Capítulo 21
Helen durmió profundamente durante seis horas y se despertó a las cinco en punto sintiéndose descansada.
Le quedaban cuatro horas hasta que la tienda abriera.
Se quedó tumbada y pensando si podría arriesgarse a ir a casa para ducharse.
Todo se reducía a una disyuntiva entre seguridad e higiene.
La idea la hizo reír y apartó la sábana.
Lavarse con una toallita y jabón sería suficiente.
De hecho, incluso se las arregló para lavarse el pelo, aunque inundó el suelo del baño.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que no se había llevado el secador.
Un frotamiento enérgico con la toalla lo secó lo suficiente para hacerse una coleta con la goma que consiguió la noche anterior. Pantalones chinos limpios, una camiseta que casi no tenía arrugas y ya estaba lista para afrontar un nuevo día.
O casi lista.
Se detuvo en lo alto de la escalera, mirando hacia abajo, sintiendo cómo la aprensión crecía a pesar de su determinación de no dejar que nada le afectara ese día.
Solo se permitió relajarse cuando llegó al piso de abajo y verificó de un vistazo que todo estaba tal como lo había dejado.
Pero solo un poco. La puerta de la cocina estaba cerrada.
No llegó a dar con el origen del ruido. Quizá fuera el agua traqueteando en las tuberías. Nada siniestro.
Aun así, dudó al rodear el pomo con los dedos y tuvo que respirar profunda y firmemente antes de poder abrir la puerta. Cuando lo hizo, la abrió con más energía de la necesaria. Rebotó contra la pared y la golpeó, como si fuera un episodio de El Gordo y el Flaco .
En una situación normal se habría reído, pero aquella mañana, no.
La normalidad de la pequeña cocina de galera debería haber aliviado sus preocupaciones.
Todo estaba como lo había dejado, pero seguía sintiéndose incómoda.
No por la cocina, sino por la puerta del jardín trasero.
Su oscuro punto final. Como si más allá hubiera otro mundo.
Trató de reírse de la situación. Aquel no era el capítulo de un libro de John Connolly en el que ocurren eventos paranormales constantemente. La puerta tampoco era la entrada a un universo paralelo. Solo era el acceso a su desastroso jardín trasero.
Esta vez sin dudar, la abrió de golpe, se quedó de pie mirando al exterior y relajó los hombros al ver que el mundo era tal como debería ser.
¿Qué se esperaba ver? ¿Que su jardín hubiera colapsado en los nueve círculos del Infierno?
¿En cuál acabaría ella? ¿Se vería arrastrada por el viento en el segundo círculo, el de la lujuria, y después caería más profundo, al séptimo, el de la violencia, o encontraría su hogar en el noveno, el de la traición?
«Mi sentencia está servida», murmuró.
«Pero no por los crímenes que cometiste».
¿Qué había sido eso? ¿La parte de sí misma que creía que no podía obtener la absolución, que no podía encontrar redención alguna, que no podía avanzar hacia el bendito futuro que tanto anhelaba, solo porque nunca había confesado lo que había hecho?
En caso de que lo hubiera hecho, la habrían juzgado por asesinato, no por homicidio imprudente, y la habrían condenado a más de cuatro años.
Cerró de un portazo la puerta del jardín.
No era tan fácil darles carpetazo a los pensamientos inquietantes de su cabeza.
Trabajar era la solución. Y de eso había mucho para mantenerla ocupada.
Se saltó el desayuno y solo preparó un café que se llevó consigo al piso de arriba.
Minutos más tarde, sentada sobre una caja llena, estaba hurgando en la que tenía delante, sumergiéndose rápidamente en el mundo de las palabras, en el tacto de las cubiertas, en el suave susurro de las páginas.
Ese era su lugar feliz, su forma de eludir el mundo y sus desgracias.
A las ocho y media, la caja solo estaba medio vacía, pero Helen había recobrado tanto el buen humor como la calma.
El día anterior estuvo estresada por la inauguración.
El asalto a la tienda y a su casa incrementaron ese sentimiento todavía más.
No era de extrañar que se hubiera imaginado cosas y sentido un poco atolondrada.
Esa última palabra, que era una de sus favoritas, le recordó algo que había planeado hacer. Bajó saltando las escaleras a paso ligero, era una mujer diferente a la que había subido con dificultad tan solo unas horas antes.
En la tienda, buscó en la estantería de debajo del mostrador el bloc de dibujo y el marco que había dejado allí días atrás. Sacó una hoja y, con un rotulador negro, escribió: «Palabra de la semana: atolondrado».
Había llegado la hora de abrir. Subió las persianas, verificó que los expositores de los libros estuvieran limpios y colocó la palabra enmarcada frente al pilar central para llamar la atención de los transeúntes.
Abrió la cerradura de la puerta para comprobar que la campanita funcionaba.
Sonaba lo bastante alto para que pudiera escucharla desde la parte trasera o la cocina.
Quedaban cinco minutos para abrir oficialmente, así que se apresuró a ir a la cocina a por un vaso de agua.
Se lo bebió mientras esperaba a su primer cliente.
La puerta no se abrió hasta las nueve y media y Helen esbozó una sonrisa cuando la campana sonó segundos después.
Dejó de sonreír cuando reconoció a la mujer que había entrado.
Dos mañanas seguidas. ¿Que había hecho para merecer eso?
Ah, sí, había matado a alguien. No le quedaba otra que reírse. Era eso o llorar.
—Moira, no esperaba verte de nuevo hoy.
«Ni quería ni lo necesitaba». Cuando la supervisora de la condicional cruzó la habitación con sus stilettos chocando contra el suelo pulido, Helen se percató de que no tenía su habitual sonrisa de «Soy tu mejor amiga».
Por el contrario, parecía tan inusualmente feroz que Helen se devanó los sesos pensando en qué podría haber hecho mal.
—Por desgracia, hoy estoy de visita oficial.
Una afirmación innecesaria. Dejando de lado sus dos visitas anteriores, ¿acaso el resto no habían sido oficiales?
—No pensaba que me tocara visita en un tiempo.
Forzó el tono para sonar amable. Pidió que las visitas fueran en su casa, no en su negocio. Parecía que no se le había concedido el deseo. Su casa… ¡mierda! Cerró los ojos al entender por qué Moira tenía cara de besugo.
—Sabes qué condiciones rigen tu libertad condicional —dijo Moira—. Debes pedir permiso para estar fuera de tu dirección oficial durante dos días o más.
Helen levantó las dos manos.
—Lo siento. Con todo este jaleo, se me había olvidado.
—¡Se te había olvidado!
Como si ese fuera su mayor delito.
—Alguien entró en la tienda el viernes. —Se encogió de hombros—.
O quizá me dejara la puerta abierta, no lo sé, pero alguien entró y causó ciertos daños.
Y a última hora de la noche anterior, mis vecinos vieron a alguien sospechoso a la puerta.
Por eso decidí que era mejor quedarme unas noches, hasta que me instalaran la alarma.
Mierda, la empresa de alarmas. Había planeado llamarlos. Se le había vuelto a olvidar.
—Se te puso en libertad condicional, tienes que vivir bajo las normas y reglamentos. Cada infracción es una mancha negra en tu reputación.
«Una mancha negra». Aquello era peor que volver al colegio.
—Lo siento mucho, de verdad. Con todo lo que tenía que hacer, se me olvidó por completo. En cuanto me instalen la alarma, volveré a casa.
Quería preguntarle a Moira cómo se había enterado, pero de pronto cayó en la cuenta. La policía. Habían registrado los detalles del asalto en su casa y ella era una zorra hipereficiente que seguro que ya los había leído.
Moira dejó su maletín sobre el mostrador sin mermar la ferocidad de su gesto.
—Haré una excepción contigo. Solo esta vez. —Hizo un gesto con la cabeza en dirección a la escalera—. Tengo que ver el alojamiento.
Helen pensó en el pequeño almacén. En los almohadones de sofá que hacían las veces de cama. En las instalaciones básicas para asearse.
—Es temporal —dijo encabezando la subida después de mirar hacia la puerta, esperando que un cliente le ahorrara ese bochorno final. Sin embargo, los dioses se estaban riendo a su costa, pues permaneció cerrada.
Ya en el piso de arriba, abrió la puerta del almacén.
—Como ya he dicho, es básico. —Señaló la maleta abierta en una esquina y su mochila, que yacía deformada en la otra—. Traje todo lo necesario para unos días. No es lo ideal, pero en cuanto me instalen la alarma, volveré a casa.
—¿Y cuándo será eso? —Los ojos de Moira recorrieron el pequeño espacio y luego se dirigieron al cuarto de baño, y sus labios se curvaron al ver la falta de instalaciones.
Helen quería mentir. Darle una fecha definitiva. Pero no merecía la pena arriesgarse.
—Voy a llamar esta mañana.
Moira se giró para observarla con una mirada encendida.
—¿Quieres decir que aún no has concertado una cita?
Helen se sentía diminuta.
—Lo haré hoy.
—Vale, bueno, cuando te den una fecha, quiero que me informes, ¿de acuerdo?
Helen se arrepentía de haber matado a Toby.
Lo había lamentado desde el primer momento, pero nunca tanto como en aquel preciso instante en el que debía enfrentarse a esa mujer que ejercía tal control sobre su vida.
Bajó la barbilla para intentar ocultar sus ojos, que de repente se habían llenado de lágrimas.
Moira estaba repitiendo las normas que Helen estaba obligada a cumplir como si esa maldita mujer no hubiera aprovechado cada oportunidad para recordárselas.
No estaba escuchando, solo miraba a través de las lágrimas el ridículo calzado de la mujer.
Sería muy sencillo caerse con esos zapatos.
Muy sencillo caerse por la empinada escalera que había tras ella.
Y lo único que Helen tenía que hacer era darle un empujón fuerte.
Podría hacerlo. La ira ya comenzaba a borbotear a medida que escuchaba a Moira, que seguía y seguía hablando sin parar. Helen podría liberar su rabia, hacer que jugara a su favor como ya hizo en ocasiones anteriores.
El primer asesinato fue complicado.
Este le resultaría sencillo.