El secreto de la librera Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—El anillo de compromiso de mi madre. —Elevó la mano y le mostró el anillo que llevaba puesto: contenía un diamante y un rubí—.

No me lo quito casi nunca. —Sarah lo había tenido mientras ella estaba en prisión.

Fue la primera cosa que pidió cuando la liberaron—.

Más allá de eso, solo tengo algunos pendientes. No soy mucho de joyas.

Las guardaba en una caja pequeña. La encontró en el suelo. Se le había salido la tapa y el contenido estaba esparcido por la alfombra. No faltaba ningún pendiente.

—¿Debo sentirme ofendida porque pensaron que no eran de valor?

Su intento de chiste fracasó.

—¿No lo son? —preguntó el oficial mientras miraba los artículos que estaba recogiendo y devolviendo al recipiente.

—No, en absoluto.

—¿Entonces no falta nada?

—Aquí no.

Comprobó los otros dos dormitorios; uno de ellos lo había acondicionado como oficina.

Allí fue donde el ladrón causó más destrozos, frustrado, quizá, por su falta de éxito en el resto de la casa.

Había un escritorio bajo la ventana. Los cuatro cajones de cada lado estaban abiertos y vaciados en el suelo.

También habían tirado la estantería independiente con tanta fuerza que se había deformado.

—¿Cómo pudieron causar tanto daño en tan poco tiempo? —Cogió una de las carpetas tiradas—. ¿Cuánto tiempo estuvieron…, quince minutos, veinte?

—Más o menos. —El agente se acercó a la estantería. La enderezó y la volvió a poner en su sitio—. ¿Podría decir si falta algo?

¿Estaba de broma? Dejó la carpeta y se pasó la mano por la cara.

—Aquí no había nada que mereciera la pena. Algunos documentos educativos de mi época como funcionaria pública que debería haber tirado hace mucho. Recortes de periódico. Libros. Material de papelería. Nada de dinero. Ni siquiera un maldito sello postal.

Lo sabía porque había usado el último la semana anterior. Pasó por delante del agente y se dirigió a la última habitación. Las puertas del armario estaban completamente abiertas y habían sacado y abierto las maletas que había guardado en las repisas de arriba.

—¿Falta algo?

Quería gritarle. Decirle que no faltaba nada porque no tenía nada de valor. Pero él solo estaba haciendo su trabajo, así que negó con la cabeza.

—Mi paz mental —dijo.

En el piso de abajo, los dos agentes parecían estar repentinamente incómodos.

—¿Estará usted bien? —preguntó uno.

—Tomaremos nota del asalto a su tienda también para que conste en nuestro registro —dijo el otro.

No estaba segura de qué sentido tenía aquello, pero estaban intentando ser amables, así que asintió.

—Gracias. —Sacó su teléfono móvil—. Será mejor que llame a alguien para que me arregle ese cristal.

—De acuerdo, sí. Si contacta con la comisaría más tarde, le darán el número del caso. Para el seguro —añadió cuando vio su mirada perdida.

—Ah, vale. Genial, gracias.

Estaba casi segura de que la franquicia de su seguro era de trescientas libras, así que, a menos que arreglarla puerta costara más que eso, no iba a presentar ninguna reclamación. Sus primas ya eran una locura.

En cuanto se marcharon, hizo una búsqueda por internet, encontró al cristalero más cercano y lo llamó. Respondió de inmediato, le dio un presupuesto que consideró aceptable y le prometió que estaría allí en dos horas.

—Dígales que vengan por la parte de atrás —dijo después de darle los datos de su tarjeta de crédito—. Yo no estaré, pero verán lo que hay que hacer. Si pueden sustituir el cristal y dejar la puerta cerrada, sería genial.

No le preocupaba dejar la puerta sin cerrar.

Si tenía tan mala suerte de atraer a un tercer ladrón oportunista en unos días, bueno, pronto se daría cuenta de que alguien se le había adelantado.

A pesar de la verja rota y de la llave que se había dejado en la cerradura, sabía que no se trataba de un malhechor oportunista.

Quizá estuviera un poco paranoica, pero no era estúpida.

Esto, al igual que el asalto a la tienda, se trataba de algo personal.

Colgó y le echó un vistazo al salón. Iba a tardar horas en arreglar aquel desorden. Eran las cuatro y media. No podía perder el tiempo allí cuando la tienda la reclamaba. La tarea de volver a colocarlo todo tendría que esperar. Probablemente algunos días.

Quince minutos más tarde estaba de regreso en la tienda, feliz de ver que había algunos clientes echando un vistazo por las estanterías.

—¿Cómo ha ido? —preguntó Sarah.

—Un cristal roto en la puerta trasera, cierto desorden en el interior, pero no se han llevado nada, así que todo bien. —Se unió a Sarah tras el mostrador—. ¿Qué tal por aquí?

—Bien. Algunos clientes, todos han comprado libros. —Sarah rodeó a Helen con el brazo y la estrechó en un abrazo—. ¿Estás segura de que no ha sido muy grave? Se oyen historias así.

—No, de verdad, todo bien. Tardaré cinco minutos en dejarlo todo tal como estaba.

El vecino de al lado se ha ofrecido voluntario a esperar amablemente a que el cristalero viniera para que yo pudiera volver a la tienda.

—Era una mentirosa prolífica y brillante.

Siempre lo había sido—. Estoy convencida de que quieres irte a casa.

Muchísimas gracias por el día de hoy y por esas fabulosas magdalenas.

Sarah comprobó la hora.

—Si estás segura de que estarás bien, me iré. Quizá consiga evitar la peor parte del tráfico en hora punta.

Helen se sintió culpable de inmediato. Se preguntó si ese era el motivo por el que su hermana había hecho antes el comentario sobre cerrar a las cinco.

Sarah vivía en la otra punta de la ciudad.

De normal, era un infierno cruzar hasta allí, pero la hora punta añadía otro nivel de horror: el tráfico de Bath en su máximo esplendor.

—Vete, estaré bien.

Estaba bien, además de ocupada. Su idea de que los clientes la visitarían cuando regresaran a casa mereció la pena.

Hubo un flujo constante de personas cruzando la puerta, y todas compraron al menos un libro, incluso algunas optaron por llevarse dos o más.

Sirvió más vino durante la última hora que en las ocho anteriores.

Solo quedaba una magdalena y hubo una jovial discusión entre dos clientes sobre quién debería comérsela.

Finalmente, decidieron partirla a la mitad.

Helen hizo los honores y los dos se marcharon con una sonrisa, medio dulce y varios libros.

Helen estaba atendiendo a otro cliente cuando escuchó el tintineo de la campana y echó un vistazo rápido. Era Zander quien entraba por la puerta.

Parecía sorprendido de que hubiera tantos clientes. Sorprendido de que su pequeña librería tuviera tanto éxito. Si había tenido alguna pequeña duda de que los robos fueran algo personal, desapareció en cuanto vio su expresión. Y si tenía alguna duda sobre quién era el culpable, también la desechó.

Había visto un monstruo antes. Sabía cómo era.