Capítulo 25
Llorar no iba a llevarla a ninguna parte.
No iba a devolverle el dinero, así que Helen hizo lo que siempre hacía: se recompuso y siguió adelante.
Se le estaba haciendo cuesta arriba, eso sí, quizá porque parecía que ocurría una cosa tras otra o porque estaba cansada o porque sintió lo que habían hecho esas jovencitas como una terrible traición.
Estaba enfadada con ellas por haberse aprovechado de su amabilidad e incluso más consigo misma por ser tan ridículamente inocente.
Descartó la vaga idea de ir a la universidad para intentar encontrarlas tan pronto como se le ocurrió.
Lo único que sabía de ellas era que una se llamaba Jess.
La que había ido el lunes y regresó con sus amigas.
No era la cabecilla, eso seguro. Recordó su actitud de derrota al marcharse.
Quizá la obligaran a robar el dinero. A Helen le gustaría creer eso, le encantaría pensar que no era tan jeta.
Se puso de pie, cogió su bolso y lo soltó de nuevo.
Ya no necesitaba ir al banco. Necesitaría las ganancias de aquella mañana para pagar los libros que iba a recoger aquella tarde y para comprar comida.
La recogida estaba agendada a las tres y en coche tardaría solo diez minutos en llegar.
Podría irse a casa, ducharse y verificar que todo estuviera en orden.
Podría desempaquetar otra caja de libros.
O podría continuar ahí, sintiéndose indefensa y triste.
Decidió centrarse en la tienda y se dirigió a la esquina en la que había apilado las tres cajas que le quedaban.
No debería haberse sorprendido de que las estudiantes también hubieran hurgado en ellas.
Habían bajado las cajas al suelo, las habían abierto y habían vaciado una de ellas en el suelo creando un batiburrillo de ejemplares.
—¡Vaya zorras!
Sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo mientras observaba el embrollo.
No habían tenido ningún cuidado y algunos ejemplares se habían dañado.
Le había dado la impresión de que Jess era amante de los libros.
Qué equivocada estaba. Muchos estaban dañados hasta tal punto que era imposible recuperarlos.
Los llevó al almacén y los metió en la caja de reciclaje.
Le llevó una hora restablecer el orden. Le habría llevado menos tiempo si no le hubiera abrumado una intensa sensación de traición y decepción. Quizá no tenía sentido, pero le estaba costando no tomárselo como algo personal.
Era difícil no dejar que todo lo que había sucedido en los últimos días la desanimara, no dejar de imaginar que el destino le estaba diciendo que su futuro, al igual que su pasado, estaba condenado a la angustia y al dolor.
—Que les den —gritó de repente.
Aquellas zorras le habían robado dinero, no iba a permitir que le quitaran nada más que eso. Había aprendido una lección muy valiosa. Dolorosa, quizá. Nada nuevo bajo el sol. Redujo su enfado, recogió su bolso del almacén y se dirigió a la planta baja.
Cuando su móvil sonó, lo sacó e intentó darle a su voz cierto tono empresarial.
—Appleby Books, soy Helen, ¿en qué puedo ayudarle?
—Hola, soy Jared Clough. Pensé que era buena idea llamarla y ver si había conseguido avanzar algo con los libros de mi tía abuela.
La ira que solo había logrado frenar volvió a estallar y buscó un blanco para ella, pero logró contenerse.
—No mucho —dijo—. Por el momento, lo más interesante que he encontrado es un tique de caja de hace veinte años.
—Vale, pero ¿va a seguir mirando?
—Sí. —Fue contundente, ya se había comprometido a hacerlo, aunque no estaba de humor para volver a repetirlo—. Ahora discúlpeme, pero tengo que dejarle.
Colgó sin esperar respuesta del hombre.
«¡Qué hombre tan irritante!».
Ya había comprobado que la puerta trasera estaba bien cerrada, pero volvió a verificarlo.
Después salió por la puerta principal y la cerró con llave.
Solo tardó diez minutos andando hasta el pequeño supermercado y en poco más de media hora ya estaba de vuelta con una pesada bolsa de plástico en cada mano.
Estaba al otro lado de la carretera y se sintió aliviada al ver aparecer su tienda, como si hubiera temido que desapareciera en su ausencia.
Estúpida ansiedad: aumentó a medida que se acercaba, andaba cada vez más lento.
Intentó ahuyentar sus miedos, pero desistió cuando emitió un sonido sinónimo de histeria.
Cruzó la calle, dejó las bolsas en el suelo suavemente y respiró hondo.
Podía ver la entrada de la tienda. Tenía el mismo aspecto que cuando se fue.
Cerrada con llave y a salvo. Volvió a coger sus bolsas, continuó andando, el corazón le latía al compás de sus pasos mientras aceleraba para enfrentarse a lo que fuera que la estuviera esperando.
Se detuvo cuando llegó a la altura del escaparate.
El decorado tenía buen aspecto. No era increíble, solo aceptable.
¿La idea de poner una palabra de la semana era un poco tonta?
Era mala opción detenerse a mirar. Parecía que su reflejo estaba maldito, tenía las mejillas hundidas, ojeras.
Un aspecto tan horrible que ahuyentaba a los clientes.
Se sintió estúpidamente aliviada al ver que la puerta seguía cerrada, dejó una de las bolsas en el suelo mientras buscaba las llaves en su bolso.
Una vez dentro, cerró y volvió a echar la llave antes de dirigirse a la cocina.
Como era habitual, había comprado más de lo planeado y le costó meterlo todo en el frigorífico.
Metió de lado el último envase de comida preparada y lo cerró a tiempo para escuchar un ruido sordo.
Contuvo el aliento y ladeó la cabeza tratando de determinar de dónde demonios venía.
No quería que procediera de la escalera en la que Reginald Taylor se había desgarrado los nudillos tratando de pedir ayuda.
Sin embargo, incluso cuando apretó los ojos con fuerza en un intento por borrar la imagen de su mente, el cuerpo ensangrentado de Toby apareció en todo su esplendor y revivió aquel terrible momento en el que sintió el frío mango del cuchillo afilado en la mano.
En realidad no se recordaba usándolo. ¿Había opuesto mucha resistencia o se había introducido en su vientre como un cuchillo caliente en la mantequilla?
Probablemente fuera eso último, porque recordaba la incredulidad en su rostro.
A ella también le sorprendió lo cálida y viscosa que era su sangre.
Lo que más recordaba era cómo cayó al suelo con los ojos abiertos, intentando detener frenéticamente con las manos el chorro de sangre que emergía de su aorta segmentada, y su absoluto alivio cuando el movimiento de sus manos cesó, cuando dejó de pestañear, cuando sus ojos se quedaron abiertos y fijos en su cara.
Durante algunos segundos, el golpeteo cesó y comenzó.
No importaba. Helen estaba perdida en el pasado que tan desesperadamente había tratado de dejar atrás.
Había días que lo lograba, cuando los recuerdos rebotaban en los confines de su mente.
Otros, subyacía a cada pensamiento. Encontraba socorro entre las páginas de un libro, pero, si esperaba que regentar una librería fuera la versión a lo grande de ese objeto de papel, estaba equivocada.
Al menos hasta ahora lo estaba, pero podría deberse simplemente a la serie de contratiempos de los últimos días. Esperaba que Zander y Alex se rindieran cuando descubrieran que la mujer no estaba dispuesta a mudarse. Que la dejaran sola. Que pararan de intentar asustarla.
Fue hasta el fregadero de la cocina, abrió el agua caliente y se echó un poco de friegaplatos en la palma de la mano. Después empezó a frotarse las manos bajo un agua tan abrasadora que empezó a llorar por el dolor. Fueron unos minutos. Sus manos quedaron rojas y en carne viva.
No funcionó. Nunca salía bien. Aún podía sentir la viscosidad de la sangre de Toby. A veces, los peores días podía incluso olería.
Se secó las manos con una toalla. Había mucho que hacer como para estar malgastando su energía en un hombre que le había causado tanto dolor.
Tenía el tiempo suficiente para ir a casa, darse una ducha y hacer un pequeño intento de limpiar el desastre que causaron esos bastardos que irrumpieron en su hogar. Después iría en su coche a la dirección que le habían dado en Widcombe y, con suerte, conseguiría algunos libros.
Una vez en casa, comprobó el trabajo que habían hecho los cristaleros en la puerta de atrás y se alegró de ver que también habían recogido todos los cristales rotos. Hizo girar la llave en la cerradura, la sacó y la puso en un cajón. Ya había aprendido la lección.
Examinó el caos, los destrozos, el estúpido daño causado sin sentido. Sería genial poder dejarlo todo listo antes de volver a su casa el viernes, pero le faltarían horas en el día para lograrlo. Ya lo haría. En algún momento.
Su prioridad era ducharse, lavarse el pelo, secarlo con el secador. Sentirse normal.
Veinte minutos más tarde, se peinó el pelo hacia atrás, se lo recogió en una coleta, se puso un vestido vaquero de manga larga y unas botas, y se sintió mejor.
Comprobó la hora y vio que le sobraban quince minutos antes de marcharse para llegar a su cita de las tres en punto.
No tenía sentido malgastarlos. En la cocina, cortó una bolsa de basura del rollo y se dirigió al salón.
Se quedó de pie en la puerta sin saber bien por dónde empezar, maldiciendo con todas las palabras malsonantes de su vocabulario a los delincuentes que habían causado ese daño.