El secreto de la librera Capítulo 26
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Capítulo 26

De regreso a la tienda, Helen estaba llena de energía y con un renovado sentido de la determinación. Dilly era una mujer increíble. Qué fácil había sido hablar con ella, qué bien le había escuchado. Helen no se había sentido juzgada ni controlada, sino valorada, apreciada.

Qué salvavidas le había tirado. Podría ponerles un precio más elevado a los libros que se había llevado. Estaban impolutos. Podrían valer dos libras y media o tres. Por fin algo le salía bien.

Su optimismo continuó hasta que se detuvo delante de la tienda. Reconoció el coche que estaba enfrente incluso antes de que la conductora abriera la puerta y Moira Manson saliera de él con los movimientos elegantes y felinos que la caracterizaban.

El miedo atravesó a Helen con tal ferocidad que se quedó sin aliento.

¿Se había olvidado de contactar con ella para el tema de la alarma?

Creía haberlo hecho, pero quizá se había imaginado llamando y dejando un mensaje.

Le habría gustado tener tiempo de comprobar su teléfono para asegurarse, pero ya era demasiado tarde.

La agente de la condicional caminaba a zancadas hacia ella con su expresión profesional y seria en el rostro. Aunque le resultaba irritante, Helen habría preferido ver la de «somos mejores amigas». Esa no la llevaría a prisión de vuelta. La profesional, quizá sí.

¿Moira iba a decirle que había roto las condiciones de su permiso y que tendría que volver a la cárcel para cumplir la condena restante?

Helen no podía regresar, no podía enfrentarse a dos años más encerrada.

Si viviera entre las cubiertas de un libro, se alejaría conduciendo, iría a casa, haría la maleta y desaparecería.

Pero esto era la vida real. Y en el edificio que estaba tras la supervisor a de la condicional residía su futuro.

El letrero de Appleby Books con los colores primarios que le había encantado elegir.

El escaparate con la palabra de la semana enmarcada.

Ya había pensado la de la semana siguiente. Gracias a Dilly, sería «serendípico».

Sin embargo, mientras miraba a través de la ventanilla de su coche y veía a esa odiosa mujer que esperaba a que saliera, pensó que pondría «flagelante» y, si alguien le preguntaba qué significaba, le hablaría de una mujer malvada y vergonzosa que la perseguía.

En caso de que la volvieran a meter en la cárcel, dejaría un enorme «que os jodan» escrito en el marco.

Como no iba a alejarse conduciendo, parecía que no le quedaba otra opción que salir y enfrentarse a su némesis. Esbozó una expresión tan positiva como pudo (una sonrisa, ojos bien abiertos, líneas de expresión suavizadas), abrió la puerta del coche y salió.

—Hola, Moira. Por Dios, últimamente me estás mimando mucho con tanta visita. —Como si fuera la persona a la que Helen tenía más ganas de ver. Como si de verdad fueran mejores amigas.

Dejó las cajas en el coche y abrió la puerta de la tienda.

—Pasa. Voy a tomarme un café, ¿te apetece uno? —Si seguía hablando, si seguía fingiendo que todo iba bien, quizá fuera así. Mientras caminaba hacia la cocina para encender el hervidor eléctrico, continuó balbuceando palabras que probablemente tuvieran poco sentido—. También hay té si lo prefieres.

—No quiero nada, gracias.

Aquellas palabras se pronunciaron con el mejor formalismo de la agente de la condicional.

A Helen le tembló la mano y algunos granos de café se escabulleron por la encimera.

Los ignoró, sirvió el agua cuando ya estaba hirviendo y se tomó su tiempo para aparentar tranquilidad.

La agente se colocó tras ella sin decir nada.

Helen se giró con la taza pegada a la boca.

No sorbía el café, sino que la utilizó para ocultar el temblor de su labio inferior que no podía frenar.

—Tengo que admitir que estoy un poco inquieta —dijo Moira por fin.

Helen apretó aún más la taza contra el labio y sintió el tejido blando aplastado contra los dientes. El dolor la tranquilizó. Sabía desde siempre que era así. En cualquier caso, la ostentación de la mujer había pinchado la burbuja de miedo que la envolvía. «¿Un poco inquieta?».

—¿Y eso? —Le dio un sorbo al café y lo mantuvo entre las manos, contra el pecho.

—Se suponía que tenías que llamarme ayer para ponerme al corriente del tema de la alarma y de cuándo volverás a tu dirección certificada. En vez de eso, no te dignaste a llamar hasta las seis y media y me dejaste un mensaje que resultó bastante apático.

Helen no podía recordar exactamente qué es lo que había dicho.

¿Había sido muy informal, demasiado frívola?

¿No había mostrado la suficiente humildad y gratitud?

La taza de café le quemaba las manos. La tentación de lanzársela a la mujer era casi insoportable.

Esperó a ver qué tenía que decir. Si iba a mandarla de vuelta a prisión, valdría la pena añadir «agresión con arma mortal» a su expediente.

El pensamiento casi le provoca una risa y tuvo que concentrarse en mantener la voz firme.

—Siento oír eso. La empresa no me confirmó nada hasta las seis. Quizá habría sido mejor que te llamara directamente, pero quería cerrar primero. Ya sabes, por seguridad.

—No es solo cosa de la hora, sino de tu tono de voz. No parece que seas consciente de la gravedad de romper las condiciones de tu permiso. De acuerdo con la legislación, tendría que haberte enviado de nuevo a prisión.

El tirador del cajón de los cubiertos se le estaba clavando en la espalda.

Si se girara y lo abriera, podría sacar el gran cuchillo para trinchar que sabía que estaba en un lateral.

No era tan afilado como el que un día sostuvo.

Ese que se llevó la policía y que nunca le devolvieron.

Sin embargo, estaba bastante afilado. Le serviría.

Se introduciría en Moira con tanta facilidad como el afiladísimo cuchillo que se clavó en la barriga cervecera de Toby.

Helen echó la mano atrás y sus dedos se curvaron en torno al tirador.

—Pero no lo haré. Esta vez no.

El alivio debilitó las piernas de Helen. Se desplomó hacia atrás y soltó la mano del tirador. De la tentación casi irresistible.

—Gracias.

—No hagas que me arrepienta. —La expresión de Moira se relajó un poco.

—No lo haré. —Sin embargo, Helen tenía que inventarse una mentira más—.

En realidad, iba a llamarte mañana porque la empresa de alarmas ha contactado conmigo para decirme que les han cancelado una cita.

Vendrán por la mañana a hacer una evaluación.

A menos que haya un problema, y espero que no lo haya, podrán instalarme la alarma el viernes y así podré volver a casa.

—Son buenas noticias. Ahora, si no te importa, voy a usar tu aseo. —Sonrió—. Y me tomaré un café antes de irme si la oferta sigue en pie.

La transición de la pomposa autoridad al escalofriante «somos amigas» era perturbadora.

—Claro, por supuesto, ya mismo voy.

Helen se giró tan rápido que el café salpicó desde la taza casi llena que tenía en la mano y aterrizó en su vestido vaquero.

Quería soltar alguna palabrota, apretar los dientes, gritar, pero esperó hasta que escuchó las pisadas subiendo por la escalera hacia el piso de arriba.

Después murmuró entre dientes un silencioso «mierda».

Alcanzó un trapo para limpiar suavemente la mancha y fregó el charco del suelo.

Volvió a encender el hervidor de agua, hizo café de nuevo y este empezó a enfriarse antes de que Moira regresara.

—Lo siento —dijo mientras agitaba su teléfono móvil—.

En serio, nunca puedo desconectar de este trabajo.

—Se sorprendió cuando Helen le entregó la taza—.

¿Café? —Negó con la cabeza, confusa—. Ah, sí, claro.

Te pedí uno, ¿no? Qué tonta. —Le dio un par de sorbos rápidos—.

Antes de que se me olvide: me gustó mucho el libro que compré, ¿no tendrás por casualidad otro parecido?

Helen recordaba lo que había elegido: un ejemplar con mucha violencia gráfica.

—Seguro que sí, ¿quieres que vayamos a echar un vistazo?

Moira negó con la cabeza.

—Voy a beberme el café, escógeme uno. Me fío de tu criterio.

Helen aparentó complacencia por aquel cumplido.

—Veré lo que puedo encontrar, vuelvo en un segundo. —No se molestó mucho en elegir y cogió la primera novela de terror que vio en la estantería. Volvió a la cocina y se lo dio a Moira—. Creo que este te puede servir.

—Excelente, gracias. —Moria ni siquiera miró la cubierta y lo metió en el bolso a la vez que sacaba el monedero—. Una libra, ¿no?

Helen no lo sabía, no lo había mirado.

—Sí, eso es.

—Vale, tengo prisa y debo marcharme. —A continuación, como si de pronto recordara a qué había ido, Mora añadió con su tono más oficial—: Y, por favor, no quiero más meteduras de pata.

Espero noticias tuyas el viernes para que me digas que vas a volver a tu dirección registrada esa misma noche, ¿de acuerdo?

Lo dijo como si Helen fuera idiota.

—Sí, entendido. En cuanto me instalen la alarma y ya funcione, estaré encantada de regresar a mi hogar.

Quería añadir que no había sido fácil dormir en ese pequeño almacén, apañarse con servicios mínimos, pero pudo ver en la expresión de la agente de la condicional que su cabeza estaba en otro lado.

Quizá su novio la había llamado por teléfono y habían tenido una pelea de enamorados.

Quería pensar que era eso. Que no todo era perfecto y alegre en la vida de la mujer.

En el fondo esperaba que alguien estuviera haciendo que la vida de Moira fuera tan miserable como la agente provocaba que lo fuera la de Helen.