Capítulo 19 #2
—Una mala costumbre que podría meterle en problemas en pleno siglo XXI .
—Nunca había conocido a un hombre con una facilidad tan irritante para hacerle cambiar de opinión tan rápido sobre él—.
Y ahora tengo que pedirle que se vaya. Ha sido un día largo y esta pequeña mujercita de negocios tiene mucho que hacer.
—Le ofrecería mi ayuda, pero no quiero meter la pata de nuevo.
¿Tenía pinta de ser una persona solitaria y sin amigos que estaba desesperada por que un hombre cualquiera le ofreciera su ayuda? Él había conseguido ofenderla y hacerle cambiar de opinión de nuevo. ¿Era deliberado? ¿Era una forma de parecer más interesante, como si fuera un reto?
—Es muy amable, pero mis amigos y mi familia vendrán más tarde a echarme una mano.
—Vale, estupendo. Entonces, la dejo sola y la llamaré la semana que viene para recoger lo que sea que haya encontrado.
—Bien —dijo ella cruzando los brazos firmemente sobre el pecho.
No quería volver a estrecharle la mano. La ponía nerviosa. No sabía si era porque le recordaba a Toby o porque no se fiaba de él. De lo que sí estaba segura era de que no le gustaba lo que le hacía sentir.
Él abandonó la tienda con una sonrisa y otro golpecito a la bolsa de libros que llevaba.
Helen se quedó tras el mostrador y lo vio marchar.
Esperó hasta qué ya no pudo verlo y después corrió hasta el escaparate para asegurarse de que de verdad se había ido y de que no se había quedado fuera.
Sin embargo, a pesar de que echó un vistazo calle arriba y calle abajo, no había ni rastro de él.
En lugar de tranquilizarla, la inquietó aún más. ¿Dónde se había metido?
¿Había ido al local de al lado para cenar o para encargar comida para llevar?
¿Quizá para hablar con Alex y Zander? ¿Los conocía?
¿Se estaba volviendo loca? El sonido de su teléfono la asustó tanto que se golpeó la nariz contra el escaparate.
Los ojos empezaron a llorarle por el dolor y su voz sonó ronca cuando contestó la llamada.
—Hola, soy yo, ¿cómo ha ido el resto del día?
—Bien, Sarah, muy bien, en realidad. —Helen alejó el teléfono, buscó un pañuelo en su bolsillo, se secó los ojos y se sonó la nariz—. Ha estado bien, ha venido bastante gente. Acabo de cerrar.
—¿En serio? Son las seis y media, debes de estar agotada.
—Ha sido complicado despachar a los clientes que estaban comprando libros. —La mentira salió como si nada. Se negaba a hablarle de Jared y de lo vulnerable que se había sentido allí sola.
—Tienes que aprender a ponerte límites o vas a acabar agotada.
—Sí, lo sé —dijo Helen.
Iba a decir algo más, como que no era idiota, pero un golpe que venía de la cocina la dejó sin aliento.
Había sonado tan alto que el oído atento de Sarah lo captó al otro lado de la línea.
—Helen, ¿estás bien? ¿Qué ocurre?
—Creo que he oído algo.
—¿La puerta trasera está cerrada con llave?
—Sí, claro. —¿Lo estaba? Había entrado con los agentes de policía aquella tarde, ¿había cerrado después?
No lo recordaba—. Ay, no, todo en orden —dijo fingiendo una risilla—.
Solo ha sido un libro que se ha caído de la estantería, alguien no lo ha dejado bien colocado.
Bueno, será mejor que te deje, aún me queda mucho por hacer.
Gracias de nuevo por tu ayuda, por toda la comida que me has comprado y por esas fabulosas magdalenas.
Colgó, se quedó allí de pie, con el teléfono de la mano, escuchando cualquier ruido que no cuadrara. Quizá se hubiera imaginado el golpe.
Se guardó el teléfono en el bolsillo, cerró con llave la puerta principal, sacó cuidadosamente la llave de la cerradura y la puso en la repisa que había bajo el mostrador.
Pasó frente a la escalera, se detuvo en la puerta de la cocina y apoyó la oreja en ella.
No escuchaba nada. Se había imaginado el ruido.
Aun así, empujó la puerta para abrirla, despacio, con cautela, conteniendo el aliento hasta que vio que la estancia estaba vacía.
La puerta trasera estaba cerrada y le alivió ver que la llave también estaba bien echada.
Negó con la cabeza al percatarse de lo sencillo que era ponerla nerviosa y regresó a la planta de abajo.
Era hora de ver cuánto dinero había ganado aquel día.
Tardó unos minutos en bajar las estrechas persianas de madera sin estropear su escaparate.
Solo cuando terminó la tarea se sintió feliz de abrir la caja registradora para contar la recaudación y comprobar los tiques de las tarjetas de crédito.
Le había ido mejor de lo esperado. Absorta en lo que estaba haciendo, tardó unos segundos en darse cuenta de que había oído un ruido que se repitió.
Tres veces, silencio, otras tres más. ¿Alguien estaba llamando a la puerta trasera?
Nadie conocido usaría el acceso desde el callejón, a través de la destartalada puerta de madera del jardín.
De nuevo, se acercó a la cocina y pegó la oreja a la puerta para escuchar la repetición del sonido.
Aún no se había producido cuando abrió cautelosamente la puerta y echó un vistazo por la oscura habitación.
Deslizó una mano por la pared y apretó el interruptor.
Tenía la mirada fija en la puerta trasera.
¿Había alguien esperando al otro lado? La Muerte con la guadaña en una mano y la otra levantada.
Aquel pensamiento macabro le causó escalofríos.
La puerta era una estructura sólida. No había ningún cristal por el que mirar. La pequeña ventana de la cocina tampoco aportaba luz al asunto. El jardín trasero estaba sumido en la oscuridad, así que solo podía ver su propio reflejo, que le devolvía una mirada asustada.
Era una imagen que juró no volver a ver nunca. Alcanzó el cordón de la persiana y tiró de él con fuerza, haciendo que cayera con un estrepitoso ruido.
Su reflejo desapareció, pero el miedo no. Helen hizo lo que había hecho antes, lo que siempre hacía: lo aprovechó para transformarlo en una férrea determinación por triunfar.
Ninguna molesta agente de libertad condicional, ningún vecino sospechoso ni clientes extraños y, desde luego, ningún ruido extraño iban a arruinar su nueva vida.