Capítulo 25 #3
—Y quieres deshacerte de los libros. —Todos eran recuerdos de la mujer a la que había amado.
Quizá no había sido una separación tan amistosa a fin de cuentas—.
Tengo algunas cajas en el coche. Iré a por ellas y nos pondremos manos a la obra.
—Miró las estanterías. Probablemente, había cientos de libros adecuados para su negocio—.
La mayoría me encajan a la perfección, pero todo dependerá del precio.
Como ya sabes, acabo de empezar, así que mis fondos son limitados.
Dilly parecía imperturbable.
—Trae las cajas, prepararé más té y hablaremos del dinero.
La habitación estaba vacía cuando Helen regresó. En el momento en el que estaba ojeando los libros que sí o sí quería, la puerta se abrió y Dilly entró con el té. Esta vez, en tazas de café. Helen cogió la que le ofreció e hizo un gesto con la cabeza hacia las estanterías.
—Aquí hay muchas cosas que me gustan. Ofrezco cincuenta peniques por libro, pero me temo que eso significa que solo puedo permitirme unos cien.
Dilly utilizó su taza para señalar las cajas vacías.
—En esas dos no te caben cien.
—Debí haberte preguntado cuántos tenías cuando me llamaste. —Helen debía ser más profesional, más organizada. No tan estúpida. Sintió cómo un remolino de ira la azotaba haciéndola retorcerse mentalmente—. Siempre tengo la opción de volver. —De nuevo, sonó ridícula.
—Claro que puedes, querida, no te preocupes por eso.
—Dilly se acabó la taza—. Veamos cuántos podemos colocar en esas cajas.
Realmente no me preocupa el dinero, ¿sabes?
—Su sonrisa se desvaneció cuando miró la habitación—.
En los últimos dos años, Anna ha pasado mucho tiempo aquí, acurrucada en una silla, leyendo.
Creo que estoy resentida con los libros por el tiempo que pasó con ellos y, ahora que se ha marchado, su presencia me ofende aún más, así que quiero que desaparezcan. ¿Suena ridículo?
—Yo también he estado enamorada. He hecho tonterías. —Se preguntó qué pensaría su supervisora de la condicional si oyera que Helen reducía su crimen a una «tontería»—. Mi nivel de insensatez me llevó a la cárcel, así que aún te queda mucho para llegar a mi nivel.
—Ah —dijo Dilly con sorpresa—, eso explica la tristeza que veo en tus ojos. ¿Quieres hablar sobre ello?
No era una curiosidad morbosa. Helen vio una amabilidad genuina en la mirada que estaba fija en su rostro.
—No es algo de lo que me guste hablar, pero gracias, eres muy amable. —Se acercó a la estantería—. Debería empezar. ¿Te parecen bien cincuenta libras por cien libros?
—Mi intención es donar lo que gane a la beneficencia.
¿Qué te parece si llegamos a un acuerdo?
Te lo llevas todo, incluso los libros que creas que no te servirán de nada, me das las cincuenta libras y en el futuro, cuando tu economía mejore, donas algo de dinero a la organización benéfica que prefieras. —Ladeó la cabeza—. ¿Trato hecho?
Era una oferta tan generosa que Helen se quedó boquiabierta.
—Te ayudará a recuperar la fe en las mujeres.
—No sé qué decir.
Helen miró las estanterías de libros. Había tantos superventas… Era una mina de oro.
—Pues di que sí. De verdad, por lo que a mí respecta, es un buen trato. A pesar de lo que me hacen sentir, no estaría feliz si simplemente los tirara a la basura.
—Bien, entonces, trato hecho. Llevaré la cuenta de cuánto debería pagarte y, en cuanto mi economía mejore, donaré esa cantidad a una buena organización benéfica.
—Vale, vamos a empaquetarlos.
Las dos trabajaron juntas y no tardaron mucho. Helen se centró en empaquetar los thrillers policíacos y psicológicos más recientes, libros para los que sabía que había un hueco inmediato en sus estanterías.
No tardaron mucho en completar las dos cajas.
—Tengo muchas más vacías en la tienda —dijo Helen fustigándose de nuevo por no haber llevado más—. Mañana no cierro hasta las seis, pero si te va bien puedo pasarme después. —Le echó un vistazo a la habitación—. Habrá que hacer un par de viajes para llevarlos todos. Mi coche no es tan grande.
Dilly se encogió de hombros.
—Tómate el tiempo que necesites. No tengo más planes para el resto de la semana ni para el finde. Asumo que no abres el domingo, así que siempre te queda esa opción para rematar la faena.
—Si estás segura de que no molesto… —Los dedos de Helen jugueteaban con las cubiertas de los libros que tenía enfrente a la vez que un hilo de culpa empañaba su placer—. ¿Estás segura de que no quieres intentar venderlos en otro sitio? Siento que me estoy aprovechando.
Dilly extendió una mano para darle una palmadita a Helen en el hombro.
—Creo firmemente que es un buen trato para las dos. Tú te llevas los libros que quieres y yo me deshago de un recuerdo desagradable. Y no lo olvides: una organización benéfica recibirá dinero.
Habría sido maleducado y estúpido discutir.
—Volveré mañana por la tarde, probablemente sobre las seis y media —dijo Helen cuando las cajas ya estaban guardadas en su coche.
—Aquí estaré. —Dilly se despidió con la mano mientras ella daba marcha atrás en el camino de acceso a la casa.
«Qué mujer tan amable», pensó Helen.
Estaba tan concentrada en retroceder por la estrecha vía que no vio cómo se desvanecía la sonrisa de Dilly ni la expresión de puro odio que la sustituyó.