Capítulo 27
A la mañana siguiente, a las nueve, Helen abrió la tienda y echó un vistazo a las estanterías con satisfacción.
Los libros que había traído de casa de Dilly fueron más que suficientes para llenar los huecos, así que preparó un expositor independiente con una mesa que había bajado desde el piso de arriba.
Se había planteado pedir tres libras por cada uno de ellos, pero decidió que dos cincuenta era un precio más realista para seducir a los clientes.
Cinco minutos después, el agente de la empresa de alarmas cruzó la puerta. Era un hombre delgado y enjuto de sonrisa alegre y mirada aguda. No tardó mucho en evaluar las instalaciones y elaboró un plan eficaz para la seguridad de la tienda.
La convenció de pagar un poquito más por un sistema inteligente que se vincularía a una aplicación en su teléfono, pero se negó categóricamente cuando le ofreció un sistema monitorizado.
Le recordaba mucho a la cárcel. Y, en cualquier caso, imaginaba que costaba más de lo que podía permitirse.
En efecto, era más caro de lo esperado. Aun así, tenía que instalarla.
Entregó su tarjeta de crédito y esperó que no la dejara en ridículo cuando el agente procesara el pago.
Se sintió ligeramente aliviada cuando él se la devolvió con un gesto de aprobación.
—Hecho —dijo.
Dicho y hecho. Pagar la alarma causaría un descubierto considerable con el consiguiente coste que aquello implicaba.
Tendría que vender muchos libros en los siguientes días si quería tener alguna oportunidad de mantener contento a su banco.
Una vez más, pensó en las estudiantes y en el dinero que le habían robado, y sintió cómo el ácido la corroía por dentro.
Le instalarían la alarma al día siguiente. Estuvo tentada de llamar a Moira para informarla y zanjar la conversación, pero ya había cumplido su cupo de esa mujer, así que decidió recompensarse con un día sin Moira.
Al mediodía ya habían pasado varios clientes por allí.
Todos ellos husmearon su nuevo exhibidor, así que los libros que colocó en él volaron en un abrir y cerrar de ojos.
Como parecía que funcionaba, colocó más ejemplares sobre la mesa para ver si la magia continuaba.
No estaba segura de si era cuestión de brujería o de que los libros estaban casi nuevos, pero cuando cerró, dio por concluido su mejor día desde la apertura.
Cruzó la tienda sonriendo para ir a cerrar la puerta.
Una vez más, soñaba despierta al imaginar que la librería sería un éxito absoluto, así que no estaba en absoluto preparada para ver la cara que apareció en la ventana; soltó un aullido de alarma.
Sus dedos buscaron a tientas el pestillo de la cerradura Yale mientras su otra mano se apresuraba a sacar las llaves del bolsillo de sus vaqueros.
—Por favor, déjame pasar. Te debo una explicación.
—¡No puedes hablar en serio! —Las llaves se habían enganchado en el forro del bolsillo de Helen, que se rasgó al sacarlas de un tirón—. Vete antes de que llame a la policía. No, pensándolo mejor, quédate ahí. —Sacó el móvil del bolsillo—. La llamaré para que te detengan por robar.
—¡Por favor! —Una mano con los dedos extendidos apareció en el cristal—. Deja que me explique.
Helen alcanzó el cordel de la persiana y tiró de él; la persiana calló con un estruendo y ocultó el rostro.
—¡Por favor!
Había tanto dolor en aquella única palabra que Helen se ablandó.
¿Acaso no era ella la prueba de que las segundas oportunidades podían funcionar?
¿O no era así? La duda le irritó tanto como aquel repetido «por favor» que seguía escuchando a través de la ventana.
¿Cuánto tiempo iba a estar la ladrona allí fuera?
—He cometido un error.
Como hizo Helen años atrás. Creyendo a Toby o matándolo. Reduciendo lo que había ocurrido a una metáfora ridícula, similar al dilema del huevo y la gallina. Se preguntó si a Moira también le impresionaría aquello.
Abrir la puerta parecía preferible a tener el mismo debate interno que el que se había repetido en su mente durante más de dos años.
—Tienes un minuto —dijo mientras mantenía la puerta abierta con una mano y bloqueaba el paso sosteniendo el marco con la otra.
—¿Puedo pasar?
—La última vez que lo hiciste, me robaste dinero. ¿Por qué debería dejarte entrar de nuevo?
Esperó una respuesta a la vez que observaba cómo la joven mujer arrastraba los pies y ajustaba las correas de la mochila que llevaba. Cuando habló, lo hizo con un hilo de voz, dubitativa, apenas audible, como si el arrepentimiento colmara sus palabras.
—No fue planeado. De verdad. Compartía piso con esas chicas y les hablé de este sitio. Cuando estuve aquí el viernes te vi con tantas ganas de que el negocio triunfara, que pensé que estaba actuando bien al traerlas. Y todo iba sobre ruedas hasta que subimos al piso de arriba.
El lugar al que Helen las había enviado emocionada al ver que esas estudiantes universitarias reemplazaban a las que había imaginado anteriormente.
—Oh, por el amor de Dios, será mejor que pases. Esto tiene pinta de ser una historia enrevesada. —Helen se hizo a un lado, la invitó a entrar y señaló un lugar concreto de la estancia—. Quédate ahí, no te muevas hasta que no eche la llave y después podrás terminar.
Se le pasó por la mente que no era sensato encerrarse en la tienda con una mujer que sabía que no era de fiar, pero había algo en la actitud patética y agotada de la chica que le indicó que no tenía intención de hacerle daño.
O no más daño, en cualquier caso. Helen tuvo que recordarse que ella y su panda de amiguitas le habían robado.
Y le habían hecho llorar. Tampoco estaba segura de poder perdonarlas por eso último.
Sin embargo, había algo en aquella jovencita que despertaba su compasión. Helen recordó el aspecto que tenía cuando siguió a sus amigas al exterior de la tienda el día anterior. Parecía derrotada.
—¿Te llamabas Jess, no? ¿O también es una mentira?
—No, no lo es —dijo negando con la cabeza—. Jess Milgate.
—Enséñame tu tarjeta de estudiante.
Jess alzó la mirada, sobrecogida.
—No te sorprendas tanto. Ya has demostrado que no se puede confiar en ti. Hasta donde sé, podrías haberte sacado ese nombre de Dios sabe dónde.
Jess asintió de nuevo, dando a entender que le parecía justo. Alcanzó su bolsillo trasero, sacó el teléfono y un segundo después se lo mostró a Helen.
—Aquí tienes, no estoy mintiendo.
Helen cogió el teléfono, miró la pantalla y a Jess antes de devolvérselo.
—Bueno, así que eres quien dices ser. Está bien saberlo por si decido llamar a la policía.
Jess no sabía que aquello era lo último que Helen querría hacer.
Le preguntarían por qué no lo había denunciado.
¿Y qué diría? ¿Que quería evitar cualquier interacción con la policía porque le daba miedo que se percataran de sus mentiras?
Ni siquiera había denunciado el asalto a su casa, lo que reflejaba el grado de desesperación por mantenerlos lejos. Se pasó una mano por la frente.
—Iba a prepararme un café. ¿Quieres uno mientras me cuentas el resto de tu lamentable historia?
—Sí. Gracias. —Jess volvió a revolver en su mochila.
Parecía pesada. Era improbable que tuviera que llevar tantísimas cosas a la universidad a diario.
—¿Por qué no la pones en el suelo antes de que colapses por culpa de lo que pesa? —Helen levantó una ceja—. No te preocupes, aquí estará a salvo. —Señaló hacia la cocina—. Déjala por ahí.
Quizá hubiera sido una locura dejar pasar a Jess, pero Helen no era tan estúpida para darle la espalda. Ayer preparó café para su agente de la condicional; hoy, para una ladrona. La vida podía cambiar mucho en veinticuatro horas. Pero eso ella ya lo sabía, ¿verdad?
Cuando las dos estaban allí, de pie, con una taza en la mano, le hizo un gesto a Jess para que continuara.
—Estoy deseando escuchar tu justificación al robo.
—No pretendo justificarme, solo explicártelo.
—Me parece justo. Adelante.
¿La creería? Helen sabía mejor que nadie lo fácil que era tejer una red de mentiras alrededor de la verdad, aunque en ocasiones, cada vez con más frecuencia, le costaba separar los hilos de unas y otras.
—Hasta hace poco viví con mi novio en su apartamento. Lo dejamos hace un mes. Tenía que encontrar otro alojamiento cuanto antes…
—¿Se propasó contigo?
—¡No! —Jess parecía horrorizada por la idea—.
Es un chico genial, simplemente no nos iba bien juntos.
Me dijo que no le importaba que me quedara, pero era extraño y me estaba costando concentrarme en mis estudios.
Vi un anuncio para compartir casa y fui a verla.
Tenía buena pinta. Un buen precio. Habitación privada.
Tres compañeras que iban a la misma universidad, así que ya teníamos algo en común.
—Sopló ligeramente su café, pero, en lugar de beber, volvió a dejarlo—.
No sé por qué lo he aceptado, ni siquiera me gusta el café.
—Ni siquiera me importa. —Helen empezaba a irritarse. ¿Por qué había dejado pasar a esa estúpida cría?
Como si entendiera que estaba en el tiempo de descuento, Jess se metió de lleno en su historia.
—Al principio eran majas. O quizá yo quería que lo fueran. Estoy en último curso, ya sabes, tengo que hacerlo bien.
—¿Puedes ir al grano de la historia? —dijo Helen empleando el sarcasmo para rechazar la oleada de simpatía—. He tenido un día muy largo, quiero cenar y relajarme sin más melodramas.
Jess sacó un pañuelo del bolsillo y se sonó la nariz.
—Vale, vamos allá con la versión corta. Esas tres son unas rateras.
Despreciables, manipuladoras, no les importan sus estudios lo más mínimo.
No me di cuenta de lo falsas que eran hasta que no vinimos aquí.
—Señaló el techo—. A mí me interesaban los libros; a ellas, fisgonear.
Cuando Lizzie se acercó con un montón de dinero en efectivo, sabía que lo había robado y le pedí que lo devolviera.
Ella se rio y dividió el dinero entre todas.
Me negué a cogerlo y ella me lo metió en el bolsillo.
—Jess levantó las manos—. No supe qué hacer.
Sabía que si te lo decía se irían sin comprar nada.
Al menos pude devolverte una parte del dinero.
Helen gruñó incrédula.
—Comprasteis libros usando el dinero que me robasteis, ¿cómo va a ser eso una devolución?
—Si nos hubiéramos ido sin comprar nada, ¿no habría sido peor?
—Sí, supongo. —Helen no pudo evitar reírse de aquella lógica tan retorcida—. Entonces tengo que daros las gracias por vuestra amabilidad, ¿no?
—¡No! —Jess suspiró—. Esto no se me da nada bien. Estaría mucho mejor con la cabeza metida en un libro. Las relaciones sociales no son lo mío.
De repente, Helen se acordó de algo que había dicho la joven antes.
—Has dicho que compartías piso con ellas. En pasado.
—Tuve que irme de inmediato…
Helen se puso tensa.
—¿Las mataste?
—¡No! —Jess la miró horrorizada—. ¿Cómo puedes insinuar tal cosa?
¿Qué te pasa con la violencia? Sea como sea, mírame.
—Señaló su cuerpo con la mano—. ¿De verdad piensas que podría haberme enfrentado a ellas tres y ganar?
Ni aunque quisiera, porque no es el caso.
Soy pacifista. Y tengo que admitir que estás mostrando una tendencia violenta que es tan inesperada como inquietante.
Si supiera… Helen pensó que Jess esperaba una explicación al respecto, como si se la debiera. No era así, pero hablar facilitaría las cosas:
—Leo muchos thrillers psicológicos. La gente hace cosas muy extrañas en ellos.
—Me parece que deberías plantearte cambiar de género.
—Jess señaló a la tienda que tenía detrás—.
Tengo algo para ti. —Se alejó a toda velocidad y regresó con la mochila entre los brazos.
La apoyó contra el muro y abrió la hebilla de uno de los bolsillos—.
Tuve que marcharme deprisa por esto —dijo mientras sacaba un montón de billetes arrugados de él—.
No tenía mucho tiempo, así que cogí lo que pude antes de que descubrieran mis intenciones.
—Le entregó el dinero a Helen—. No está todo, pero sí gran parte.
Helen cogió el batiburrillo de billetes de cinco, diez y veinte libras, y empezó a alisarlos. Como Jess decía, no estaba todo lo que se habían llevado, pero sí gran parte.
—Gracias.
—Solo he hecho lo correcto. Siento no haberles plantado cara ayer. —Esbozó una sonrisa triste—. Seré más cuidadosa cuando elija con quién compartir casa en el futuro. —Abrochó las hebillas y se colocó la mochila en la espalda—. Será mejor que me vaya.
—¿A dónde?
¿Por qué Helen le hacía una pregunta tan ridícula? Esa mujer casi desconocida no era su responsabilidad. Vale, le había devuelto parte del dinero, pero fue ella quien lo robó.
—Encontraré algún sitio en el que quedarme.
—La última vez no te salió muy bien. ¿Dónde vas a ir si son casi las siete?
—Regresaré a la universidad. Alguien tendrá un trocito de suelo en el que pueda dormir.
La ira sacudió a Helen. Habría preferido que Jess dejara a sus estúpidas amigas o lo que fueran, que se quedara con el maldito dinero antes que ponerla en una situación en la que sentía cierta responsabilidad.
—¿No tienes familia con la que quedarte?
—Viven en Sheffield. —Jess se ajustó las correas a los hombros y sonrió—. En serio, no pasa nada, no te preocupes. Encontraré algo.
«No te preocupes». Como si eso absolviera a Helen.
¿Qué le importaba si alguien malvado se aprovechaba de Jess?
Qué situación tan ridícula. A pesar de sus explicaciones, le había robado a Helen y no era responsabilidad suya.
Apenas la conocía. Era evidente que le encantaban los libros, pero no era una razón de peso para sentir pena.
Helen debía echarla de la tienda y olvidarse de ella.
—No. —Pronunció esa palabra con tanta ferocidad que Jess retrocedió un paso y miró nerviosa hacia la puerta, como preguntándose si debía correr en dirección a ella.
Aquello divirtió a Helen, pero quizá Jess tuviera razón en sentir nerviosismo. Era una ladrona, pero Helen, a fin de cuentas, era una asesina.