El secreto de la librera Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Habían reventado un cojín y sus entrañas yacían en un triste montón bajo la mesa de café volcada.

La destrucción injustificada era desmoralizadora.

Introdujo el relleno del cojín en la bolsa, además de pedazos de un jarrón y los cristales rotos de dos marcos de fotos.

Por suerte, las dos lámparas no estaban dañadas y, cuando las devolvió a su lugar, la estancia empezó a tener mejor aspecto.

Tendría que pasar el aspirador para eliminar los restos residuales, pero, por lo demás, casi todo había vuelto a la normalidad.

Se sacudió el polvo de la parte delantera de su vestido y se maldijo por haberse cambiado de ropa antes de limpiar; lo sacudió con más fuerza aún y maldijo con la más absoluta frustración que lo gobernaba todo en su vida.

—Ni siquiera puedo hacer esto bien —susurró mientras se sacudía el vestido por última vez.

Ya había hecho bastante. Una vez encendida la alarma, cerró la casa con llave y se dirigió al coche. No estaba lejos, en línea recta, de la casa donde debía recoger los libros, pero con el tráfico tardó casi veinte minutos en llegar.

Se adentró en el camino de una casa fea y baja, con el tejado plano y una puerta de garaje que ocupaba una gran e innecesaria proporción de la fachada.

Se recordó a sí misma que no debía juzgar el libro por su portada, así que salió del coche y se acercó a la horrible puerta principal de u PVC y buscó el timbre.

No parecía que hubiera. Convencida de que aquello iba a ser una enorme pérdida de tiempo, golpeó el vidrio opaco con los nudillos y esperó.

Una mujer sonriente con una mata de pelo negro abrió la puerta casi de inmediato.

—Usted debe de ser Helen. Pase, pase. —Se hizo a un lado, alzó los brazos y saludó, lo que provocó que la sedosa tela del caftán multicolor que llevaba puesto revoloteara como una mariposa—. Entre, prepararé un té para ambas.

El interior de la casa contrastaba increíblemente con el exterior. Había color por todas partes. A medida que se adentraban en un amplio salón comedor diáfano con vistas a un exuberante jardín, la sorpresa de Helen debió de ser evidente, puesto que la mujer se rio.

—La gente siempre reacciona así cuando entra. Por fuera es horrible, ¿verdad?

No tenía ningún sentido mentir.

—Señora Rogers, probablemente sea una de las casas más feas que he visto nunca. —Sonrió—. Por eso es tan impactante entrar y ver esto. —Hizo un gesto con la mano para señalar la estancia, que estaba amueblada y decorada con gusto—. Es impresionante.

—Gracias. Llámame Dilly, por favor. —Señaló la mesa con la cabeza—. Siéntate, voy a preparar un té, ¿o prefieres café?

—Un té me va bien, gracias.

Helen no se sorprendió al ver que le servía el té en copas delicadas con platitos desparejados y que iba acompañado de un plato de galletas de chocolate.

—Sírvete —dijo Dilly empujando el plato. Para animarla, cogió una, la mojó en el té y se la metió entera en la boca—. Ahora háblame de tu tienda.

La bonita decoración, las agradables vistas al jardín y la evidente amabilidad en la mirada de Dilly parecían actuar como un bálsamo para todo lo que había preocupado a Helen esa semana.

Parecía que sus músculos respiraban y se relajaban al mismo tiempo.

Si le hubiera dado un sorbo al té, habría pensado que la habían drogado, pero aún no lo había probado.

Lo hizo: estaba fuerte y delicioso. Tenía mucho que hacer cuando regresara a la tienda.

No podía permitirse el lujo de quedarse de brazos cruzados tomando té y charlando.

Aun así, lo hizo. Le habló sobre la tienda a la acogedora y alentadora mujer, sobre los asaltos, sobre las estudiantes que le habían robado.

Y, como era tan buena escuchando, también le contó que había estado en la cárcel.

—Cumplí condena durante un par de años —dijo intentando restarle importancia y esperando causar la impresión de que había estado allí por algo menor, como un delito de guante blanco, no por algo tan horrible como un asesinato—.

Llevo algunos meses fuera y estoy intentando reconducir mi vida.

—Sonrió—. Normalmente no me desahogo así con extraños, pero eres muy buena escuchando.

—Tenías pinta de necesitar hablar. —Dilly alcanzó la tetera y rellenó las tazas—. Al entrar, parecías estresada. Creo que desahogarse, como dices, ayuda un poco a ver las cosas en perspectiva.

La hermana de Helen dijo algo parecido. Que debía hablar, sacar sus problemas a la luz. A pesar de ello, cuando hablaba con Sarah, a menudo no la escuchaba o ignoraba lo que Helen había dicho en favor de lo que ella pensaba que era lo correcto. Dilly, sin embargo, la escuchó de verdad.

—Sí que ayuda. Gracias.

Y lo decía en serio: la había ayudado un poco.

—Creo que estás haciendo algo increíble con la apertura de tu negocio después de lo que has tenido que vivir.

—Dilly dejó su copa sobre la mesa, retiró la silla y se puso de pie—.

Supongo que será mejor que te enseñe los libros.

Hay bastantes, pero puedes echar un vistazo y ver cuáles te pueden interesar.

—La llevó hacia una habitación que había en la parte delantera de la casa—.

Anna dice que esto es la biblioteca —dijo mientras abría la puerta.

—¡Guau!

La reacción de Helen fue instintiva. Puede que la habitación fuera pequeña, pero en cada pared había estanterías de techo a suelo, repletas de libros.

—Anna es una lectora asidua. —Dilly señaló unas hileras de carpetas que estaban almacenadas en una de las estanterías—.

También conserva apuntes de cada asignatura que ha cursado en la universidad, de cada curso de posgrado al que ha asistido.

Y ha asistido a muchos. Quiere conservarlos, a diferencia de los libros.

Helen recorrió los lomos rápidamente con la mirada.

Stephen King, por supuesto, pero también otros thrillers más recientes de John Connolly, Keri Beevis, J.

A. Baker, Michelle Kidd y Diane Saxon. También los había de Jenny O’Brien y Anita Waller.

Incluso algún ejemplar de ficción histórica de Pam Lecky.

Había libros suficientes para llenar las estanterías faltantes de su tienda.

Eso si podía conseguirlos a buen precio.

Se giró hacia Dilly.

—¿A tu hija no le importa venderlos?

—No es mi hija, es mi mujer. Mi exmujer en poco tiempo.

Helen se puso colorada.

—Lo siento, llegué a una conclusión ridícula.

—No te preocupes, es lo lógico. Anna y yo llevamos quince años juntas, pero nos hemos distanciado los últimos dos.

Seguimos siendo amigas, pero nuestras vidas han tomado caminos diferentes.

Ella se mudó a Gales. A una casita de campo en la que se dedicará a pintar, dice.

—Dilly sonaba escéptica. Negó con la cabeza e hizo un gesto con la mano señalando la habitación—.

Dijo que podía quedarme todos los libros, que solo le interesaban las carpetas.

Las empaquetaré y se las enviaré la próxima semana.