Capítulo 20
Helen cenó uno de los platos preparados que su hermana le había llevado y, ya de paso, el poco vino que quedaba en la botella abierta.
Arrastró el taburete desde la tienda y comió en la encimera de la cocina.
Comió para recargar fuerzas, más por necesidad que por voluntad.
Los dos años que pasó en prisión no ayudaron a su apetito, que de por sí nunca había sido bueno.
Allí la cantidad era más importante que la calidad.
Tampoco ayudaba que en cada bocado sintiera la necesidad de pararse a escuchar o que estuviera comiendo del envase, pero con un ojo puesto en la puerta trasera. Con una cuchara. Engullendo la comida con sorbos de vino.
—Mierda. —Se golpeó la frente con la palma de la mano.
Sabía que tenía algo más que hacer ese día. Llamar a la empresa de alarmas y concertar una cita para que fueran a instalar el dispositivo. Hasta que lo hicieran, tendría que seguir acampando. Se hizo una nota mental para llamar a la mañana siguiente.
Por ahora, tenía que sacarle el máximo provecho a su estancia obligatoria.
El ajetreado día había reducido las existencias de libros en las estanterías.
Tenía que llenar los huecos con libros de las cajas del piso de arriba.
Volvió a pensar en Jared. Qué persona tan extraña y contradictoria.
Había traído unas dieciséis cajas de la casa de su tía abuela.
¿De verdad creía que podría revisarlas todas en una semana?
¿Qué esperaba que ella encontrara? ¿Billetes de cincuenta libras?
¿Cartas privadas? ¿Su testamento? ¿Era eso?
Entrecerró los ojos conforme lo pensaba.
Si Jen Clough iba a vender su enorme casa para mudarse a un apartamento, ganaría mucho dinero.
Pensó en aquella frágil y pequeña mujer, rodeada de décadas de su vida, y suspiró.
Qué triste era ver que, en muchas ocasiones, todo quedaba reducido al dinero.
¿Jared siempre había sido un sobrino nieto atento o se había empezado a comportar así porque tenía ciertas expectativas?
Helen se lamentó de no haberle preguntado a la mujer cuando tuvo la oportunidad de hacerlo.
Tiró el recipiente casi vacío a la papelera y se puso de pie. Esas cajas no iban a vaciarse solas.
Dejó las luces del piso de abajo encendidas porque iba a subir y a bajar continuamente, no porque le asustara la oscuridad. Después fue al piso de arriba.
Era una tarea descomunal y se sentía agotada por todos los problemas del día, pero había que hacerlo. Esperaba que hubiera alguna lógica en el empaquetado de las cajas, así que deshizo las pilas, las extendió en filas individuales y retiró la cinta adhesiva de cada una de ellas.
A primera vista, parecía que los libros estaban empaquetados de forma desordenada, mezclando obras contemporáneas y clásicas.
Tuvo que echarle un vistazo a un par de cajas más para encontrar la lógica.
Estaban guardados alfabéticamente por autor.
Era evidente que la encantadora Jen Clough tenía estanterías muy bien organizadas y quien fuera que hubiera empaquetado los libros, ya fuera Jen o su sobrino nieto, había recogido una estantería tras otra.
La lógica no le facilitó el trabajo a Helen, pues había novelas clásicas de P.
G. Wodehouse junto a thrillers psicológicos de Anita Waller.
Le alegró ver esos últimos. El género policíaco era lo que más se había vendido ese día.
Los apartó y continuó alzando volumen tras volumen.
Hojeó cada libro, pero no encontró nada más interesante que una receta de supermercado que revoloteó hasta llegar al suelo.
La cogió con una sonrisa. Con suerte encontraría un montón como esa para dárselas a Jared cuando regresara.
En su último viaje al piso de abajo, echó un vistazo alrededor y sintió orgullo por lo que había conseguido. A pesar de todo.
Apagó las luces y se quedó un instante en silencio, respirando despacio y permitiéndose sentir cierta satisfacción por sobrevivir a todo lo que le había ocurrido.
Cuando subió con pesadumbre las escaleras, ya no había ruidos extraños procedentes de la cocina que se entrometieran en su sensación de bienestar.
Tras hacerse un lavado básico, se metió bajo la sábana de su pequeña e improvisada habitación, y apoyó la cabeza sobre la almohada con un ruidoso suspiro.
«¡Vaya día!». Con todos aquellos pensamientos rondándole por la cabeza…
, cada uno paseándose con pesados zuecos de madera…
, no esperaba poder dormir. Sin embargo, los pensamientos empezaron a volverse más confusos a medida que los acontecimientos del día se entremezclaban.
Jaden y conejos, una Moira gigantesca. Eran pensamientos lo bastante locos para sacarle una sonrisa, hacer que se relajara y se durmiera.
Envuelta en un sueño profundo, acurrucada en el pequeño trastero, no oyó el «toc, toc, toc» que sonó de nuevo horas más tarde.