Capítulo 19
Helen le estrechó la mano y sintió cómo los largos y fuertes dedos se cerraban en torno a los suyos. Justo después, escuchó una alarma en su cabeza. ¿Tía abuela? ¿Jared? Aquella era una gran coincidencia.
—¿Es usted el sobrino nieto de Jen Clough?
—El mismo —dijo él soltándole la mano—. Antes la llamé para visitarla y me habló de ti y de tu nuevo negocio.
Helen buscó alguna pista en su rostro. ¿Estaba molesto porque se había llevado sus libros o agradecido porque le había evitado el problema de tener que librarse de ellos? Había pensado que amaba los libros como ella, pero según lo que le contó su tía abuela, no le gustaban en absoluto.
—Me ofrecí a pagárselos, pero dijo que le estaba haciendo un favor llevándomelos. —No hubo ningún cambio en su expresión, así que siguió hablando—. Dijo que contratarías un contenedor para deshacerte de ellos.
Con aquello sí que reaccionó: elevó la mirada al techo y resopló de una forma que solo podía calificarse como sinónimo de frustración.
—Voy a contratar un contenedor. De hecho, probablemente sean varios, porque mi querida tía abuela no ha tirado nada en años.
No sé si se lo ha contado, pero va a mudarse a una vivienda protegida.
No está muy lejos: podrá seguir en contacto con los vecinos.
Es un hogar amplio, como acostumbran a ser este tipo de viviendas, pero pasar de una casa de cinco habitaciones y tres pisos a un apartamento, por muy grande que sea, sería una tarea titánica.
Se pasó los dedos por el pelo e hizo que se le quedara de punta.
Ella pensó que era guapo. Ahora le parecía desenfadado…
, sexi…, y de pronto le recordó a la primera vez que conoció a Toby, cuando era cariñoso, amable y comprensivo, antes de que se convirtiera en un monstruo.
Quería llorar, huir y esconderse, y a la vez coger a ese tipo tan parecido a Toby y besarlo de arriba abajo.
En vez de eso, se sentó allí con una sonrisa tonta mientras escuchaba cómo Jared describía cuántas cosas había acumulado su tía abuela en las décadas que llevaba viviendo en su casa.
—Mi hermana se ha quedado con ella este último mes.
Solo unos días. Vive en Suiza y no viene a casa muy a menudo.
Ella se encargó de todas esas cajas de cartón, pero no avanzó mucho con el empaquetado.
Por desgracia, la semana siguiente yo estuve fuera por trabajo y, cuando regresé, me horrorizó ver que Jen lo había acabado todo sola.
—Negó con la cabeza—. Ya la has conocido, se queda sin aliento y se agota al hacer la más mínima cosa, pero aun así se las apañó para hacerlo.
—¿No quiere ninguno? —Como amante de los libros, le costaba entender que alguien no los quisiera.
—Vivo en una casita de campo pequeña, con poco espacio. Solo guardo mis favoritos, los que sé que volveré a leer algún día. —Se acabó la copa y, sin preguntar, alcanzó la botella y la volvió a llenar—. No le importa, ¿no?
Ya era tarde si respondía que sí.
—No, lo siento, debería haberle ofrecido más.
¿Por qué se disculpaba? Aquello no era una cita.
Era una copa para celebrar la apertura de su nueva librería.
Dejando a un lado al vergonzoso hombre de aquella mañana que bebió mucho más de lo que le correspondía, nadie había pedido una segunda copa.
Debería haberse molestado, pero no con Jared, sino con ella misma por pensar que era fascinante.
Él se acomodó aún más sobre el mostrador y se movió para quedar frente a ella.
—No me disgusta que se haya llevado todos los libros, pero estoy ligeramente preocupado. —Se llevó la copa a los labios y le dio un sorbo al vino.
¿Preocupado de que su tía abuela se los hubiera dado a cambio de nada?
—Me ofrecí a pagárselos —dijo de nuevo.
¿Iba a acusarla de aprovecharse de aquella mujer frágil y anciana? Qué estúpida había sido, tendría que haber insistido en dejar el acuerdo por escrito.
Jared levantó una mano.
—No me preocupa lo más mínimo que se los llevara a cambio de nada.
Si le soy sincero, me ha ahorrado dinero.
Había demasiados, el contenedor se habría llenado.
—Le dio otro sorbo al vino y casi vació la copa—.
Lo que me preocupa es que Jen empaquetara tantas cajas sola.
Solo Dios sabe lo que metió en ellas. Tiene la costumbre de utilizar cartas, extractos bancarios y todo tipo de cosas como marcapáginas.
—Soltó una carcajada ronca—. Una vez usó un billete de cincuenta libras, ¡imagínese!
Había planeado hojear cada libro antes de empaquetarlos, por si acaso, pero, claro, perdí la oportunidad de hacerlo.
Helen iba a decirle que, en su opinión, era aceptable emplear cualquier cosa y no doblar una esquina, pero no estaba segura de que él aprobara su frivolidad. En cualquier caso, parecía que él tenía algo más que decir.
—Estoy seguro de que puede comprender por qué me desconcertó un poco saber que los había regalado todos.
Desconcertado, no furioso.
—Supongo que sí.
—Bien. —Se terminó la copa.
Antes de que él pudiera alcanzar la botella de nuevo, Helen la cogió.
—¿Quiere más?
Él negó con la cabeza.
—Mejor no, tengo que conducir.
Apoyó la copa y se inclinó hacia ella. El movimiento repentino la sobresaltó. Se echó hacia atrás y el taburete, que le había costado cinco libras en una tienda de caridad local y que no era el más robusto del mundo, se volcó y ella se golpeó con la pared de detrás.
Jared se puso de pie de inmediato y la ayudó a levantarse.
—Lo siento, ¿está bien? No quería asustarla.
Ella le apartó las manos.
—Estoy bien. Simplemente ha sido un día largo y estoy cansada.
—Vale. —Se quedó de pie, mirándola con un gesto de preocupación—.
Iré directo al grano, ¿de acuerdo? —No parecía querer una respuesta.
Se metió las manos en los bolsillos del vaquero y dijo—: Supongo que aún no ha tenido oportunidad de abrir todas las cajas.
Espero que me permita examinarlos para asegurarme de que Jen no se ha dejado nada importante en su interior.
¿Lo decía en serio? No tenía ningún sentido mentir y decir que ya había sacado todos los libros.
Él había estado husmeando y ahora ella ya sabía lo que había estado buscando.
Libros que reconociera de las estanterías de casa de su tía abuela.
De pronto se sintió decepcionada, incluso engañada.
Aquello hizo más fácil darle una respuesta sin rodeos.
—Lo siento, no será posible.
No parecía ofendido. De hecho, sonrió.
—Me he dado cuenta de que nada es imposible si realmente queremos conseguirlo.
Se preguntó si su carácter adulador funcionaba con la mayoría de las mujeres, porque entonces tendría que admitir que había dado resultados con ella.
—El problema es, señor Clough, que no quiero hacerle perder horas y horas buscando entre las cajas.
Su sonrisa no titubeó, pero un destello apareció en su mirada. Helen era consciente de que la luz del exterior estaba disminuyendo. Le emocionaba tanto cumplir su sueño que no había tenido en cuenta lo que conlleva gestionar un negocio sola. El aislamiento. La vulnerabilidad.
Era un hombre alto. No era robusto, pero se le marcaban los músculos bajo la camiseta.
Y sus manos parecían fuertes. Esos dedos largos podrían arrebatarle la vida con poco esfuerzo.
Estaba acostumbrada al dolor e incluso a veces lo había recibido con agrado.
Pero la muerte era algo completamente distinto.
Buscó desesperadamente algún tipo de compromiso.
—Dado que su tía abuela fue muy amable al darme esos libros, le diré qué es lo que voy a hacer por usted.
—Parecía que cada palabra se le escapaba de la boca, que estaba seca y áspera.
Alcanzó su copa de vino y le dio un sorbo—.
En los próximos días examinaré las cajas, hojearé cada libro y, si encuentro algo entre las páginas que no debería estar ahí, lo guardaré. ¿Le parece bien?
La sonrisa de él desapareció a medida que la escuchaba hablar y, cuando respondió, su voz era menos amable, menos cautivadora.
—Parece que no me queda otra opción.
No la tenía, pero podría haber sido más elegante en su derrota.
—Si quiere, puedo mantenerle al tanto de lo que encuentre…
Él levantó una mano y la cortó a mitad de frase.
—No haré que se tome tantas molestias. Como ya le he explicado, vengo aquí semanalmente para visitar a mi tía abuela, así que no me cuesta nada pasarme a ver qué es lo que ha descubierto.
Además —dijo señalando hacia las estanterías—, así tendré la oportunidad de llevarme más libros.
—Le dio un golpecito a la bolsa que contenía los que había comprado—.
Asumo que los vuelve a comprar, ¿no? Como ya le he dicho, tengo poco espacio para almacenarlos.
Aliviada por su falta de insistencia en buscar en las cajas por su cuenta, ella asintió.
—Sí, claro. —Comprar, no intercambiar. Aquella oferta era solo para las personas mayores, las jubiladas o las necesitadas. La gente como ese hombre, con sus evidentes aires de superioridad, podía pagarlos—. Pago cincuenta peniques por cada libro.
Él levantó una ceja.
—¡Cincuenta peniques! —Volvió a sonreír y su mirada se suavizó—. Estás hecha toda una mujercita de negocios.
Suponía que no se estaba refiriendo a su metro sesenta.
—Pretendo ser una empresaria de éxito. Si cree que cincuenta peniques es poco, sobra decir que puede llevarse los libros a otra parte.
«Porque seguro que necesita el dinero, miserable bastardo».
Era un desconsiderado y un condescendiente, pero no era estúpido.
—Lo siento —dijo levantando la mano como defensa—. Es evidente que la he ofendido y no era mi intención. Tengo la mala costumbre de caer en una estúpida actitud machista cuando me siento derrotado por una mujer.
La disculpa redujo el enfado de Helen.