeza—. Lo siento, no te apetece escuchar todo este pesimismo.

—Es una charla agradable. Yo a veces me pregunto si Anna y yo seguiríamos juntas si hubiéramos hablado y si no se hubiera encerrado en estos malditos libros.

—Las rupturas son tristes casi siempre.

—Háblame de la última que tuviste —dijo Dilly—. Quizá me ayude con la mía. Ya sabes lo que dice el dicho: «Mal de muchos, consuelo de tontos».

—He tenido varias a lo largo de los años —dijo Helen con soltura.

—Pero ¿cómo fue la última?

Su insistencia era ciertamente irritante. Por suerte, Helen era buena mintiendo. El truco estaba en utilizar la verdad y darle el enfoque necesario.

—Es probable que el final de mi última relación fuera el más sencillo. Él se marchó y no volvimos a hablar.

Era una versión extraña de la realidad. No tenía sentido añadir que Toby seguía hablándole en sueños, que aún lo escuchaba a veces, en el silencio del día a día. Que la forma en la que la llamaba aún traqueteaba en su cabeza. «Bicho raro. Puta depravada. Zorra patética».

—Dios mío. ¿Cuánto tiempo llevabais juntos?

—Seis meses.

No era mucho, pero sí lo suficiente para que Helen pensara que era bastante. Que él la quería lo suficiente para aceptarla tal y como era.

—¿Te hizo ghosting ?

Helen parpadeó, se le abrió la boca y se cerró como si fuera la puerta defectuosa de un ascensor. ¿Toby aparecía y desaparecía como un fantasma? Cada día. ¿Acaso podía ser de otra forma?

—He leído sobre el tema —dijo Dilly aparentemente ajena al silencio sepulcral de Helen y al gesto de su boca—. Sobre hombres que dejan de llamar o de escribir, y que se esfuman. Es algo muy pasivo-agresivo e inmaduro. Parece que tú tuviste mucha suerte.

« ¡Ghosting! ». Apretó los labios para evitar que temblaran.

—No, no fue eso —dijo finalmente—. Vivíamos juntos. En mi casa. Un día simplemente se marchó.

—Oh, querida. Sin dar explicaciones. ¿Viste algún indicio de lo que iba a suceder?

—No, ninguno.

—¿Y todo eso ocurrió antes de que entraras en prisión, verdad?

—Sí. —Helen esperaba que la brusquedad de la única palabra que ofreció como respuesta le diera una pista a Dilly de que no quería hablar más. Por si le quedaba alguna duda, se bebió el té de un trago y dejó la taza sobre la mesa—. Será mejor que vuelva a los libros.

—Te ayudaré —dijo Dilly terminándose su té—. Podemos charlar mientras trabajamos.

—Bien. —Helen cogió un pequeño montón de libros y los introdujo en la parte alta de la caja que estaba llenando—.

Esta ya está completa. —Puso un poco de cinta americana sobre la tapa de la caja para cerrarla y alcanzó la siguiente—.

Tengo pensado terminar de acondicionar el piso de arriba durante el fin de semana.

Tendrás que venir a verlo en algún momento.

Continuó con su charla ininterrumpida y sin importancia sobre los planes que tenía para la tienda: los artículos con el logo que pensaba crear, las ofertas en las que estaba pensando. Cualquier cosa con tal de evitar que Dilly iniciara otra conversación sobre su pasado.

Helen empaquetó rápido. Estaba decidida a llevarse el mayor número de libros posible porque no sabía con certeza si iba a regresar. Quizá Dilly estuviera sola, pero también era extremadamente curiosa y había ciertas cosas sobre las que a Helen no le gustaba hablar.

—Pues esto es todo —dijo golpeteando la parte alta de la última caja—. Hemos avanzado mucho.

Echó un vistazo a la habitación y estimó que otro viaje más sería suficiente para completar la tarea. Sería una tontería no regresar. Si Dilly insistía en preguntarle por qué había entrado en prisión, podría inventarse algún delito de guante blanco para calmar su curiosidad.

Dejó la última caja en el asiento del copiloto, la rodeó con el cinturón por seguridad y se alejó.

—Con un viaje más será suficiente —le dijo a Dilly, que estaba de pie bajo el marco de la puerta abierta—. ¿Te parece bien si vuelvo mañana? Prometo que no me retrasaré.

—Por supuesto. —Dilly acortó la distancia entre ellas y envolvió a Helen en un abrazo—. Disfruto con tus visitas. Es fácil hablar contigo. Me apenará que acabes.

Helen le devolvió el abrazo. Tenía razón.

Dilly estaba sola. La tendencia de Helen a tomárselo todo como un ataque personal fue lo que le hizo pensar que las preguntas de Dilly eran muy intrusivas.

Solo era una mujer triste y solitaria que intentaba superar una ruptura.

Una mujer generosa y amable que reclamaba compañía y apoyo.

A diferencia de Helen, que era una miserable zorra.

—Cuando termine, volveré a visitarte, te lo prometo. Y tú tendrás que venir a ver la tienda.

Sintió que los brazos que la rodeaban se estrecharon un segundo antes de liberarla.

—Pero ¿regresarás mañana?

—Pues claro que sí. —Helen se sentó en el asiento del conductor—. Estaré aquí sobre las seis y media como tarde. —Se despidió y cerró la puerta.

Se alejó conduciendo y pensando en la suerte que había tenido al conocer a Dilly. No tenía ni idea de que la anciana mujer estaba tramando su ruina.