El secreto de la librera Capítulo 18
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Capítulo 18

Helen se concentró en el cliente al que estaba atendiendo, metió los libros que había comprado en una bolsa y añadió unos marcapáginas de Appleby.

—Has elegido bien —le dijo con una sonrisa—. Estos son tres de mis libros favoritos.

En realidad solo había leído uno y lo había odiado, pero él no tenía por qué saberlo. Era una lectora voraz, pero era imposible leerlo todo.

Cuando se fue, Zander se acercó al mostrador con una sonrisa radiante en el rostro. Helen, que se recordó que debía mantener a sus enemigos bien cerca, lo saludó con una amplia sonrisa que hizo que le doliera la cara.

—Parece que te va bien —dijo—. Enhorabuena.

—Estoy contenta con cómo marcha todo. La gente ha sido muy amable. —Dio unos toquecitos sobre la caja registradora—. Ha ido mejor de lo que esperaba.

—Son muy buenas noticias. —Asintió con empatía como si sintiera lo que decía—. Siempre es bueno ver resultados positivos. —Se inclinó para acercarse y bajó la voz hasta convertirla en un susurro conspirador—. Vi que antes vinieron dos policías. Espero que no haya problemas.

Si Helen estaba en lo cierto, Zander sabía exactamente por qué había ido la policía. Si no, no era asunto suyo.

—Los policías también leen —dijo aliviada cuando otra clienta se acercó al mostrador con dos libros en la mano.

Centró toda su atención en la mujer, comentó los libros que había elegido, los metió en una bolsa y añadió algunos marcapáginas.

Sin embargo, por el rabillo del ojo veía la mirada de Zander, llena de codicia.

Quizá estuviera pensando cuántas mesas cabrían allí.

O cuánto le costaría derrumbar el muro que separaba su tienda y el minúsculo restaurante de al lado.

Cuando la clienta se marchó, se apresuró a reencontrarse con ella.

—Será mejor que vuelva al trabajo —dijo echándole un vistazo a su reloj—. Enhorabuena de nuevo, Helen.

—Muchísimas gracias por todo tu apoyo. —Casi se ahoga con aquellas palabras y, cuando Zander se marchó, se desplomó sobre el mostrador. Estaba muy cansada.

—¿Un día largo?

Helen se irguió bruscamente y puso una expresión aceptable.

Se volvió menos forzada cuando su mirada coincidió con los ojos marrones del hombre que estaba de pie con un montón de libros entre los brazos.

Era el último cliente. Se había percatado de su presencia minutos antes, su cuerpo largo y delgado se sentó torpemente en un taburete frente a las novelas clásicas, y sacó un libro tras otro.

Una cara atractiva acompañaba a ese cuerpo.

Tenía unos ojos extraordinariamente expresivos.

—Es mi primer negocio, así que ha sido… —dijo buscando la palabra correcta— dramático.

—Regenta un local muy agradable. —Le dio un golpecito a la pila de libros que había dejado sobre el mostrador—. Tengo cierta debilidad por las novelas clásicas, así que me ha resultado agradable encontrar uno de mis favoritos de siempre y varios que no he leído.

Le echó un ojo al título del libro que estaba en la parte superior.

— El corazón es un cazador solitario . Uno de mis favoritos. —Esta vez sí que era cierto, lo había leído hacía varios años y le había encantado—. También hicieron una buena película protagonizada por…

Cuando se detuvo en seco, incapaz de recordar el nombre del actor, él sonrió.

—Alan Arkin. La he visto. —Volvió a golpear el libro—. Yo también me leí el libro hace mucho tiempo. Cuando lo he visto en sus estanterías, me ha apetecido leerlo de nuevo. Mi ejemplar se perdió en alguna parte.

—Mejor para mí —dijo con una sonrisa mientras dejaba registrados los cuatro libros—. Son ocho libras, por favor.

Cogió una bolsa y metió los libros dentro, sabedora de que el hombre la estaba mirando. Añadió algunos marcapáginas y se la entregó.

Al cogerla, señaló las copas vacías haciendo un gesto con la cabeza.

—¿Me he perdido la celebración?

Ella se ruborizó.

—Lo siento, no, debería haberle ofrecido una copa. —Alcanzó la botella de vino que tenía detrás y la caja que había en el suelo para coger una copa limpia—. Aquí tiene. —Le sirvió una cantidad generosa y se la dio.

Sus dedos chocaron accidentalmente (¿o deliberadamente?) contra los suyos y le provocaron un suspiro profundo que logró disimular tosiendo.

Se llevó la mano a la boca y se dio la vuelta, rezando para que su color se desvaneciera antes de tener que volver con el hombre.

Después de Toby, había renunciado a los hombres, pero eso no impedía que se sintiera atraída por alguien apuesto.

Él sostenía la copa de vino y la miraba fijamente con una expresión entre divertida y curiosa.

—¿Está bien? —le preguntó.

—Solo son cosquillas. —Cogió la copa que ya había usado—. Quizá el vino me ayude. —Se echó un poquito.

—Por su éxito —dijo él chocando la copa ligeramente contra la de ella. No la retiró de inmediato—. Y por los libros y los mundos que habitan en ellos.

Así era exactamente como ella concebía los libros, así que sonrió.

—No todo el mundo ve los libros con esos ojos.

—Mi primer recuerdo es de mi madre leyéndome Los viajes de Gulliver .

—Una novela muy de adultos para un niño pequeño.

Él se encogió de hombros.

—Un adulto la lee como una sátira política o una alegoría de la relación entre Francia e Inglaterra en aquella época.

Un niño, como yo antaño, escucha historias de naufragios y de un señor al que unos hombrecillos atan al suelo.

—Apoyó la cadera contra el mostrador y balanceó la pierna de acá para allá—.

De ahí mi madre pasó a Alicia en el país de las maravillas .

—Gente encogida, conejos parlantes y «¡Que le corten la cabeza!».

—Exacto. Ya ve que mi imaginación despertó a una edad muy temprana.

Helen se sentó en el taburete alto que tenía detrás.

Una conversación interesante con alguien que, evidentemente, amaba los libros era un final agradable para un día tan complicado.

Casi de forma inconsciente se percató de que los largos dedos de él rodeaban la copa.

No tenía anillo de casado. No importaba.

Se recordó que su futuro estaba escrito y que no incluía ningún vínculo romántico.

Para ella, el amor siempre había implicado un montón de dolor y se había prometido a sí misma que ya había tenido suficiente. Toby había cerrado aquel capítulo de su vida. Había sido un punto final, no lo cambiaría por una coma.

—¿Vive por la zona?

Se dijo a sí misma que no era curiosidad lasciva. Si él residía por allí, podría convertirse en cliente habitual, y, cuantos más tuviera de esos, mejor le iría al negocio.

—No muy lejos de aquí, en Newton St. Loe. Estoy de paso para visitar a mi tía abuela. —Estiró la mano—. Me llamo Jared.