El secreto de la librera Capítulo 22
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Capítulo 22

—¿Me estás escuchando?

Helen apartó la vista de los tacones tan ridículamente altos de Moira y de su cercanía al borde de la escalera, y asintió.

—He oído cada palabra.

—Vale, asegúrate de que te instalan la alarma e infórmame de la fecha en la que regresarás a casa, ¿de acuerdo?

«Solo tienes que darle un empujón».

—Sí. —Aquella solitaria palabra fue la única que Helen consiguió pronunciar mientras trataba de disipar las imágenes de Moira, retorcida y destrozada al final de la escalera.

El tintineo de la campana desde el piso de abajo la devolvió a la realidad.

—Será mejor que vaya a ver a mis clientes.

Quería desesperadamente que se tratara de eso y no de Alex o Zander, sus vecinos.

O la cartera, esa mujer que siempre sonreía y estaba irritantemente alegre.

Un cliente para mostrarle a la supervisora de la condicional que gestionaba un negocio viable y que no necesitaba que le hablaran como si fuera una niña malcriada de cinco años.

Tuvo suerte. No era un cliente, sino dos los que examinaban lentamente las estanterías. A pesar de eso, Moira no iba a marcharse sin tener la última palabra.

—Espero noticias tuyas a última hora del día.

Helen no estaba segura de quién le molestaba más: la extraoficial Moira con su actitud brusca y su tono de voz autoritario, o la Moira mejor amiga, llena de sonrisas hipócritas y un falso compañerismo. Intentó sacarse a ambas de la cabeza y fue a hablar con sus clientes.

No creía que fuera a estar tan ocupada ni tampoco esperaba los largos periodos en los que no había ningún cliente y no sabía qué hacer.

Todas esas cajas del piso de arriba. Si bajara una, podría vaciarla mientras esperaba a que alguien entrara por la puerta.

Tendría un doble efecto: la haría parecer ocupada y trabajar con los libros la mantendría en calma, como siempre ocurría.

Era lo lógico y, pocos minutos después, estaba desempaquetando libros felizmente. La organización alfabética dejen Clough era un poco excéntrica: había biografías de Maureen O’Hara y Peter O’Toole en la misma caja que novelas negras de Jenny O’Brien.

Hojeó cada ejemplar, recuperó un tique de uno de ellos y un billete de cinco libras de otro.

Era bastante tentador quedarse con el dinero.

A ella le habían dado los libros, así que podía alegar que, legalmente, era suyo, pero quizá no moralmente.

Arrugó el billete entre los dedos. ¿Era una prueba?

¿Quizá lo habían escondido a propósito para poner a prueba su honestidad?

—Joder —susurró, y metió el billete en el sobre A4 que había apartado para Jared. Tenía que dejar de sobrepensarlo todo.

A última hora de la tarde, levantó la vista y vio que Zander entraba por la puerta.

—Me paso para ver cómo te va —dijo.

—Bien, gracias.

Apoyó la cadera contra el mostrador y echó un vistazo alrededor.

—Tiene muy buena pinta. Es difícil creer que este sea el mismo lugar que regentaba ese viejo.

Asumió que «ese viejo» era Reginald Taylor, el antiguo propietario, y sonrió.

—Creo que, por naturaleza, los talleres suelen ser establecimientos desorganizados.

—Desorganizados. —Soltó una risa burlona—. Ese hombre era un cerdo y su local era una pocilga. No es de extrañar que al final acabara en la ruina. —Señaló el techo con el pulgar—. También vivía en la planta de arriba. De forma permanente. No era algo temporal como en tu caso.

—¿Lo conocías bien?

—No. Nos mudamos al lado un par de meses antes de que muriera. Pero fui yo quien lo encontró.

Sabía que la venta de la tienda había sido por albacea, lo que indicaba que el propietario anterior había fallecido, pero había estado demasiado ocupada con sus planes como para indagar más.

Si hubiera habido algo raro, el agente de la inmobiliaria se lo habría contado, ¿no? ¿O estaba siendo demasiado inocente?

—¿Encontrarlo? ¿A qué te refieres?

Zander cruzó los brazos sobre el pecho y la miró con los ojos repentinamente entrecerrados.

—¿No preguntaste por el propietario anterior antes de comprar?

Indignada por la crítica implícita, Helen imitó su postura.

—No, no lo hice. Tenía otras cosas en la cabeza.

—Reggie solía cerrar la tienda a las cinco los sábados y no volvía a abrir hasta el martes.

Bebía mucho. —Zander hizo como que se llevaba una copa a la boca—.

Pero mucho mucho, quiero decir. Incluso garrafón.

Vodka barato, ginebra y güisqui. Veíamos cómo se acumulaban los envases vacíos en la parte de atrás.

Ella preguntó con cierta curiosidad:

—Murió de cirrosis hepática, ¿no?

—Si hubiera vivido un poco más, habría sido así. —Zander señaló la escalera haciendo un gesto con la cabeza—. Se cayó por la escalera después de llevar horas bebiendo.

El final que había deseado para Moira pocas horas antes. El pensamiento hizo que Helen tragara saliva.

—Qué manera más terrible de morir.

—Lo peor —dijo Zander— es que no murió de inmediato.

—Se frotó los nudillos de la mano derecha—.

Alex es amigo de uno que trabaja en la comisaría, así que sabemos que no murió hasta un par de días después.

Se rompió la espalda en la caída, por lo que no podía moverse, pero parece que intentó pedir ayuda golpeando la escalera de madera con los nudillos.

Cuando lo encontré, los tenía en un estado lamentable.

—Hizo una mueca y se sacudió de forma exagerada—.

Es terrible pensar en él tumbado aquí, dando golpes como llamada, esperando que alguien lo escuchara.

Dando golpes como llamada. Helen luchó por mantener una expresión neutra mientras un tornado se arremolinaba dentro de su cabeza.

Ella no creía en fantasmas. Sin embargo, lo que sí que había hecho era leer demasiadas novelas de Stephen King.

Aún recordaba claramente cómo su corazón latió con fuerza cuando leyó El resplandor .

Pero todo eso se limitaba a lo que había entre las cubiertas de un libro.

A palabras sobre el papel. En la vida real no había fantasmas.

El ruido que escuchó el día anterior no tenía nada que ver con el último propietario.

—Qué horrible. —Las palabras salieron entre dientes.

—Por suerte, tú no bebes mucho. No queremos que te ocurra lo mismo a ti, ¿no?

Helen parpadeó y tragó con dolor. Su tono de voz era neutral, pero sus palabras… ¿Estaba amenazándola?

Volvió a señalar la escalera con la cabeza.

—Cuando construían estas casas, las hacían mucho más empinadas y los escalones también eran más estrechos porque los pies eran más pequeños. Nosotros sustituimos la nuestra cuando hicimos la remodelación.

Iba a decir que no tenía dinero para ese tipo de cambio, pero recordó que se suponía que tenía mucho dinero. Las mentiras y sus redes. Podían pillarla con la guardia baja si no tenía cuidado. Levantó el pie.

—Yo tengo los pies pequeños, así que me van perfectos.

—Aun así son empinadas —dijo, como si estuviera decidido a tener la última palabra—. Bueno, será mejor que vuelva. Me llevo las copas y así te ahorro el viaje.

El cambio de tema la asustó. Se había olvidado por completo de las copas.

—Todavía no he tenido tiempo de lavarlas. Puedo hacerlo cuando cierre y acercároslas si te va bien.

—No seas boba. Las meteré en el lavaplatos y estarán listas en un abrir y cerrar de ojos.

—¿Estás seguro?

—Pues claro. Están en la cocina, ¿no? —No esperó una respuesta y fue hasta la puerta de la cocina dando zancadas. La abrió y cogió la caja de cartón del suelo antes de que Helen pudiera pasar por encima de los libros que estaba desempaquetando para llegar hasta él.

—No pude limpiar después del día tan loco que tuve ayer —dijo al verle mirar el pequeño y sucio espacio.

Había copas sucias sobre la encimera, un par de tazas usadas en el fregadero. El envase de su comida preparada de la noche anterior, el que había tirado en dirección a la basura, no había entrado y yacía en el suelo.

—Debes tener cuidado —dijo apoyando la caja que llevaba en la encimera—.

El año pasado tuvimos un problema con los ratones.

Es muy difícil deshacerse de esos pequeños fastidiosos cuando se encaprichan contigo.

Tus viejos libros también serían el lugar perfecto para que anidaran.

—Cogió las copas sucias y las encajó en los huecos que quedaban libres—.

Bueno, pues ya están todas. ¿Qué tal el vino?

Si quieres, puedo llevarme las que estén sin abrir y cobrarte solo las que gastaras.

Esa habría sido la opción más sensata, dado que iba justa de dinero.

—No, está bien, gracias, tuvimos tanto éxito que la mayoría se bebió. Creo que solo queda una botella, así que será mejor que me la quede. —No tenía por qué saber que había ocho botellas enfriándose en la nevera.

Le abrió la puerta y se despidió de él.

Para su angustia, aquella tarde, entre las cinco y las seis, no apareció ningún cliente y los minutos pasaban lentamente, con una parsimonia casi dolorosa.

Quería llorar de frustración. Quizá Sarah tuviera razón y debería cerrar a las cinco.

¿Qué había llevado a Helen a embarcarse en un negocio?

Había sido una idea descabellada. No tenía experiencia ni conocimientos sobre el mundo empresarial.

Tendría que haber regresado a su trabajo en la administración pública, haberse escondido de todos y de todo.

No exhibirse tras un mostrador en el que cualquiera podría señalarla y juzgarla por asesina.

No mostrarse para que alguien la mirara y pensara que no había pagado lo suficiente por su crimen y decidiera llevárselo todo.

Cuando su hermana llamó unos segundos después de las seis, Helen respiró, puso su mejor cara y esperó que se tradujera en una voz que sonase positiva.

—Hola.

—Hola, hermanita, ¿has tenido un día ajetreado?

—No tanto como ayer, pero sí, ha habido un flujo constante de clientes todo el día.

Bastantes durante la última hora. —Más mentiras.

Parecía que nunca iba a ponerles punto final—.

Ahora mismo voy a por otra de esas comidas preparadas que me comparaste.

No sé si te di las gracias por ellas, fue muy amable por tu parte.

—Para eso están las hermanas. Me alegro de que vaya bien. Estoy muy orgullosa de ti.

Helen tragó saliva para pasar el nudo que tenía en la garganta.

El eco en su mente de la voz de Sarah diciendo «Eres una molestia, un bebé» seguía ahí, pero estaba desapareciendo.

Su hermana era una buena mujer. Quizá si Helen confiara más en ella misma y en sus decisiones, Sarah no sentiría la necesidad de organizar y gestionar su vida.

Hablaron largo y tendido. O, más bien, Sarah habló y Helen añadió algún «ajá, sí» o «¿en serio?

» según se requería. No creía que su hermana se estuviera dando cuenta de que estaba un poco distraída.

Seguramente no se habría dado cuenta de que Helen se estaba golpeando la sien con el puño porque se percató de que no había hecho lo único que tenía que hacer ese día: llamar a la empresa de las alarmas.

¿Qué demonios le pasaba? ¡Tenía que darse una patada en el culo a sí misma!

¡No era de extrañar que todo el mundo sintiera la maldita necesidad de gestionar su vida!

En cuanto Sarah colgó, llamó al número que había guardado en su agenda y no se sorprendió cuando le contestó un mensaje pregrabado que le recordaba las horas de apertura.

Colgó con un quejido. Moira estaría esperando la llamada que le prometió.

No le quedaba otra. La situación requería una nueva mentira.

No tenía sentido posponerlo. Caminó hacia la ventana y se quedó mirando cómo atardecía antes de respirar profundo y pulsar el icono del teléfono que había al lado del nombre de Moira.

Esperó, incapaz de creerse la suerte que había tenido al escuchar la falsa voz de mejor amiga invitándole a dejar un mensaje. Así era mucho más fácil mentir.

—Hola, Moira. He estado muy liada todo el día con los clientes y no he tenido oportunidad de llamarte.

Por desgracia, la empresa de alarmas no tiene disponibilidad hasta la semana que viene.

Me han dicho que, en caso de que alguien cancele, podrían instalármela antes. Te mantendré informada. Gracias, chao.

Colgó con una risita nerviosa que le duró demasiado. Podría haber continuado. Podrían haberla encontrado a la mañana siguiente, en el suelo, riendo todavía de no ser porque escuchó un sonido que la calló y puso fin a las preocupaciones sobre lo que Moira podría pensar o no.

Venía de detrás de ella. Un leve «toc, toc, toc».

Y de repente tuvo miedo de girarse.