El secreto de la librera Capítulo 24
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Capítulo 24

La ira animó a Helen. Se metió la comida del recipiente en la boca y bebió dos vasos más de agua. Luego sacudiendo la cabeza ante el estado de la cocina, pasó quince minutos limpiándola y tirando la basura al cubo que había fuera, junto a la puerta trasera.

Tardó unos minutos en contar las ganancias y en poner la mayor parte de ellas a resguardo en su monedero, junto al dinero del día anterior.

Planeaba ir a ingresarlo al banco la tarde siguiente.

Actualizó el libro de contabilidad y, tras echar un último vistazo a su alrededor, apagó las luces y se fue al piso de arriba.

Trabajó ininterrumpidamente hasta pasada la medianoche.

Se centró en colocar libros en las estanterías: vació dos cajas y añadió cinco tiques de caja al sobre de Jared.

Aunque le costara la vida, terminaría de revisar el resto de la colección de su tía abuela antes del lunes.

Y, si no, le mentiría y le diría que sí que lo había hecho.

La ira podría haberle dado fuerzas, pero no ganas de dormir.

Cuando por fin se tumbó, dio vueltas en la cama, se levantó a cerrar la puerta, volvió a tumbarse y dio unas cuantas vueltas más.

Normalmente, pensar en libros que le gustaban la ayudaba a quedarse dormida, pero aquella noche no importaba lo mucho que intentara concentrarse en las cubiertas, en las páginas o en las palabras.

Todo goteaba sangre. Casi podía sentir la cálida viscosidad que la caracterizaba, oler su particular hedor a medida que chorreaba desde los nudillos en carne viva y ensangrentados de Reginald Taylor, y de la herida por arma blanca que le hizo a Toby.

Parecía que la mejor idea era levantarse y explorar alguna caja más.

Como las estanterías del piso de abajo estaban llenas, empezó a colmar las de arriba.

Muchos de sus clientes eran personas mayores, así que tenía sentido emplearlas para colocar los libros que atraerían a una clientela más joven y a estudiantes.

Tuvo que reorganizar muchas cosas y mover a las estanterías de la planta alta los libros que había llevado a la inferior. Aquello significaba que podría abrir ese segundo espacio antes de lo que había imaginado.

Sobre las ocho en punto, las estanterías del nivel superior no estaban llenas, pero casi, y tenían buen aspecto, así que los clientes podían subir si lo deseaban.

Empujó las tres cajas que quedaban contra una esquina, almacenando cuidadosamente una encima de otra.

Más tarde, si tenía un par de horas más para seguir trabajando, podría vaciarlas todas.

Aquella tarde pasaría a recoger más libros.

A comprarlos, más bien, no iba a conseguirlos gratis, así que podía permitirse ser selectiva.

Se obligó a desayunar. Un bol de cereales con leche que ya casi había caducado.

Planeó la jornada mientras comía. Esa mañana tenía que llamar a la empresa de alarmas.

Por la tarde, su prioridad era llevar el efectivo al banco.

Después iría a su casa y a comprar comida antes de conducir hasta el punto de recogida de los libros.

Cuando quedaban cinco minutos para la hora, abrió la puerta y levantó las persianas. Eso le permitió contactar con la empresa de alarmas en cuanto dieron las nueve.

—Necesito que me instalen una alarma —dijo cuando respondieron a su llamada.

Sencillo, ¿no? Pues no, claro que no. Insistieron en que necesitaban ir a evaluar el edificio antes de poder darle un presupuesto.

—Podemos pasarnos mañana y hablar sobre las distintas opciones que tiene. Si todo va bien, podríamos dejarla instalada el viernes.

¡El viernes! Antes de lo que había imaginado. Podría dormir en casa el fin de semana, en su cómoda cama.

Aunque estaba cansada, todos los avances de esa mañana y de la tarde anterior la llenaron de energía. Solucionar el tema de la alarma era la guinda del pastel.

Además, fue una buena mañana. Entraron muchos clientes y todos compraron libros. Y lo que era aún mejor: una estudiante que fue a primera hora del lunes regresó con algunas de sus amigas.

—Hola —dijo Helen—. Qué alegría volver a verte. Jess, ¿verdad?

—Sí, qué buena memoria. Ya les he contado a mis compañeras de piso —comentó mirando a las tres mujeres que ya estaban paseando entre las estanterías— que tienes una gran variedad de libros entre los que elegir.

—Gracias. —Helen señaló la escalera—. Podéis echar un vistazo arriba también. Estoy intentando crear una sección más adecuada para estudiantes. No está lista al cien por cien, pero podéis echar un ojo si queréis.

Unos minutos más tarde se acercaron al mostrador, cada una con una pila de libros.

—¿Podemos dejarlos aquí mientras echamos un vistazo en el piso de arriba?

—Sí, claro. —Helen hizo espacio para los libros que habían escogido.

Cuando subieron las escaleras, iban hablando y riendo. El sonido llenaba la tienda y aumentó el ánimo de Helen aún más. Eso era lo que quería. Si acudían estudiantes a menudo, si se corría la voz sobre su tienda, no cabía duda de que le iría bien.

Aunque escuchaba la risa procedente del piso de arriba, pensó en sus dos vecinos y una marea de furia arrasó con su buen humor. ¿Se pensaban que iba a ser una presa fácil, una rival indigna para londinenses astutos?

Años atrás podrían haber estado en lo cierto. Pero eso era antes de Toby. Antes de que descubriera que podía defenderse. Antes de que descubriera que la muerte era un buen fin y un mejor comienzo.

Forzó una sonrisa cuando las cuatro estudiantes volvieron a la planta baja casi quince minutos después. Se quedó completamente asombrada cuando vio que habían cogido aún más libros.

Helen tuvo que utilizar tres bolsas de papel para la primera chica.

—Lo siento, no tengo bolsas más grandes —dijo al entregárselas—. Son doce libras. ¿Con tarjeta o en efectivo?

La estudiante señaló con el pulgar a la que estaba detrás.

—En efectivo, pero paga Jess.

—Sí, también pagará los míos.

—Y los míos.

Helen sonrió con incertidumbre a la chica que había sido tan entusiasta el lunes y que había llevado amablemente a sus amigas a la tienda. Todas parecían llevarse bien cuando entraron. Todo eran risas y bromas agradables.

Sin embargo, tuvo la impresión de que las tornas habían cambiado: algo era distinto entre ellas. Tres de ellas seguían sonriendo, pero había algo extraño en la curvatura de sus labios, algo demasiado cómplice en sus miradas. De repente Helen tuvo la certeza de que no le gustaban aquellas mujeres.

Jess no sonreía. Tenía la mirada fija en los libros que sostenía.

—¿Estás de acuerdo? —preguntó Helen—. ¿Vas a pagar los libros de todas? —Hizo una suma rápida—. Son cincuenta y seis libras.

—Sí, sin problema. —Sin levantar la vista, Jess entregó sus libros para que se los metiera en bolsas. Introdujo la mano en el bolsillo de su chaqueta vaquera, sacó un fajo de billetes y separó tres de veinte libras—. Aquí tienes.

Helen pasó el pedido por la caja registradora y le entregó el cambio.

—Muchas gracias. Espero que volváis pronto.

En realidad no era así, pero se trataba de su negocio y no podía permitirse ser quisquillosa o que le gustaran o le disgustaran los clientes.

Vio cómo se marchaban. Tres de ellas seguían riéndose y empujándose divertidas. Mientras tanto, Jess iba detrás con aspecto de que todos los males del mundo la habían acorralado y abofeteado.

¿Cuántos años tenían? Diecinueve, quizá veinte. Tan llenas de confianza. Tan seguras de sí mismas. Helen no recordaba haber tenido tantas certezas sobre la vida. Ni a los diecinueve ni mucho menos ahora, cuando parecía que se había vuelto más insegura que nunca.

Solo fueron tres clientes más antes de que cerrara la puerta con llave y bajara las persianas justo a mediodía. Había sido una buena mañana.

Aquella tarde tenía libros que recoger. Antes de eso, lo primero de su lista era llevar el dinero al banco.

Más clientes de los que ella hubiera esperado habían pagado en efectivo.

Completó el libro de cuentas con la recaudación del día, cogió setenta y dos libras de la caja y buscó su bolso debajo del mostrador.

Se agachó, pensando que debía de haberlo empujado más hacia el fondo, pero no estaba.

Vio con sorpresa que lo había dejado arriba.

Más tarde se dio cuenta de que, en ese instante, sabía perfectamente lo que ocurría, como si fuera una percepción extrasensorial, porque subió las escaleras lentamente, levantando cada pie como si pisara melaza, cogiendo impulso para avanzar como si escalara el Everest, con ese sexto sentido gritándole que no le iba a gustar lo que se iba a encontrar cuando llegara arriba.

Incluso cuando vio la puerta del almacén abierta, aunque sabía que la había dejado cerrada, se negó a aceptar lo que su corazón ya sabía.

Cogió su bolso y metió la mano para buscar su monedero y entonces admitió la realidad.

Aquellas adorables estudiantes le habían robado.

Habían pagado con su dinero los libros que se habían llevado.

La traición era eso. No los asaltos a la tienda o el que había ocurrido en su casa, no los hombres horribles que trabajaban al lado o la molesta supervisora. Aquello hizo que se desplomara sobre la improvisada cama y se largara a llorar desconsolada.